Las Noticias de hoy 12 Agosto 2017

 

               Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 12 de agosto de 2017       

Indice:

ROME REPORTS

No a la eutanasia, reitera el Papa a Congregación católica belga

18ª semana. Sábado: EL PODER DE LA FE: Francisco Fernández-Carvajal

“Ojala seas como un viejo sillar oculto”:San Josemaria

Jesús no nos deja solos” tuitea el Papa

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO: +Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres  

“No teman. Soy yo”, por Mons. Enrique Díaz Díaz

¿Qué relación tuvo Jesús con María Magdalena?

La Creación: Santiago Sanz

La esencia del hombre: Leonardo Polo

Las personas no somos imagen, somos dignidad: Sheila Morataya

SER MADRE ES UNA MALDICIÓN: René Mondragón

¿Ya estamos preparados para el inicio de clases? Que no te gane el tiempo.: Silvia del Valle Márquez

La Familia es el tesoro divino: Rosario Reyes Ruiz

Planea tu jubilación: Lucía Legorreta de Cervantes

 La belleza: un modo de mostrar la dignidad humana: Ana Teresa López de Llergo

 La intolerancia laicista como amenaza para el pacto educativo en España: Jesús Martínez Madrid

Aquello de la culpa ya no se sostiene.: Pedro García

Se ha cumplido un año: Jesús D Mez Madrid

 VIAJANDO POR ESPAÑA, FRANCIA e ITALIA: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

ROME REPORTS

 

No a la eutanasia, reitera el Papa a Congregación católica belga

Detengan eutanasia, ordenó el Papa Francisco ordenó a los Hermanos de la Caridad de Bélgica - ANSA

11/08/2017 11:55

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 El Papa Francisco ha ordenado que se detenga la práctica de la eutanasia en los 15 Centros psiquiátricos, que tienen a su cargo en Bélgica los Hermanos de la Caridad, nombre del Instituto religioso masculino de derecho pontificio, fundado por un sacerdote belga y aprobado en 1899.

La orden del Santo Padre llega a través del Dicasterio vaticano para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, recordando que la eutanasia se opone a los principios fundamentales de la Iglesia católica y el plazo señalado para que se detenga dicha práctica es el mes de agosto de 2017.

El Superior General, el Hermano René Stockman, ha señalado que los hermanos que forman parte de la Junta Directiva del Grupo de Hermanos de la Caridad, organización que dirige los centros, también deberán firmar una carta conjunta declarando que «apoyan plenamente la visión del magisterio de la Iglesia Católica, que siempre ha confirmado que la vida humana debe ser respetada y protegida en términos absolutos, desde el momento de la concepción hasta su fin natural».

El mismo Superior General, que había solicitado una intervención contra esta práctica inaceptable, recuerda que los hermanos que

 

 

18ª semana. Sábado: EL PODER DE LA FE

— La fe capaz de trasladar montañas. Cada día tienen lugar en la Iglesia los milagros más grandes.

— Más gracias cuanto mayores son los obstáculos.

— Fe con obras.

I. Entre una inmensa muchedumbre que espera a Jesús, se adelantó un hombre y, puesto de rodillas, le suplicó: Señor, ten compasión de mi hijo...1. Es una oración humilde la de este padre, como reflejan su actitud y sus palabras. No apela al poder de Jesucristo sino a su compasión; no hace valer méritos propios, ni ofrece nada: se acoge a la misericordia de Jesús.

Acudir al Corazón misericordioso de Cristo es ser oídos siempre: el hijo quedará curado, cosa que no habían logrado anteriormente los Apóstoles. Más tarde, a solas, los discípulos preguntaron al Señor por qué ellos no habían logrado curar al muchacho endemoniado. Y Él les respondió: Por vuestra poca fe. Porque os digo que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: trasládate de aquí allá, y se trasladaría y nada os sería imposible.

Cuando la fe es profunda participamos de la Omnipotencia de Dios, hasta el punto de que Jesús llegará a decir en otro momento: el que cree en Mí, también hará las obras que Yo hago, y las hará mayores que estas, porque Yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pidiereis algo en mi nombre, Yo lo haré2. Y comenta San Agustín: «No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo»3.

El Señor dice a los Apóstoles en este pasaje del Evangelio de la Misa que podrían «trasladar montañas» de un lugar a otro, empleando una expresión proverbial; entre tanto, la palabra del Señor se cumple todos los días en la Iglesia de un modo superior. Algunos Padres de la Iglesia señalan que se lleva a cabo el hecho de «trasladar una montaña» siempre que alguien, con la ayuda de la gracia, llega donde las fuerzas humanas no alcanzan. Así sucede en la obra de nuestra santificación personal, que el Espíritu Santo va realizando en el alma, y en el apostolado. Es un hecho más sublime que el de trasladar montañas y que se opera cada día en tantas almas santas, aunque pase inadvertido a la mayoría.

Los Apóstoles y muchos santos a lo largo de los siglos hicieron admirables milagros también en el orden físico; pero los milagros más grandes y más importantes han sido, son y serán los de las almas que, habiendo estado sumidas en la muerte del pecado y de la ignorancia, o en la mediocridad espiritual, renacen y crecen en la nueva vida de los hijos de Dios4. «“Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!” -¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!...

»—¡Qué promesas encierra esa exclamación del Maestro!»5. Promesas para la vida sobrenatural de nuestra alma, para el apostolado, para todo aquello que nos es necesario...

II. Señor, ¿por qué no hemos podido curar al muchacho? ¿Por qué no hemos podido hacer el bien en tu nombre? San Marcos6, y muchos manuscritos en los que se recoge el texto de San Mateo, añade estas palabras del Señor: Esta especie (de demonios) no puede expulsarse sino por la oración y el ayuno.

Los Apóstoles no pudieron librar a este endemoniado por falta de la fe necesaria; una fe que había de expresarse en oración y mortificación. Y nosotros también nos encontramos con gentes que precisan de estos remedios sobrenaturales para que salgan de la postración del pecado, de la ignorancia religiosa... Ocurre con las almas algo semejante a lo que sucede con los metales, que funden a diversas temperaturas. La dureza interior de los corazones necesita, según los casos, mayores medios sobrenaturales cuanto más empecinados estén en el mal. No dejemos a las almas sin remover por falta de oración y de ayuno.

Una fe tan grande como un grano de mostaza es capaz de trasladar los montes, nos enseña el Señor. Pidamos muchas veces a lo largo del día de hoy, y en este momento de oración, esa fe que luego se traduce en abundancia de medios sobrenaturales y humanos. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe7. «Ante ella caen los montes, los obstáculos más formidables que podamos encontrar en el camino, porque nuestro Dios no pierde batallas. Caminad, pues, in nomine Domini, con alegría y seguridad en el nombre del Señor. ¡Sin pesimismos! Si surgen dificultades, más abundante llega también la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio opongan a la labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20)»8.

Las mayores trabas a esos milagros que el Señor también quiere realizar ahora en las almas, con nuestra colaboración, pueden venir sobre todo de nosotros mismos: porque podemos, con visión humana, empequeñecer el horizonte que Dios abre continuamente en amigos, parientes, compañeros de trabajo o de estudio, o conocidos. No demos a nadie por imposible en la labor apostólica; como tantas veces han demostrado los santos, la palabra imposible no existe en el alma que vive de fe verdadera. «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura.

»—“Ecce non est abbreviata manus Domini” —El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!»9. Sigue obrando hoy las maravillas de siempre.

III. «Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis (Mt 21, 22)»10.

La fe es para ponerla en práctica en la vida corriente. Habéis de ser no solo oyentes de la palabra, sino hombres que la ponen en práctica: estote factores verbi et non auditores tantum11. Haced, realizad en vuestra vida la palabra de Dios y no os limitéis a escucharla, nos exhorta el Apóstol Santiago. No basta con asentir a la doctrina, sino que es necesario vivir esas verdades, practicarlas, llevarlas a cabo. La fe debe generar una vida de fe, que es manifestación de la amistad con Jesucristo. Hemos de ir a Dios con la vida, con las obras, con las penas y las alegrías... ¡con todo!12.

Las dificultades proceden o se agrandan con frecuencia por la falta de fe: valorar excesivamente las circunstancias del ambiente en que nos movemos o dar demasiada importancia a consideraciones de prudencia humana, que pueden proceder de poca rectitud de intención. «Nada hay, por fácil que sea, que nuestra tibieza no nos lo presente difícil y pesado; como nada hay tampoco tan difícil y penoso que no nos lo haga del todo fácil y llevadero nuestro fervor y determinación»13.

La vida de fe produce un sano «complejo de superioridad», que nace de una profunda humildad personal; y es que «la fe no es propia de los soberbios sino de los humildes», recuerda San Agustín14: responde a la convicción honda de saber que la eficacia viene de Dios y no de uno mismo. Esta confianza lleva al cristiano a afrontar los obstáculos que encuentra en su alma y en el apostolado con moral de victoria, aunque en ocasiones los frutos tarden en llegar. Con oración y mortificación, con el trato de amistad, con nuestra alegría habitual, podremos realizar esos milagros grandes en las almas. Seremos capaces de «trasladar montañas», de quitar las barreras que parecían insuperables, de acercar a nuestros amigos a la Confesión, de poner en el camino hacia el Señor a gentes que iban en dirección contraria. Esa fe capaz de trasladar montes se alimenta en el trato íntimo con Jesús en la oración y en los sacramentos.

Nuestra Madre Santa María nos enseñará a llenarnos de fe, de amor y de audacia ante el quehacer que Dios nos ha señalado en medio del mundo, pues Ella es «el buen instrumento que se identifica por completo con la misión recibida. Una vez conocidos los planes de Dios, Santa María los hace cosa propia; no son algo ajeno para Ella. En el cabal desempeño de tales proyectos compromete por entero su entendimiento, su voluntad y sus energías. En ningún momento se nos muestra la Santísima Virgen como una especie de marioneta inerte: ni cuando emprende, vivaz, el viaje a las montañas de Judea para visitar a Isabel; ni cuando, ejerciendo de verdad su papel de Madre, busca y encuentra a Jesús Niño en el templo de Jerusalén; ni cuando provoca el primer milagro del Señor; ni cuando aparece –sin necesidad de ser convocada– al pie de la Cruz en que muere su Hijo... Es Ella quien libremente, como al decir Hágase, pone en juego su personalidad entera para el cumplimiento de la tarea recibida: una tarea que de ningún modo le resulta extraña: los de Dios son los intereses personales de Santa María. No es ya solo que ninguna mira privada suya dificultase los planes del Señor: es que, además, aquellas miras propias eran exactamente estos planes»15.

1 Mt 17, 14-20. 2 Jn 14, 12-14. 3 San Agustín, Datado sobre el Evangelio de San Juan, 72, 1. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, in loc. — 5 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 585. — 6 Mc 9, 29. — 7 1 Jn 5, 4. — 8 A. del Portillo, Carta pastoral 31-V-1987, n. 22. — 9 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 586. — 10 ídem, Amigos de Dios, 203. — 11 Sant 1, 22. — 12 Cfr. P. Rodríguez, Fe y vida de fe, p. 173. — 13 San Juan Crisóstomo, De compunctione, 1, 5. — 14 San Agustín, cit. en Catena Aurea, vol. VI, p. 297. — 15 J. M. Pero-Sanz, La hora sexta, Rialp, Madrid 1978, p. 292.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) s�lo nos ha autorizado a difundir la meditaci�n diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribuci�n por fotocopias u otras formas de distribuci�n.

 

 

“Ojala seas como un viejo sillar oculto”

 

No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra. –Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa. (Camino, 590)

Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

––pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás; ––querer salirte siempre con la tuya; –disputar sin razón o –cuando la tienes– insistir con tozudez y de mala manera;

—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad; —despreciar el punto de vista de los demás;

—no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

—no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees; —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan; —excusarte cuando se te reprende;

—encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene; —oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

—dolerte de que otros sean más estimados que tú;

—negarte a desempeñar oficios inferiores;

—buscar o desear singularizarte;

—insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;

—avergonzarte porque careces de ciertos bienes... (Surco, 263)

 

Jesús no nos deja solos” tuitea el Papa

La cuenta de Twitter en español es la más seguida

11 agosto 2017Rosa Die AlcoleaEl papa Francisco, Medios de comunicación y media

@Pontifex_es Captura de pantalla

“Jesús no nos deja solos porque cada uno de nosotros es precioso para Él” es el último tweet del Santo Padre desde su cuenta oficial de Twitter en lengua españona: @Pontifex_es, la más seguida de las versiones oficiales de @Pontifex, el perfil del Vaticano.

En esta línea, el Santo Padre tuitea hoy, 11 de agosto de 2017 en todos los idiomas: “Cuando algo nos haga sufrir, escuchemos la voz del Señor en el corazón: “¡No tengas miedo, sigue adelante! ¡Yo estoy contigo!”.

El Papa Francisco manda mensajes a través de Twitter, el canal de comunicación más instantáneo en nuestro tiempo. La cuenta oficial del Vaticano @Pontifex, con más de 35 millones de seguidores, cuenta con 9 versiones en diferentes idiomas: español, inglés, italiano, portugués, polaco, francés, latín, alemán y árabe.

Los tweets del Papa Francisco reflejan misiones e intenciones muy concretas: “En el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad a Cristo” o “El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia” son algunos de los tweets que se pueden leer en @Pontifex_es.

La cuenta en español @Pontifex_es es la más vista con 13,3 millones de seguidores. Le sigue la cuenta en inglés con 11,4 millones y luego la de italiano con 4,3 millones de usuarios. La cuenta en portugés cuenta con 2,8 millones, 894.000 en polaco, 854.000 en francés, 825.000 la cuenta en latín, 472.000 en alemán, y 378.000 segudiores tiene la cuenta en árabe.

Fue el 12 de diciembre de 2012 cuando se creó la cuenta oficial de Twitter del Vaticano, bajo el pontificado de Benedicto XVI.

 

 

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

MIEDO

Confieso que este texto siempre me ha ayudado en todos los momentos de mi vida por la sabiduría que encierra.

Jesús ora en la madrugada. Busca los lugares solitarios. Pero, nunca se olvida de la gente. Los que dicen de los orantes que se olvidaron de la humanidad caen en la calumnia y expresa que ellos nunca oraron de verdad.

La clave está en que Jesús, desde su oración, desde el monte, contempla a los que se debaten con miedo, con perplejidad, en los mares embravecidos de la vida. Jesús camina hacia ellos, camina hacia las aguas, que es propio de Yahvé, de Dios, del Espíritu, que se cernía sobre las aguas.

Este pasaje expresa maravillosamente que Jesús es, cien por cien, divino y cien por cien humano. En su divinidad camina sobre las aguas, en su humanidad se conmueve ante las personas que lo está pasando muy mal.

El miedo siempre paraliza el corazón humano y nos hunde. Jesús anima a Pedro a caminar hacia Él. Al principio lo consigue y, después, la duda y las dificultades del mar embravecido le hacen hundirse en el agua. Al final, el Señor cuando nos fiamos y confiamos en su Corazón nos saca siempre de los apuros. Ni nos traga la corriente, ni nos hundimos en el mar. Cuando nos cogemos de su mano, aunque nos digan que somos personas de poca fe y que la duda forma parte de nuestra vida de seguimiento de Jesús, salimos siempre a flote.

Marchemos siempre tras el Señor y descubramos que no existe nada que nos lance más al auténtico compromiso con los hermanos que cuando somos capaces de entregar la vida por amor y sembrar de esperanza y de acogida a los que se debaten en el mar embravecido de la vida, con nubes de miedo y con la confianza en su Corazón

 

+Francisco Cerro Chaves. Obispo de Coria-Cáceres  

 

 

“No teman. Soy yo”, por Mons. Enrique Díaz Díaz

Reflexión del Evangelio en el XIX Domingo del Tiempo Ordinario

11 agosto 2017Enrique Díaz DíazEspiritualidad y oración

© Misioneros del Sagrado Corazón en Perú

I Reyes 19, 9, 11-13: “Quédate en el monte porque el Señor va a pasar”

 Salmo 84: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”

 Romanos 9, 1-5: “Hasta quisiera verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos”

 San Mateo 14, 22-33: “Mándame ir a ti caminando sobre el agua”

Toda su vida había sido muy seguro, pero con las canas llegaron también las dudas y los temores. Siempre se arriesgaba en aventuras comprometedoras y difíciles, y ahora la más pequeña responsabilidad lo hace temblar. “¿Por qué he perdido mi seguridad? Los fantasmas me ahogan y me amenazan. Tengo una inseguridad terrible que no me deja actuar. Me da miedo todo, el futuro, mi seguridad, la enfermedad, la vejez… ¿Cómo luchar contra mis fantasmas?”. Son las expresiones de una persona madura, sin que pueda decirse que es propiamente un anciano, pero son también las inquietudes y los fantasmas de muchos que ante las tormentas y los embates de la moderna sociedad, han perdido seguridad. Es un ambiente que nos contagia y nos envuelve: inseguridad, fantasmas, miedos.

