Las Noticias de hoy 09 Febrero 201

                              Ideas Clara

DE INTERES PARA HOY    viernes, 09 de febrero de 2018       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

“No podemos permanecer en silencio”: Jornada Mundial contra la Trata

TODO LO HIZO BIEN: Francisco Fernández-Carvajal

“Comunión de los santos”: San Josemaria

Nuevos Mediterráneos (V): «A Jesús, por María»: Lucas Buch

Santificar con el trabajo: Javier López

Naamán, el sirio: Daniel Tirapu

Por qué el Yoga, en la filosofía y en la práctica, es incompatible con el Cristianismo: James Manjackal, MSFS

Segundo Mandamiento: encuentra.com

La fe es la fortaleza de la vida: Sheila Morataya

Un Amor que da sentido a todo: Fernando PASCUAL

IESE drivers for life“: Nuria Chinchilla

Detrás del closet de la CIDH: MIGUEL ANTONIO ESPINO PERIGAULT

A modo de pregón:: Floren no Ulibarri

Sentirse orgullosa: Suso do Madrid

Pero en contra de sus habitantes: Xus D Madrid

¿Religión de perdedores?: Enric Barrull Casals

El engendro de las asambleas o “parlamentos”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Jueves, 8 de febrero de 2018

La primera lectura (1Re 11,4-13) nos habla de Salomón y de su desobediencia, lo que nos sugiere que debemos vigilar todos los días para no acabar alejados del Señor. Es un riesgo al que todos estamos expuestos, el debilitamiento del corazón.

David es santo, aunque fue pecador. El grande y sabio Salomón, en cambio, es rechazado por el Señor porque se ha corrompido. ¡Una aparente paradoja! Hemos leído algo un poco raro: el corazón de Salomón “ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre”. Y es raro porque de Salomón no sabemos que haya cometido grandes pecados, y siempre fue equilibrado, mientras de David sabemos que tuvo una vida difícil, y que fue un pecador. Sin embargo, David es santo y de Salomón se dice que su corazón se había “desviado del Señor”. El mismo que había sido alabado por el Señor cuando le pidió prudencia para gobernar, en vez de riquezas.

¿Cómo se explica esto? Pues porque David, cuando sabe que ha pecado, siempre pide perdón, mientras que Salomón, de quien todo el mundo hablaba bien, que hasta la reina de Saba quiso ir a conocerlo, se había alejado del Señor para seguir otros dioses, pero no se daba cuenta. Y aquí está el problema de la debilidad del corazón. Cuando el corazón comienza a debilitarse, no es como una situación de pecado: si cometes un pecado, te das cuenta enseguida: “He hecho este pecado”, está claro. El debilitamiento del corazón es un camino lento, por el que voy resbalando poco a poco, poco a poco, poco a poco… Y Salomón, apoltronado en su gloria, en su fama, comenzó a seguir ese camino.

Paradójicamente, es mejor la claridad de un pecado que la debilidad del corazón. El gran rey Salomón acabó corrompido: “tranquilamente corrompido”, porque su corazón se había debilitado. Y un hombre o una mujer con el corazón débil o debilitado, es una mujer o un hombre derrotado. Ese es el proceso de tantos cristianos, de muchos de nosotros. “No, yo no cometo pecados gordos”. Pero, ¿cómo está tu corazón? ¿Es fuerte? ¿Sigues fiel al Señor, o te resbalas lentamente?

El drama del debilitamiento del corazón puede sucederle a cualquiera de nosotros en su vida. ¿Y qué hacer entonces? Vigilancia. Vigila tu corazón. Vigilar. Todos los días estar atento a lo que pasa en ti corazón. David es santo. Era pecador. Un pecador puede ser santo. Salomón fue rechazado porque era corrupto. Un corrupto no puede ser santo. Y a la corrupción se llega por esa senda del debilitamiento del corazón. Vigilancia. Todos los días vigilar el corazón: cómo es mi corazón, el trato con el Señor… Y saborear la belleza y la alegría de la fidelidad.

 

 

“No podemos permanecer en silencio”: Jornada Mundial contra la Trata

Tweets del Papa Francisco, 8 de febrero de 2018

8 febrero 2018Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

Papa Francisco. Captura CTV

(ZENIT – 8 feb. 2018).- La Iglesia celebra hoy, 8 de febrero, memoria litúrgica de Josefina Bakhita, la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la trata de personas.

El Papa Francisco ha publicado esta mañana, 8 de febrero de 2018, en Twitter: “Acojamos con espíritu de misericordia a las víctimas de la trata y a quienes huyen de la guerra y del hambre”.

Dignidad herida

Horas más tarde, el Santo Padre escribió otro ‘tweet’ en esta red social: “No podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de millones de personas cuya dignidad está herida”.

 

Este año el lema de la Jornada es “Emigración sin trata. Sí a la libertad, no a la esclavitud”. El número de víctimas aumenta de año en año. Millones de hombres y mujeres, niños y adultos, son víctimas de trata en todo el mundo.

¿Qué es el tráfico de personas?

“Tráfico de personas –señalan en la web de la Jornada— significa reclutar, trasladar, desplazar, ocultar o recibir personas, por medio de amenazas, uso de la fuerza u otras formas de coacción, secuestro, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad así como el acto de dar o recibir cualquier tipo de retribución o beneficios con el fin de conseguir el consentimiento de una persona que tenga dominio sobre otra, con el propósito de ejercer una explotación”.

En palabras del papa Francisco se trata de un «un crimen contra la humanidad». El Pontífice hace una llamada a hacerle frente y a cuidar a sus víctimas. “Necesitamos tanto eliminar las causas de este fenómeno tan complejo como también asistir adecuadamente a las personas que caen en los lazos de la trata” (Palabras del papa Francisco a los miembros del Grupo Santa Marta y RENATE, octubre-noviembre 2016).

Josefina Bakhita

Esta Jornada se celebra el mismo día que la Iglesia recuerda a Josefina Bakhita, la religiosa sudanesa que de niña vivió la dramática experiencia de ser víctima de la trata (Leer biografía).

Promueve esta Jornada el Comité para la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la trata, coordinado por Talitha Kum, la Red Internacional de la Vida Consagrada Contra la Trata de Personas. Colaboran la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA); el Dicasterio para el Servicio al Desarrollo Humano Integral, la Sección Migrantes y Refugiados; Caritas Internationalis; la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas (WUCWO); el Grupo de Trabajo contra el Tráfico de seres humanos (UISG/UISG); y el Servicio Jesuita a los Refugiados.

Más información sobre la Jornada Mundial contra la Trata

 

 

TODO LO HIZO BIEN

— Jesús, nuestro Modelo, realizó su trabajo en Nazaret con perfección humana.

— Laboriosidad, competencia profesional.

— Terminar con perfección el trabajo. Las cosas pequeñas en el quehacer profesional.

I. Con frecuencia los Evangelios recogen los sentimientos y las palabras de admiración que provocó el Señor en sus años aquí en la tierra: las gentes estaban maravilladas, todos estaban admirados por los prodigios que hacía... Y «entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit (Mc 7, 37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), perfecto Dios y hombre perfecto»1.

El Evangelio de la Misa2 nos invita a considerar este pasaje en el que quienes seguían al Señor no pueden dejar de exclamar: Todo lo ha hecho bien. Cristo se nos presenta como Modelo para nuestra vida corriente, y nos puede servir para examinar si de nosotros se podría decir que tratamos de hacer bien todas las cosas, las grandes y las que parecen sin importancia, porque queremos imitar a Cristo.

La mayor parte de la existencia humana de Jesús fue una vida corriente de trabajo en un pueblo hasta entonces desconocido. Y allí, en Nazaret, también el Señor lo hizo todo acabadamente, con perfección humana. En Nazaret se diría de Jesús que era un buen carpintero, el mejor que habían conocido.

Una buena parte de la vida de cada hombre y de cada mujer se encuentra configurada por la realidad del trabajo, y difícilmente encontraremos a una persona responsable que –por propia voluntad– esté sin ocupación o empleo. Muchos se sienten movidos a trabajar por fines humanos nobles: mantener a la familia, labrarse un mejor futuro..., también hay quienes se dedican a una tarea por el afán de poner en práctica y desarrollar una particular habilidad o afición, o por contribuir al bien de la sociedad, porque sienten la responsabilidad de hacer algo por los demás. Otros muchos trabajan por fines menos nobles: riqueza, ambición, poder, afirmar la propia valía, obtener lo necesario para dar satisfacción a sus pasiones. Conocemos a gentes competentes, que trabajan muchas horas a conciencia por fines exclusivamente humanos. El Señor quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajan bien, con prestigio, competentes en su profesión o en su oficio, sin chapuzas; gentes muy distintas, que se mueven por fines humanos nobles y porque el trabajo –sea el que sea– es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales..., pues «sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret»3.

Nosotros le decimos al Señor que queremos realizar ejemplarmente nuestros quehaceres –de modo particular nuestro trabajo– porque deseamos vivamente que sean una ofrenda diaria que llegue hasta Él, y porque estamos decididos a imitarle en aquellos años de vida oculta en Nazaret.

II. Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, lo hace entre hombres acostumbrados al trabajo. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando...4, le dicen aquellos que serían sus primeros discípulos. Toda la noche, en un trabajo duro, porque les es necesario para vivir, porque son pescadores. San Pablo nos ha dejado su propio ejemplo y el de los que le acompañaban: nos afanamos con nuestras propias manos5. Y a los primeros cristianos de Tesalónica, les escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros6. No se dedicaba San Pablo al trabajo por simple recreo y distracción –comenta San Juan Crisóstomo–, sino que realizaba un esfuerzo tal que podía subvenir a sus necesidades y a las de los otros. Un hombre que imperaba a los demonios, que era maestro de todo el universo, a quien se le confiaron los habitantes de pueblos, naciones y ciudades, a quienes cuidaba con toda solicitud; ese hombre trabajaba día y noche. Nosotros –sigue el santo–, que no tenemos una mínima parte de sus preocupaciones, ¿qué excusas tendremos?7. No tenemos excusas para no trabajar con intensidad, con perfección, sin chapuzas.

Para trabajar bien, primero es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es difícil, quizá imposible, que quien no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y que mantenga despierto su espíritu, que pueda vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que hay a su alrededor. «El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil; pero si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas si le va en zaga a la misma plata. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y plantas infructuosas; mas la que se cultiva, se llena de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la actividad que le es propia»8. Y eso sirve igualmente para la madre de familia que debe dedicar muchas horas a su hogar y a la educación de sus hijos, para el que trabaja por cuenta propia, o para el estudiante, el jefe de la empresa y el obrero que ocupa el último lugar en una cadena de producción.