Simbolismo y realidad. El episodio de Jesús caminando sobre las aguas es sorprendente y provocador. Jesús surge entre la neblina de la madrugada y hace saltar entre los asustados pescadores sus fantasmas más ancestrales. Los discípulos eran marineros experimentados y curtidos. En muchas ocasiones les había tocado luchar y trabajar en el fragor de la tormenta, en medio de los vientos. Pero toda esta escena, sin quitar el realismo evidente, tiene mucho de simbólico. Desde que los discípulos acompañan al maestro van apareciendo constantes dificultades que obstaculizan la construcción del Reino: la oposición de las autoridades tanto civiles como religiosas, la presión de la gente, la lucha por el poder que no entiende Jesús, la exigencia de despojo, el cargar la cruz, el servicio como primordial, el perdón y tantas otras novedades que les va clavando Jesús en el corazón. Es una tormenta que se abate sobre la pequeña comunidad de discípulos. Y por eso esta narración se mueve en los dos niveles: la narración de un acontecimiento para manifestar a Jesús y, por otra parte, la justificación del proyecto nuevo de Jesús que a ellos pueden parecerles muy atrevido, diferente y contrastante. En los dos casos, Jesús se muestra no como un fantasma, sino como alguien muy cercano, que tiende la mano, que los lanza a caminar sobre las aguas de la inseguridad y del miedo, que es Hijo de Dios.

En la tormenta del mundo actual, para muchos Jesús aparece como un fantasma y provoca miedo. Un fantasma que con su doctrina de igualdad y liberación puede poner en riesgo el sistema neoliberal; un fantasma que con su pasión por la vida y por el respeto a la dignidad de cada persona, cuestiona las ambiciones y la vida placentera a la que el mundo convoca; un fantasma que con sus exigencias de rectitud y justicia pone en evidencia la economía del más fuerte. Un fantasma que cuestiona toda nuestra filosofía actual, porque nos dice que hay más importancia en el servir que en el servirse; que hay mayor valor en el dar que en el apoderarse; que es más grande el más pequeño. Y a este “fantasma” se le ataca, se le denigra o se le desprecia. Preferimos ignorarlo, o decir que es invención y lo dejamos a un lado, sin hacerle mucho caso, con un poco de temor, sin comprometernos con él. Jesús exclama también hoy: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”, con todo lo que estas palabras indican. La manifestación de un Dios, “Yo soy”, que viene a dar paz y a tomarnos de la mano. Un Dios que navega con nosotros en medio de las peores tempestades. No viene para quitar las tempestades, sino para asegurarnos su presencia en medio de ellas y junto con Él vencerlas a pesar de nuestros miedos.

El miedo tiene sentido en nuestra existencia. No es malo el miedo que se despierta en nosotros al enfrentarnos a una situación de peligro o de inseguridad. Es el instinto de conservación, la señal de alarma, que nos pone en guardia ante el peligro. El grito de Pedro, “¡Sálvame, Señor!”, es el grito de todo cristiano que confía firmemente en su Señor a pesar de sus miedos y angustias. Todo parecería seguir igual después de este grito, su oración y clamor no lo dispensan de buscar soluciones concretas y comprometidas, a sus problemas. Pero todo cambia si en el fondo de su corazón se despierta esa confianza en Dios. Dios no es un fantasma, como algunos han querido hacernos ver. El concepto de Dios no es una creación humana para dar solución a nuestra ignorancia. La experiencia de Dios, el sentirnos en su mano, es el paso más decisivo de nuestra existencia para encontrar nuestra verdadera esencia y nuestra plena realización. Dios es una mano tendida que nadie nos puede quitar, no es un fantasma. Jesús es el amor de Dios hecho mano que salva, que acompaña, que consuela, que atiende.

Quizás hemos querido reducir a Jesús a una especie de fantasma, a una imagen o amuleto… y solamente acudimos a Él, en contadas ocasiones, pero no para los momentos importantes y decisivos de nuestra vida, no para el acontecer diario donde se fraguan las grandes obras… ha quedado como fuera de nuestra vida. El texto evangélico nos propone a este Jesús tan cercano, que se da tiempo para despedir a la gente, que le roba tiempo al descanso para hacerlo plegaria, que acompaña al discípulo en la tormenta, que nos lanza a caminar sobre las aguas de los miedos y temores, que tiende la mano a quien se hunde ¿Cómo vives y experimentas a Jesús en tu vida? ¿Cómo lo haces presencia en tu diario caminar? ¿Cómo te dejas acompañar de Él en tus miedos e inseguridades? ¿A qué le temes de la propuesta de Jesús?

Padre bueno y amoroso, hoy nos confiamos a tus cuidados, nos ponemos en tus manos para vencer nuestros miedos y enfrentar nuestras dificultades. Concédenos sabiduría y valor para vencer las tempestades con Cristo, tu Hijo. Amén

 

 

¿Qué relación tuvo Jesús con María Magdalena?

Una de las 50 preguntas frecuentes sobre Jesucristo y la Iglesia, respondidas por un equipo de profesores de Historia y Teología de la Universidad de Navarra.

Preguntas 5 de Mayo de 2016

Libro 50 preguntas sobre Jesucristo y la Iglesia

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De los evangelios se desprende que María Magdalena sentía un gran amor por Jesús. Había sido librada por él de siete demonios, le seguía como discípula, le asistía con sus bienes (Lc 8,2-3) y estuvo con María, la Madre de Jesús, y las otras mujeres cuando Jesús fue crucificado (Mc 15,40-41 y par.). Fue, según los evangelios, la primera a la que se le apareció Jesús después de la resurrección, tras buscarlo con lágrimas (Jn 20,11-18). De ahí la veneración que ha tenido en la Iglesia como testigo del resucitado. (Ver la pregunta ¿Quién era María Magdalena?). De estos pasajes no se puede deducir ni que fue una pecadora, ni mucho menos que fue la mujer de Jesús.

De ahí la veneración que ha tenido en la Iglesia como testigo del resucitado. (Ver la pregunta ¿Quién era María Magdalena?). De estos pasajes no se puede deducir ni que fue una pecadora, ni mucho menos que fue la mujer de Jesús

Los que sostienen esto último acuden al testimonio de algunos evangelios apócrifos. Todos ellos, quizá con la excepción de un núcleo del Evangelio de Tomás, son posteriores a los evangelios canónicos y no tienen carácter histórico, sino que son un instrumento para trasmitir enseñanzas gnósticas.

Según estas obras, que aunque lleven el nombre de evangelios no son propiamente tales sino escritos con revelaciones secretas de Jesús a sus discípulos después de la resurrección, Mariam (o Mariamne o Mariham; no aparece el nombre de Magdalena salvo en unos pocos libros) es la que entiende mejor esas revelaciones. Por eso es la preferida de Jesús y la que recibe una revelación especial. La oposición que en algunos de estos textos (Evangelio de Tomás, Diálogos del Salvador, Pistis Sophía, Evangelio de María) muestran los apóstoles hacia ella por ser mujer refleja la consideración negativa que algunos gnósticos tenían de lo femenino y la condición de María como discípula importante.

Mariam (o Mariamne o Mariham; no aparece el nombre de Magdalena salvo en unos pocos libros) es la que entiende mejor esas revelaciones. Por eso es la preferida de Jesús y la que recibe una revelación especial

Sin embargo, algunos quieren ver en esta oposición un reflejo de la postura de la Iglesia oficial de entonces, que estaría en contra del liderazgo espiritual de la mujer que proponían estos grupos. Nada de esto es demostrable. Esa oposición más bien puede entenderse como un conflicto de doctrinas: las de Pedro y otros apóstoles frente a las que estos grupos gnósticos exponían en nombre de Mariam. En cualquier caso, el hecho de que se recurra a María es una forma de justificar sus planteamientos gnósticos.

En otros evangelios apócrifos, especialmente en el Evangelio de Felipe, Mariam (esta vez citada también con el nombre de origen, Magdalena) es modelo de gnóstico, precisamente por su feminidad. Ella es símbolo espiritual de seguimiento de Cristo y de unión perfecta con él.

En este contexto se habla de un beso de Jesús con María (si es que el texto hay que entenderlo realmente así), simbolizando esa unión, ya que mediante ese beso, una especie de sacramento superior al bautismo y la eucaristía, el gnóstico se engendraba a sí mismo como gnóstico

En este contexto se habla de un beso de Jesús con María (si es que el texto hay que entenderlo realmente así), simbolizando esa unión, ya que mediante ese beso, una especie de sacramento superior al bautismo y la eucaristía, el gnóstico se engendraba a sí mismo como gnóstico.

El tono de estos escritos está absolutamente alejado de implicaciones sexuales. Por eso, ningún estudioso serio entiende estos textos como un testimonio histórico de una relación sexual entre Jesús y María Magdalena.

El tono de estos escritos está absolutamente alejado de implicaciones sexuales. Por eso, ningún estudioso serio entiende estos textos como un testimonio histórico de una relación sexual entre Jesús y María Magdalena

Es muy triste que esta acusación, que no tiene ningún fundamento histórico, ya que ni siquiera los cristianos de la época se vieron obligados a polemizar para defenderse de ella, resurja cada cierto tiempo como una gran novedad.

 

 

La Creación

La doctrina de la Creación constituye la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.

Resúmenes de fe cristiana 26 de Diciembre de 2016​​ La Revelación presenta la acción creadora de Dios como fruto de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor.

PDF► La Creación

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Serie completa► “Resúmenes de fe cristiana”, libro electrónico gratuito en formato PDF, Mobi y ePub

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Introducción

La importancia de la verdad de la creación estriba en que es «el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; [...] el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo» (Compendio, 51). Tanto la Biblia (Gn 1,1) como el Credo inician con la confesión de fe en el Dios Creador.

A diferencia de los otros grandes misterios de nuestra fe (la Trinidad y la Encarnación), la creación es «la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin» (Compendio, 51), que el espíritu humano ya se plantea y, en parte, puede también responder, como muestra la reflexión filosófica; y los relatos de los orígenes pertenecientes a la cultura religiosa de tantos pueblos (cfr. Catecismo, 285), no obstante, la especificidad de la noción de creación sólo se captó de hecho con la revelación judeocristiana.

La creación es, pues, un misterio de fe y, a la vez, una verdad accesible a la razón natural (cfr. Catecismo, 286). Esta peculiar posición entre fe y razón, hace de la creación un buen punto de partida en la tarea de evangelización y de diálogo que los cristianos están siempre –particularmente en nuestros días [1] – llamados a realizar, como ya hiciera San Pablo en el Areópago de Atenas (Hch 17,16-34).

Se suele distinguir entre el acto creador de Dios (la creación active sumpta), y la realidad creada, que es efecto de tal acción divina (la creación passive sumpta) [2]. Siguiendo este esquema se exponen a continuación los principales aspectos dogmáticos de la creación.

1. El acto creador

1.1. «La creación es obra común de la Santísima Trinidad» (Catecismo, 292)

La Revelación presenta la acción creadora de Dios como fruto de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor. Se suele atribuir especialmente la creación al Padre (cfr. Compendio, 52), así como la redención al Hijo y la santificación al Espíritu Santo. Al mismo tiempo, las obras ad extra de la Trinidad (la primera de ellas, la creación) son comunes a todas las Personas, y por eso cabe preguntarse por el papel específico de cada Persona en la creación, pues «cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal» (Catecismo, 258). Este es el sentido de la igualmente tradicional apropiación de los atributos esenciales (omnipotencia, sabiduría, amor) respectivamente al obrar creador del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En el Símbolo nicenoconstantinopolitano confesamos nuestra fe «en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra»; «en un solo Señor Jesucristo [...] por quien todo fue hecho»; y en el Espíritu Santo «Señor y dador de vida» (DH 150). La fe cristiana habla, por tanto, no solamente de una creación ex nihilo, de la nada, que indica la omnipotencia de Dios Padre; sino también de una creación hecha con inteligencia, con la sabiduría de Dios –el Logos por medio del cual todo fue hecho (Jn 1,3)–; y de una creación ex amore (GS 19), fruto de la libertad y del amor que es Dios mismo, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. En consecuencia, las procesiones eternas de las Personas están en la base de su obrar creador [3].

Así como no hay contradicción entre la unicidad de Dios y su ser tres personas, de modo análogo no se contrapone la unicidad del principio creador con la diversidad de los modos de obrar de cada una de las Personas.

«Creador del cielo y de la tierra»

«“En el principio, Dios creó el cielo y la tierra”: tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de él. Él solo es creador (el verbo “crear” –en hebreo bara – tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula “el cielo y la tierra”) depende de aquel que le da el ser» (Catecismo, 290).

Sólo Dios puede crear en sentido propio [4], lo cual implica originar las cosas de la nada ( ex nihilo) y no a partir de algo preexistente; para ello se requiere una potencia activa infinita, que sólo a Dios corresponde (cfr. Catecismo, 296-298). Es congruente, por tanto, apropiar la omnipotencia creadora al Padre, ya que él es en la Trinidad –según una clásica expresión– fons et origo, es decir, la Persona de quien proceden las otras dos, principio sin principio.

La fe cristiana afirma que la distinción fundamental en la realidad es la que se da entre Dios y sus criaturas. Esto supuso una novedad en los primeros siglos, en los que la polaridad entre materia y espíritu daba pie a visiones inconciliables entre sí (materialismo y espiritualismo, dualismo y monismo). El cristianismo rompió estos moldes, sobre todo con su afirmación de que también la materia (al igual que el espíritu) es creación del único Dios trascendente. Más adelante, Santo Tomás desarrolló una metafísica de la creación que describe a Dios como el mismo Ser subsistente (Ipsum Esse Subsistens). Como causa primera, es absolutamente trascendente al mundo; y, a la vez, en virtud de la participación de su ser en las criaturas, está presente íntimamente en ellas, las cuales dependen en todo de quien es la fuente del ser. Dios es superior summo meo y al mismo tiempo, intimior intimo meo (San Agustín, Confesiones, 3,6,11; cfr. Catecismo, 300).

«Por quien todo fue hecho»

La literatura sapiencial del AT presenta el mundo como fruto de la sabiduría de Dios (cfr. Sb 9,9). «Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar» (Catecismo, 295), sino que tiene una inteligibilidad que la razón humana, participando en la luz del Entendimiento divino, puede captar, no sin esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr. Jb 42,3; cfr. Catecismo, 299). Este desarrollo llega a su expresión plena en el NT: al identificar al Hijo, Jesucristo, con el Logos (cfr. Jn 1,1ss), afirma que la sabiduría de Dios es una Persona, el Verbo encarnado, por quien todo fue hecho (Jn 1,3). San Pablo formula esta relación de lo creado con Cristo, aclarando que todas las cosas han sido creadas en él, por medio de él y en vista de él ( Col 1,16-17).

Hay, pues, una razón creadora en el origen del cosmos (cfr. Catecismo, 284) [5]. El cristianismo tiene desde el comienzo una confianza grande en la capacidad de la razón humana de conocer; y una enorme seguridad en que jamás la razón (científica, filosófica, etc.) podrá llegar a conclusiones contrarias a la fe, pues ambas provienen de un mismo origen.

No es infrecuente encontrarse con algunos que plantean falsas disyuntivas, como por ejemplo, entre creación y evolución. En realidad, una adecuada epistemología no sólo distingue los ámbitos propios de las ciencias naturales y de la fe, sino que además reconoce en la filosofía un necesario elemento de mediación, pues las ciencias, con su método y objeto propios, no cubren todo el ámbito de la razón humana; y la fe, que se refiere al mismo mundo del que hablan las ciencias, necesita para formularse y entrar en diálogo con la racionalidad humana de categorías filosóficas [6].

Es lógico, pues, que la Iglesia desde el inicio buscara el diálogo con la razón: una razón consciente de su carácter creado, pues no se ha dado a sí misma la existencia, ni dispone completamente de su futuro; una razón abierta a lo que la trasciende, en definitiva, a la Razón originaria. Paradójicamente, una razón cerrada sobre sí, que cree poder hallar dentro de sí la respuesta a sus interrogantes más profundos, acaba por afirmar el sinsentido de la existencia, y por no reconocer la inteligibilidad de lo real (nihilismo, irracionalismo, etc.).

«Señor y dador de vida»

«Creemos que [el mundo] procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: “Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado” ( Ap 4,11). [...] “Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” (Sal 145,9)» (Catecismo, 295). En consecuencia, «salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno [...] muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don» (Catecismo, 299).

Este carácter de bondad y de don libre permite descubrir en la creación la actuación del Espíritu –que «aleteaba sobre las aguas» (Gn 1,2)–, la Persona Don en la Trinidad, Amor subsistente entre el Padre y el Hijo. La Iglesia confiesa su fe en la obra creadora del Espíritu Santo, dador de vida y fuente de todo bien [7].

La afirmación cristiana de la libertad divina creadora permite superar las estrecheces de otras visiones que, poniendo una necesidad en Dios, acaban por sostener un fatalismo o determinismo. No hay nada, ni “dentro” ni “fuera” de Dios, que le obligue a crear. ¿Cuál es entonces el fin que le mueve? ¿Qué se ha propuesto al crearnos?

1.2. «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Concilio Vaticano I)

Dios ha creado todo «no para aumentar su gloria sino para manifestarla y comunicarla» (San Buenaventura, Sent., 2,1,2,2,1). El Concilio Vaticano I (1870) enseña que «en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal» (DS 3002; cfr. Catecismo, 293).

«La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo, Adversus haereses , 4,20,7)» (Catecismo, 294).

Lejos de una dialéctica de principios contrapuestos (como ocurre en el dualismo de corte maniqueo, y también en el idealismo monista hegeliano), afirmar la gloria de Dios como fin de la creación no comporta una negación del hombre, sino un presupuesto indispensable para su realización. El optimismo cristiano hunde sus raíces en la exaltación conjunta de Dios y del hombre: «el hombre es grande sólo si Dios es grande» [8]. Se trata de un optimismo y una lógica que afirman la absoluta prioridad del bien, pero que no por ello son ciegos ante la presencia del mal en el mundo y en la historia.

1.3. Conservación y providencia. El mal

La creación no se reduce a los comienzos; una vez «realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (Catecismo, 301). La Sagrada Escritura compara esta actuación de Dios en la historia con la acción creadora (cfr. Is 44,24; 45,8; 51,13). La literatura sapiencial explicita la acción de Dios que mantiene en la existencia a sus criaturas. «Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?» ( Sb 11,25). San Pablo va más lejos y atribuye esta acción conservadora a Cristo: «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,17).

El Dios cristiano no es un relojero o arquitecto que, tras haber realizado su obra, se desentiende de ella. Estas imágenes son propias de una concepción deísta, según la cual Dios no se inmiscuye en los asuntos de este mundo. Pero esto supone una distorsión del auténtico Dios creador, pues separan drásticamente la creación de la conservación y gobierno divino del mundo [9].

La noción de conservación “hace de puente” entre la acción creadora y el gobierno divino del mundo (providencia). Dios no sólo crea el mundo y lo mantiene en la existencia, sino que además «conduce a sus criaturas a la perfección última, a la que Él mismo las ha llamado» (Compendio, 55). La Sagrada Escritura presenta la soberanía absoluta de Dios, y testimonia constantemente su cuidado paterno, tanto en las cosas más pequeñas como en los grandes acontecimientos de la historia (cfr. Catecismo, 303). En este contexto, Jesús se revela como la providencia “encarnada” de Dios, que atiende como Buen Pastor las necesidades materiales y espirituales de los hombres (Jn 10,11.14-15; Mt 14,13-14, etc.) y nos enseña a abandonarnos a su cuidado (Mt 6,31-33).

Si Dios crea, sostiene y dirige todo con bondad, ¿de dónde proviene el mal? «A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta [...]. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal» (Catecismo, 309).

La creación no está acabada desde el principio, sino que Dios la hizo in statu viae, es decir, hacia una meta última todavía por alcanzar. Para la realización de sus designios, Dios se sirve del concurso de sus criaturas, y concede a los hombres una participación en su providencia, respetando su libertad aun cuando obran mal (cfr. Catecismo, 302, 307, 311). Lo realmente sorprendente es que Dios «en su providencia todopoderosa puede sacar un bien de las consecuencias de un mal» (Catecismo, 312). Es una misteriosa pero grandísima verdad que «todo coopera al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28) [10].

La experiencia del mal parece manifestar una tensión entre la omnipotencia y la bondad divinas en su actuación en la historia. Aquélla recibe respuesta, ciertamente misteriosa, en el evento de la Cruz de Cristo, que revela el “modo de ser” de Dios, y es por tanto fuente de sabiduría para el hombre (sapientia crucis).

1.4. Creación y salvación

La creación es «el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo» (Compendio, 51). En la Biblia la creación está abierta a la actuación salvífica de Dios en la historia, que tiene su plenitud en el misterio pascual de Cristo, y que alcanzará su perfección final al final de los tiempos. La creación está hecha con miras al sábado, el séptimo día en que el Señor descansó, día en que culmina la primera creación y que se abre al octavo día en que comienza una obra todavía más maravillosa: la Redención, la nueva creación en Cristo (2 Co 5,7; cfr. Catecismo, 345-349).

Se muestra así la continuidad y unidad del designio divino de creación y redención. Entre ambas no hay ningún hiato, pues el pecado de los hombres no ha corrompido totalmente la obra divina, sino un vínculo. La relación entre ambas –creación y salvación- puede expresarse diciendo que, por una parte, la creación es el primer acontecimiento salvífico; y por otra que, la salvación redentora tiene las características de una nueva creación. Esta relación ilumina importantes aspectos de la fe cristiana, como la ordenación de la naturaleza a la gracia o la existencia de un único fin sobrenatural del hombre.

2. La realidad creada

El efecto de la acción creadora de Dios es la totalidad del mundo creado, “cielos y tierra” ( Gn 1,1). Dios es «Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo» [11].

El cristianismo supera tanto el monismo (que afirma que la materia y el espíritu se confunden, que la realidad de Dios y del mundo se identifican), como el dualismo (según el cual materia y espíritu son principios originarios opuestos).

La acción creadora pertenece a la eternidad de Dios, pero el efecto de tal acción está marcado por la temporalidad. La Revelación afirma que el mundo ha sido creado como mundo con un inicio temporal [12], es decir, que el mundo ha sido creado junto con el tiempo, lo cual se muestra muy congruente con la unidad del designio divino de revelarse en la historia de la salvación.

2.1. El mundo espiritual: los ángeles

«La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» (Catecismo, 328). Ambos los muestran en su doble función de alabar a Dios y ser mensajeros de su designio salvador. El NT presenta a los ángeles en relación con Cristo: creados por medio de él y en vista de él (Col 1,16), rodean la vida de Jesús desde su nacimiento hasta la Ascensión, siendo los anunciadores de su segunda venida gloriosa (cfr. Catecismo, 333).

Asimismo, también están presentes desde el inicio de la vida de la Iglesia, la cual se beneficia de su ayuda poderosa, y en su liturgia se une a ellos en la adoración a Dios. La vida de cada hombre está acompañada desde su nacimiento por un ángel que lo protege y conduce a la Vida (cfr. Catecismo, 334-336).

La teología (especialmente Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico) y el magisterio de la Iglesia han profundizado en la naturaleza de estos seres puramente espirituales, dotados de inteligencia y voluntad, afirmando que son criaturas personales e inmortales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles (cfr. Catecismo, 330).

Los ángeles fueron creados en un estado de prueba. Algunos se rebelaron irrevocablemente contra Dios. Caídos en el pecado, Satán y los otros demonios –que habían sido creados buenos, pero por sí mismos se hicieron malos– instigaron a nuestros primeros padres para que pecaran (cfr. Catecismo, 391-395).

2.2. El mundo material

Dios «ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente como una secuencia de seis días “de trabajo divino” que terminan en el reposo del día séptimo ( Gn 1,1-2,4)» (Catecismo , 337). «La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cfr. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002)» (Catecismo , 299).

«Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden» (GS 36,2). La verdad y bondad de lo creado proceden del único Dios Creador que es a la vez Trino. Así, el mundo creado es un cierto reflejo de la actuación de las Personas divinas: «en todas las criaturas se encuentra una representación de la Trinidad a modo de vestigio» [13].

El cosmos tiene una belleza y una dignidad en cuanto que es obra de Dios. Hay una solidaridad y una jerarquía entre los seres, lo cual ha de llevar a una actitud contemplativa de respeto hacia lo creado y las leyes naturales que lo rigen (cfr. Catecismo, 339, 340, 342, 354). Ciertamente el cosmos ha sido creado para el hombre, que ha recibido de Dios el mandato de dominar la tierra (cfr. Gn 1,28). Tal mandato no es una invitación a la explotación despótica de la naturaleza, sino a participar en el poder creador de Dios: mediante su trabajo el hombre colabora en el perfeccionamiento de la creación.

El cristiano comparte las justas exigencias que la sensibilidad ecológica ha puesto de manifiesto en las últimas décadas, sin caer en una vaga divinización del mundo, y afirmando la superioridad del hombre sobre el resto de los seres como «cumbre de la obra de la creación» (Catecismo, 343).

2.3. El hombre

Las personas humanas gozan de una peculiar posición en la obra creadora de Dios, al participar a la vez de la realidad material y espiritual. Sólo de él nos dice la Escritura que Dios lo creó «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26). Ha sido puesto por Dios a la cabeza de la realidad visible, y goza de una dignidad especial, pues «de todas las criaturas visibles, sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; es la única criatura en la tierra que Dios ama por sí misma; sólo el hombre está llamado a participar por el conocimiento y el amor en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad» (Catecismo, 356; cfr. ibidem, 1701-1703).

Hombre y mujer, en su diversidad y complementariedad, queridas por Dios, gozan de la misma dignidad de personas (cfr. Catecismo, 357, 369, 372). En ambos, se da una unión sustancial de cuerpo y alma, siendo ésta la forma del cuerpo. Al ser espiritual, el alma humana es creada inmediatamente por Dios (no es “producida” por los padres, ni tampoco es preexistente), y es inmortal (cfr. Catecismo , 366). Ambos puntos (espiritualidad e inmortalidad) pueden ser mostrados filosóficamente. Por tanto, es un reduccionismo afirmar que el hombre procede exclusivamente de la evolución biológica (evolucionismo absoluto). En la realidad hay saltos ontológicos que no puede explicarse sólo con la evolución. La conciencia moral y la libertad del hombre, por ejemplo, manifiestan su superioridad sobre el mundo material, y son muestra de su especial dignidad.

La verdad de la creación ayuda a superar tanto la negación de la libertad (determinismo) como el extremo contrario de una exaltación indebida de la misma: la libertad humana es creada, no absoluta, y existe en mutua dependencia con la verdad y el bien. El sueño de una libertad como puro poder y arbitrariedad responde a una imagen deformada no sólo del hombre sino también de Dios.

Mediante su actividad y su trabajo, el hombre participa del poder creador de Dios [14]. Además, su inteligencia y voluntad son una participación, una chispa, de la sabiduría y amor divinos. Mientras el resto del mundo visible es mero vestigio de la Trinidad, el ser humano constituye una auténtica imago Trinitatis.

3. Algunas consecuencias prácticas de la verdad sobre la creación

La radicalidad de la acción creadora y salvadora divina exige del hombre una respuesta que tenga ese mismo carácter de totalidad: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt 6,5; cfr. Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27). En esta correspondencia se encuentra la verdadera felicidad, lo único que plenifica su libertad.

A la vez, la universalidad de la acción divina tiene un sentido tanto intensivo como extensivo: Dios crea y salva a todo el hombre y a todos los hombres. Corresponder a la llamada de Dios a amarle con todo nuestro ser está intrínsecamente unido a llevar su amor a todo el mundo [15].

El conocimiento y admiración del poder, sabiduría y amor divinos conduce al hombre a una actitud de reverencia, adoración y humildad, a vivir en la presencia de Dios sabiéndose hijo suyo. Al mismo tiempo, la fe en la providencia lleva al cristiano a una actitud de confianza filial en Dios en todas las circunstancias: con agradecimiento ante los bienes recibidos, y con sencillo abandono ante lo que pueda parecer malo, pues Dios saca de los males mayores bienes.

Consciente de que todo ha sido creado para la gloria de Dios, el cristiano procura conducirse en todas sus acciones buscando el fin verdadero que llena su vida de felicidad: la gloria de Dios, no la propia vanagloria. Se esfuerza por rectificar la intención en sus acciones, de modo que pueda decirse que el único fin de su vida es éste: Deo omnis gloria! [16]

Dios ha querido poner al hombre al frente de su creación otorgándole el dominio sobre el mundo, de manera que la perfeccione con su trabajo. La actividad humana, puede ser por tanto considerada como una participación en la obra divina creadora.

La grandeza y belleza de las criaturas suscita en las personas admiración y despierta en ellas la pregunta por el origen y destino del mundo y del hombre, haciéndoles entrever la realidad de su Creador. El cristiano, en su diálogo con los no creyentes, puede suscitar estas preguntas para que las inteligencias y los corazones se abran a la luz del Creador. Asimismo, en su diálogo con los creyentes de las diversas religiones, el cristiano encuentra en la verdad de la creación un excelente punto de partida, pues se trata de una verdad en parte compartida, y que constituye la base para la afirmación de algunos valores morales fundamentales de la persona.

Santiago Sanz

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 279-374.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 51-72.

DH, nn. 125, 150, 800, 806, 1333, 3000-3007, 3021-3026, 4319, 4336, 4341.

Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 10-18, 19-21, 36-39.

Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I), Palabra, Madrid 1996, 181-218.

Lecturas recomendadas

San Agustín, Confesiones, libro XII.

Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, qq. 44-46.

San Josemaría, Homilía Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 113-123.

Joseph Ratzinger, Creación y pecado, Eunsa, Pamplona 1992.

Juan Pablo II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, Madrid 2005.


[1] Entre otras muchas intervenciones, cfr. Benedicto XVI, Discurso a los miembros de la Curia romana, 22-XII-2005; Fe, razón y universidad (Discurso en Regensburg), 12-IX-2006; Ángelus , 28-I-2007.

[2] Cfr. Santo Tomás, De Potentia, q. 3, a. 3, co.; el Catecismo sigue este mismo esquema.

[3] Cfr. Santo Tomás, Super Sent., lib. 1, d. 14, q. 1, a. 1, co.: «son la causa y la razón de la procesión de las criaturas».

[4] Por eso se dice que Dios no necesita instrumentos para crear, ya que ningún instrumento posee la potencia infinita necesaria para crear. De ahí también que, cuando se habla por ejemplo del hombre como creador o incluso como capaz de participar en el poder creador de Dios, el empleo del adjetivo “creador” no es analógico sino metafórico.

[5] Este punto aparece con frecuencia en las enseñanzas de Benedicto XVI, por ejemplo, Homilía en Regensburg, 12-IX-2006; Discurso en Verona, 19-X-2006; Encuentro con el clero de la diócesis de Roma, 22-II-2007; etc.

[6] Tanto el racionalismo cientificista como el fideísmo acientífico necesitan una corrección desde la filosofía. Además, se ha de evitar asimismo la falsa apologética de quien ve forzadas concordancias, buscando en los datos que aporta la ciencia una verificación empírica o una demostración de las verdades de fe, cuando, en realidad, como hemos dicho, se trata de datos que pertenecen a métodos y disciplinas distintas.

[7] Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dominum et vivificantem, 18-V-1986, 10.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 15-VIII-2005.

[9] El deísmo implica un error en la noción metafísica de creación, pues ésta, en cuanto donación de ser, lleva consigo una dependencia ontológica por parte de la criatura, que no es separable de su continuación en el tiempo. Ambas constituyen un mismo acto, aun cuando podamos distinguirlas conceptualmente: «la conservación de las cosas por Dios no se da por alguna acción nueva, sino por la continuación de la acción que da el ser, que es ciertamente una acción sin movimiento y sin tiempo» (Santo Tomás, Summa Theologiae, I, q. 104, a. 1, ad 3).

[10] En continuidad con la experiencia de tantos santos de la historia de la Iglesia, esta expresión paulina se encontraba frecuentemente en los labios de San Josemaría, que vivía y animaba así a vivir en una gozosa aceptación de la voluntad divina (cfr. San Josemaría, Surco , 127; Via Crucis , IX, 4; Amigos de Dios , 119). Por otra parte, el último libro de Juan Pablo II, Memoria e identidad , constituye una profunda reflexión sobre la actuación de la providencia divina en la historia de los hombres, según aquella otra aserción de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12, 21).

[11] Concilio Lateranense IV (1215), DH 800.

[12] Así lo enseña el Concilio Lateranense IV y, refiriéndose a él, el Concilio Vaticano I (cfr. respectivamente DH 800 y 3002). Se trata de una verdad revelada, que la razón no puede demostrar, como enseñó Santo Tomás en la famosa disputa medieval sobre la eternidad del mundo: cfr. Contra Gentiles , lib. 2, cap. 31-38; y su opúsculo filosófico De aeternitate mundi.

[13] Santo Tomás, Summa Theologiae, I, q. 45, a. 7, co.; cfr. Catecismo, 237.

[14] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, 57.

[15] Que el apostolado es la superabundancia de la vida interior (cfr. San Josemaría, Camino, 961), se manifiesta como el correlato de la dinámica ad intra – ad extra del obrar divino, es decir, de la intensidad del ser, de la sabiduría y del amor trinitario que se desborda hacia sus criaturas.

[16] Cfr. San Josemaría, Camino, 780; Surco, 647; Forja, 611, 639, 1051.

 

 

La esencia del hombre

Por Leonardo Polo

Conferencia dictada el 25-XI-1994 en el salón de grados Mª Zambrano de la facultad de filosofía y letras de la universidad de Málaga, y como sexta sesión del curso La antropología después de Hegel, organizado por el Grupo de investigación sobre el idealismo alemán de esa universidad.]