El Señor nos pide un trabajo humano bien realizado, en el que se pone intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección; una tarea que no tiene rincones sin terminar, sin tacha ni errores. Trabajo serio, que no solo parezca bueno, sino que lo sea realmente. No importa que sea manual o intelectual, de ejecución o de organización, que lo presencien otras personas de más responsabilidad o ninguna. El cristiano añade algo nuevo al trabajo: además de lo anterior, lo hace por Dios, a quien cada día lo presenta como una ofrenda que permanecerá en la eternidad; pero el modo –responsable, competente, intenso...– es el normal de todo trabajo honrado. Una tarea realizada de esta manera dignifica al que la realiza y da gloria a su Creador; se hacen rendir los dones naturales y se convierte en una continua alabanza a Dios.

Porque queremos seguir de cerca a Cristo y tratamos de imitarle, hemos de añadir a nuestros quehaceres una mayor perfección, porque en todo momento tenemos presente al Maestro, que todo lo hizo bien. Examinemos hoy en la oración la calidad humana de nuestras tareas, del estudio, y veamos junto al Señor aquellas facetas en las que pueden mejorar: intensidad, puntualidad, acabar bien lo que comenzamos con ilusión, orden, cuidado de los instrumentos de trabajo...

III. El cristiano descubre en el trabajo nuevas riquezas, «pues todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo»9, como solía decir de muchos modos diferentes San Josemaría Escrivá, quien predicó toda su vida que «la santidad no es cosa de privilegiados»10. Rememoraba un hecho de experiencia que le había servido para enseñar de modo gráfico a quienes se acercaban a su apostolado cómo ha de ser el trabajo hecho de cara a Dios: «Recuerdo también la temporada de mi estancia en Burgos (...). A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de Las Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral.

»Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era solo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos»11, aunque nadie lo vea, aunque ninguna persona lo valore. Dios sí lo ve y lo aprecia; esto es suficiente para poner empeño en acabar las tareas con perfección, con amor.

Acabar bien lo que realizamos significa en muchos casos estar pendientes de lo pequeño. Eso exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles por amor a Dios no empequeñece el alma, sino que la agranda porque se perfecciona la obra que realizamos y, ofreciéndola por intenciones concretas, nos abrimos a las necesidades de toda la Iglesia; así, nuestra tarea adquiere una dimensión sobrenatural que antes no tenía. En el quehacer profesional –lo mismo que en los otros aspectos de una vida corriente: la vida familiar y social, el descanso...– se nos ofrece siempre esa doble oportunidad: el descuido y la chapuza, que empobrecen el alma, o la pequeña obra de arte ofrecida al Señor, expresión de un alma con vida interior.

Quizá quiera el Señor hacernos ver, en este rato de oración, detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestro modo de trabajar. ¿Vivo el orden, que lleva a abordar las tareas según su verdadera importancia, y no guiado por el capricho o la comodidad? ¿Retraso sin motivo, solo por falta de intensidad o de puntualidad, la terminación de mi trabajo? ¿Interrumpo por cualquier excusa la tarea que tengo entre manos, haciendo quizá perder el tiempo también a los demás?

Con la ayuda de la Virgen María, terminemos este rato de meditación con un propósito concreto, que nos moverá a realizar nuestro quehacer con más perfección, y que nos facilitará acordarnos con más frecuencia del Señor: «Ahí, desde ese lugar de trabajo, haz que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo»12.

1 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 56. — 2 Mc 7, 31-37. — 3 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 67. — 4 Lc 5, 5. — 5 1 Cor 4, 12. — 6 2 Tes 3, 8. — 7 Cfr. San Juan Crisóstomo, Homilía sobre Priscila y Aquila. — 8 Ibídem. — 9 San Josemaría Escrivá, Carta 24-III-1930. — 10 ídem, Carta 19-III-1954. — 11 ídem, Amigos de Dios, 65. — 12 ídem, Forja, n. 747.

 

 

“Comunión de los santos”

Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo. (Camino, 545)

Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad ‑Suscipe, Sancta Trinitas‑, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos.
Que la oblación redunde en salvación de todos ‑Orate, fratres, reza el sacerdote‑, porque este sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos, aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque sólo se halle materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones.
Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Angeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... (Es Cristo que pasa, 89)

 

 

Nuevos Mediterráneos (V): «A Jesús, por María»

San Josemaría rezaba a la Virgen desde pequeño; de mayor descubrió más: se encontró en los brazos de una Madre, tan cercana como lo es el Cielo.

Vida espiritual 7 de Diciembre de 2017

Al pie de la Cruz acompañaban al Señor su Madre, santa María, algunas otras mujeres y Juan, el discípulo más joven. Solo esas pocas personas estaban a su lado en aquellas horas dramáticas. Esas… y una multitud de curiosos y oportunistas, el puñado de soldados que le había llevado al Calvario, y los acusadores que seguían burlándose de él, quizá saboreando su «victoria». ¿Y los demás discípulos? Habían huido.

El mismo Juan nos cuenta que «Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: - Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: - Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,25). Y, concluye el evangelista, «desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,27).

Acoger a Santa María en nuestra vida: un camino personal, que cada uno recorre a su manera… y a su tiempo

En el joven apóstol, la Madre de Cristo «es entregada al hombre -a cada uno y a todos- como madre»[1]. Desde ese momento, María es Madre de los cristianos. Los primeros discípulos lo comprendieron en seguida. En torno a Ella se reunieron al sentir la ausencia del Señor, después de su Ascensión al Cielo: «todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,12.14).

También nosotros estamos llamados a experimentar personalmente la maternidad de María, y a responder como Juan, que «“acoge entre sus cosas propias” a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su “yo” humano y cristiano»[2]. Se trata de un camino personal, que cada uno recorre a su manera… y a su tiempo.

«También soy hijo de mi Madre María»

San Josemaría había tenido devoción a la Virgen desde niño. No lo había olvidado con el paso de los años; en mayo de 1970, durante su novena a los pies de la Virgen de Guadalupe, decía: «Yo os aconsejo, en estos momentos especialmente, que volváis a vuestra edad infantil, recordando, con esfuerzo si es preciso -yo lo recuerdo claramente-, el primer acto vuestro en el que os dirigisteis a la Virgen, con conciencia y voluntad de hacerlo»[3]. Sabemos que siendo muy pequeño su madre lo ofreció a la Virgen de Torreciudad en agradecimiento por haberle curado de una enfermedad mortal. De sus padres aprendió también a rezar a santa María. A la vuelta de los años, recordaba: «todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón...»[4]

Mientras vivió en Zaragoza, san Josemaría visitaba diariamente a la Virgen del Pilar. A Ella acudía con sus barruntos, con la intuición de que el Señor tenía una voluntad especial para él. Aún se conserva una imagen pequeña de esa advocación, hecha en yeso, muy pobre, en cuya base grabó con un clavo: Domina, ut sit!, con la fecha 24-5-924. «Aquella imagen -comentaba años más tarde- era la materialización de mi oración de años, de lo que os había contado tantas veces»[5].

Ya en Madrid, tenía una imagen de la Virgen a la que denominaba «Virgen de los besos», porque nunca dejaba de saludarla con un beso al entrar o salir de casa. «No solo aquélla, todas las imágenes de Nuestra Señora le conmovían. De modo especial las que encontraba tiradas por la calle, en grabados o estampas sucias y polvorientas. O las que le salían al paso en sus correrías por Madrid, como la imagen en azulejos con que se topaban a diario sus ojos cuando dejaba Santa Isabel»[6].

«Ayer descubrí un Mediterráneo (...): que, si soy hijo de mi Padre Dios, lo soy también de mi Madre María» (San Josemaría)

Además, al contemplar el Evangelio había aprendido a tratar a María y a acudir a Ella como hacían los primeros discípulos. En su libro Santo Rosario, fruto de esa contemplación amorosa de la vida de Cristo, al comentar el segundo misterio glorioso, apunta: «Pedro y los demás vuelven a Jerusalén -cum gaudio magno- con gran alegría (Lc 24,52). (…) Pero, tú y yo sentimos la orfandad: estamos tristes, y vamos a consolarnos con María»[7].

Con todo, la maternidad de María iba a ser otro de los «descubrimientos» que haría siendo todavía un sacerdote joven. Lo recoge en uno de sus Apuntes, que data de septiembre de 1932: «Ayer (...) descubrí un Mediterráneo -otro-, a saber: que, si soy hijo de mi Padre Dios, lo soy también de mi Madre María»[8]. No era algo nuevo -era una verdad conocida, meditada, vivida-, y sin embargo adquiría de golpe un significado inédito. Recordando una vez más su itinerario espiritual, añade: «Me explicaré: por María fui a Jesús, y siempre la he tenido por mi Madre, aunque yo haya sido un mal hijo. (Desde ahora seré bueno)». María le había llevado ya a Jesús: había sido su principal intercesora en su insistente petición para ver lo que le pedía el Señor… ¿En qué consistía entonces la novedad? Lo explica a continuación: «Pero ese concepto de mi filiación materna lo vi con una luz más clara, y con un sabor distinto lo sentí ayer. Por eso, durante la Sda. Comunión de mi Misa, le dije a la Señora mi Madre: ponme un traje nuevo. Era muy justa mi petición, porque celebraba una fiesta suya»[9].

La idea del traje nuevo tiene claras resonancias paulinas: «Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas» (Ef 4,22-24). Este nuevo descubrimiento de la maternidad de María, pues, tiene un sabor íntimo de conversión personal. Algo que ve con mayor claridad, que siente de modo nuevo, y que florece en un propósito sencillo pero profundo: «Desde ahora seré bueno».