Decimos que la libertad es un trascendental personal. Pero la libertad personal no es la libertad de elección, que es una libertad derivada de aquélla, una aparición de la libertad humana pero no radical. La libertad trascendental no es simplemente libertad de elección, ni es el libre albedrío clásico, sino que habría que describirla de otra manera; incluso me parece que con una sola fórmula no se la puede describir completamente; por eso, yo describo la libertad trascendental con las siguientes tres fórmulas. La primera dice así: la libertad es la inclusión atópica en la máxima amplitud. Desde aquí, tendríamos que hablar de qué significa máxima amplitud, que en última instancia es el Absoluto; inclusión atópica es inclusión no ocupando lugar, puesto que si se ocupa lugar entonces se está fijo; pero para que la libertad tenga que ver con la máxima amplitud, tiene que ser, digámoslo así, no fija; y al mismo tiempo no puede estar fuera, la inclusión tiene que moverse en la amplitud, y por eso es trascendental. La segunda reza así: la libertad es aquella relación con el futuro que no lo desfuturiza, aquel tener que ver con el futuro, o aquella capacidad de habérselas con el futuro, sin desfuturizarlo; el futuro se desfuturiza precisamente dejando de ser futuro, es el futuro que no se puede mantener como tal, que pasa a presente y de presente a pasado; pero una relación con el futuro que no lo desfuturice..., eso es la libertad. Y ahora habría que hacer un estudio sobre el tiempo, los diferentes tipos de tiempo, o cuáles son los elementos del tiempo, etc. La tercera descripción es la siguiente: la libertad es el discontinuo de comienzos.

Pues bien, necesitaría mucho más tiempo del que dispongo para desarrollar estas descripciones, porque además hay muchos asuntos colaterales que habría que desbrozar. Por otro lado, seguramente ésta sería la primera vez que oyeran esas descripciones, sin ninguna familiaridad con ellas; y además no puedo proponerles antecedentes, porque no encuentro históricamente precedentes. Muy a pesar mío, porque a mí me gusta siempre encontrar precedentes. Entre otras cosas, porque a mí no me convence la originalidad: no la considero un valor filosófico; no me gusta ser original, y no pretendo serlo. Creo además que, estrictamente en filosofía, el valor es la profundidad; de manera que mi propuesta no pretende ser nueva en el sentido de original; pretende ser una continuación de ciertos planteamientos, sobre todo del aristotélico-tomista. Una continuación, que es una profundización o insistencia en los mismos asuntos. Sin embargo, a mí me gustaría además encontrar una fórmula que tuviera precedentes, pero son fórmulas de las que no he visto ningún precedente; y por lo tanto a ustedes les pueden resultar enigmáticas.

La distinción real de esencia y acto de ser.

En consecuencia quizá lo mejor sería referirme a un precedente: ¿con qué enlaza, respecto de la filosofía anterior, esta propuesta de antropología trascendental que hago?, ¿qué es lo que pretende desarrollar? Pues lo que pretende desarrollar es una tesis tomista según la cual el acto de ser o actus essendi se distingue realmente de la esencia: la famosa distinción real essentia-esse. Hay otros autores que también hablan de esa distinción; pero la fórmula más madura y más frecuentemente usada está contenida en la obra de Tomás de Aquino. En Avicena hay unos textos, pero mucho más imprecisos, ya que aunque hable de distinción, esa distinción no es estrictamente entre ser y esencia, porque en Avicena la noción de acto de ser no está clara. Un colega mío ha descubierto que hay muchos pasajes del aquinate tomados literalmente de san Alberto Magno, aunque sin citarle. San Alberto Magno fue el maestro de Tomás de Aquino, y los autores medievales no tenían ningún problema de plagio, ni se preocupaban de tales cosas. Y, por otra parte, es verdad que si alguien entiende una noción, dicha noción ya es suya. Eso de la propiedad intelectual habrá que emplearlo en los precios de los libros, o en el porcentaje de los autores, pero no en las ideas, que son de todos; y además cuanto más de todos sean, mejor. Para un pastel no es así, porque ya se sabe que si yo me como un trozo, el otro ya no se lo come. Pero las ideas no son como los trozos, no son materiales: el saber no es algo que sufra menoscabo por compartirse, o que haya que establecer según partes alícuotas. No; las ideas cuanta más gente las piense más ricas son; y además no se pierde nada, sino al revés.

La distinción real, tal como la formula Tomás de Aquino, significa un fuerte avance con respecto al planteamiento de Aristóteles; está en la línea de Aristóteles, pero ya es una profundización, una continuación en profundidad. Pero a su vez la distinción real en Tomás de Aquino es expuesta de manera que no parece haber un desarrollo aplicable al hombre; la desarrolla más bien como una doctrina general que se refiere al ser, pero al margen del planteamiento de que el ser personal es distinto del ser como fundamento o primer principio. Entonces a mí se me ocurre que donde más falta hace aplicar la distinción real es al hombre. Distinción real entre esse y essentia, entre ser y esencia; luego en el hombre por una parte se podrá hablar de acto de ser humano, y también se podrá hablar de esencia del hombre. El hombre no es su esencia sino que la esencia es suya; en cambio el ser humano no es del hombre, sino que el hombre es ese ser. Ya he dicho que yo suelo emplear estas fórmulas: acto de ser humano y esencia del hombre. En el hombre me parece que hay que distinguir realmente el ser y la esencia; y que la gran fecundidad de ese hallazgo tomista culmina, es más tajante, y se ve por otra parte con mayor claridad, justamente en antropología.

Me parece que el descubrimiento del acto de ser por Tomás de Aquino o san Alberto Magno, es una profundización sobre Aristóteles, una continuación respecto de Aristóteles; porque el primero que propone la noción de acto de una manera neta es Aristóteles. Lo que nosotros traducimos por acto, en Aristóteles tiene dos nombres energeia y entelecheia. La noción de acto en Aristóteles no es única: hay dos sentidos del acto en el fondo irreductibles, aunque a veces Aristóteles los mezcla. Hay pasajes en los que parece considerar que la energeia es una forma especial de entelecheia; y sin embargo, hay otros pasajes en los cuales distingue con bastante nitidez; y finalmente otros pasajes en los cuales establece la primordialidad de la energeia respecto de la entelecheia; cosa curiosa y sin embargo estrictamente aristotélica. A veces los comentaristas no han reparado en ello, quizá debido precisamente a que lo que tiene en griego dos términos suficientemente diferentes, aunque también relacionados, en latín se traduce con una sola palabra que es actus.

Pues bien, el actus essendi no es ni la energeia ni la entelecheia; es un tercer sentido del acto, y por lo tanto es también una ampliación, y una profundización de las averiguaciones aristotélicas. Lo mismo pasa con la esencia; si el acto de ser se distingue realmente de ella, entonces la esencia no es acto, sino que es potencia. Referida al ser, o puesta en relación con el ser, la esencia no es acto sino potencia. Entre los filósofos griegos el que más utiliza la noción de potencia es también Aristóteles, pero habría que decir que la esencia como potencia es un sentido de la potencia no aristotélico; luego es también una investigación más profunda, más atenta, sobre la noción de potencia, la que permite decir que la esencia es potencial. Porque en Aristóteles la ousia, que sería el equivalente de esencia, es justamente enteléquica, y como es entelecheia es un sentido del acto; en cambio si la ousia o esencia se distingue realmente del ser, y el ser es el sentido del acto estrictamente primordial, el actus essendi, entonces se hace incompatible con la noción de entelechia, ya que no puede ser acto: tiene que ser potencia. Lo cual quiere decir que la noción de potencia aristotélica, la dynamis, hay que ampliarla; y ese sentido de la dynamis que se aplica a la esencia es nuevo: la esencia no puede ser ninguno de los sentidos que tiene la palabra potencia en Aristóteles. Esos sentidos, que son varios, pueden conservar su validez, pero no tienen la importancia, esa neta relación con lo radical, que tiene la potencia cuando se entiende que la esencia es potencia respecto del ser.

Claro está que si hay distinción real entre la esencia y el acto de ser, y esa distinción es nada menos que la distinción potencia—acto, entonces es una buena manera de entender la distinción entre lo que es realmente idéntico y lo que no lo es; porque si hay distinción real entre esencia y existencia ahí no se puede hablar entonces de identidad en sentido estricto: lo que habrá es distinción, pero la distinción no es la identidad. Además si se trata de la distinción entre el acto y la potencia, el acto es superior a la potencia. Y por lo tanto aquí hay una especie de degradación, de no conservación: en cuanto que el acto de ser tiene que ver con la potencia no se conserva en estricta identidad. Precisamente por eso es por lo que la distinción entre el ser y la esencia es, a mi manera de ver, muy adecuada para establecer a su vez la distinción entre Dios y la criatura. En Dios no puede haber distinctio realis entre essentia y esse. Quizá esto lo que signifique, si se lleva a su extremo, es que en Dios propiamente no se puede hablar de esencia, porque la esencia se reduce al ser: la esencia es ser, sencillamente ser; no hay propiamente esencia en Dios, sino ser. En cambio en la criatura no ocurre eso, sino que justamente la distinción entre Dios y la criatura se corresponde con que la criatura, siendo también acto de ser como Dios, sin embargo no es sólo acto de ser sino que hay esencia, una potencialidad peculiar que impide la identidad.

Cuando hablamos de la distinción entre los primeros principios podemos ya acudir a la distinción real, porque puede servir plenamente: el principio de identidad no se debe mezclar con el principio de contradicción; si se trata de unos principios suficientemente distintos y entendemos que lo primero es el ser. En el realismo la ordenación normal entre los trascendentales, cifra el primero de los trascendentales, según ese criterio de orden, en el ser. Pero hay dos tipos de ser: el ser que es idéntico, que es primordialmente idéntico y que es el principio de identidad, y el ser que no es el principio de identidad sino el principio de no contradicción. El principio de contradicción puede entonces ser entendido —yo así lo propongo en ese viejo libro mío que se llama El ser I (1)— como ser creado, como el ser de la criatura. La criatura se distingue de Dios precisamente porque su ser no es su esencia, es decir, porque en la criatura hay acto y potencia, cosa que en Dios no; Dios tiene que ser puro acto.

Así se plantea una metafísica creacionista, y, por otra parte, así es como Tomás de Aquino utiliza la distinción real. Los tomistas actuales han recordado la importancia que tiene esta doctrina en el conjunto de la filosofía tomista. El primero que llamó la atención sobre eso es un español, Norberto del Prado, que era profesor en Friburgo y que lo publicó precisamente en 1900. Es el que la saca a relucir llamándola así: la verdad fundamental de la filosofía cristiana, De veritate fundamentali philosophiae christianae. Norberto del Prado destaca que en Tomás de Aquino juega un gran papel la distinción real; ésa sería la verdad fundamental de la filosofía cristiana. Luego otros lo han retomado, como Gilson por ejemplo, o Cornelio Fabro últimamente. Pero a nadie se le ha ocurrido aplicar esta distinción al hombre; y me parece que hay que hacerlo, que es conveniente hacerlo, y que es lo que se puede proponer hoy; eso es una profundización y una continuación en el planteamiento tomista. ¿Acaso no está explícitamente en Tomás de Aquino? No, si lo que proponemos es una ampliación de los trascendentales, y decimos que el ser del hombre no es estrictamente el ser como fundamento, como primer principio, sino que es libertad.

El hombre y el universo.

Es decir, hay dos tipos, o dos modos de ser: dos seres creados. Y correlativamente habrá también dos esencias que se distinguirán de su respectivos actos de ser, pero que también habrá que distinguirlas entre sí; precisamente porque si son distintos sus actos de ser, también ellas serán distintas entre sí. Con lo cual se justifica propiamente una investigación acerca de la esencia del hombre: la esencia del hombre es aquello de que se distingue realmente el acto de ser humano; pero la esencia del hombre no es aquello de que se distingue el acto de ser tomado como primer principio, que es otra esencia. Esta otra esencia yo suelo decir que es el universo; en el tomo cuarto del Curso de teoría del conocimiento (2) lo pretendo mostrar. El universo, como esencia, se distingue de su propio acto de ser, se distingue realmente, es decir, es potencial respecto de él. Pero si al ampliar los trascendentales distinguimos el acto de ser humano, también habrá que distinguir su esencia, y habrá que decir que la esencia del hombre no es intracósmica, no se confunde con el universo. Con ello damos un paso adelante, me parece, en la comprensión del ser humano; y no sólo del ser humano, sino de la esencia del hombre.

Nuestra esencia no es una esencia que derive del universo, porque como esencia se corresponde con un acto de ser distinto del universo, y por lo tanto es distinta realmente de la esencia universo, del universo como esencia. No somos entes o esencias intracósmicas: estrictamente no lo somos. Ahora veamos si podemos decir algo acerca de la esencia humana en cuanto que distinta; distinta de dos cosas: es distinta realmente del ser, pero también es distinta de la esencia que se corresponde con otro acto de ser. Parecería que, entonces, al distinguir la esencia del hombre de la esencia universo, y afirmar que no somos entes intracósmicos, problematizamos el sentido físico del cuerpo humano, que no es estrictamente independiente del cosmos. Pero el cuerpo humano no es la esencia del hombre, es una dimensión de la esencia del hombre, pero no es la única. Para aclararlo debemos considerar la noción de naturaleza, porque el cuerpo es señal evidente de la naturaleza humana, la cual es personalmente esencializable.

Hay tres nociones que no podemos considerar como equivalentes, porque son distintas: la noción de sustancia, la noción de naturaleza y la noción de esencia. A veces se toman indistintamente, y son muchos los textos, sobre todo aristotélicos o aristotélico—tomistas, en que no se aprecian muchas diferencias entre ellas. Pero yo creo que hay que distinguirlas, y que según esa distinción se puede dar razón de la diferencia que hay entre la esencia del hombre y el universo como esencia. La esencia universo es, por así decirlo, el universo entero: existe un universo. Pero si existe un universo, o si un universo es, quiere decir que el universo es la esencia de un acto de ser; distinta realmente de él, pero la esencia de un acto de ser. Entonces el universo como esencia, o la esencia universo, sería justamente el universo en su conjunto.

¿El hombre es el universo? No. ¿El hombre pertenece al universo? No. La interpretación de la antropología como filosofía segunda en rigor es la consideración del hombre como un ser intracósmico, que pertenece al universo; ésa es una convicción griega, y en ella está la línea de sutura entre la filosofía cristiana y la filosofía griega. La filosofía cristiana puede asumir la filosofía griega, pero lo que no puede asumir, o le es muy difícil de aceptar, es que el hombre sea un ser que se explique como perteneciente al universo. Por ejemplo, la idea de que el alma humana es directamente creada por Dios, que es una tesis de la filosofía medieval cristiana, ya saca al alma del universo: porque no está incluida en la creación del universo si es que tiene que ser directamente creada por Dios.

Sustancia, naturaleza y esencia.

Pero ¿en qué se distinguen?, ¿como se pueden distinguir el universo y el hombre? Pues se puede distinguir diciendo lo siguiente: sustancia no es lo mismo que naturaleza, porque la naturaleza añade algo a la sustancia, que justamente es el principio de operaciones. Esto en la obra de Aristóteles está muy presente, pero al mismo tiempo no está enteramente elaborado; aunque si han leído la metafísica verán que el libro siete termina con esta declaración: en rigor, la sustancia se reduce a causa, es la interpretación causal de la sustancia. O la sustancia se reduce a causa o no se la acaba de entender. El libro siete de la metafísica es un libro un poco vacilante, en que Aristóteles justamente habla de la entelechia o de la ousía; y ahí se encuentra con que la ousía o la entelechia no es siempre del mismo tipo: hay sustancias generables y corruptibles, y otras que parece que no lo son. Pero dándole vueltas al asunto Aristóteles termina diciendo que en definitiva la sustancia es causa. Ahora en cuanto pasamos al carácter causal de la sustancia, o tomamos en cuenta que la sustancia o es causa o no es sustancia, nos encontramos con la noción de naturaleza: el principio de operaciones. Ser causa es ser principio de operaciones; la sustancia como causa es la naturaleza en cuanto que principio de operaciones.

A mi modo de ver no toda sustancia es naturaleza, por eso incluso la distinción entre las dos nociones es mayor: porque hay sustancias que no son naturalezas. Yo las suelo llamar sustancias elementales, siguiendo la terminología de Aristóteles, o sustancias naturadas. Aristóteles cree que todas las sustancias son naturalezas; a mi modo de ver no se puede decir eso de todas las sustancias, sino sólo de las sustancias superiores, por ejemplo, las sustancias vivas, los vivientes; o sea, un animal como sustancia, o una planta, es sustancia y naturaleza. Pero otras, lo puramente elemental, lo que hoy serían los quarks, los bariones, etc. —en terminología de los cuánticos—, no hay por qué decir que son sustancias y naturalezas, de ninguna manera: son meras sustancias. Es decir, puros efectos, pero no causas; puros efectos, o sea, que a su vez no causan. Las sustancias naturadas son sustancias carentes de naturaleza, meras sustancias o brutas sustancias. Pero hay otras sustancias superiores, justamente porque a ellas se añade el ser principio de operaciones; son sustancia siendo principio de operaciones. Las sustancias más perfectas son justamente éstas: aquellas que no se limitan a ser sustancias, sino que además, son causas de. La noción de causa tiene que ver con el fundamento, y por lo tanto si hablamos de causas en definitiva estamos hablando de algo que tiene que ver con el fundamento, aunque pueda ser distinto de él, y en ese sentido se hable de esencia. De momento lo llamamos naturaleza, sustancia como principio de operaciones, porque todavía no hemos llegado a la esencia.

Y ¿qué es la esencia? Pues la esencia es justamente lo siguiente: la respuesta definitiva a la pregunta de por qué opera la sustancia; la consideración definitiva o global de ese doblete, sustancia-naturaleza. ¿Por qué operan las sustancias? Las sustancias operan en último término en orden a sí mismas, dice Aristóteles; operar en orden a sí mismas quiere decir establecer una relación teleológica. La naturaleza es aquello que pone a la sustancia en relación con el fin; por eso las sustancias naturadas, las sustancias que no tienen naturaleza, no tienen relación estricta con el fin, no están finalizadas. Y, repito, ¿qué sería la esencia? La esencia sería la consideración teleológica de las sustancias y las naturalezas. Aquí por telos hay que entender el orden: la consideración ordenada, la unidad de orden de la pluralidad de sustancias naturales, y por inclusión de las sustancias naturadas; aunque las sustancias naturadas tienen que tener una relación peculiar con el orden, es decir, cumplen el orden de otra manera, no a través de su naturaleza, puesto que carecen de ella.

Así creo que más o menos queda esquematizado el asunto cuando se trata de la esencia universo. El universo como esencia no es una sustancia, ni tampoco es la naturaleza, como hoy se dice; sino que es la unidad de orden, tesis que por otra parte es aristotélica. La unidad de orden es lo primario, estrictamente hablando; pero la unidad de orden no es sustancia, sino una unidad superior a la de la sustancia. Estamos dándole vueltas al uno otra vez: la unidad de orden es una versión de la noción de uno distinta del uno tomado como sustancia, o del uno tomado como objeto, de la unidad o mismidad del objeto pensado, de la que ya les he hablado. Existe también la unidad de orden, y esa unidad me parece que es justamente la esencia. La unidad de orden en cuanto que unidad ordenante; es decir, hay que distinguir la unidad de orden y además una unificación de lo ordenado correlativa con la unidad del orden. ¿Qué es lo ordenado? Lo ordenado es justamente el conjunto de las sustancias, por decirlo así, y de sus operaciones; y el universo sería la consideración estricta de esa unidad como telos, como unidad ordenante.

Esta es la consideración del universo en su perfección; el universo como algo perfecto es justamente eso: la unidad de orden y su cumplimiento, es decir, lo ordenado, lo que cumple el orden. ¿Qué es lo que cumple el orden, o cómo se cumple el orden? Fundamentalmente a través de las sustancias naturales; o también: las sustancias cumplen el orden a través de su naturaleza. Pero ese cumplimiento del orden, en un nivel englobante o unitario, hay que llamarlo causa final. Bien entendido que este es el estricto sentido que tiene la noción de causa final en Aristóteles. A veces Aristóteles emplea la palabra fin de otra manera, como el fin de una tendencia, etc.; pero eso es un sentido derivado del telos aristotélico. Cuando Aristóteles se mete a fondo a estudiar lo que significa fin, entonces dice que fin significa unidad de orden, y niega rotundamente que la unidad de orden sea sustancial.

Bien, pues conjugando todos estos elementos que proporciona Aristóteles, para englobarlos dentro del asunto de la distinción real, sacamos en claro esto: que la esencia es justamente la totalidad causal, la totalidad de las causas. Yo la suelo llamar la tetracausalidad, porque los sentidos de la causalidad son cuatro; y a su vez esos sentidos de la causalidad son los sentidos predicamentales de la noción de principio. Cuando distinguimos los cuatro sentidos de la causalidad —el material, el formal, el final y el eficiente—, hablamos de las causas predicamentales; y entonces la consideración completa de la causalidad, la consideración de la tetracausalidad, sería la consideración de la causa final en su relación con todos los otros sentidos de la causalidad. Pues eso es justamente lo que es distinto realmente del primer principio. Si el ser es primer principio, lo distinto realmente de él son precisamente las causas, que por eso se llaman predicamentales. En Aristóteles propiamente lo trascendental es lo que está más allá de lo predicamental, o de lo categorial; si lo categorial se entiende causalmente, entonces esa pluralidad de las causas es justamente aquello respecto de lo cual su trascendental es el ser como primero, como primer principio. Y entonces las cuatro causas, precisamente por ser distintas, por ser un análisis —yo lo suelo llamar así— del primer principio, son su esencia, y son distintas realmente de él. La distinción real entre ser y esencia, cuando se trata de lo que no es el hombre, es la distinción real entre el universo y su ser, entendiendo el universo justamente como una tetracausalidad.

Perfección intrínseca y extrínseca.

Pues bien, éste no es el caso del hombre: la esencia del hombre no es la tetracausalidad, la esencia del hombre no es la unidad de orden. ¿Dónde está la distinción entre esos dos sentidos de la esencia? Pues podemos también empezar considerando al hombre como naturaleza, como sustancia natural. Evidentemente se puede decir que el hombre es una sustancia natural, una sustancia viviente; y por lo tanto es una sustancia con naturaleza, como los animales, como todas esas sustancias no elementales, sustancias superiores, que existen en el cosmos. Hasta aquí bien, y en rigor aquí es donde se detiene Aristóteles: el hombre es una sustancia, una sustancia muy alta, pero una sustancia con naturaleza, y nada más. Esta es la antropología de Aristóteles: el hombre como sustancia natural; más elevada que otras sustancias naturales, pero no pasa de ser una sustancia, y por lo tanto el hombre es intracósmico.

Pero no, el hombre no es intracósmico, ¿por qué? Porque el hombre no está unificado por el fin, por la unidad de orden; es decir, poque es perfecto de otra manera. Lo perfecto en el universo, es decir, la causa más primaria, o la más perfecta de todas, es la causa final. Lo más perfecto en el universo es el orden; la unidad de orden expresa la perfección del universo, y por eso ahí es donde se consuma, es decir, donde se pasa de sustancia con naturaleza a esencia: la esencia es la consideración del universo como perfecto, como agotando toda su plenitud causal, todo su análisis causal. Toda su analítica causal unificada es justamente la unidad de orden, el telos en sentido estricto. Pero en el caso del hombre no es así; en el caso del hombre la perfección es inherente. La causa final siempre es una causa extrínseca; es una perfección, pero es una perfección que como unidad de orden no pertenece a lo ordenado. Lo ordenado está ordenado por esa unidad de orden, pero la unidad de orden se distingue de lo ordenado, es una causa distinta, y por eso se dice extrínseca.

En el caso del hombre, aun considerado como sustancia natural, la perfección es intrínseca, es decir, el hombre es una sustancia natural capaz de autoperfección. Si la sustancia natural humana es capaz de autoperfección, entonces esa capacidad de autoperfeccionarse, y ese efectivo alcanzar la propia perfección, es justamente lo que yo entiendo como esencia del hombre. La esencia del hombre se distingue de la esencia universo en cuanto que esencia, en que ella misma se dota de perfección, en que la perfección le es intrínseca. Se constituye como esencia sin aludir a un factor extrínseco ordenante, o a un sentido causal ordenante, sino que consigue su perfección, digámoslo así, en una redundancia sobre sí misma. Y esa redundancia sobre sí misma es justamente lo que se suele llamar hábito; el hábito es la perfección de la naturaleza humana. Pero el hábito se distingue de la causa final, de la unidad de orden, es decir, de la perfección del universo, porque el hábito no es extrínseco a la naturaleza, sino que el hábito es una consecuencia de la naturaleza. Al desplegar el hombre su operatividad natural entonces adquiere hábitos: los hábitos intelectuales, o bien los hábitos de la voluntad, que son las llamadas virtudes morales, y también incluso las tenencias categoriales. Una naturaleza que es capaz de autoperfección, una naturaleza que no tiene su fin fuera de ella misma, por decirlo así, sino que se dota ella misma de su propia perfección, esa naturaleza no es del universo, sino superior al universo. Una naturaleza autoperfectible no es la esencia universo, sino que es otro tipo de esencia.

Señalamos una peculiaridad de la esencia del hombre que la distingue de la esencia universo y según la cual es una naturaleza autoperfectible, no como las sustancias naturales intracósmicas. Las sustancias naturales intracósmicas no son autoperfectibles, sino que son perfeccionadas por algo extrínseco a ellas que es la unidad de orden, justamente la que las abarca, o dentro de la cual están, por decirlo así. Recuerden, porque todo esto guarda relación como es lógico, que les había descrito la libertad como inclusión atópica en el ámbito de la máxima amplitud. La máxima amplitud no puede ser la unidad de orden, es algo más; y esa inclusión atópica tampoco es el mero ser ordenado, que es lo que corresponde a las sustancias naturales.

Esto no es nada nuevo, aunque la terminología que vengo utilizando les pueda extrañar; lo encontramos por ejemplo en la noción de ecosistema. En el sistema ecológico unas cosas tienen que ver con otras, unos vivientes tienen que ver con otros vivientes, de tal manera que se constituye un orden; en rigor, si esto lo llevamos a sus últimas posibilidades, nos encontraríamos con que el universo es una unidad de orden; una unidad de orden que comporta algo ordenado, es decir, que se ejerce sobre algo, puesto que tiene un valor causal. Hay un cumplimiento del orden y el cumplimiento del orden corre a cargo de lo ordenado, y lo ordenado puede ser ordenado en la misma medida en que pueda serlo, o en que permita que la unidad del orden se le aplique. No todo es susceptible de ser ordenado de la misma manera; cada sustancia a través de su naturaleza, o a través del factor que sea si se trata de una sustancia sin naturaleza, cumple el orden según la medida de que es capaz. Cuando se trata de la naturaleza del hombre no es así, la naturaleza del hombre se da a sí misma su propia perfección.

Pues bien esa autoperfectibilidad distingue la esencia del hombre respecto del universo como esencia; y también se distingue realmente respecto de un acto de ser propio, el acto de ser personal. Pero ahora el acto de ser personal no es un primer principio, sino que es la persona. La persona es aquel acto de ser, podríamos ahora también decirlo así, cuya esencia distinta realmente de él es una naturaleza autoperfectiva; en cambio, cuando el acto de ser es un primer principio la esencia es la unidad de orden. También hay sustancia, y naturaleza; pero la perfección de todo eso es la unidad de orden. La unidad de orden es, por así decir, común a todas las sustancias, es la organización de todas las sustancias. En el hombre no es así: en el hombre la perfección se la da él a sí mismo, a través de sus propios actos; a través de sus actos el hombre adquiere una perfección propia. La naturaleza del hombre adquiere una perfección que le es estrictamente intrínseca, es decir, que es una elevación de la misma naturaleza; con lo cual el hombre no es meramente una naturaleza, sino que es una naturaleza esencializable ella misma. En cambio las sustancias naturales del universo no son esencializables, sino que son simplemente ordenables, porque la perfección que les corresponde es una perfección que las aglutina, pero que no se les comunica, en el sentido de que ellas mismas la generen. No, nada de eso; es otro sentido de la causalidad, que además es unitario y las congrega a todas: la unidad del orden.

La esencia del hombre así entendida es una esencia superior a la esencia universo. Paralelamente habría que decir que el acto de ser correspondiente, esos trascendentales humanos: la libertad, la intelección como trascendental —es decir, la pura noeticidad del pensar—, y el amor como trascendental, también son superiores a los trascendentales que podemos considerar en metafísica, que son el ser —el ser como principio, puesto que además tenemos un ser superior que es el ser personal—, la verdad y el bien. A la superioridad de la esencia le corresponde también una superioridad en el orden del ser; aunque en rigor habría que decirlo al revés: porque se trata de un ser superior, de una trascendentalidad superior, es por lo que la esencia es superior.

El crecimiento.

Esto en definitiva se podía traducir a lo siguiente: la esencia del hombre es una esencia capaz de un crecimiento irrestricto. El hombre es una esencia, pero una esencia abierta, y abierta en una línea que es el crecimiento: el hombre es un ser esencialmente creciente. Otras veces a esto se llama autorrealización, pero a mí me parece que la autorrealización no es una buena expresión. En todo caso, el hombre siempre puede ir a más, esencialmente puede ir a más; por eso no existe el superhombre, o una especie posterior que venga a cumplir las posibilidades del hombre: la evolución se para en el hombre. Si entendiéramos evolutivamente el ser humano nos daríamos cuenta de que la evolución, en el caso del hombre, es una preparación de su carácter esencial, la preparación de una naturaleza que es capaz de esencialización ella misma, es decir, de un crecimiento que va mucho más allá del crecimiento orgánico, ya que es un crecimiento también en el orden del espíritu.

Fíjense ustedes que si examinamos las distintas naturalezas intracósmicas, los distintos seres vivientes, nos encontramos ya con procesos de crecimiento: el crecimiento orgánico. El crecimiento orgánico es un asunto que está absolutamente claro que existe, y sin embargo su última índole está por averiguar. En definitiva el crecimiento orgánico es la misma consideración del organismo, lo que hoy se llama embriogénesis. Hay un crecimiento orgánico, porque el organismo se constituye según un proceso de diferenciación. Tampoco se sabe exactamente cómo, porque aunque ya se ha descubierto el código genético, sin embargo todavía no se sabe exactamente cómo funciona. La biología en este punto ha dado muchos pasos adelante, pero todavía eso está por averiguar. Cómo es la embriogénesis realmente no lo sabe nadie; pero que existe la embriogénesis eso está bastante claro. La embriogénesis es una forma de crecer, pero no es un crecimiento irrestricto, sino que el crecimiento orgánico se detiene; antes o después, pero se detiene. Por eso, el animal llega un momento en que ya no crece; pero el hombre puede crecer siempre.

Aristóteles, con todo, estableció las bases para comprender el crecimiento. En Aristóteles hay fuertes equivocaciones en fisiología y anatomía; pero sin embargo sus ideas básicas de biología, podíamos llamarlas así, son extraordinariamente nítidas. Aristóteles definió claramente lo que es la embriogénesis. La describe como una reproducción diferencial. Una reproducción, si es pura reproducción, da lugar a individuos diferentes; para que una reproducción sea compatible con la unidad del individuo es menester que sea diferencial. La reproducción diferencial acontece en el modo de lograr a través de ella una serie de órganos que justamente constituyen un organismo unitario. Pero eso es precisamente el crecimiento; el crecimiento orgánico es justamente la constitución de un organismo. También la definición de alma de Aristóteles tiene que ver directamente con esto. El alma, según Aristóteles, es la entelecheia de un cuerpo organizado, el acto primero de un cuerpo organizado; un acto primero que corresponde a una organización, es decir, a una diferenciación unitaria, o a una reproducción diferencial unitaria.

Pero en el hombre el crecimiento no se detiene. El hombre crece orgánicamente hasta cierto punto; su crecimiento orgánico evidentemente no es un crecimiento irrestricto, es decir, llega un momento en que el hombre acaba de crecer, ya tiene su organismo constituido. Pues entonces aparece otra clase de crecimiento, porque en el hombre hay una parte de su organismo que puede crecer más allá de su constitución genética, que es el sistema nervioso. El sistema nervioso humano ofrece un vector de crecimiento que no termina con su constitución, es decir, que no termina con la embriogénesis. También esto está reconocido en la filosofía clásica de una manera muy neta: hay facultades humanas orgánicas que son organógenas, o sea que no tienen su órgano ya constituído, sino que lo autogeneran, son organógenas. El caso típico es la imaginación; el carácter organógeno de la imaginación, que realmente es una averiguación espléndida y por otra parte enteramente actual —hay que incluirla en la biología actual—, mucha gente lo ha descubierto, aunque ya se encuentra claramente en los textos de Tomás de Aquino. La imaginación es organógena, es decir, no es un órgano ya constituído al nacer, sino un órgano que se va constituyendo, y que por lo tanto comporta un crecimiento que va más allá de la pura génesis constituyente. Pero todavía eso es un crecimiento finito; que tiene que ver con un cierto tipo de conocimiento, y por tanto no es un mero crecimiento orgánico, sino algo más; pero que también tiene su limitación. La imaginación humana puede crecer hasta cierto punto, pero más allá de ese punto ya no crece; aproximadamente el crecimiento de la imaginación humana, la autoconstitución del órgano de la imaginación, se termina en el hombre en torno a los 22 ó 23 años.