Hay quienes no dicen el Padre Nuestro, pero dicen sin embargo el Ave María. Y así, por María, «vuelven» a Jesús

Quienes han estudiado a fondo los textos de san Josemaría han puesto de relieve la línea en que se mueve este descubrimiento. Ocho días después de la anotación en que recoge el nuevo Mediterráneo que se le ha abierto, escribe un apunte que pasará a Camino: «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[10]. Era algo que llevaba un tiempo fraguándose en su alma, pero que de golpe comprendió con nueva hondura y le reafirmó en la importancia de Santa María en su vida de relación con Dios. Cuatro días después del apunte, anotó: «- ¡A cuántos jóvenes les gritaría yo al oído: Sé de María... y serás nuestro!»[11] Años más tarde le preguntarían qué quería decir con eso, y él contestaba: «Quiero decir lo que tú entiendes perfectamente. (...) De una parte, que si no hay devoción a María no se puede hacer nada: las almas están como si no tuvieran fundamento para la vida espiritual; de otra, que cuando hay una devoción filial a la Santísima Virgen se encuentran las almas en buena disposición para servir a Nuestro Señor en el estado que sea: solteras, casadas, viudas y los sacerdotes como sacerdotes»[12]. Es María, en fin, quien lleva a Jesús; y Jesús nos lleva al Padre. Ella es, sencillamente, quien facilita el acceso a Dios.

«Volver» a Jesús por María

En aquel septiembre de 1932, san Josemaría meditó repetidas veces sobre el papel que la Virgen juega en nuestro camino a Jesús. En este caso, no se trata ya de encontrar a Cristo, de descubrir cuál es su voluntad para nosotros, sino, como hemos visto, de «volver» a Él. Su lenguaje resultaba novedoso para quienes se le acercaban. El beato Álvaro del Portillo, por ejemplo, recuerda que él mismo se sorprendió: «Entonces pregunté yo al Padre: Padre, ¿por qué ha puesto esto? Que se va por María, ya lo entiendo, pero que se vuelve... Y me dijo: «hijo mío, si alguno tiene la desgracia de separarse de Dios por el pecado, o está a punto de separarse porque le va entrando la tibieza y la desgana, entonces acude a la Santísima Virgen y encuentra otra vez la fuerza; la fuerza para ir al confesonario, si hace falta, para ir a la Confidencia y abrir bien la conciencia con gran sinceridad -sin que haya recovecos en el alma, sin que haya secretos a medias con el diablo- y por María, se va a Jesús»[13].

Levantarse después de una caída cuesta, y cuesta más a medida que pasan los años. En lo físico, resulta evidente: basta ver el revuelo que se forma cuando una persona mayor se cae por la calle. Pero esa afirmación es igualmente cierta en lo espiritual. A medida que crecemos en edad, se nos puede hacer más y más costoso pedir perdón. Nos humilla seguir cayendo en los mismos pecados, nos avergüenza cometerlos -«¡a estas alturas!»-, se nos hace insoportable seguir constatando nuestra propia debilidad… y, a veces, cedemos a una desesperanza que nos roba la alegría.

«Es María, en fin, quien lleva a Jesús; y Jesús nos lleva al Padre. Ella es, sencillamente, quien facilita el acceso a Dios» (San Josemaría)

La desesperanza es un enemigo sutil que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos. Pensamos que hemos defraudado a Dios, como quien se compra un aparato electrónico y de golpe descubre que no era tan bueno como lo pintaban... Sin embargo, al vernos en ese estado, Él quiere recordarnos que ¡nos conoce perfectamente! A cada uno de nosotros podría decirnos, como a Jeremías: «antes de plasmarte en el seno materno, te conocí» (Jr 1,5). Por eso, su Amor por nosotros constituye una seguridad firme: sabiendo cómo somos, Dios nos ha amado hasta dar la vida por nosotros… y no se ha equivocado. Cuando incluso esta verdad, tan consoladora, nos resulte lejana, acordarnos de nuestra Madre puede ser como el atajo que nos facilite el camino de vuelta[14]. Ella nos acerca de modo particular a la Misericordia de ese Dios que está esperándonos con los brazos abiertos. En su última Audiencia general, Benedicto XVI nos confiaba: «Desearía invitaros a todos a renovar la firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son los que nos permiten caminar cada día, también en la dificultad. Me gustaría que cada uno se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites. Quisiera que cada uno de vosotros sintiera la alegría de ser cristiano»[15]. Y precisamente para que lo sintamos, Dios ha querido manifestarnos su amor paterno… y materno.

El amor «materno» de Dios aparece expresado en diversos momentos a lo largo de la Escritura; quizá el pasaje más conocido sea el de Isaías: «¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!» (Is 49,15); o, de un modo aún más explícito: «como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré» (Is 66,13). Sin embargo, Dios quiso ir más allá, y darnos a su misma Madre, aquella mujer de quien se encarnó su Hijo amado. Los cristianos de todos los tiempos han descubierto por eso en María una vía privilegiada y particularmente accesible hacia el Amor infinito del Dios que perdona.

A veces podemos encontrarnos con personas a quienes aún les resulta demasiado abstracto dirigirse a Dios, o que no se atreven a mirar a Cristo directamente: un poco como aquellos niños que prefieren acudir a su madre antes que a su padre cuando han hecho algo mal o han roto un objeto valioso... De modo parecido, «muchos pecadores no pueden decir el “Padre Nuestro”, pero dicen sin embargo el “Ave María”»[16]. Y así, por María, «vuelven» a Jesús.

A María, con la ternura de los niños

El descubrimiento de la importancia de María va de la mano, en la vida de san Josemaría, de la vivencia de la infancia espiritual. En un punto de Camino, que nació en unas circunstancias difíciles, escribió: «¡Madre! - Llámala fuerte, fuerte. - Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[17]. Quienes le rodeaban no sabían quizá hasta qué punto les estaba transmitiendo su propia experiencia con estas líneas. Por aquellos años, san Josemaría estaba aprendiendo también a acercarse a Dios como un niño pequeño.

Fruto de ese modo de orar es su obra Santo Rosario, y también algunos capítulos de Camino. Los descubrimientos que hemos repasado se inscriben en ese trato confiado con Dios y con María. De hecho, san Josemaría recorrió ese camino a lo largo de toda su vida. Poco antes de transcurrir su última Navidad en esta tierra, confiaba a un grupo de hijos suyos: «De ordinario me abandono, procuro hacerme pequeño y ponerme en los brazos de la Virgen. Le digo al Señor: ¡Jesús, hazme un poco de sitio! ¡A ver cómo cabemos los dos en los brazos de tu Madre! Y basta. Pero vosotros seguid vuestro camino: el mío no tiene por qué ser el vuestro (…) ¡viva la libertad!»[18]

También nosotros podemos pedir a Dios que nos adentre en esos Mediterráneos de la vida interior, paisajes tan conocidos… pero a la vez inmensos

Sin ser el único modo de lograrlo, hacerse niños facilita actitudes como la humildad o el abandono esperanzado en las distintas circunstancias de la vida. También es una manera de ganar en sencillez y naturalidad al dirigirnos a Dios. Además, al ser un camino marcado por el reconocimiento de la propia fragilidad y dependencia, permite abrir a Dios con menos esfuerzo las puertas del propio corazón, es decir, de la propia intimidad.

Los niños son vulnerables, y precisamente por eso son tan sensibles al amor: comprenden en profundidad los gestos y las actitudes de los mayores. Por eso es necesario que nos dejemos tocar por Dios, y le abramos las puertas de nuestra propia alma. El Papa lo proponía también a los jóvenes: «Él nos pregunta si queremos una vida plena. Y yo en su nombre les pregunto: Ustedes, ¿ustedes quieren una vida plena? Empieza desde este momento por dejarte conmover»[19]. Tener corazón no significa prestarse a la afectación o la sensiblería, que son una simple caricatura de la auténtica ternura. Al contrario, redescubrir el corazón, dejarse conmover, puede ser un camino para alcanzar a Dios. «Mi pobre corazón está ansioso de ternura -anotaba san Josemaría en 1932-. Si oculus tuus scandalizat te... No, no es preciso tirarlo lejos: que no se puede vivir sin corazón. (…) Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!»[20] A María -y por Ella a Jesús- se puede ir por el camino de la ternura, que es el modo en que los niños aprenden a conocer a sus madres y a confiar en ellas su vida entera. Por este y por otros caminos que Dios nos puede sugerir, nos adentramos en un inmenso Mediterráneo: el de tener en el Cielo una Madre toda hermosa, santa María.

***

El descubrimiento de los distintos Mediterráneos que hemos ido repasando en estos artículos ensanchó el corazón de san Josemaría de modo indecible. Como dando pequeños pasos de la mano del Señor, percibió el sentido de la Cruz, que le hizo sentirse hijo de un Padre lleno de Amor; descubrió el Amor entrañable y cercano de Jesús; aprendió a dejarse querer por Dios, nuestro Consolador, confiando en Él más que en las fuerzas propias; y, poco a poco, supo dar protagonismo al Espíritu Santo en su vida espiritual y en su acción en la tierra. Comprendió, en definitiva, que la plenitud de la vida cristiana no consiste en cumplir una serie de tareas, llegar a un cierto estándar o «realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado en que, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[21]. Siguiendo los pasos de san Josemaría, también nosotros podemos pedir a Dios que nos adentre en esos Mediterráneos de la vida interior, paisajes tan conocidos… pero a la vez inmensos, que nos permitirán «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[22]. No hay camino más urgente… ni más hermoso.

Lucas Buch

Foto: Tomas (cc)


[1] San Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 23.

[2] Ibídem. n. 45.

[3] San Josemaría, Apuntes de su oración en voz alta en la antigua basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (México), 20-V-1970, en P. Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, 11ª ed., Rialp, Madrid 1999, p. 223.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 296.

[5] Apuntes de una reunión familiar, 26-VII-1974 (Crónica 1975, p. 223, en AGP, biblioteca, P01). La imagen se conserva en una galería con recuerdos de su vida, en la sede central del Opus Dei, en Roma.

[6] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, pp. 410-411.

[7] San Josemaría, Santo Rosario, 2º misterio glorioso.

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 820, 5-IX-1932, en Santo Rosario. Edición crítico-histórica, introducción al 2º misterio glorioso, p. 234.

[9] Ibídem.

[10] San Josemaría, Camino, n. 495.

[11] San Josemaría, Texto del Cuaderno VI, nº 825, fechado en 17-IX-1932, en Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 494.

[12] San Josemaría, Notas de una tertulia, Madrid 23-X-1972, en Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 494.

[13] Notas de un coloquio con Álvaro del Portillo, Madrid 4-IX-1977, citadas por P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 495.

[14] «La Virgen, Madre del Señor y Madre nuestra (…) es el atajo para llegar a Dios» (J. Echevarría, “El amor a María Santísima en las enseñanzas de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer”, Palabra, 156-157, (1978), pp. 341-345 (disponible aquí).

[15] Benedicto XVI, Audiencia General, 27-II-2013.

[16] J. Daniélou, El misterio del Adviento, Cristiandad, Madrid 2006, p. 120.

[17] Camino, n. 516.