Pero sin embargo el hombre sigue creciendo, precisamente a través de su vida; por eso ese libro mío que se llama Quién es el hombre (3), tiene un subtítulo que reza un espíritu en el tiempo; por cierto que me lo cambiaron, fue un error de la editorial, y le han puesto un espíritu en el mundo, el título de una obra de Rahner; y realmente lo que dice el libro no tiene mucho que ver con lo que dice Rahner. Un espíritu en el tiempo es un espíritu cuyo despliegue temporal es creciente; el hombre es capaz de aprovechar el tiempo. También el organismo aprovecha el tiempo en tanto en cuanto que crece; porque crece en el tiempo, y en tanto que lo hace no se puede decir que el tiempo lo desgaste, sino todo lo contrario: que el tiempo le viene muy bien al organismo, porque sin ese tiempo el organismo no crecería, no se constituiría a sí mismo. La embriogénesis es la fase más interesante de la vida animal; en el hombre también es extraordinariamente importante, pero la cosa sigue en la organogénesis, es decir, en el crecimiento del sistema nervioso que no se termina al nacer.

El crecimiento irrestricto.

Pero además el hombre sigue creciendo a lo largo de toda su vida, y crece del siguiente modo: cuando el hombre ejerce operaciones, esas operaciones tienen siempre un doble resultado. Tienen un resultado externo, porque el hombre es un ser productor; es decir, de la actividad humana resulta algo: si uno hace zapatos resultarán zapatos, de un artesano saldrá la obra artesana. El hombre es un productor, un ser productor; pero no es un productor solamente hacia fuera, sino que justamente al ejercer su actividad esa actividad se queda en sí mismo; es decir, revierte o redunda en la misma naturaleza, en el mismo principio natural perfeccionándolo, llevándolo más adelante, haciéndole en definitiva crecer. Nuestras facultades espirituales no son facultades fijas, no son principios operativos fijos, sino principios perfeccionables justamente por su actividad. Por eso el hombre con sus actos se puede hacer más o menos hombre; es un gravísimo error considerar al hombre solamente como un ser capaz de producir resultados, homo faber; eso es una consideración completamente unilateral. Eso es cierto, pero no es la verdad completa; la verdad completa es que cuando el hombre actúa siempre el primer beneficiario o, como también esto puede ser negativo, la primera víctima de su actividad es él mismo, su propia naturaleza.

Pues bien, que una naturaleza al ejercer sus actos, no solamente sea ordenada por la causa final, es decir, se meta dentro de la unidad de orden, cumpla el orden a su modo, sino que ella misma siga creciendo, y ella misma se siga constituyendo, eso es justamente lo característico de la esencia del hombre: lo que la distingue de cualquier otra naturaleza, de los seres animales, o vegetales, etc., y por tanto de la esencia universo. Yo creo que se puede enfocar así: si tomamos en cuenta el crecimiento, entonces la diferencia entre la esencia del hombre y la esencia universo se hace muy neta: el universo es incapaz de hábitos. Ningún ser intracósmico tiene hábitos, adquiere hábitos; ningún ser intracósmico se autoperfecciona de una manera irrestricta, sino que su perfección está justamente en cumplir el fin, es decir, en cumplir el orden: ser un ordenado, un cumplidor del orden; y en eso estriba lo más a que puede aspirar una sustancia natural intracósmica. Pero el hombre no es una sustancia natural intracósmica: se sale del universo precisamente porque recaba para sí su propia perfección a través de su actividad; y eso de una manera, insisto, irrestricta, hasta que se muere. Un hombre puede estar creciendo en sus potencias espirituales, en sus facultades espirituales, hasta que se muera. Yo pienso que incluso sigue creciendo después; y lo he hablado con algunos teólogos, que no están muy de acuerdo con la tesis; pero yo creo que sí: que el hombre puede seguir creciendo después de muerto. El espíritu, si es inmortal no se limita a sobrevivir, o a entrar en la eviternidad, que ya no es el tiempo, sino que sigue creciendo.

El hombre es capaz de aprovechar el tiempo de esta manera; y en ese sentido ejerce un dominio, un señorío, sobre su propia temporalidad. La esencia del hombre se podría también describir así: como la esencia biográfica; el hombre es el ser que tiene una biografía. ¿Qué quiere decir eso? Pues que es un ser que no acaba de hacerse esencialmente, o de constituirse esencialmente, nunca; porque siempre puede ir a más. Y puede ir a más precisamente por esta característica que tienen sus acciones, por la que no solamente tienen que ver con otras cosas, es decir, no son solamente productivas, sino que lo más importante de ellas es justamente que son acciones que perfeccionan la propia naturaleza, o la degradan. Desde este punto de vista el hombre es lo que se suele llamar, en teoría de sistemas, un sistema libre. Y esto es lo que se puede decir de la esencia del hombre en cuanto que distinta de la esencia universo: el hombre está más allá del cosmos. Rilke lo decía así: el hombre siempre está más allá del fin; está siempre más allá del fin porque cualquier fin que se proponga lo puede prolongar según la perfección de su naturaleza. Siempre puede ir a más en su propia constitución esencial, la puede hacer mejor, porque el hombre esencialmente nunca está terminado.

Ya ven ustedes que esto conecta también con aquella otra descripción de la libertad que les di: aquel tener que ver con el futuro, aquella futurización, que no desfuturiza el futuro; es decir, el hombre es un ser enteramente abierto al futuro. Lo cual para su esencia significa que siempre puede ir a más; es decir, que para el hombre el tiempo no significa desgaste. Puede significar desgaste desde el punto de vista de su constitución natural, biológica, pero desde el punto de vista de su espíritu no; desde el punto de vista de su espíritu, al menos hasta que se muere puede seguir creciendo. Crecimiento y perfeccionamiento son lo mismo, si no el perfeccionamiento sería una idea demasiado platónica, una pura idea; un perfeccionamiento real es un crecimiento. El hombre puede hacerse cada vez más uno esencialmente, y al mismo tiempo puede ir integrando en esa unidad cada vez mayores diferencias. El modelo inferior de integración, para entendernos, es justamente la embriogénesis, la constitución del organismo, que es el caso de crecimiento más claro que existe en lo que nosotros podemos observar científicamente. Pero la antropología tiene que sacar a relucir la idea de un crecimiento todavía mayor, un crecimiento que siempre se puede mantener, y un crecimiento que es más que una diferenciación de la unidad en la reproducción como es el crecimiento orgánico. Se trata de una especie de feed-back, si lo asimilamos a la cibernética.

Porque ¿qué es adquirir un hábito? Adquirir un hábito es una realimentación; la facultad, el principio de una acción u operación, es mejorado, incrementado, perfeccionado justamente por la acción; es decir, la acción del hombre no es solamente transitiva, sino que la acción del hombre se queda en él e incrementa su poder de ejercer acciones; lo cual quiere decir que en adelante podrá ejercer acciones más altas. En eso estriban las virtudes, y por eso el estatuto antropológico de la ética está aquí: la ética humana radica esencialmente en el establecimiento de las condiciones para que el crecimiento no se detenga. La ética en definitiva exige que el crecimiento, es decir, la esencia del hombre en cuanto que es un autoperfeccionamiento de la naturaleza, no se detenga; eso es lo que estudia la ética, Y aquí también se ve cómo la libertad, que es un trascendental personal, se extiende hasta la esencia.

La vida como una carga.

Recuerden lo que decía san Agustín: si dijeres basta pereciste; el hombre nunca puede decir basta, el hombre en rigor es un insatisfecho. Insatisfecho en el sentido más etimológico de la palabra, es decir, el que nunca puede conformarse con lo hecho: satis facere. Considerar que uno ha hecho, ha progresado, o ha crecido lo suficiente; y decir ya me puedo echar a dormir, ahora ya no tengo nada que hacer, tengo tiempo sobrante, es detenerse. Porque entonces ¿qué hago con el tiempo?, ¿qué puede hacerse con el tiempo si no se crece? Pues no se puede hacer más que una cosa: divertirse, o aburrirse que es la antítesis. O entrar en un proceso de modas, que es una manera de intentar evitar el aburrimiento: la forma que adquiere el afán de divertirse cuando se ve amenazado por el aburrimiento; eso es vivir a la moda. Pero no se puede vivir así: el hombre no puede vivir más que creciendo; no cabe el descanso.

El hombre siempre debe crecer más; porque en definitiva el hombre tiene el deber de ser cada vez más humano, de tener una esencia cada vez de mayor alcance, de no dejar de crecer. Píndaro daba un imperativo: se el que eres. No es suficiente; está bien, pero se queda corto. Habría que decir: se esencialmente todo lo que puedes. No dejes de crecer, no te tumbes a la bartola, no creas que has alcanzado un estadio que ya es insuperable; nunca, porque siempre puedes ir más allá; no en el orden de los objetivos externos, aunque quizás también ahí, sino sobre todo en el orden del crecimiento de lo humano en cada uno de nosotros.

Ya comprendo que se puede decir: eso a mí no me gusta. Pero decir eso es expresar la propia protesta; y la propia protesta es más bien un homenaje: no es una refutación, sino un homenaje. Porque significa: eso es demasiado... para mí. En ese sentido también se puede decir: es mejor la inconsciencia de la piedra; pero ¿para quién? Para el que no soporte el esfuerzo de vivir. La vida siempre significa esfuerzo, siempre lleva consigo —en el animal es claro— una cierta lucha; no en sentido darwinista, pero para vivir hay que buscar satisfacer las necesidades, por ejemplo, y a veces los recursos con que se cuenta son escasos, y entonces hay que ingeniárselas. Lo mismo pasa con la libertad: hay gente que no quiere ser libre, porque quizás es más cómodo no serlo. Si todo nos lo dieran hecho...

Ahora bien, la vida humana siempre consiste en crecer; su penosidad no procede de este hecho. La diferencia no se establece entre estar hecho o tener que hacerse; no, la diferencia está en tener que hacerse con esfuerzo —ganarás el pan con el sudor de tu frente, dice el Génesis (4)—, o tener que hacers

 

 

Las personas no somos imagen, somos dignidad

Sheila Morataya

La que escribe sabe muy bien que no es la ropa, ni los zapatos, ni la bolsa, ni el maquillaje, ni la bisutería o las joyas, y menos andar a la última moda el elemento principal de la imagen. Es más, las personas no tenemos imagen, lo que tenemos es dignidad. Aquilino Polaino-Lorente lo expresa así: “Es cierto que las personas se manifiestan y que esas manifestaciones constituyen, en un cierto sentido, algo que las representan. Pero la persona ni “tiene” una imagen, ni “es” una imagen. El ser de la persona trasciende la imagen en que se representa. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (Catecismo, 27). Desde mi experiencia, la mayoría de personas que acuden a mi práctica como coach y orientadora familiar, ignora esto último. No relacionamos que vestirse para los cristianos implica pensar primero en que si las vestiduras que llevamos tienen alguna conexión que como creyente tengo con Dios a lo largo de mi vida. Hasta a nosotros los cristianos nos atrapa este mundo de la publicidad con sus anuncios espectaculares que se nos meten a través de los ojos con musas modernas y Adonis perfectos invitándote: “mira si no te luces esta capa para esta temporada, estarás totalmente out. ¿Ya viste la última colección de Urban Decay? Casi quedo en bancarrota! Y para navidad por favor, quiero la paleta #1y #2 de Naked o el Nuevo brazalete de David Yurman” ¿No te parece que una persona que vive pensando en lo que va a comprar para sentirse bien con ella misma, para que los demás le admiren o incluso le quieran, ha caído completamente en ésta trampa consumista que imponen la moda? Entonces, piensa, ¿me visto para los demás o me visto y me cuido parque estoy consciente de mi dignidad y con ello busco agradar a Dios y agradecerle por mi belleza? Fui modelo, maestra de modelos y experta en desfiles de modas. Sigo siendo tan apasionada de la belleza, el arreglo personal, como el día en que descubrir mi vocación al llamado mundo de la imagen. Siempre que surge la oportunidad, disfruto de enseñar las reglas de un guardarropa básico, caminar sobre una pasarela con elegancia y aprender a maquillarse y a comer con refinamiento como el primer día en que hice mi incursión en el mundo de la imagen personal. Claro, ahora conozco en qué consiste la estructura de la persona y estoy consciente de la profunda dignidad que cada uno tiene como ser humano.

La Miss Universo entro a través de mis ojos a la tierna edad de 8 años y ya lo sabes, los seres humanos grabamos imágenes, por eso es muy importante que cuidemos lo que nuestros niños ven y leen. Pues a mí a esa tierna edad, me quedo grabada en la memoria esa imagen espectacular de la forma de caminar sobre la imponente y luminosa pasarela de las Misses, sus trajes de baño, sus vestidos largos de noche, sus peinados, su seguridad al hablar, su belleza. Fue allí donde nació mi vocación a ser modelo, era lo único que quería y lo logré: estudié en los Estados Unidos y abrí una escuela en mi país. Luego de haber tenido una escuela y agencia de modelos por años y vivir metida en el mundo de los concursos de belleza y los desfiles de moda, puedo asegurarte que la imagen, o esto que llamamos imagen, no es más que el adoctrinamiento de los medios de comunicación, que apuntaban casi siempre a la mujer pero que ahora son igualmente agresivos con sus campañas hacia los hombres para que cada uno crea que valer y ser amado y aceptado radica en la forma en la que uno se mira físicamente y proyecta su imagen personal.

En realidad, al escribir éstas líneas recuerdo dos tipos de clientes que venían a mi escuela de modelaje: hombres o mujeres cuya belleza era extraordinaria al tipo de Penelope Cruz y Brad Pitt, y hombres o mujeres que se sentían pequeños, tímidos y poca cosa, personas que querían superarse o querían ayudar a sus hijos a superarse. Estudie modelaje siendo parte del Segundo grupo. Pensaba que si aprendía a caminar bien, me ponía delgada y esculpía mi cuerpo, aprendía a maquillarme a la perfección, me compraba la ropa más costosa que pudiera y que mostrara el nombre de la marca, me convertiría en una mujer de carácter, en una mujer segura de sí misma, al estilo de Santa Teresa de Jesús y Juana de Arco o Juan Pablo II. De ésta forma no tenía en cuenta que tener carácter implica tener virtudes humanas: disciplina, orden, aprovechamiento del tiempo, responsabilidad, templanza. Ellas son fundamentales para permitir que la gracia se derrame y empape la humanidad de forma óptima. La dignidad de la persona humana se eleva, se perfecciona por medio de la correcta formación de sus potencialidades humanas, voluntad e inteligencia. Por razones que no voy a explicar aquí, no tuve los mejores referentes en mi infancia de virtudes humanas y donde estas no existen, no puede haber verdadera autotrascendencia[1]. Mis padres eran muy buenos y nos amaban, sin embargo ellos tampoco habían sido formados en estas virtudes por sus padres.

Seguramente te estarás preguntando ¿qué tienen que ver las virtudes humanas y la forma en que se proyecta uno a los demás (imagen)? Si no todo, tiene mucho que ver. La forma en que realizamos las cosas, como nos entregamos a la tarea o al trabajo profesional, como nos comportamos y tratamos a los demás habla de nosotros pero no de nuestra imagen, sino de nuestra dignidad. De un caballo, por ejemplo, no se dice que de buena imagen sino que tiene una buena estampa. Evidentemente en los animales, la imagen se transforma en estampa (Polaino-Lorente) y yo pienso, “y los caballos no tienen un ser, no son un ser”. Ahora que soy madura y miro desde mis ojos de juventud aquellos sueños que fabrique en mi imaginación, comprendo que también fui de esas personas que “sacrifican su ser a la imagen, que sustituyen el ser a la imagen que desean representar, que ofrendan como un holocausto en el altar de la popularidad, él éxito o el dinero o el poder – el ser a la imagen” (Polaino-Lorente). ¡Qué mal vivimos cuando ignoramos que no somos imagen, las personas somos dignidad! La manera en que nos presentamos ante los demás es nuestra tarjeta de presentación, esto es cierto,   pero como hijos de Dios que dice “así luce un hijo de Dios, una hija de Dios”. De manera que no es empeñarse con hacer ejercicio para parecerse a Beyonce o Belescoso (el modelo español), ni vestirse para impactar por la marca o el corte del traje que se ha elegido. Es simplemente armonizar desde el interior que es rico en vida interior: “la oración es la hazaña más sublime del espíritu humano” como escribe Edith Stein.

Dignidad y carácter forman un binomio

Yo digo que estar consciente de la dignidad de uno, es vivir con carácter. ¿Y qué es tener carácter?

1- Tener carácter es ser fiel a un conjunto de principios que rigen nuestra vida. Estos principios quedan plasmados en la forma en que nos comportamos, trabajamos, somos responsables, vestimos, maquillamos y peinamos. Y hasta bailamos y sonreímos.

2- Tener carácter es el arte de aprender a controlar nuestros estados emocionales y mantener la estabilidad de temperamento no de acuerdo a las circunstancias, sino a una forma de vida que yo misma cultivo día a día desde mi interior. A su vez, nuestro temperamento se ve manifestado en nuestras actitudes, los gustos que tengamos al vestirnos, peinarnos y maquillarnos.