[18] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 20-XII-1974, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, p. 68.

[19] Francisco, Discurso, 28-VII-2016.

[20] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1658, 9-X-1932, en Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 118. Cfr. Mc 9,47.

[21] Benedicto XVI, Audiencia General, 13-IV-2011.

[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

 

 

Santificar con el trabajo

Al santificar su trabajo e identificarse ahí con Cristo, el cristiano necesariamente da fruto —santifica a los demás con su trabajo. El servicio a los demás a través de la propia profesión es el tema de este artículo.

Trabajo 20 de Febrero de 2014

En la historia de la Iglesia y de la humanidad, el espíritu que Dios hizo ver a San Josemaría Escrivá de Balaguer, en 1928, lleva consigo una enseñanza nueva y antigua como el Evangelio, con toda su fuerza transformadora de los hombres y del mundo.

La santificación del trabajo profesional es semilla viva, capaz de dar fruto de santidad en una inmensa multitud de almas: para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo [1] . En esta frase gráfica —afirmó el Prelado del Opus Dei en la homilía del 7 de octubre de 2002, día siguiente a la canonización de San Josemaría— resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos [2] .

El Sembrador divino ha sembrado esta semilla en las vidas de miles de personas para que crezca y se multiplique su fruto: el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno [3] . Repasar con calma cada uno de estos tres aspectos puede constituir frecuentemente una trama de diálogo con Dios en la oración. ¿Estoy santificando mi trabajo? ¿Me estoy santificando en el trabajo?, es decir, ¿me voy transformando en otro Cristo a través de mi profesión? ¿Qué frutos de apostolado estoy dando con mi trabajo?

Un hijo de Dios no ha de temer hacerse estas preguntas sobre el sentido último de su tarea. Más bien ha de temer no hacérselas porque correría el peligro de que la corriente de sus días no acabase de encontrar el cauce hacia el verdadero fin, disipando sus fuerzas en actividades dispersas, como regueros estériles.

EN UNIDAD VITAL

Esos tres aspectos en los que san Josemaría resume el espíritu de santificación del trabajo, se encuentran intrínsecamente unidos, como en una espiga de trigo lo están la raíz, el tallo y el grano que es su fruto.

El primero — santificar el trabajo : hacer santa la actividad de trabajar realizándola por amor a Dios, con la mayor perfección que cada uno pueda lograr, para ofrecerla en unión con Cristo—, es el más básico y como la raíz de los demás.

El segundo — santificarse en el trabajo — es, en cierto modo, consecuencia del anterior. Quien procura santificar el trabajo, necesariamente se santifica: es decir, permite que el Espíritu Santo le santifique, identificándole cada vez más con Cristo. Sin embargo, lo mismo que en una planta no basta regar la raíz, sino que también hay que cuidar el tallo para que crezca derecho, y a veces ponerle un apoyo —un rodrigón— para que no lo quiebre el viento, o protegerlo de los animales y de las plagas... Así también hay que poner muchos medios para identificarse con Cristo en el trabajo: oración, sacramentos y medios de formación, con los que se van cultivando las virtudes cristianas. Gracias a esas virtudes se fortalece también la misma raíz y resulta cada vez más connatural santificar el trabajo.

Con el tercero — santificar con el trabajo — ocurre algo semejante. Ciertamente se puede considerar como una consecuencia de los otros dos, pues al santificar su trabajo e identificarse ahí con Cristo, el cristiano necesariamente da fruto —santifica a los demás con su trabajo—, según las palabras del Señor: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto [4] . Esto no significa que un cristiano se pueda despreocupar de dar fruto, como si éste surgiese espontáneamente de la raíz y del tallo.

En la santificación del trabajo, los tres aspectos están vitalmente unidos entre sí, de modo que unos influyen en otros. Quien no buscara santificar a los demás con su trabajo, preocupándose sólo de santificar el suyo, en realidad no lo estaría santificando. Sería como la higuera estéril, que tanto desagradó a Jesús porque, aún teniendo raíces y hojas, carecía de fruto [5] . De hecho, un buen índice de la rectitud de intención, con la que debéis realizar vuestro trabajo profesional es precisamente el modo en que aprovecháis las relaciones sociales o de amistad, que nacen al desempeñar la profesión, para acercar a Dios esas almas [6] .

Vamos a considerar ahora con más detalle este último aspecto de la santificación del trabajo, que de algún modo da a conocer los otros dos, como los frutos manifiestan la planta y la raíz. Por sus frutos los conoceréis [7] , dice el Señor.

«EGO ELEGI VOS ET POSUI VOS...»

Si se considera el propio trabajo profesional con simple visión humana, seguramente se pensará que uno se encuentra allí como resultado de diversas circunstancias —capacidades y preferencias, obligaciones y casualidades, etc.— que le han llevado a realizar esa tarea y no otra. Un cristiano ha de mirar las cosas con más profundidad y altura, con un sentido sobrenatural que le haga descubrir ahí la llamada personal de Dios a la santidad y al apostolado.

Lo que parecía una situación vulgarmente fortuita adquiere entonces sentido de misión, y se comienza a estar de un modo nuevo en el mismo sitio donde ya se estaba [8] . No ya como quien ha caído por caso en ese lugar, sino como quien ha sido enviado allí por Cristo. Yo os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca [9] . El lugar de trabajo, el ambiente profesional en el que cada uno se encuentra, es su campo de apostolado, la tierra apropiada en la que sembrar y cultivar la buena semilla de Cristo. La promesa de Jesús no puede fallar: cuando se procura santificar el propio trabajo y santificarse en él, siempre hay fruto apostólico.

Es preciso, sin embargo, no dejarse llevar por las apariencias. El Señor advierte también que el Padre celestial poda al que ya produce, para que dé más fruto [10] . Obra de este modo porque quiere bendecir aún más a sus hijos. Los poda para mejorarles, aunque la podadura sea dolorosa. Muchas veces consiste en dificultades que Él permite para purificar el alma, quitando lo que sobra. En ocasiones, por ejemplo, desaparece la ilusión humana por el propio trabajo, y se ha de realizar a contrapelo, por un amor sin más complacencia que la de agradar a Dios; otras veces es una dificultad económica seria, que quizá Dios permite para que sigamos poniendo todos los medios humanos, pero con más confianza filial en Él, como Jesús nos enseña [11] , sin dejarnos dominar por la tristeza y el agobio del futuro. Otras, en fin, se trata de un fracaso profesional, de esos que pueden hundir a quienes trabajan sólo con miras humanas y que, en cambio, elevan sobre la Cruz a los que desean corredimir con Cristo. La poda lleva frecuentemente consigo que los frutos se retrasen, que no se vean los frutos apostólicos del trabajo.

En todo caso, sería un error confundir esta situación con aquella otra a la que también se refiere Jesús en una parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró; entonces dijo al viñador: "Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?" [12] . Es el caso de quien no da fruto apostólico en su trabajo a causa de su comodidad y poltronería, del aburguesamiento y de estar pendiente sólo o principalmente de sí mismo. Entonces la ausencia de fruto no es sólo aparente. No hay fruto porque no hay generosidad, ni empeño, ni sacrificio; en último término, porque falta buena voluntad.

Cristo mismo nos enseña a distinguir las situaciones por los signos. Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano [13] . A quienes el Señor poda, parece que no llevan fruto, pero están llenos de vida. Su amor a Dios tiene otras señales evidentes, como la delicadeza en el cuidado de los tiempos de oración, la caridad con todos, el empeño perseverante en poner todos los medios humanos y sobrenaturales en el apostolado...: signos tan inconfundibles como los brotes tiernos de la higuera, mensajeros de los frutos que llegarán a su tiempo. En realidad, están santificando a otras almas con su tarea profesional porque todo trabajo que es oración, es apostolado [14] . El trabajo convertido en oración alcanza efectivamente de Dios una lluvia de gracias que fructifica en muchos corazones.

Los otros, en cambio, ni dan fruto ni están en camino de darlo. Pero aún están vivos y pueden cambiar, si quieren. No les faltarán los cuidados que Dios les envía, escuchando los ruegos de sus amigos, como los del viñador que le pedía por la higuera: Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás [15] . Siempre es posible salir de esa situación de esterilidad apostólica de algún modo voluntaria. Siempre es hora de convertirse y de dar mucho fruto, con la gracia divina. Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor... [16] . Y sólo entonces se llena de sentido la labor profesional, aparece todo el atractivo de su belleza y surge un entusiasmo nuevo, hasta entonces desconocido. Un entusiasmo como el de San Pedro después de obedecer el mandato de Jesús: ¡Mar adentro! [17] , y escuchar, tras la pesca milagrosa, la promesa de un fruto de otro orden e importancia: No temas; desde ahora serás pescador de hombres [18] .

En nuestra vida se pueden presentar las dos situaciones anteriores, en unos momentos la primera y en otros la segunda. Externamente quizá coincidan en que no se ven los frutos apostólicos del propio trabajo profesional, pero no es difícil saber si responde a la una o a la otra. Basta ser sinceros en la oración. Responder con claridad a la siguiente pregunta: ¿estoy poniendo todos los medios a mi alcance para santificar a los demás con el trabajo, o me desentiendo y me conformo con poco, pudiendo realmente hacer mucho más? ¿quiero a los que trabajan conmigo? ¿trato de servirlos? Y siempre, buscar la ayuda exigente en la dirección espiritual. Este es el camino de la santidad y de la fecundidad apostólica.

COMO BRASA ENCENDIDA

Transformar la profesión en medio de apostolado es parte esencial del espíritu de santificación del trabajo, y señal de que, efectivamente, se está santificando. Santidad y apostolado son inseparables, como el amor a Dios y a los demás por Dios.

Tú has de comportarte como una brasa encendida, que pega fuego donde quiera que esté; o, por lo menos, procura elevar la temperatura espiritual de los que te rodean, llevándoles a vivir una intensa vida cristiana [19] . El trabajo profesional es lugar natural en el que nos encontramos, como las brasas en el brasero. Ahí deben realizarse estas palabras de San Josemaría, de modo que las personas que nos rodean reciban el calor de la caridad de Cristo. Se trata de dar ejemplo de serenidad, de sonreír, de saber escuchar y comprender, de mostrarse servicial.

Cualquiera debería poder percibir a nuestro lado el influjo de alguien que eleva el tono del ambiente porque —junto a la competencia profesional— el espíritu de servicio, la lealtad, la amabilidad, la alegría, y el empeño por superar los propios defectos, no pasan desapercibidos.