3- Tener carácter es ejercitar nuestra propia voluntad. La que nos dice que soy una persona que puede aprender a ser dueña y señora de sí misma. Por lo tanto, poseo la libertad interior de escoger una forma habitual de comportamiento y no me convierto en esclava o esclavo de la moda llevando mis años con alegría y dignidad.

4- Tener carácter es no dejarse llevar por sentimentalismos, así como estar decidida a ser una mujer fuerte y completa sin dejar por eso de ser femeninas. Por tanto me controlo ante eventos fuertes y tengo la opción de ser versátil y creativas con lo que me pongo. Lo mismo aplica a los hombres.

5- Es dar a las cosas la importancia que tienen (carácter). No es la ropa la que me hace parecer importante (imagen). Es sólo el complemento y la extensión de mí misma/o. La ropa es la que sella con broche de oro mis habilidades en relaciones humanas ya que manifiesta el respeto que siento por los otros. De esta manera podemos ver la relación tan cercana que hay entre carácter e imagen.

Vivimos en una época en donde la imagen es muy importante. ¿Se te olvida que hoy nos valoran por el número de seguidores que tenemos en las redes sociales? Vivimos en un mundo más visual que nunca, cuya característica principal es el consumismo, pero el carácter (dignidad) cuenta y trasciende mucho más allá que la imagen. Además, el carácter aunque no lo parezca, también es visual ya que constantemente estamos hablando con nuestro cuerpo. La forma en que miramos a los demás, sonreímos, saludamos, caminamos, nos paramos, responden a la manifestación pura de nuestra forma de ser, sin importar a que te dediques: ama de casa, profesionista, religiosa, enfermera, secretaria, estudiante, odontólogo, ingeniero o contador.

Mi recomendación final es que antes de preocuparte por tu imagen, la ropa que te pones, el peso, el cabello, las uñas y el maquillaje, ocúpate en conocer y re-conocer que eres dignidad, alguien que posee una categoría superior y único ser en la creación que tiene capacidad para adquirir un carácter estable y armonioso de manera que el arreglo personal sirva únicamente para embellecer el magnetismo y aplomo que proviene de tu interior. Te vas a ir haciendo mayor y la belleza será sustituida por la dignidad de tu presencia, alguien con un nombre, un ser único e irrepetible. Ahora sabes que no eres imagen, las personas somos dignidad, la que te da ser hijo de Dios.

Recuerda que la primera formadora es la madre,

Sheila Morataya

 

SER MADRE ES UNA MALDICIÓN

Por René Mondragón

AHORA RESULTA

Para las feministas radicales adoradoras del aborto, la ideología de género,  la discriminación y odio a los varones –no escribí “machos”- y simpatizantes de cualesquier detonador que reviente a la familia, aparecieron, como dedicatoria, dos notas que para el gusto de este escribano, constituyen una evidencia más de esos paradigmas y planteamientos que despiden un fuerte aroma a fascismo recalcitrante, mezclado con intenso tufo estaliniano, de repente, bañado con algo agua bendita, arrojada por aquellas matronas que se auto-proclaman más papistas y dogmáticas que el Papa.

La primera de las informaciones en los  medios, se centró en la declaración de mi adorada Paola Espinosa, quien a partir de esa fecha, ingresó con bombo platillos y confeti a mi Personal Hall of Fame.

Las declaraciones de nuestra –y cada vez más mundial y maravillosa atleta- causaron escozor, desmayos, rasgamiento de brassieres y exantema súbito. Y todo, porque a la Pao se le ocurrió decir que su mejor “Medalla de Oro” la había logrado al convertirse en mamá.

Los epítetos flamígeros, vociferantativos y hablantosos se difundieron, particularmente, en las redes sociales. Unos decían, que “cómo se le había ocurrido” a la Pao, andar diciendo que ser mamá es conseguir una “medalla de oro”… ¡Como si los chamacos no fueran un estorbo a la realización y el desarrollo profesional de la mujer!.... ¡Como si andar cuidando escuincles (frase nativa y despectiva de origen náhuatl para calificar el minucioso cuidado de los hijos) no constituyera la cancelación de proyectos personales en el estudio, el trabajo bien pagado en una organización, en el desarrollo cultural y económico!

Vamos, el escribano interpreta tales señalamientos fascistas y llenos de odio, como la cualificación a nuestra Pao Espinosa, como una verdadera “vieja loca”. ¿A quién se le ocurre decir que ser mamá es equivalente a una medalla de oro en la vida de una mujer? O sea, la Pao debió estar ebria o bajo el influjo de algún estupefaciente adictivo, como para atreverse a decir semejante cosa.

OTRA MUJER MARAVILLOSA MÁS

Y para mayor “signo de contradicción”, otra extraordinaria mujer, también atleta de alto rendimiento, ha colocado un esparadrapo fulminante en la cavidad bucal de las extremistas del Estado Islámico en su versión de la gran Tenochtitlán. Ella es Blanca Manchón (J. Lozano/ReL – agosto 11, 2017) Fue simple. Demostró, como se lo había propuesto, evidenciar ante el mundo, que se puede ser madre y deportista olímpica.

ESCENARIOS

Las atletas de alto nivel de desempeño se encuentran sometidas a una brutal presión. El periodista J. Lozano describe cómo Sanya Rochards había declarado haber abortado antes de competir en la olimpiada; además de ubicar a otras atletas de élite en el mismo caso. De ahí que los patrocinadores las hacen firmar compromisos fuertes para que no se embaracen, porque los patrocinadores “pierden dinero”. Los compromisos deportivos están muy por encima de la vida de un bebé.

Blanca se decidió a enfrentar esta barrera. Mis adorables lectoras y amabilísimos lectores podrán fácilmente imaginar la diáspora de patrocinadores, dejando en completo estado de indefensión a esta atleta, que, a pesar de obstáculos, piedras en el camino y cerrazón de puertas, está abriendo camino a las mujeres deportistas que quieren ser madres.

No ha sido fácil. Ser seis veces campeona de windsurf, la mejor regatista del año; ser una andaluza de 30 años. Y ahora, querer ser madre a contracorriente. Dos días antes de parir, se quedó sin patrocinadores. Le cancelaron los contratos. Ya n había respaldo moral, económico o con equipamiento. Sin embargo, clasificó a las 12 semanas de haber tenido a su hijo. El re-inicio fue “de cero”. Siete meses después de dar a luz, ya era campeona mundial... ¡sin patrocinador alguno!

Blanca irá a los juegos olímpicos del 2020. Noah, su hijo, se convirtió para ella –igual que para muchas madres- en la mejor medalla de oro que le regaló la vida.

Dios le concedió a este escribano, conocer muchísimas “Mamás de Alto Rendimiento” que, para no omitir algún nombre, solo debo decir, que a partir de ahora, todas ellas se encuentran en mi Personal Salón de la Fama.

Gracias por aceptar ser madres… Gracias por ser parte del milagro de la vida y colaborar con Dios en Su creación. Las amo, las respeto y las admiro, porque cada mañana demuestran que ser madre, jamás será una maldición.


Se trata de la empresa de perfumería y cosmética Instituto Español. "Para mí, este nuevo patrocinador es algo increíble que llega en el momento adecuado. Se han fijado en mí no solo por mis resultados, sino por la historia que hay detrás y el proyecto tan bonito que tengo por delante. Les agradezco muchísimo su apoyo y creo que vamos a hacer un equipo maravilloso. Es algo que te da mucha tranquilidad y, sobre todo, que te iguala con tus rivales y con eso se navega mucho más tranquila y crea una motivación que es fundamental", agrega.

Y mirando atrás confiesa que todo el sacrificio que ha hecho para ser madre merece la pena. No cambiaría a su hijo Noah por nada del mundo.

 

 

¿Ya estamos preparados para el inicio de clases? Que no te gane el tiempo.

Silvia del Valle Márquez

Última actualización: 10 Agosto 2017

Casi siempre dejamos al final las cosas y esto provoca que el estrés sube de nivel y que nos pongamos muy irritables.

Lo mejor que podemos hacer es prevenir y buscar tener todo listo desde antes por aquí les comparto 5 tips para que esta actividad, sea un medio, de unión familiar.

PRIMERO: A la hora de forrar los libros, deja que tus hijos te ayuden

Muchas veces, por el perfeccionismo que padecemos no dejamos que los niños metan las manos, pero es muy formativo para ellos el ayudar a forrar sus libros y preparar sus útiles.

De esta forma aprenderán a valorar el esfuerzo que implica dejarlos listos.

SEGUNDO: Recicla lo más que puedas

A veces se nos hace más fácil comprar algo nuevo porque está de moda, pero para nuestros hijos es más formativo aprovechar los cuadernos que quedaron a la mitad, aprender a clasificar y reciclar sus colores o limpiar y volver a etiquetar los juegos de geometría.

Y no es porque tengamos o no dinero, sino que con esta medida los estamos educando para que sepan valorar y cuidar sus útiles.

TERCERO: Marca las prendas que se quitan tus hijos en la escuela

Después de la primera semana de clases es común ver pilas y pilas de suéteres olvidados y sin dueño.

Los niños, pocas veces tienen su atención puesta en esos pequeños detalles, y por eso no le dan importancia.

Lo que primero buscamos es mandarlos bordar pero no siempre es necesario ya que en estos días esos trabajos salen muy caros, con marcarlos con un plumón de tinta permanente, donde los niños puedan verlo fácilmente es más que suficiente.

De esta manera les haremos más fáciles las cosas para que sean más responsables y aprendan a cuidar su ropa.

CUARTO: Planea los lonches

Haz con tus hijos un menú de los lonches que van a llevar durante la semana para que sea algo que se les antoje y a la vez sea nutritivo.

Si lo programamos será más fácil que lo podamos hacer porque ya tendremos la lista de lo que necesitamos y podremos comprar lo que hace falta con tiempo, así cada día llevarán algo diferente, rico y nutritivo.

Y QUINTO: Deja todo listo un día antes

Busca que nuestros hijos preparen su uniforme desde la noche anterior, que se duerman temprano y de ser posible, que dejen la mochila lista y en la puerta para que todo lo que suceda a la mañana siguiente esté lleno de paz.

De esta manera el nervio de un nuevo año, será más llevadero.

Muchas emociones pueden pasar por nuestra cabeza y la de nuestros hijos esa mañana pero si queremos que tengan un comienzo alegre, debemos buscar que nuestros hijos sean agradecidos y aprendan a cuidar sus cosas.

Recuérdales que lo que llevan a la escuela no es gratuito, que nosotros hemos hecho un gran esfuerzo para comprarlo y que deben, por lo mismo, corresponder a este esfuerzo con una actitud positiva y llena de entusiasmo para comenzar este nuevo año y lo más importante: que tienen la oportunidad de ir a la escuela a aprender muchas cosas, lo que muchos niños no pueden hacer.

¡Una persona agradecido irradia alegría!

Nosotros mismos meditemos esto y demos gracias a Dios por la bella oportunidad de educar y de servir a nuestros pequeños.

 

 

La Familia es el tesoro divino

Rosario Reyes Ruiz

Última actualización: 10 Agosto 2017

La llegada de nuevos tiempos nos ofrecen la oportunidad de un nuevo comienzo, de un nuevo paradigma mental, los tiempos inusuales requieren de medidas de normatividad que nos hagan diferentes, en la forma de pensar y actuar, en vez de empeorar las cosas es una necesidad imperiosa que empleemos un acercamiento más sano y suave hacia nuestros hijos, tenemos que ser más maduros, poner atención a los acontecimientos del mundo y trabajar juntos, recordando que nuestros valores metas básicos son los mismos, vamos cambiando los métodos de la crianza de nuestros hijos, desapareciendo la violencia familiar, tratemos a la familia como lo más grande y divino tesoro, ella es nuestra existencia, vamos reconociendo las derrotas y las victorias con firmeza para ser mejores como seres humanos en nuestras vidas.

La familia pasa por períodos de enormes responsabilidades, lo justo es recompensar a la familia es la que sume una  función de importancia para el desarrollo de una nación, no es necesario la comprensión del mundo para descubrirlo justo frente a tus ojos, empezar una nueva vida es algo que tenemos que hacer cada segundo, no debemos de esperar a que queramos volver a empezar una nueva clase de vida, porque en ese punto es fútil desear haber evitado lo que ha ocurrido, tratar de comenzar una nueva vida porque queremos huir de una existencia triste y patética, es como brindar a un barco que se está hundiendo cuando el puerto ya está colapsado, debemos de abandonar cualquier condición pasada y dolorosa, tenemos que permitirnos que todos nuevos movimientos tengan su propia vida.

Si intentamos ver la vida bajo una perspectiva que amplíe nuestra comprensión y nos diga que todo lo que está bajo el sol tiene su nacimiento su vida y su muerte, entonces algún día llegaremos a darnos cuenta que nuestro pasado doloroso persiste porque hay algo interno que no lo deja morir, cualquier tristeza persistente es una forma y manera de vida que no es natural, debemos de atrevernos de ir más allá de nosotros mismos, es decir de lo que pensamos que somos en la actualidad, aquí no tenemos ningún peligro en ascender y ascender hacia las alturas, el único grave y peligro es de permanecer en un punto muerto sin valor al cambio de vida, cuando nos atrevemos a volar a usar nuestras propias alas, que han estado adormecidas por tanto tiempo, es que nos percatamos que siempre ha dependido de nosotros que hemos vivido sin el gozo suficiente, porque hemos sido deficientes en comprendernos, en descubrirnos.

Es un imperativo que tomemos las cosas en nuestras propias manos, si gozamos hacerlo nuestros esfuerzos serán gratificados más allá de todas nuestras expectativas, recuerda que el pasado se fue y nadie podrá regresarlo, hoy somos presente y futuro con una nueva vida, para empezar una nueva vida permitamos que algo nuevo ocurra dentro de nosotros mismos.

Estar ya dispuestos abandonar las viejas ideas significa invitar realmente a que surjan nuevas, si cultivamos esta disposición ya no nos vamos a sentir amenazados cuando tengamos que reemplazar nuestras ideas y ya no vamos hacer atacados y por ende compelidos a defender una posición emocional y psicológica, donde podemos hacer automático y natural el proceso de abandonar nuestras ideas del mundo que ya resultan inconvenientes y que no nos suministran los mecanismos de adaptación a la única y mera realidad, tenemos que aprender la manera más precisa en que funciona nuestra realidad tanto interna como externa.

No debemos de permitirnos convertirnos en prisioneros de nuestras propias emociones negativas que nos obstaculizan la renovación de momento a momento, la autoduda nace de identificarnos con la idea errónea que como nos sintamos nosotros mismos, depende como otros nos perciban, si podemos eliminar las dudas  acerca de nosotros mismos, podemos abandonar la dependencia de otros, y por otro lado está la autolástima y auto recriminación, esto nacen con identificarnos con la idea que podíamos haber hecho las cosas diferentemente de lo que las hicimos, pero eso es una falsedad, si las hubiéramos podido hacerlas las hubiéramos hecho, no podemos empezar o iniciar una nueva vida con coraje, el cual nace de identificarnos con el temor que sentimos cuando otros no se conforman a nuestro punto de vista, si abandonamos el coraje hacia otros y hacia nosotros mismos, entonces podemos descubrir que las fuerzas del temor es debilitante y mutilante, vivir con coraje es comenzar a morir voluntariamente en vida, cada vez que nos encontramos nosotros mismos nadando en el rio habitual de pensamientos y sentimientos podemos practicar la autosuspensión, es decir suspendemos el juicio, pero no permitamos que la corriente del pasado le dicte la dirección de este momento, hoy el triunfar significa superación a hacia sí mismo ser un triunfador significa vivir intensamente por la lucha de la superación, debemos aquí ser auténticos y utilizar plenamente nuestra inteligencia, que es una condición innata del ser su talento que es la facultad para el hacer.

 

 

Planea tu jubilación

Lucía Legorreta de Cervantes

Última actualización: 09 Agosto 20

La palabra jubilación proviene del latín “iubilum”, que significa alegría y júbilo. En la vida real muchas veces no es así, de aquí la importancia de planeación esta etapa de la vida.

Implica sentimientos encontrados, es decir, la deseamos pero le tememos. El primero nos indica que el trabajo es visto como un castigo, en el segundo se pone de manifiesto la falta de preparación para dejar de trabajar.

Podemos verla como un mal necesario que hay que combatir pero también como una oportunidad de desarrollo y aprovechamiento de la experiencia acumulada. 

La jubilación nos libra del trabajo, del horario laboral y de la responsabilidad que conlleva cada puesto. Laboralmente es un cambio que puede verse como un premio al esfuerzo por muchos años de trabajo. Coincide con la tercera edad en la cual las facultades físicas disminuyen paulatinamente, se pierde el estatus profesional y social, las parejas enfrentan el síndrome del nido vacío y algunos amigos van desapareciendo.

Hay personas que le tienen miedo a la jubilación, les preocupa la reducción de ingresos o el cómo van a llenar su tiempo. Desde nuestra infancia nos enseñan a trabajar pero no a llenar nuestro tiempo libre.

Algunas de las actitudes negativas ante la jubilación son: evadir el tema, falta de previsión, reducir el campo de intereses, dejar de frecuentar a los amigos, quedarse en casa de modo permanente, desarrollar una conducta y pensamientos egocéntricos, descuidar la propia imagen corporal y moral, vivir sin horario ni plan de actividad, fantasear constantemente en el pasado o bien alejarse de su fe.

Algunas de las actitudes positivas ante la jubilación son: mirar con ilusión la edad del júbilo, planear a qué nos dedicaremos, crecer en generosidad y servicio, hacer escuela de aquellos que sabemos, reducir nuestras expectativas en aspectos materiales y aumentarlas en espirituales, centrarnos más en la calidad que en la cantidad de nuestra acción, esforzarnos por estar en forma física y psíquicamente;  interesarnos por los demás y crecer en confianza, optimismo y fe.

¿Qué tienes que organizar para gozar de tu jubilación?

Exige una reorganización de horarios, actividades y objetivos vitales. Muchos jubilados permanecen más tiempo en casa y esta circunstancia influye en toda la familia.

Algunos sienten que estorban en su propia casa, y hay miembros de la familia que creen que les han invadido su espacio. Los asuntos laborales desaparecen y los compañeros de trabajo se alejan; en consecuencia, el jubilado debe encontrar otras ocupaciones, debe iniciar relaciones sociales en otros ámbitos, debe preocuparse de problemas diferentes y debe hablar de temas distintos.

Hay que acabar con las imágenes negativas a las que se asocia la jubilación. Se vincula esta etapa con pérdida de facultades y con problemas de salud, con una disminución de recursos económicos, con inactividad, con soledad, con pérdida de autoestima.

Si el jubilado continúa estimulando sus capacidades físicas y mentales, la pérdida señalada será mucho más reducida. Se van perdiendo algunas facultades, pero se posee la riqueza de la experiencia. Los ingresos son menos, pero habitualmente son menores los gastos.

Las ventajas de una persona jubilada es que tiene más tiempo para hacer actividades que antes no hacía, más contacto con la familia, puede viajar, practicar deporte, estudiar, leer. Puede administrar su tiempo.

Es por lo tanto muy importante prepararse mentalmente para “este cambio importante en la vida”. Debe buscarse ocupaciones y entretenimientos, y desarrollarlos sistemáticamente. No levantarse tarde ni ver mucha televisión.

Una jubilación feliz no se improvisa, ni se logra de un día para otro. Es necesario reflexionar  sobre esta etapa y hacer a un lado los prejuicios que la rodean.

La previsión económica debe empezar muchos años antes de la jubilación. Una vez llegado el momento de ella hay que aprender a ocupar el tiempo libre, tener una disciplina horaria, cuidar el arreglo personal y la salud.

Y para no quedarse solos, debemos tener una vida social activa, cultivar y hacer nuevas amistades.

Depende de ti el saber planear tu jubilación. Separarse del trabajo no significa separarse de la vida, ésta sigue. Por eso la jubilación debe entenderse como un premio al esfuerzo, a la perseverancia en el trabajo y al servicio prestado.

Los jubilados que saben organizarse y que aprovechan los recursos que ofrece nuestra sociedad, disfrutan de la vida y de la familia; eso sí, han tenido que vencer el reto de adaptarse a una nueva etapa y han tenido que esforzarse para llenar de contenido creativo todo su tiempo.

¡No le tengas miedo y mejor planea bien tu jubilación y sobretodo disfrútala! Tarde o temprano llegará, y que mejor que vivirla plenamente.

 

La belleza: un modo de mostrar la dignidad humana

Ana Teresa López de Llergo

Última actualización: 09 Agosto 2017

El Papa Francisco, desde hace varios meses, propone orar por alguna intención, como un modo de concretar la misión de la Iglesia al servicio de las necesidades de la humanidad. Para el mes de agosto de 2017 nos llama a rezar “por los artistas de nuestro tiempo, para que, a través de las obras de su creatividad, nos ayuden a todos a descubrir la belleza de la creación”.

El texto que sustenta esta idea es: “En la `creación artística´ el hombre se revela más que nunca `imagen de Dios´ y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda `materia´ de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea”, son palabras de Juan Pablo II en su Carta a los artistas, de abril de 1999.

Precisamente el fundamento más sólido de la dignidad humana está en ser imagen de Dios. Eso ya está dado. Pero el ser humano activamente puede mostrar la realidad de ser imagen de Dios cuando trabaja creativamente sobre lo que Dios ha creado. Así convergen la colaboración de la actividad del ser humano y todas las riquezas que Dios ha puesto sobre la Tierra. 

Sin embargo, el trabajo del artista, de entre los demás trabajos de otras personas muestra de manera especial la belleza. Por eso, veremos cuál es el campo de la belleza y cuál el del arte.

La belleza

Existen muchos autores que definen la belleza, citaremos a tres. San Agustín de Hipona explica que la belleza es el esplendor del orden.  Santo Tomás de Aquino dice: es bello lo que visto agrada. Jacques Maritain afirma: la belleza es el esplendor de todas las propiedades reunidas del ser: unidad, verdad y bondad. 

Si pasamos de la teoría a la experiencia encontramos que cuando descubrimos armonía y perfección nuestra respuesta es de admiración y deleite. La belleza arroba, se le contempla y paraliza, alegra, satisface, ennoblece. En la inteligencia  produce deseo de conocer, en la voluntad deseo de ser mejores, en los sentidos deseo de retener esa presencia y en la sensibilidad éxtasis.

Por eso, como dice Maritain, la belleza es la exteriorización de la verdad y del bien. Juan Pablo II en la carta a los artistas, fundamenta la relación bondad y belleza, con el momento en el que Dios contempla Su creación y ve que todo es bueno.

El ser humano, en su afán de explicar la belleza, aplica las matemáticas al objeto de su admiración y descubre la proporción aurea. De esta manera las obras que salen del quehacer del artista pueden medirse objetivamente y ser más bellas en la medida que estén más cerca de esa proporción.

El arte

El arte está en la actividad humana cuya finalidad es expresar la belleza. Las bellas artes se pueden clasificar en: artes plásticas, artes acústicas y artes compuestas.

Las artes plásticas pueden ser artes mayores como la arquitectura, la escultura y la pintura, y artes menores o decorativas como la orfebrería, la cerámica, el grabado y la esmaltación.

Las artes acústicas son la música y la literatura.

Las artes compuestas: el teatro, la danza, el cine, la televisión, la producción estética con recursos electrónicos.   

Para recrear la belleza en su obra, el artista requiere bondad, honestidad, adecuación, rectitud moral, aptitud técnica… Juan Pablo II también dice: la belleza sirve para entusiasmar en el trabajo y el trabajo para resurgir.

Belleza y arte

La belleza, del universo natural o del arte, llega a lo más profundo de la conciencia humana, expande el espíritu más allá de lo nuestro, abre al Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios. El agrado que nace en nosotros ante la belleza del universo ya es un modo de buscar y disfrutar a Dios.

Al reconocer que la belleza nos impacta en la intimidad, nos sacude, estimula nuestra sensibilidad y dilata nuestro espíritu. Descubrimos con alegría la capacidad  de penetrar en el significado más profundo de la existencia. Por eso, la belleza manifiesta la dignidad humana. 

Recemos por los artistas, por el gran bien que nos hacen si viven honestamente su maravillosa vocación.

Lectura recomendada:

“La belleza que salva. Comentarios a la Carta a los artistas de Juan Pablo II”. María Antonia Labrada (ed). RIALP. Madrid, 2006.

 

 

La intolerancia laicista como amenaza para el pacto educativo en España

Existe un agresivo laicismo latino, como se sabe. No se trata sólo de un explicable anticlericalismo, sino de auténtica obsesión contra las convicciones católicas. Más bien minoritario, resulta demasiado intolerante cuando alcanza alguna cuota de poder. Se proyecta de modo particular en el sistema educativo, a diferencia de lo que ocurre en tantos países de Europa.

No es necesario mencionar la tradición británica, el auténtico igualitarismo de Bélgica y Holanda, y la más reciente apertura a la iniciativa social en Suecia. Basta pensar en Francia, una república constitucionalmente laica, que tiene en su haber una ley de separación entre Iglesia y Estado, que ha resistido el paso del tiempo desde su promulgación en 1905.

Sin embargo, en 1959 se promulgó la ley Debré, que introdujo los contratos de asociación –equivalente a los conciertos educativos españoles-, para ofrecer una ayuda decisiva a centros privados, con más de cinco años de existencia: la exigencia de cumplir los programas generales, dentro de un Estado netamente centralista, no deroga el respeto de las convicciones ideológicas de los promotores. Alcanza de hecho al 20% de alumnos no universitarios y, en su inmensa mayoría, se trata de centros católicos. La ley se ha mantenido vigente a lo largo de los años, a pesar de la alternancia en el poder de partidos de diferente signo político.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Aquello de la culpa ya no se sostiene.

Todo el tema del posible referéndum en Cataluña y el si sí o si no revela que los líderes de la que se presenta como una revolución liberadora se miran de reojo por temor a quedarse solos, temen que la justicia del Reino de España, a la que parece no quieren reconocer, les impida hacer política en el futuro o les exija responsabilidades patrimoniales. Saben que no va a haber referéndum, que Cataluña seguirá en España y que habrá pronto elecciones. 

Los catalanes, de un signo político u otro, harán sin duda las cuentas con los líderes del PDCat y de Esquerra, con su escasísima dedicación, en estos momentos, a las necesidades de la gente, con la defensa casi exclusiva de su agenda partidista. El pueblo catalán, con sus variadas ideas y creencias, tendrá que examinar las contradicciones de algunos de sus políticos. Es imposible seguir sosteniendo que Madrid tiene la culpa de todo, aquello que tantas vences hemos oído “Madrid nos roba”.

Pedro García

 

 

Se ha cumplido un año

Se ha cumplido el primer aniversario de la muerte del anciano sacerdote francés Jacques Hamel, brutalmente asesinado, lo recordamos, mientras celebraba Misa, a manos de dos jóvenes que actuaron en nombre del Daesh. Las circunstancias de lo que el Papa no dudó en calificar como “martirio” provocaron una profunda conmoción en Francia y en toda Europa. Especialmente llamativa fue la contundente reacción de las comunidades musulmanas, en lo que algunos han calificado como punto de inflexión. Sin dejar espacio a la ambigüedad, las autoridades musulmanas desacreditaron la instrumentalización del islam por parte de grupos que en realidad solo luchan por el poder.

Y es que no hay verdadera religión en las motivaciones de los asesinos, sino más bien nihilismo puro, que se nutre de la desorientación vital de jóvenes procedentes de entornos culturalmente sunitas con deficiente o nula formación religiosa. La banalidad del terrorista contrasta poderosamente con la entereza del mártir, que no busca su destino, pero es capaz de dar la vida por Jesús perdonando a sus asesinos. 

Jesús D Mez Madrid

 

 

VIAJANDO POR ESPAÑA, FRANCIA e ITALIA

(Diez Días del Verano de 1.994)

 

                Ya en esta moderna autovía nos dirigimos en dirección Bailén y Manzanares, que encontraremos en la ruta que nos llevará a nuestro primer destino...son ya las 0,30 horas del día 25 de Junio y luce una luna "casi llena" pero en sus primeras fases de "menguante" y con este "lunar acompañamiento", vamos a realizar nuestra primera, nocturna y agotadora... etapa de este nuevo viaje a tierras de Italia y Francia en este "cuarto viaje" a estos países, donde aún me queda muchísimo por recorrer, si bien a algunos de los lugares donde vamos, yo ya he estado.

            Como quiera que la ruta que llevamos es casi idéntica a la que realizamos el pasado mes de noviembre en nuestro viaje a "países alpinos", del que realicé un pormenorizado relato, omitiré el repetir o reiterarme en detalles ya descritos en aquel;  por tanto... diré simplemente, que tras una noche de pesado viaje y tras las preceptivas paradas ("técnicas") en ruta, llegamos a nuestro primer destino, el que situado en las cercanías de la ciudad catalana de Gerona y junto a la autopista que nos llevará a la frontera francesa, igualmente está situado en las inmediaciones del aeropuerto "Gerona-Costa Brava".

            Se trata de un establecimiento hotelero cuya denominación es la de, "Hotel Girona" y pertenece a la cadena "Novotel" y en el que tomamos habitaciones, notando con satisfacción que es bastante confortable y bien dotado, pues incluso tiene piscina y ocupa un amplio espacio con jardines y bastante arbolado, si bien la entrada al mismo es dificultosa por mor de la citada autopista.

            Hemos llegado a las 13,15 h. y por tanto ya llevamos "sobre nuestras costillas" casi catorce horas de viaje, por lo que hemos llegado bastante cansados.- Seguidamente efectuamos nuestra primera comida en este hotel y posteriormente pasamos a descansar unas horas en nuestras habitaciones, puesto que esta tarde tenemos programada una visita a la ciudad de Gerona.

            A las 18,30 h. estamos saliendo de nuevo en el autocar y marchamos seguidamente a la ciudad, es sábado, la tarde se muestra desapacible, está muy nublado y "el cielo" amenaza tormenta.- Como la ciudad se encuentra a ocho o diez km. de nuestro hotel llegamos a ella muy pronto.

            Gerona es la más pequeña de las cuatro capitales catalanas, cuenta en la actualidad con alrededor de noventa mil habitantes y al llegar a ella la encontramos "muy solitaria", quizá ello obedezca (pienso) a que es sábado y la gente no trabaja y ha "huido a sus refugios de fin de semana".- Aparcamos el autocar bastante cercano al casco antiguo y a uno de los dos ríos que confluyen en la ciudad (Oñar y Ter) y pasamos por uno de los puentes a esta parte de la vieja ciudad, vieja y medieval es esta parte que visitamos y la que aún encontramos mucho más solitaria que la parte moderna, todo ello acrecentado por "lo plomizo del cielo", las estrechas callejuelas y el color de estas viejísimas piedras, algunas de las cuales "guardan polvo de hace mil años", todo lo cual me resulta bastante tétrico, máxime que hemos entrado en la iglesia de San Félix donde se va a iniciar misa (que algunos de los componentes del grupo quieren oír) y nos ha parecido más una especie de "gran cueva" que el templo de una religión "de luz", puesto que aquí apenas existe alguna bombilla encendida y existe una obscuridad enormemente desagradable, donde las mínimas "bujías" de cera que arden en el altar, acrecientan lo tétrico de este "santo lugar"...lástima que no haya cierta iluminación que permita ver el interior de este templo, que "hasta puede ser hermoso", pero la verdad esta tarde se nos ha mostrado horriblemente feo y desagradable..."en que estará pensando el párroco"...? (en esta iglesia hay enterrados dos santos "mártires" (San Félix y San Narciso y es posiblemente el templo más antiguo de la ciudad, puesto que data de "antes de la invasión de los árabes" (que ocuparon Gerona en su gran expansión ibérica).

            Como la misa "la inicia el cura en idioma catalán"...la mayoría del grupo, da marcha atrás y sale.- Nuestros amigos Paco y Loli, mi esposa y yo, marchamos a la Catedral, quedando "detenidos" a mitad de la enorme escalinata, puesto que del catedralicio templo bajan algunos del grupo y nos dicen que no subamos que "no dejan entrar", por lo visto es ya hora de cierre y "el portero" está en la puerta esperando que salgan los últimos visitantes y no deja entrar a nadie más, así pues nos ahorramos la subida de esta enorme y empinada escalinata y nos limitamos a tomar unas fotografías para "dar fe de que aquí estuvimos en esta obscura tarde de tormenta de Junio de 1994"...son algo más de las 19 horas y la verdad..."visto lo visto", mejor haberse quedado en la piscina del hotel, en vez de haber venido aquí.

            Como el regreso no será hasta las 21 h., terminamos de aburrirnos y decepcionarnos en esta solitaria "ciudad-fortaleza", donde incluso nos empieza a llover y tenemos que buscar refugio en uno de los pocos establecimientos de hostelería que permanecen abiertos y donde nos cobran la consumición ya a..."precios franceses".- A nuestro regreso y en el camino nos descargará una gran tormenta con abundancia de agua y aparato eléctrico, llegando al hotel en pleno "diluvio", del que nos hemos librado gracias a que Paco (es el chofer) ha podido arrimar el autocar hasta la visera de la entrada al hotel.

            Como es la hora de la cena, seguidamente entramos en el comedor donde afortunadamente cenamos bien, luego reposaremos la cena charlando amigablemente de todo lo acaecido en este larguísimo día, fumo en el transcurso del diálogo mi segundo cigarro puro y luego pasado un tiempo de agradable reposo, nos retiramos a dormir puesto que hay que descansar ahora que podemos hacerlo con relativa comodidad..."pues más adelante...?".

(Junio 1994)

Publicado el 08 de Agosto del 2017

Antonio García Fuentes

(Escritor)

www.jaen-ciudad.es