Todo eso forma parte del prestigio profesional que han de cultivar quienes desean atraer a los demás a Cristo. El prestigio profesional de un cristiano no se deriva del simple realizar técnicamente bien el trabajo. Es un prestigio humano, tejido de virtudes informadas por la caridad. De este modo, el trabajo profesional —sea el que sea— se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos [20] . Sin caridad, en cambio, no puede haber prestigio profesional cristiano, no al menos el que Dios pide, el anzuelo de pescador de hombres [21] e instrumento de apostolado. Sin caridad no es posible atraer las almas a Dios, porque Dios es amor [22] . Vale la pena remarcarlo: un buen profesional, eficaz y competente, si no procura vivir no ya la justicia sino la caridad, no tendrá el prestigio profesional propio de un hijo de Dios.

El prestigio, de todas formas, no es fin sino medio: medio para acercar las almas a Dios con la palabra conveniente (...) mediante un apostolado que he llamado alguna vez de amistad y de confidencia [23] . Conscientes de que, junto con la filiación divina, hemos recibido por el Bautismo una participación en el sacerdocio de Cristo y, por tanto, el triple oficio de santificar, enseñar y guiar a otros, tenemos un título para entrar en la vida de los demás, para llegar a ese trato profundo de amistad y confidencia con todos los que sea posible, en el amplio campo que comprenden las relaciones profesionales.

Este campo no se reduce a las personas que trabajan en el mismo lugar o que tienen una edad semejante, sino que se extiende a todas aquellas con las que, de un modo u otro, se puede tomar contacto con ocasión del trabajo. El cristiano buscará oportunidades para convivir, para poder hablar a solas, fomentando el trato: una comida, un rato de deporte, un paseo. Habrá, pues, que dedicar tiempo a los demás, ser asequible, sabiendo encontrar el momento oportuno. Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás —sin engreimiento, con sencillez— de ese conocimiento del amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio [24] .

ORIENTAR LA SOCIEDAD

Con el trabajo profesional —cada uno con el suyo—, los cristianos pueden contribuir eficazmente a orientar la entera sociedad con el espíritu de Cristo. Más aún, el trabajo santificado es necesariamente santificador de la sociedad, porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales [25] .

En este sentido, san Josemaría escribió en Forja : Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana [26] .

Poner en práctica seriamente las normas de moral profesional propias de cada trabajo, es una exigencia básica y fundamental en esta labor apostólica. Pero hay que aspirar además a difundirlas, haciendo lo posible para que otros las conozcan y las vivan. No cabe la excusa de que es poco lo que uno puede hacer en un ambiente en el que han arraigado costumbres inmorales. Del mismo modo que esas costumbres son consecuencia de la acumulación de pecados personales, sólo desaparecerán como fruto del empeño en poner práctica personalmente las virtudes cristianas [27] . Muchas veces será necesario pedir consejo. En la oración y en los sacramentos el trabajador encontrará la fortaleza, cuando haga falta, para mostrar con los hechos que ama la verdad sobre todas las cosas, a costa, si es necesario, del propio empleo.

«Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la Santa Misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí ( Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes» [28] . Este ideal de orientar la sociedad con el espíritu cristiano es realizable, no es un sueño inútil [29] . San Josemaría —afirmaba Juan Pablo II el día de la canonización— «continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior» [30] .

El Señor previene de un peligro: dice que llegará un tiempo en que al desbordarse la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos [31] . Los cristianos, avisados por sus palabras, en lugar de desanimarnos por la abundancia de mal —también por las propias miserias— reaccionaremos con humildad y confianza en Dios, acudiendo a la intercesión de Santa María. Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios [32] .

Javier López [1] San Josemaría, Conversaciones , n. 55. Cfr. Es Cristo que pasa , nn. 45, 122.

[2] Mons. Javier Echevarría, Homilía en la misa de acción de gracias por la canonización de san Josemaría , 7-X-2002.

[3] Mc 4, 20.

[4] Jn 15, 5.

[5] Mt 21, 19.

[6] San Josemaría, Carta 15-X-1948 , n. 18, cit. por Mons. Javier Echevarría, Carta Pastoral, 2-X-2011, n. 34 (http://www.opusdei.es/art.php?p=45670).

[7] Mt 7, 16.

[8] Cfr. Santo Tomás, S.Th . I, q. 43, a. 1, c.

[9] Jn 15, 16.

[10] Jn 15, 2.

[11] Cfr. Mt 6, 31-34.

[12] Lc 13, 6-7.

[13] Mt 24, 32.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 10.

[15] Lc 13, 8-9.

[16] San Josemaría, Camino , n. 1.

[17] Lc 5, 4.

[18] Ibid . 5, 10.

[19] San Josemaría, Forja , n. 570.

[20] San Josemaría, Amigos de Dios , n. 61.

[21] Camino , n. 372.

[22] 1 Jn 3, 8.

[23] San Josemaría, Carta 24-III-1930 , n. 11, cit. por Luis Ignacio Seco, La Herencia de Mons. Escrivá de Balaguer , Madrid, Palabra, 1986.

[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 166.

[25] San Josemaría, Conversaciones , n. 10.

[26] San Josemaría, Forja , 718.

[27] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et paenitentia , 2-XII-1984, n. 16; Litt. enc. Centesimus annus , 1-V-1991, n. 38.

[28] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de San Josemaría 6-X-2002.

[29] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 183.

[30] Juan Pablo II, ibid .

[31] Mt 24, 12.

[32] Rm 8, 28.

 

 

Naamán, el sirio

Daniel Tirapu

Leyendo el libro del Papa Benedicto sobre Jesús me doy cuenta que por cristiano soy judío. Antiguo y nuevo testamento están hilvanados de modo prodigioso. Soy cristiano, por la gracia de Dios, que no es una religión de un pueblo, de una etnia, de una raza, pero que asume al Pueblo de Dios judío.

La lectura de Naamán el sirio, un ministro importante, aquejado de lepra que acude a Eliseo, profeta de Israel, para que en nombre de su Dios le cure, es sorprendente,  muy didáctica.

Eliseo le dice que se bañe siete veces en el Jordán. Naamán duda, que tendrá este río que no tenga otro, ¿siete veces? En nuestra vida pasa igual, esos siete baños son los sacramentos. Por qué confesar, si ya he aprendido de mis errores, si lo he pasado incluso mal, eso es todo lo que me ofreces, ¿un río vulgar? El sentido común de los acompañantes de Naamán cuenta: si te hubiese pedido algo difícil, lo harías; no pierdes nada con bañarte.

Pero Naamán obedece, se fía y su piel volvió a ser la de un niño. No esperemos fórmulas magistrales, cosas raras o difíciles, creer y obedecer, no es fácil por el maldito YO que todo lo quiere entender, probar, comprobar. Acude a un sacerdote santo y alegre y abre tu corazón.

 

 

Por qué el Yoga, en la filosofía y en la práctica, es incompatible con el Cristianismo

1 febrero 2018


Un sacerdote de la India explica cómo la teología panteísta y la insistencia en el yo hacen del yoga algo muy lejano a Cristo y a lo santo.

Como cristiano católico nacido en el seno de una familia católica tradicional en Kerala, en la India, pero habiendo vivido entre hindúes; y ahora como religioso, sacerdote católico y predicador carismático en 60 países de los cinco continentes, creo que tengo algo que decir sobre los efectos perniciosos que tiene el yoga en la vida y en la espiritualidad cristiana.

Sé que hay un interés creciente por el yoga en todo el mundo, incluso entre los cristianos y que también ese interés se extiende a otras prácticas esotéricas y de la Nueva Era como el Reiki, la reencarnación, la acupresión, la acupuntura, la sanación pránica o pranoterapia, la reflexiología, etc. métodos sobre los que el Vaticano ha prevenido y avisado en su documento “Jesucristo, portador del agua de la vida”.

Para algunos el Yoga es un medio de relajación y de alivio de la tensión, para otros es un ejercicio que promueve la salud y el estar en forma y, para una minoría, es un medio para la curación de enfermedades. En la mente del católico medio, ya sea laico o del clero, hay mucha confusión pues el Yoga según se promueve entre los católicos no es exclusivamente ni una disciplina relacionada con la salud ni una disciplina espiritual sino que unas veces es una cosa, otras veces la otra, y frecuentemente una mezcla de las dos.

Pero el hecho es que el Yoga es principalmente una disciplina espiritual y sé que incluso hay sacerdotes y hermanas en seminarios y noviciados que aconsejan el Yoga como una ayuda para la meditación y para la oración. Es triste que hoy en día, muchos católicos estén perdiendo la confianza en las grandes prácticas espirituales y místicas para la oración y la disciplina que recibieron de grandes santos como Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Francisco de Sales, Santa Teresa de Avila, etc. y ahora sigan a espiritualidades y místicas orientales que provienen del Hinduismo y del Budismo.

A este respecto, un cristiano sincero debería informarse sobre la compatibilidad del Yoga con la espiritualidad cristiana y sobre la conveniencia de incorporar sus técnicas en la oración y en la meditación cristianas.

Yoga: unión con una divinidad impersonal

¿Qué es el Yoga? La palabra Yoga significa “unión”, el objetivo del Yoga es unir el yo transitorio (temporal), “JIVA” con el (yo eterno) infinito “BRAHMAN”, el concepto hindú de Dios. Este Dios no es un Dios personal, sino que es una sustancia impersonal espiritual que es uno con la naturaleza y el comos.

Brahman es una sustancia impersonal y divina que “impregna, envuelve y subyacente en todo”. El Yoga tiene sus raíces en los Upanishads hindúes que son anteriores al año 1000 a.C., y dice sobre el Yoga que “une la luz dentro de ti con la luz de Brahman”.

“Lo absoluto está en uno mismo” dicen los Upanishads Chandogya, “TAT TUAM ASI” o “ESO ERES TÚ”. Lo Divino habita dentro de cada uno a través de Su representante microcósmico – el yo individual- llamado Jiva.

En el Bhagavad Gita, el señor Krishna describe el Jiva como “mi propia parte eterna”, y afirma que “la alegría del yoga le llega al yogi que es uno con Brahman”.

En el año 150 a.C, el yogi Patanjali explicó las ocho vías que guían las prácticas del Yoga desde la ignorancia a la iluminación. Las ocho vías son como una escalera. Son:

– autocontrol (yama)
– práctica religiosa (niyama)
– posturas (asana)
– ejercicios de respiración (pranayama)
– control de los sentidos (pratyahara)
– concentración (dharana)
– contemplación profunda (dhyana)
– iluminación (samadhi).

Aquí es interesante observar que las posturas y los ejercicios de respiración, que frecuentemente son considerados en occidente como todo el Yoga, son los pasos 3 y 4 hacia la unión con Brahman.

El Yoga no es sólo un sistema elaborado de posturas y de ejercicios físicos, es una disciplina espiritual que pregona llevar el alma al samadhi, a la unión total con el ser divino. El samadhi es el estado en el que lo natural y lo divino se convierten en uno, el hombre y Dios llegan a ser uno sin ninguna diferencia. (Brad Scott: ¿Ejercicio o práctica religiosa? Yoga: Lo que el profesor nunca le enseñó en una clase de Hatha Yoga” en el Watchman Expositor Vol. 18, No. 2, 2001).

Cuando te citan la Biblia en clave panteísta

Este enfoque del yoga es radicalmente contrario al Cristianismo, en donde claramente hay una distinción entre Creador y criatura, entre Dios y hombre. En el Cristianismo, Dios es el “Otro” y nunca “el mismo”.

Es triste que algunos promotores del Yoga, Reiki o de otras disciplinas o meditaciones distorsionen algunas citas de la Biblia al citarlas aisladas para corroborar sus argumentos tales como: “sois templo de Dios” “el agua viva fluye en ti”, “estaréis en Mi y Yo estaré en vosotros” “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi” etc. sin entender el contexto ni el significado de estas palabras de la Biblia.

Hay gente que retrata a Jesús incluso como a un yogui como actualmente podemos ver en imágenes de Jesús en conventos, capillas y presbiterios – ¡Jesús está representado en posturas de meditación de yogui!”

Decir que Jesús es “un yogui” es denegar Su divinidad, santidad y perfección intrínseca e insinúa que Él tenía una naturaleza imperfecta sujeta a la ignorancia y a la ilusión (Maya), y que necesitó ser liberado de su condición humana mediante la práctica y la disciplina del yoga.

El yoga es incompatible con la espiritualidad cristiana porque es panteísta (al decir “Dios es todo y todo es Dios”), y sostiene que existe una realidad única y todo lo demás es ilusión o Maya. Si sólo existe una realidad y todo lo demás es ilusorio, no puede haber ninguna relación ni amor.

El Centro de la fe Cristiana es la fe en la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas en un solo Dios, el modelo perfecto de relación amorosa.

El Cristianismo es todo sobre relaciones con Dios y entre los hombres. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y toda tu mente. Este es el principal y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22: 37-39).

En el Hinduísmo, el bien y el mal, lo mismo que el dolor y el placer son ilusorios (Maya) y por lo tanto irreales. Vivekananda, el icono más respetado del Hinduismo moderno, decía: “el bien y el mal son uno y lo mismo” (Vivekananda. “The yogas and other Works”, publicado por Ramakrishna Vivekananda Centre NY, 1953).

En el Cristianismo, la cuestión controvertida del pecado como una ofensa contra la Santidad de Dios es inseparable para nuestra fe, porque el pecado es la razón por la que necesitamos un Salvador. La Encarnación, la Vida, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús son para nosotros medios de salvación, es decir, para liberarnos del pecado y de sus consecuencias. No podemos ignorar esta diferencia fundamental a la hora de absorber en la Espiritualidad Cristiana al Yoga y a otras técnicas de meditación orientales.

En el mejor de los casos el Yoga es una práctica pagana y en el peor es una práctica oculta.

Esta es la religión del anticristo (el hombre que se hace Dios) y por primera vez en la historia está siendo practicada frenéticamente en el mundo occidental y en América.

Es ridículo que maestros de Yoga lleven incluso una cruz o algún símbolo cristiano, engañan a la gente diciendo que el Yoga no tiene nada que ver con el Hinduismo y dicen que es sólo cuestión de aceptar a otras culturas. Otros han intentado enmascarar al Yoga con apelativos cristianos denominándole “Yoga Cristiano”.

Esta no es una cuestión de aceptar la cultura de otro pueblo, es una cuestión de aceptar otra religión que es irrelevante para nuestra religión y de conceptos religiosos.

Extendido en Occidente

Es una pena que el Yoga se haya expandido tan frenéticamente desde los jardines de infancia hasta todo tipo de instituciones de medicina, psicología etc. llamándose a si mismo ciencia cuando no lo es en absoluto; y se está vendiendo bajo la etiqueta de “terapia de relajación”, “auto-hipnosis”, “visualización creativa”,”centering”, etc.

El Hatha Yoga, está ampliamente difundido en Europa y en América como método de relajación y como ejercicio no agotador, es uno de los seis sistemas reconocidos del Hinduismo ortodoxo, en su es origen religioso y místico, y es la forma más peligrosa de Yoga (Dave Hunt, “the seduction of Christianity” página 110).

Recordad las palabras de San Pablo: “No os maravilléis, pues también Satanás se disfraza de ángel de luz” (II Cor 11: 14). Es cierto que mucha gente se ha sanado por medio del Yoga y de otras formas orientales de meditación y oración. Aquí es donde los cristianos deberían preguntarse a sí mismos si necesitan una sanación y beneficios materiales o a su Dios, Jesucristo en el que creen, y Quién es la fuente de todas las sanaciones y de la buena salud.

El deseo de llegar a ser Dios es el primer y el segundo pecado en la historia de la creación según está registrado cronológicamente en las Biblia: “Te decías en tu corazón: El cielo escalaré, encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono; en el monte de la asamblea me sentaré, en lo último del norte. Subiré a las alturas de las nubes, seré igual que el altísimo” (Is 14: 13-14). La serpiente le dijo a la mujer: “¡No, no moriréis! Antes bien, Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses conocedores del bien y del mal” (Gen 3: 4-5).

La filosofía y la práctica del Yoga están basados en la creencia de que el hombre y Dios son uno. Se enseña a poner el énfasis en uno mismo en lugar de en el Único y Verdadero Dios. Se anima a los que participan a buscar las respuestas a los problemas y cuestiones de la vida en su mente y en su conciencia en vez de buscar soluciones en la Palabra de Dios a través del Espíritu Santo, como sucede en el cristianismo. Se deja a uno, sin lugar a duda, expuesto al engaño del enemigo de Dios que busca víctimas a las que pueda arrancar de Dios y de la Iglesia (IPed 5: 8).

De la mística oriental a la Europa avergonzada de sí misma

En los últimos ocho años, he predicado la palabra de Dios principalmente en los países europeos que en tiempos fueron la cuna del cristianismo, y de donde salieron evangelizadores y misioneros, mártires y santos.

¿Podemos llamar a Europa cristiana ahora? ¿No es cierto que Europa ha borrado de su vida todos sus valores y conceptos cristianos? ¿Por qué se avergüenza Europa de reconocer sus raíces cristianas? ¿Dónde están los valores morales y la ética que desde hace siglos se practicaban en Europa y que fueron llevados a otras civilizaciones y culturas a través de la proclamación valiente del Evangelio de Cristo? ¡Por sus frutos conoceréis el árbol!

Yo creo que estas dudas y confusiones, la apostasía e infidelidad, la frialdad religiosa y la indiferencia han llegado a Europa a partir de que fueron introducidos en Occidente la mística y las meditaciones orientales, las prácticas esotéricas y las de la Nueva Era.

Del yoga a lo demoníaco

En mis retiros carismáticos, la mayoría de los participantes vienen con diferentes problemas morales, espirituales, físicos o psíquicos para ser liberados y sanados y para recibir una nueva vida mediante la fuerza del Espíritu Santo.

Con toda la sinceridad de mi corazón, puedo decir que entre el 80% y el 90% de los participantes han estado en el Yoga, el Reiki, la reencarnación, etc. que son prácticas religiosas orientales. Allí han perdido la fe en Jesucristo y en la Iglesia. En Croacia, Bosnia, Alemania, Austria e Italia he tenido casos claros en los que individuos poseídos por el poder de la oscuridad gritaban “Yo soy Reiki”, “Yo soy el Sr. Yoga”. Ellos mismos se identificaban a estos conceptos como si fueran personas mientras yo dirigía una oración de sanación por ellos. Posteriormente tuve que hacer una oración de liberación sobre ellos para liberarles de la posesión del maligno.

Hay personas que dicen: “no hay nada de malo en la práctica de estos ejercicios, basta con no creer en la filosofía que hay detrás”. Sin embargo los promotores del Yoga, Reiki, etc, afirman claramente que la filosofía y la práctica son inseparables.

Por eso un cristiano no puede en ningún caso aceptar la filosofía y la práctica del yoga, ya que el Cristianismo y el Yoga son dos puntos de vista que se excluyen mutuamente. El Cristianismo ve al pecado como el principal problema del hombre, lo considera como un fracaso a la hora de ajustarse tanto a los estándares como al carácter de un Dios moralmente perfecto. El hombre está distanciado de Dios y necesita la reconciliación.

La solución es Jesucristo “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” . Por la muerte de Jesús en la cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo. Ahora llama a los hombres a recibir en libertad todos los frutos de su salvación sólo a través de la fe en Cristo.

A diferencia del Yoga, el Cristianismo ve la redención como un regalo gratuito que sólo puede ser recibido y nunca ganado o alcanzado a través del propio esfuerzo o con obras.

Lo que se necesita hoy en Europa y en muchos sitios es la proclamación enérgica del mensaje de Cristo que viene de la Biblia y que es interpretado por la Iglesia para evitar dudas y confusiones que se difunden en Occidente entre muchos cristianos, y llevarles al Camino, la Verdad y la Vida: Jesucristo. Sólo la verdad puede hacernos libres.

Por James Manjackal, MSFS

 

 

Segundo Mandamiento

6 febrero 2018

El Segundo Mandamiento de la ley de Dios se cumple honrando el nombre de Dios.

ÍNDICE:

8.1 Deberes que impone este mandamiento.

8.1.1 Honrar el nombre de Dios y todo lo que a Él se refiere.

8.1.2 Respetar todo lo consagrado a Dios.

8.1.3 El juramento.

8.1.4 El voto.

8.2 Pecados opuestos.

8.2.1 Pronunciar con ligereza o sin necesidad el nombre de Dios.

8.2.2 Blasfemar.

8.2.3 Juramento falso, injusto o innecesario.

8.2.4 Incumplimiento del voto.

8.1 DEBERES QUE IMPONE ESTE MANDAMIENTO

El segundo mandamiento de la ley de Dios se cumple honrando el nombre de Dios (y todo lo que a Él haga referencia). Estudiaremos a continuación el cumplimiento de cada uno de estos deberes.

8.1.1 HONRAR EL NOMBRE DE DIOS Y TODO LO QUE A ÉL SE REFIERE

Dios es santo, y su nombre lo es porque el nombre representa a la persona: hay una relación íntima entre la persona y su nombre, como la hay entre el país, su gobierno y el embajador que lo representa. Cuando se honra o menosprecia a un embajador, se honra o menosprecia al país que representa. Igualmente, cuando nombramos a Dios, no debemos pensar simplemente en unas letras, sino en el mismo Dios, Uno y Trino. Por eso hemos de santificar su nombre y pronunciarlo con gran respeto y reverencia.

San Pablo, por ejemplo, afirma que al pronunciar el nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en los infiernos (cfr. Fil. 2, 10). Los milagros más grandes se han hecho en nombre de Jesús: En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda (Hechos 3, 1-7). Los ángeles y los santos en el cielo alaban continuamente el nombre de Dios, proclamando: Santo, Santo, Santo. Nosotros mismos pedimos en el Padrenuestro: Santificado sea tu nombre y hemos de esforzarnos para que el nombre de Dios sea glorificado en toda la tierra.

Mutatis mutandis, ha de ser honrado el nombre de la Santísima Virgen María, de San José, de los ángeles y de los santos.

8.1.2 RESPETAR TODO LO CONSAGRADO A DIOS

Hemos de respetar lo que está consagrado a Dios, es decir, aquellas cosas, personas o lugares que han sido dedicados a Él por designación pública de la Iglesia:

a) Son lugares sagrados las iglesias y los cementerios; en ellos ha de observarse un comportamiento respetuoso y digno.

b) Son cosas sagradas el altar, el cáliz, la patena, el copón y otros objetos dedicados al culto.

c) Son personas sagradas los ministros de Dios, los sacerdotes y los religiosos, que merecen respeto por lo que representan, y de quienes nunca se debe hablar mal.

8.1.3 EL JURAMENTO

El juramento es otra manera de honrar el nombre de Dios, ya que es poner a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o de la sinceridad de lo que se promete.

A veces es necesario que quien hace una declaración sobre lo que ha hecho, visto u oído, haya de reforzarla con un testimonio especial. En ocasiones muy importantes, sobre todo ante un tribunal, se puede invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o promete: eso es hacer un juramento.

Fuera de estos casos no se debe jurar nunca, y hay que procurar que la convivencia humana se establezca con base en la veracidad y honradez. Cristo dijo: “Sea, pues, vuestro modo de hablar sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt. 5, 37).

Hay diversos modos de jurar:

a) Invocando a Dios expresamente. Por ejemplo: juro por Dios, por la Sangre de Cristo, etc.

b) Invocando el nombre de la Virgen o de algún santo.

c) Nombrando alguna criatura en la que resplandezcan diversas perfecciones. Por ejemplo: jurar por el Cielo, por la Iglesia, por la Cruz, etc.

d) Jurando sin hablar, poniendo la mano sobre los Evangelios, el Crucifijo, el altar, etc.

El juramento bien hecho es no sólo lícito, sino honroso a Dios, porque al hacerlo declaramos implícitamente que es infinitamente sabio, todopoderoso y justo. Para que esté bien hecho se requiere:

1) Jurar con verdad: afirmar sólo lo que es verdad y prometer sólo lo que se tiene intención de cumplir.

2) Jurar con justicia: afirmar o prometer sólo lo que esté permitido y no es pecaminoso.

3) Jurar con necesidad: sólo cuando es realmente importante que se nos crea, o cuando lo exige la autoridad eclesiástica o civil.

8.1.4 EL VOTO

Otra manera de honrar el nombre de Dios es el voto, que es la promesa hecha a Dios de una cosa buena que no impide otra mejor, con intención de obligarse. Para que realmente se trate de un voto requiere:

– Por parte del que lo hace, que la promesa hecha a Dios sea:

a) Formal: el compromiso de cumplirlo se hace expresamente, considerando que hacemos un voto ante Dios, y no un mero propósito.

b) Deliberada: no fruto de una ocurrencia repentina.

c) Libre: de coacción física o moral.

– Por otra parte de la cosa prometida, que sea razonable y posible, buena y mejor que su contraria.

Sería en sí mismo inválido hacer voto de algo malo (por ejemplo, de no perdonar una injuria) o hacer voto de algo cuya realidad opuesta sea preferible (por ejemplo, hacer voto de ir a una peregrinación cuando el hecho de no ir resuelve una grave necesidad ajena).

Puede hacer votos quien tenga uso de razón y suficiente conocimiento de la cosa que promete, y una vez hecho lícitamente hay obligación grave de cumplirlo: Si hiciste algún voto a Dios, no tardes en cumplirlo porque a Dios le desagrada la promesa necia e infiel. Es mucho mejor no hacer voto que después de hacerlo no cumplirlo (Eccli. 5, 3-4).

En la Sagrada Escritura se relata el voto imprudente que hizo Jefté, Juez de Israel: “Si entregas en mis manos a los hijos de Amón, te ofreceré‚ en sacrificio al primero que salga a recibirme cuando regrese victorioso”. Al volver Jefté y salir a su encuentro, antes que nadie su hija única, rasgó sus vestiduras y comprendió su imprudencia (cfr. Jueces 11, 30-40).

En general, es mejor acostumbrarse a hacer propósitos que nos ayuden a mejorar, sin necesidad de votos ni promesas, a no ser que Dios así nos lo pida. Si alguna vez se requiere hacer una promesa a Dios, es prudente preguntar antes al confesor para asegurarnos de que sea oportuna.

8.2 PECADOS OPUESTOS

Son pecados contra este mandamiento:

8.2.1 PRONUNCIAR CON LIGEREZA O SIN NECESIDAD EL NOMBRE DE DIOS

“El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos” (Catecismo, n. 2146).

Este empleo vano del nombre de Dios es pecado (cfr. Eclo. 23, 9-11), en general venial, porque no afecta grandemente el honor de Dios.

Conviene evitar el mezclar con frecuencia en las conversaciones los nombres de Dios, de la Virgen o de los santos, para evitar de esta manera irreverencias.

8.2.2 BLASFEMAR

La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios (Catecismo, n. 2148).

“La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte” (Id.).

Siempre que haya plena advertencia y deliberada voluntad, la blasfemia es pecado grave, que no admite parvedad de materia. Supone una subversión total del orden moral, el cual culmina en el honor de Dios, y la blasfemia intenta presuntuosamente deshonrar a la divinidad.

Se comprende la gravedad de este pecado al considerar los castigos que Dios infligía al blasfemo. En el Levítico (cfr. 24,10-16) se lee que en una riña, el hijo de una mujer israelita blasfemó contra el santo nombre de Dios. Moisés le puso al culpable en una obscura prisión y entretanto preguntó al Señor qué debía hacer. La respuesta de Yahvé fue la siguiente: “Saca de la cárcel al impío blasfemo; y todos los que escucharon el insulto contra Mí, levanten la mano sobre él para protestar contra su delito y después sea apedreado por todo el pueblo”. La lapidación era el suplicio decretado por Dios contra los blasfemos.

 

8.2.3 JURAMENTO FALSO, INJUSTO O INNECESARIO

Son los tres casos en que el juramento es pecado, porque falta alguna de las condiciones para su licitud:

1) La verdad: siempre hay grave irreverencia en poner a Dios como testigo de una mentira. En esto precisamente consiste el perjurio, que es pecado gravísimo que acarrea el castigo de Dios (cfr. Zac. 5, 3-8,17; Eclo. 23,14).

2) La justicia: es grave ofensa utilizar el nombre de Dios al jurar algo que no es lícito, por ejemplo, la venganza o el robo. Si el juramento tiene por objeto algo gravemente malo, el pecado es mortal.

3) La necesidad: no se puede jurar sin prudencia, sin moderación, o por cosas de poca importancia sin cometer un pecado venial que podría ser mortal, si hubiera escándalo o peligro de perjurio.

El juramento que hizo Herodes a Salomé fue vano o innecesario (cfr. Mc. 6, 17-26).

Jurar por hábito ante cualquier tontería es un vicio que se ha de procurar desterrar, aunque de ordinario no pase de pecado venial.

8.2.4 INCUMPLIMIENTO DEL VOTO

Es pecado grave o leve, según los casos, pues es faltar a una promesa hecha a Dios.

 

La fe es la fortaleza de la vida

Sheila Morataya
8 febrero 2018

La fe es un regalo gratuito para nosotros los hombres. Nos da un impulso espiritual único, nos permite confiar en la santa voluntad de Dios, sabiendo que todo lo que Él disponga será para nuestro bienestar.

Esta mañana leí la reflexión del día que hace el Arzobispo Robert Barron sobre el encuentro de Jesús con la mujer cananea extranjera que le se acerca para pedirle que sane a su hija poseída por el demonio.

El Señor al principio parece ignorarla. Pero ella no se cansa ni se desanima, e insiste. Cuando ella persiste en su pedido, Jesús dice: “He venido sólo para las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ella se postra a sus pies y Jesús y responde: “No está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”.

La mujer responde entonces con una de las mejores frases de las Escrituras, donde casi todas pertenecen al propio Jesús:

“Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”. Y en ese momento, Jesús la alaba por su fe y cura a su hija. (Marcos 7:24,30)

El Obispo explica que lo que sucede aquí no es que Jesús esté teniendo un mal día o se sienta de mal humor, sino que lo que Él quiere es que la mujer viva como una discípula y que la fuerza de su fe se manifieste.

Esto es la fe. Esa terquedad santa de que aún y cuando no se ve lo que uno quiere, el corazón decide creer.

Este es el requisito de la fe. No abandonar, persistir, insistir, esperar, vivir intensamente el presente mientras llega el milagro esperado. Tal y como sucede en este pasaje de la escritura.

Y quizá te preguntarás: “¿Cómo voy a seguir esperando cuando la casa se me cae encima porque no consigo trabajo?”

Puede preguntarse alguien. “¿Se sigue en esa casa? ¿se sigue teniendo que vestir o qué comer?” Si la respuesta es “sí”, posiblemente Dios está probando tu fe. Podría estar purificándola.

¿Se pierde la casa? ¿se queda uno sin nada? Posiblemente Dios ahí está probando nuestra fidelidad.

¿Por qué Dios actúa así? ¿Por qué me ignora? Con toda seguridad quiere que la fe se manifieste de verdad. Esto es ser cristiano.

La persona que sigue a Cristo ha de tomar en cuenta que Él es alguien exigente. Con Cristo no se pueden hacer meditaciones cuánticas de esas en las que la persona se alinea con el universo para atraer a su vida lo que se quiere. Vivir así es escoger otro camino. El de Cristo no es así. Vivir siguiendo sus pasos y su propuesta es una decisión que muchas veces lleva a uno al punto de postrarse como lo hizo esta mujer e insistir: “Señor respóndeme”. Insistir siempre.

Pienso en mi propia vida de fe. Miro hacia atrás y comprendo muchas cosas que antes no pude. No somos iluminados repentinamente, porque antes debemos ser probados.

Se es probado en el sufrimiento y en cómo uno se soporta. Entonces, cuando Él en su infinita sabiduría, ve que será para tu bien espiritual, te da lo que tanto le pides y te regala la paz. O quizá nunca te de lo que le pides y morirás esperando, persistiendo, sin rendirte, confiando y aceptando su voluntad. Eso es la fe.

Que el ejemplo de esta mujer extranjera nos ayude a ti y a mí a fortalecer nuestra fe.

¡Dios te bendiga y te ilumine!

Sheila Morataya

 

 

Un Amor que da sentido a todo

 

Por Fernando PASCUAL

Nacer y morir. Dos momentos que marcan cada historia personal. Entre esos momentos, mil encuentros, éxitos, fracasos, gozos y alegrías.

El recorrido tiene siempre algo de incierto. No sabemos lo que ocurrirá en las próximas horas. Todo está pendiente de equilibrios inestables.

A pesar de tanta incertidumbre, existe un Amor que da sentido a todo. Porque cada uno recibimos amor, y cada uno está llamado a amar.

El Amor que nunca falla, que busca, que cura, que impulsa al bien, brota del corazón de Dios.

Es Dios quien funda nuestra existencia. Es Dios quien nos espera tras la muerte. Es Dios quien invita a cada hijo a entrar en la Patria de los cielos.

Ese Amor que da sentido a todo viene del Padre y engendra al Hijo. Entre el Padre y el Hijo, el Amor une como Espíritu Santo.

Luego, ese Amor funda el gran prodigio de la creación, en la que aparecen ángeles y estrellas, planetas y satélites, plantas y animales.

Ese Amor pensó en el ser humano, en todos y en cada uno, y ofreció mil señales para que reconociésemos la Bondad y Belleza del Padre.

Ese Amor no se detuvo ante el pecado. Por eso el Hijo, con la potencia del Espíritu Santo, se encarnó en la Virgen María (cf. Lc 1,26-38).

Como cada día de mi camino, el Amor toca a las puertas de mi alma y me ofrece consuelo, fortaleza, misericordia y paz.

Desde ese Amor también yo puedo convertirme en “embajador de Cristo” (cf. 2Cor 5,20), que ofrece gratis lo que gratis he recibido (cf. Mt 10,8).

“Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en Él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16).

 

 

IESE drivers for life

Desde pequeña he vivido el mundo de las obras, a través de mi padre, como algo muy cercano. Pero es verdad que siempre me ha tocado ser la primera mujer que desempeñaba en cada momento ese puesto de trabajo: jefe de obra, delegada de zona, directora general… En cualquier caso, las cosas cambian; en estos momentos más de un tercio del total de alumnos de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos son mujeres (cuando yo acabe éramos un 5/10%) y en las obras trabajan cada vez más, no solo como administrativas, sino como topógrafos, jefes de producción o de obra, etcétera.”

Socorro Fernández Larrea, ingeniera de caminos y PADE del IESE, CEO en JustNow y consejera en Red Eléctrica Española y Cementos Molins, está acostumbrada a ser la excepción en su mundo profesional. Pero la desventaja se convierte en ventaja: el factor sorpresa que descoloca al elemento masculino juega a favor de las mujeres, desarma a aquellos que son reticentes ante una jefa de obra con los pies en el barro y un casco en la cabeza, como desarma a aquellos otros que creen que el mundo de las tecnológicas es de los hombres -como nos contó Fuencisla Clemares, quien curiosamente también se refirió a este factor sorpresa que causa la mujer en la Alta Dirección-.

Al igual que Fuenscisla, también Socorro ha estado en IESE, en una nueva edición de nuestros Inspiring I-WiL Breakfast, contándonos en primera persona cómo ser mujer e ingeniera, cómo dirigir obras desde el mismísimo andamio, a pesar de ser vista casi como la “mascota” de la industria…

Para ella, la inspiración (los drivers de su trayectoria vital y profesional) proviene de varios factores que ordena siguiendo las iniciales que forman la palabra I-E-S-E:

Con la I, sus drivers son, además de ingeniería, la inspiración que son sus 3 hijas de entre 14 y 19 años, y que educa

Un momento de la sesión del I-WiL Breakfast

junto a su marido, también ingeniero de caminos. “Todo gira en torno a ellas, incluidas las horas en que pongo las reuniones. La primera vez  quienes trabajan conmigo se sorprenden, luego se van acostumbrando e imitando esas iniciativas… Hay que predicar con el ejemplo, vas creando un ambiente, porque la gente tiene vida propia!”. Otros drivers con la IIlusión, intuición, instinto, porque hay que pensar y analizar las decisiones, claro; pero el corazón también tiene que estar en la base. “Mis mejores decisiones siempre han sido por intuición“.  Inquietud, ímpetu, “echarle ganas a las cosas, arrastrar a la gente que va contigo. Que se note que quieres hacerlo, que es importante para ti“. La inteligencia emocional es una ventaja competitiva de las mujeres, que gestionan familias, la más importante y compleja empresa que existe. “A los hombres se les ve venir… pero ellos no saben de qué vamos nosotras… y hay que aprovechar esa ventaja.Inconformismo, “qué más puedo hacer…. de qué otras maneras y, sobre todo, siendo mujer“. La imagen de mujer, no masculinizada ni por dentro ni por fuera, sin aceptar los estereotipos presentes en tantas empresas, en tantos consejos, donde ser mujer es la excepción, la novedad.

Una de las mesas con algunas participantes en el I-WiL Breakfast

Con la E, sus drivers son la ética, la educación y el ejemplo: los valores que me ha dado mi familia y que yo intento transmitir a mis hijas… y trasladar también a mi vida profesional. La ética es importantísima en un mundo como el de la construcción.” El entorno es decisivo para el desarrollo del networking (o “netliving”, como propuso una de las participantes). Todas las oportunidades nos llegan a través del entorno. Las mujeres tendemos a sobreprotegerlo, de ahí que sea vital la creación de espacios y momentos de encuentro con otras mujeres, pero a nuestro estilo, no imitando las copas después de la oficina… Elección, decisión por olfato, corriendo riesgos, que son tan temidos por muchas mujeres. Un riesgo no es per se malo. Porque damos mucho peso al ¿y si no…? y nos olvidamos con frecuencia del ¿y si sí…? Una última palabra con E, pero no la menos importante: Equipo, “nunca he hecho nada sola. Me he esforzado por rodearme de  gente que esté a gusto conmigo”.

Con la S, suerte. Se reconoce muy afortunada en la familia, con los jefes que ha tenido y por la fe católica con que lo vive todo. Salud, a pesar de los escollos, las ya 8 operaciones “gracias a las que he tenido la suerte de poder pedir perdón muchas veces“. Un espíritu positivo no solo pone ese 70%  de ganas personales necesario para salir adelante, sino que además genera ganas de vivir a su alrededor, y no precisamente de vivir “como un enfermo”, a medio gas… Sonrisa, sabor, sal, no hay nada más barato y que contagie alegría más eficazmente que sonreír. S también de Soco (mejor que Socorro para evitar traducciones jocosas o situaciones de alarma), que es un nombre que “imprime carácter”, reconoce con humor. Sentimientos y emociones, que son los que te hacen  conectar con las personas, “no todo son matemáticas”. En su opinión, unen más que las motivaciones y que el sentido común. Santidad como aspiración, “es una mochila que te hace fuerte. A mí me ha funcionado y me funciona. Porque aspirar a ello hace que otros conceptos básicos -también con S–  importen en la vida de otros y se conviertan en drivers: servir, sumar, solidaridad, semejante.”

Sin duda, Socorro Fernández Larrea es una inspiración para aquellas mujeres que quieren dedicar su experiencia y conocimientos a mejorar las empresas, los servicios, las instituciones, formando parte de los Consejos de Administración. Tanto si sois consejeras ya, como si tenéis la posibilidad de serlo (como consejables), os animo a que consideréis el Programa Enfocado Mujeres en Consejos de Administración, que tendrá lugar los días 20 y 21 de marzo, y 24 y 25 de abril, y que la propia Socorro realizó hace algún tiempo.

Gracias, Soco, por seguir siendo un referente, motor, y agente de cambio positivo allí donde estás.

 

 

Detrás del closet de la CIDH

ESCRITO POR MIGUEL ANTONIO ESPINO PERIGAULT. 07 FEBRERO 2018 PUBLICADO EN COLUMNAS DE OPINIÓN

Recientemente, activistas de la ideología de género han salido a la arena política para defender una opinión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) favorable al matrimonio homosexual.

La acción de la CIDH es vista como tendenciosa y dirigida a servir de consigna política al activismo de género.

Como una señal de cambios importantes con relación al tema, es el firme rechazo que las organizaciones religiosas representativas de la inmensa mayoría de los panameños dieron al documento CIDH y al apoyo al mismo por funcionarios de alto perfil del gobierno.

La Conferencia Episcopal Panameña, el Comité Ecuménico de Panamá y la Alianza Evangélica de Panamá han unido sus voces de protesta frente a un asunto que, en su justa valorización ética, debe concluir con la renuncia de los cargos d los involucrados en la vergonzosa situación. Pero, esto no lo entienden los de la nueva cultura de género.

Frente a las próximas elecciones nacionales, los grupos de género intentan incrementan y consolidar posiciones de poder, apoyados, en esta ocasión, en el tendencioso mensaje de la CIDH.

Corresponde a los grupos democráticos defensores de la verdad y la paz, promover la participación de los ciudadanos en las próximas elecciones nacionales eligiendo candidatos adecuados.

Candidatos creíbles e identificados con los valores tradicionales relacionados con la familia, el matrimonio y la vida humana. Así mismo, sacar del templo político a los mercaderes de la ideología de género, para neutralizarlos y que vuelvan al clóset.

* El autor es periodista.

 

 

A modo de pregón: