Las Noticias de hoy 27 Mayo 2017

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 27 de mayo de 2017  

Indice:

Newsletter Diario

Papa: El cristiano tiene la mirada en el Cielo y los pies en el mundo

Papa: en nombre de la Iglesia y de los pobres y enfermos, agradezco a las Hermanas de la Caridad de Don Orione

El Papa inicia visita pastoral a Génova 

Pascua. 6ª semana. Sábado. Decenario al Espíritu Santo: Francisco Fernández-Carvajal

“Reina de la paz, ruega por nosotros”​: San Josemaria

SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA: +Francisco Cerro Chaves.-Obispo de Coria-Cáceres

Ascensión del Señor; ciclo A: Llucià Pou Sabaté

 Pascua: He resucitado y aún estoy contigo: Félix María Arocena

Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo: Antonio Ducay

¡Sí se puede!: Nuria Chinchilla

 Los laicos manifiestan que el espíritu cristiano es capaz de potenciar y vivificar todo lo humano’​: Vicente Bosch

La mujer en la Edad Media: Acción Familia 

 La Ascensión del Señor a los cielos: José María López Ferrera 

 La formación de la conciencia según Guardini: Ramiro Pellitero

 EDUCACIÓN PREVARICADA. : Amparo Tos Boix, Valencia.

 Sobre los Milagros : Josefa Romo

¿Falta tiempo o sobra desorden mental?: Domingo Martínez Madrid

 PENSAMIENTOS Y REFLEXIONES 157: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

Newsletter Diario

 

 

Papa: El cristiano tiene la mirada en el Cielo y los pies en el mundo

El Santo Padre Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta.

26/05/2017 10:14

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El lugar del cristiano es el mundo para anunciar a Jesús, pero su mirada está dirigida hacia el Cielo para estar unido a Él. Lo dijo el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Galilea, lugar del primer encuentro con Jesús

El Papa observó que las Escrituras nos indican tres palabrastres lugares de referencia del camino cristiano. La primera palabra es memoria. El Señorresucitado dice a sus discípulos que lo precedan en Galilea: aquí se produjo el primer encuentro con el Maestro. Y “cada uno de nosotros – afirmó Francisco– tiene su propia Galilea”, allí donde Jesús se ha manifestado por primera vez, lo hemos conocido y “hemos tenido esta alegría, este entusiasmo para seguirlo”. Además, el Santo Padre recordó que “para ser un buen cristiano es necesario tener siempre la memoria del primer encuentro con Jesús y de los encuentros sucesivos”. Es “la gracia de la memoria” que “en el momento de la prueba me da certidumbre”.

La mirada hacia el Cielo y los pies en el mundo

El segundo punto de referencia es la oración. Cuando Jesús asciende al Cielo – explicó el Papa Francisco – no se separa de nosotros: “Físicamente sí, pero está siempre unido a nosotros para interceder por nosotros. Le hace ver al Padre las llagas, el precio que ha pagado por nosotros, por nuestra salvación”. Por lo tanto, “debemos pedir la gracia de contemplar el Cielo, la gracia de la oración, la relación con Jesús en la oración que en este momento nos escucha y está con nosotros”:

“Después hay un tercer punto: el mundo. Jesús antes de irse – lo hemos escuchado ayer en el Evangelio de la Ascensión – dice a los discípulos: ‘Vayan al mundo y hagan discípulos’. Vayan: el lugar del cristiano es el mundo, para anunciarle la Palabra de Jesús, para decirle que hemos sido salvados, que Él ha venido para darnos la gracia, para llevarnos a todos con Él ante el Padre”.

Memoria, oración y misión

El Pontífice observó a continuación que “ésta es la topografía del espíritu cristiano”, los tres lugares de referencia de nuestra vida: la memoria, la oración y la misión. Mientras las tres palabras para nuestro camino son: Galilea, el Cielo y el mundo:

“Un cristiano debe moverse en estas tres dimensiones y pedir la gracia de la memoria. Decir al Señor: ‘Que no me olvide del momento en que Tú me has elegido, que no me olvide de los momentos en que nos hemos encontrado’. Después rezarmirar hacia el Cielo porque Él está para interceder, allí. Él intercede por nosotros. Y después ir a la misión, lo que no quiere decir que todos deben ir al extranjero; salir en misión es vivir y dar testimonio del Evangelio, es hacer saber a la gente cómo es Jesús. Y esto, con el testimonio y con la Palabra porque si yo digo como es Jesús, como es la vida cristiana y vivo como un pagano, aquello no sirve. La misión no va”.

La vida cristiana es gozosa

Si en cambio vivimos en la memoria, en la oración y en la misión – concluyó el Papa Francisco su meditación – la vida cristiana será bella y también será gozosa:

“Y ésta es la última frase que Jesús nos dice hoy en el Evangelio: ‘Aquel día, el día en el que ustedes vivirán la vida cristiana así, sabrán todo y nadie podrá quitarles su alegría’. Nadie. Porque yo tengo la memoria del encuentro con Jesús, tengo la certeza de que Jesús está en el Cielo en este momento e intercede por mí, está conmigo, y yo rezo y tengo el coraje de decir, de salir de mí y decir a los demás, y dar testimonio con mi vida, de que el Señor ha resucitado, está vivoMemoriaoraciónmisión. Que el Señor nos dé la gracia de entender esta topografía de la vida cristiana e ir adelante con alegría, con esa alegría que nadie podrá quitarnos”.

 

 

Papa: en nombre de la Iglesia y de los pobres y enfermos, agradezco a las Hermanas de la Caridad de Don Orione

El Papa Francisco recibió a las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad - ANSA

26/05/2017 13:48

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Con su cordial bienvenida a las religiosas del Instituto fundado por San Luis Orione, el Papa Francisco recibió a las participantes en el Capítulo General, abrazando idealmente en su saludo a las más débiles y enfermas y a las Contemplativas de Jesús Crucificado y a las Sacramentinas invidentes.

El Obispo de Roma destacó la importancia del tema elegido para su encuentro y les agradeció en nombre de la Iglesia el apostolado y misión que desarrollan ejercitando la caridad hacia el prójimo, en especial hacia los más pobres, abandonados y excluidos:

«Como expresa muy bien el tema que han elegido para este XII Capítulo General: ‘Donarse todas a Dios para ser todas del prójimo. Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad: discípulas misioneras, testigos alegres de la caridad en las periferias del mundo’.

En nombre de la Iglesia y de tantos pobresen especial mujeres y niños, y de tantos enfermos físicos y psíquicos que asisten, les agradezco por vuestro trabajo apostólico en las diversas actividades de pastoral juvenil, en las escuelas, en los hogares para ancianos, en los pequeños ‘Cottolengos’, en las catequesis y en los oratorios, con las nuevas pobrezas y en todos aquellos lugares en los que les ha colocado la Divina Providencia».

Haciendo hincapié en que se llaman y son por vocación ‘misioneras’, es decir evangelizadoras, y, al mismo tiempo están al servicio de los pobres, el Papa les recordó que están llamadas a reconocer en los más desfavorecidos a Cristo y las alentó a perseverar en su testimonio y a mostrar la belleza del amor de Dios a todos:

«Con esa belleza llenen el corazón de quienes encuentren. Que la cercanía, el encuentro, el diálogo y el acompañamiento sean vuestro método misionero. Y nunca se dejen robar la alegría de la evangelización».

El Santo Padre reiteró el centro de la misión de la Iglesia, cuyo centro es Jesús:

«En la Iglesia la misión nace del encuentro con Cristo, el enviado del Padre que ahora nos envía a nosotros. Es Él el que nos llama y nos manda. El centro de la misión de la Iglesia es Jesús. Como discípulas están llamadas a ser mujeres que trabajan asiduamente para trascenderse a sí mismas, proyectándose hacia el encuentro con el Maestro y con la cultura en la que viven».

Sin olvidar ninguna de las características obligadas de todo misionero afianzado en el Señor, audaz y creativo, con la mirada del Buen Pastor, lejos de las comodidades y de las cosas mundanas, para que llegue a todos la Buena Noticia que es Cristo, el Papa alentó a los otros Institutos y movimientos fundados por Don Orione, con los que integran una familia. Y antes de concluir les presentó un modelo especial para misionar y servir en el mundo de hoy:

«Concluyo proponiéndoles como ejemplo para su misión y su servicio a los pobres el icono de la Visitación. Como la Virgen María, pónganse en camino, de prisa – no con la prisa del mundo, sino con la de Dios – y llenas de la alegría, que habita en vuestro corazón, canten su magníficat. Canten el amor de Dios a toda criatura. Anuncien a los hombres y mujeres de hoyque Dios es amor y puede colmar de significado el corazón de aquel que lo busca y se deja encontrar por Él».

 

 

El Papa inicia visita pastoral a Génova 

Trabajadores en Génova esperan al Papa - AP

27/05/2017 08:46

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El Papa Francisco ya se encuentra en Génova. El Obispo de Roma  partió esta mañana a las 7.30 desde el aeropuerto de Ciampino. A su llegada a Génova fue recibido por el Cardenal Angelo Bagnasco, Arzobispo de esta Arquidiócesis, junto a Giovanni Toti, Presidente de la Región de Liguria, y demás autoridades civiles, entre las cuales el Dr. Marco Doria, Alcalde de la Ciudad. Un viaje de un día pero muy intenso que inicia con el encuentro con el mundo del trabajo. Seguirá el encuentro con los obispos, el almuerzo con un grupo de personas en situaciones difíciles y la visita a una de las excelencias italianas de la sanidad, el hospital pediátrico Gaslini, para llevar la caricia del Papa a los niños internados.  Recordamos que esta es la XVII visita pastoral de Francisco en Italia.

 

 

Pascua. 6ª semana. Sábado. Decenario al Espíritu Santo

EL DON DE CIENCIA

— Nos hace comprender lo que son las cosas creadas, según el designio de Dios sobre la creación y la elevación al orden sobrenatural.

— El don de ciencia y la santificación de las realidades temporales.

— El verdadero valor y sentido de este mundo. Desprendimiento y humildad necesarios para disponernos a recibir este don.

I. «Las criaturas son como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se rastreará su grandeza, poder y sabiduría y todos sus atributos»1. Son como un espejo en el que se refleja el esplendor de su belleza, de su bondad, de su poder...: los cielos pregonan la gloria de Dios y le anuncia el firmamento, que es la obra de sus manos2.

Sin embargo, en muchas ocasiones, a causa del pecado original y de los pecados personales, los hombres no saben interpretar esa huella de Dios en el mundo, no alcanzan a conocer al que es la fuente de todos los bienes: por la consideración de las obras no supieron descubrir a su divino Artífice. Seducidos por la hermosura de las cosas creadas, las tuvieron por dioses. Que aprendan a conocer –sigue diciendo la Sagrada Escritura– cuánto mejor es el Señor de todo lo creado, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas3.

El don de ciencia facilita al hombre comprender las cosas creadas como señales que llevan a Dios, y lo que significa la elevación al orden sobrenatural. El Espíritu Santo, a través del mundo de la naturaleza y del de la gracia, nos hace percibir y contemplar la infinita sabiduría, la omnipotencia, la bondad, la naturaleza íntima de Dios. «Es un don contemplativo cuya mirada penetra, como la del don de inteligencia y del de sabiduría, en el misterio mismo de Dios»4.

Mediante este don, el cristiano percibe y entiende con toda claridad «que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena»5. Es una sobrenatural disposición por la que el alma participa de la misma ciencia de Dios, descubre las relaciones que existen entre todo lo creado y su Creador y en qué medida y sentido sirven al fin último del hombre.

Manifestación del don de ciencia es el Canto de los tres jóvenes, recogido en el Libro de Daniel, que muchos cristianos rezan en la acción de gracias después de la Santa Misa. Se pide a todas las cosas creadas que bendigan y den gloria al Creador: Benedicite, omnia opera Domini, Domino... Obras todas del Señor, bendecid al Señor; y alabadle y ensalzadle por todos los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor. Cielos... Aguas todas que estáis sobre los cielos... Sol y luna... Estrellas del cielo... Lluvia y rocío... Vientos todos... Frío y calor... Rocíos y escarchas... Noches y días... Luz y tinieblas... Montes y collados... Plantas todas... Fuentes... Mares y ríos... Ballenas y peces... Aves... Bestias y ganados... Sacerdotes del Señor... Espíritus y almas de los justos... Santos y humildes de corazón... Cantadle y dadle gracias porque es eterna su misericordia6.

Este canto admirable de toda la creación, de lo animado y de lo que carece de vida, da gloria a su Creador. Es «una de las más puras y ardientes expresiones del don de ciencia: que los cielos y toda la creación canten la gloria de Dios»7. En muchas ocasiones también nos ayudará a nosotros a dar gracias al Señor después de participar en la obra que más gloria da a Dios: la Santa Misa.

II. Mediante el don de ciencia, el cristiano dócil al Espíritu Santo sabe discernir con perfecta claridad lo que le lleva a Dios y lo que le separa de Él. Y esto en las artes, en el ambiente, en las modas, en las ideologías... Verdaderamente puede decir: El señor conduce al justo por caminos rectos y le comunica la ciencia de los santos8. El Paráclito advierte también cuándo las cosas buenas y rectas en sí mismas pueden convertirse en malas para el hombre porque le separan de su fin sobrenatural: por un deseo desordenado de posesión, por apegamiento del corazón a estos bienes materiales de tal manera que no lo dejan libre para Dios, etcétera.

El cristiano que se ha de santificar en medio del mundo tiene una particular necesidad de este don para ordenar a Dios las actividades temporales, convirtiéndolas en medio de santidad y apostolado. Mediante el don de ciencia, la madre de familia comprende más profundamente cómo su quehacer doméstico es camino que le lleva a Dios si lo hace con rectitud de intención y deseos de agradar a Dios, de la misma manera que el estudiante entiende que su estudio es el medio ordinario que posee para amar a Dios, hacer apostolado y servir a la sociedad; para el arquitecto son sus planos y proyectos; para la enfermera, el cuidado de los enfermos, etcétera. Se comprende entonces por qué debemos amar el mundo y las realidades temporales, y cómo «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»9. Así –siguen siendo palabras de San Josemaría Escrivá– «cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día»10. Ese verso heroico para Dios lo componemos los hombres con las menudencias de la tarea diaria, de los problemas y alegrías que encontramos a nuestro paso.

Amamos las cosas de la tierra, pero las valoramos según su justo valor, el que tienen para Dios. Así daremos una importancia capital a ser templos del Espíritu Santo, porque «si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente»11. Por encima de los bienes materiales, y de la misma vida, consideramos la fe como el tesoro más grande que hemos recibido, y estaríamos dispuestos a dejarlo todo antes de perderla. Con la luz de este don conocemos, por ejemplo, el valor de la oración y de la mortificación y la influencia decisiva que tienen en nuestra vida, lo que nos empujará a no abandonarlas en ninguna circunstancia.

III. A la luz del don de ciencia, el cristiano reconoce el poco valor de lo temporal si no es camino para lo eterno, la brevedad de la vida humana sobre la tierra, la escasa felicidad que puede dar este mundo comparada con la que Dios ha prometido a quienes le aman, la inutilidad de tanto esfuerzo si no se realiza cara al Señor... Al recordar la vida pasada, en la que quizá Dios no fue lo primero, el alma siente una profunda contrición por tanto mal y por tanta ocasión perdida, y nace en ella el deseo de recuperar el tiempo malbaratado siendo más fiel al Señor.

Todo lo de este mundo –al que amamos y en el que debemos santificarnos– aparece a la luz de este don con el sello de la caducidad, mientras que señala con toda nitidez el fin sobrenatural del hombre, al que debemos subordinar todas las realidades terrenas.

Esta visión del mundo, de los acontecimientos y de las personas desde la fe, puede quedar oscurecida, incluso cegada, por lo que San Juan llama la concupiscencia de los ojos12. Parece entonces como si la mente rechazara la verdadera luz, y ya no se sabe ordenar a Dios las realidades terrenas, que se toman como fin. El deseo desordenado de bienes materiales, el cifrar la felicidad en lo de aquí abajo entorpece o anula la acción de este don. El alma cae entonces en una especie de ceguera en la que ya es incapaz de reconocer y de saborear los bienes verdaderos, los que no perecen, y la esperanza sobrenatural se transforma en el deseo, cada vez mayor, de bienestar material, huyendo de cuanto signifique mortificación y sacrificio.

La visión puramente humana de la realidad acaba por desembocar en la ignorancia de las verdades de Dios, o bien estas aparecen como algo teórico, sin sentido práctico para la vida corriente, sin capacidad para informar la existencia normal. Los pecados contra este don dejan sin luz, y así se explica esa gran ignorancia de Dios que padece el mundo. En ocasiones se trata de verdadera incapacidad para entender o asimilar lo sobrenatural, porque se han vuelto completamente los ojos del alma a bienes parciales y engañosos y se han cerrado a los verdaderos.

Para disponernos a recibir este don necesitamos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a vivir la libertad y el desasimiento ante los bienes materiales y a ser más humildes, para poder ser enseñados sobre el verdadero valor de las cosas. Junto a estas disposiciones, fomentaremos la presencia de Dios, que ayuda a ver al Señor en medio de nuestros trabajos, y haremos el propósito decidido de considerar en la oración los sucesos que van decidiendo nuestra vida y las mismas realidades de todos los días: la familia, los compañeros que están codo a codo en el mismo trabajo, aquello que más nos preocupa... La oración siempre es un faro poderoso que ilumina la verdadera realidad de las cosas y de los acontecimientos.

Para obtener este don, para hacernos capaces de poseerlo en mayor plenitud, acudimos a la Virgen, Nuestra Señora. Ella es Madre del Amor Hermoso, y del temor, y de la ciencia, y de la santa esperanza13.

«Madre de la ciencia es María, porque con Ella se aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no estamos junto al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria»14.

1 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 5, 3. — 2 Sal 19, 1-2. — 3 Sab 13, 1-3. — 4 M. M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983, p. 200. — 5 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 130. — 6 Cfr. Dan 3, 52-90. — 7 M. M. Philipon, o. c., p. 203. — 8 Sab 10, 10. — 9 San Josemaría Escrivá, Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967. — 10 Ibídem. — 11 ídem, Amigos de Dios, 92. — 12 1 Jn 2, 16. — 13 Eclo 24, 24. — 14 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 278.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) s�lo nos ha autorizado a difundir la meditaci�n diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribuci�n por fotocopias u otras formas de distribuci�n.

 

 

“Reina de la paz, ruega por nosotros”

Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: «Regina pacis, ora pro nobis!» –Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?... –Te sorprenderás de su inmediata eficacia. (Surco, 874)

No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza. (...)

Cristo, que es nuestra paz, es también el Camino (Ioh XIV, 6.). Si queremos la paz, hemos de seguir sus pasos. La paz es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que, en su vida, no es de Dios: contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez de corazón. Es inútil clamar por el sosiego exterior si falta tranquilidad en las conciencias, en el fondo del alma, porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mt XV, 19.). (Es Cristo que pasa, 73)

 

 

SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA

ASCENSIÓN

Desde que Cristo resucitó nos ha convocado a Galilea. A la vida donde está y transcurren los acontecimientos de la gente: “Id a Galilea y allí me veréis”. Si como decimos en Navidad “la cosa empezó en Galilea” y es, en la Galilea de la vida, donde nos encontramos con la cita del Resucitado. Ahora, desde un monte, en Galilea, se realiza la Ascensión del Señor. Sube para seguir estando con los de abajo. Desaparece de nuestros ojos, pero no se aleja porque está con nosotros “hasta el final de los siglos”.

Se va, pero se queda y nos descubre que la vida cristiana es subir y bajar. Subimos con el Señor. Ascendemos a lo más alto del cielo, de su Corazón, y Él nos envía a los que no conocen el Amor de los Amores, a los que viven en todas las periferias y en el valle de la desfiguración y de las lágrimas.

El Misterio de la Ascensión, el ser elevado, forma parte única de la primera elevación en la Cruz, derramando su sangre redentora. En la segunda elevación, resucitado, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia, y, ahora, en la última elevación es ascendido a lo más alto del cielo, como persona divina con su naturaleza humana.

Ahora, en la Trinidad, podemos contemplar la humanidad de Cristo. Un Corazón humano que late de Amor “por amor a nosotros los hombres y por nuestra salvación”. Ahora, por la Ascensión, ninguna persona puede decir con argumentos que está sola. La soledad y el vacío lo llena de la presencia del Señor Resucitado y Ascendido, en nuestro corazón.

La Ascensión nos recuerda que el Señor no quiere que vivamos “mirando al cielo”, sino que bajemos al mundo para que los hombres se encuentren con el Cielo que es Cristo, lo que les hará salir de tantos problemas que los corazones humanos, a veces, no pueden digerir.

El Señor nos dice que sigue con nosotros, como con los de Emaús, “hasta el final de los tiempos”.

+Francisco Cerro Chaves.-Obispo de Coria-Cáceres

 

 

Ascensión del Señor; ciclo A

Jesús sube al cielo para poder guiarnos, con su presencia a través del Espíritu Santo, para que vayamos también con Él al cielo

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20).

1. “Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban”. En cierta forma ya ha subido al Padre cuando resucita, pero continúa en su presencia de resucitado hasta que al que "salió del Padre" le toca "volver al Padre". "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10).

“Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. Tiene poder sobre toda la creación, hecha a su imagen y para edificar su cuerpo que es la Iglesia, con toda la creación.

“Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. ¿Cómo puede irse y quedarse al mismo tiempo?: «dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre» (Benedicto XVI). Dejada a sus fuerzas: naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (Prefacio de la Ascensión). Pero ahora tenemos la presencia de Cristo, que está con nosotros para continuar su obra, santificar la sociedad desde dentro. Aunque lo de aquí no es definitivo, nos da esperanza para aprender, ir a una realidad mejor que Jesús nos ha preparado. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”: él está siempre con nosotros, es fundamento de nuestra esperanza: “Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente” (Catecismo 666).

2. San Lucas comienza su segundo libro con “el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.

Una vez que comían juntos les recomendó: -No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.

Ellos lo rodearon preguntándole: -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?

Jesús contestó: -No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.

Cristo resucitado "se manifestó a los apóstoles dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles por el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al reino de Dios" (Hch 1,3) "se fue elevando a la vista de ellos por los aires hasta que una nube lo encubrió a sus ojos". “Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.” No podemos inhibirnos de las realidades terrenas, hemos de estar metidos en las cosas del mundo, con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. Sin pensar sólo en el más allá, pues ya está aquí la vida eterna, y hemos de ayudar a los que tienen cortas miras en su mundanidad, a ver ese “más allá” que está en lo de cada día, donde habita Dios con nosotros.

 “La liturgia pone ante nuestros ojos, una vez más, el último de los misterios de la vida de Jesucristo entre los hombres: Su Ascensión a los cielos. Desde el Nacimiento en Belén, han ocurrido muchas cosas: lo hemos encontrado en la cuna, adorado por pastores y por reyes; lo hemos contemplado en los largos años de trabajo silencioso, en Nazaret; lo hemos acompañado a través de las tierras de Palestina, predicando a los hombres el Reino de Dios y haciendo el bien a todos. Y más tarde, en los días de su Pasión, hemos sufrido al presenciar cómo lo acusaban, con qué saña lo maltrataban, con cuánto odio lo crucificaban.

Al dolor, siguió la alegría luminosa de la Resurrección. ¡Qué  fundamento más claro y más firme para nuestra fe! Ya no deberíamos dudar. Pero quizá, como los Apóstoles, somos todavía débiles y, en este día de la Ascensión, preguntamos a Cristo: ¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? (Hch 1, 6); ¿es ahora cuando desaparecerán, definitivamente, todas nuestras perplejidades, y todas nuestras miserias?

El Señor nos responde subiendo a los cielos” (san Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 117). Los 40 días de Pascua recuerdan tantos aspectos de la historia de la salvación: el diluvio (Gen 7,17), los 40 años del desierto rumbo a la tierra prometida (Sl 95,11), 40 días de Moisés en el Sinaí con el Señor, para recibir la Alianza (Ex 24,18), 40 días con sus noches que anduvo Elías con la fuerza del pan enviado por Dios (1 Re 19,8) y ayuno de Jesús antes de la vida pública: todo ello nos habla de la necesidad de soledad, de desierto, de oración, para poder orientar bien la existencia. Jesús, en esos 40 días de apariciones, no estaba en Palestina: estaba ya "junto al Padre" y "desde allí" se hacía visible y tangible a los suyos. Jesús no se va, deja de ser visible. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros. Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre. Es una desaparición y no una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.

Si dejamos hacer a Dios, lo de aquí en la tierra nos dará felicidad, que en esta vida nunca puede ser completa. Ahora lo vemos porque, guiados por un amor entero, noble, querríamos estar con Jesús físicamente, para que su bondad, su comprensión y quizá su reprensión no nos faltara y sería necesaria porque todavía andamos con tantas cosas.

“Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado”. El reino mesiánico de Cristo queda reflejado en este salmo, donde se muestra el triunfo supremo de Cristo, el que abarca todos los demás, consiste en haber vencido a la muerte por medio de su gloriosa Resurrección, adentrándose en una senda sublime que es la senda de la vida gloriosa de Dios.

3. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. No pide dotes intelectuales para conocer una verdad abstracta, sino del don de sabiduría que lleva al conocimiento y a la aceptación de los designios amorosos de la voluntad de Dios. Conocer es también amar, es ver a Dios con los ojos del corazón por una fe eminentemente práctica. Concretamente, pide el autor que los efesios conozcan: a) la esperanza a la que fueron llamados, b) la herencia que todavía esperan, y c) el poder de Dios que se manifestó en la exaltación de Jesús resucitado y ahora actúa en los creyentes hasta que también ellos resuciten como nuestro Señor. La experiencia cristiana del dinamismo de la salvación sustenta la actitud esperanzada de los creyentes que se manifiesta en la acción de gracias por lo que ya han recibido y en la petición confiada de lo que está por venir.

“Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”. La ascensión del Señor debe fomentar en nosotros de modo especial la virtud de la esperanza, puesto que El "subió a prepararnos un lugar en el cielo" (Jn. 14,2). Este pensamiento está llamado a fortalecernos en las luchas y tentaciones de la vida recordándonos que "si combatimos con Cristo, con El seremos glorificados" (Rom. 8,17). "Resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin", diremos dentro de un momento en la Misa al recitar el Credo. Si vivimos para Cristo, que es vivir para los demás, resucitaremos con Cristo, porque nosotros no podemos resucitar por nuestro propio poder, sino por el poder de Cristo, unidos a Él, con su madre santa María.

Llucià Pou Sabaté

 

 

Pascua: He resucitado y aún estoy contigo

El tiempo de Pascua, estallido de alegría, se extiende desde la vigilia Pascual hasta el domingo de Pentecostés. En estos cincuenta días la Iglesia nos envuelve en su alegría por la victoria del Señor sobre la muerte. Cristo vive, y viene a nuestro encuentro.

Año Litúrgico 27 de Marzo de 2016

pus Dei - Pascua: He resucitado y aún estoy contigo

«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya»[1]. El tiempo pascual es un anticipo de la felicidad que Jesucristo nos ha ganado con su victoria sobre la muerte. El Señor «fue entregado por nuestros pecados» y resucitó «para nuestra justificación»[2]: para que, permaneciendo en Él, nuestra alegría sea completa[3].

«He resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa» . Es la experiencia inefable de la resurrección, vivida por el Señor en las primeras luces del domingo.

En el conjunto del Año litúrgico, el tiempo pascual es el “tiempo fuerte” por antonomasia, porque el mensaje cristiano es anuncio alegre que surge con fuerza de la salvación obrada por el Señor en su “pascua”, su tránsito de la muerte a la vida nueva. «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»[4].

Lo que sólo «unos pocos testigos elegidos de antemano por Dios»[5] pudieron experimentar en las apariciones del Resucitado, ahora se nos da en la liturgia, que nos hace revivir esos misterios Como predicaba el Papa san León Magno, «todas las cosas relativas a nuestro Redentor que antes eran visibles, ahora han pasado a ser ritos sacramentales»[6] Es expresiva la costumbre de los cristianos de Oriente que, conscientes de esta realidad, desde la mañana del domingo de Resurrección intercambian el beso pascual: «Christos anestē», Cristo ha resucitado; «alethōs anestē», verdaderamente ha resucitado.

La liturgia latina, que en la noche santa del sábado volcaba su alegría en el Exultet, en el domingo de Pascua la condensa en el hermoso introito Resurrexi: «he resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa»[7]. Ponemos en labios del Señor, delicadamente, en términos de cálida oración filial al Padre, la experiencia inefable de la resurrección, vivida por Él en las primeras luces del domingo. Así nos animaba San Josemaría en su predicación a acercarnos a Cristo, sabiéndonos sus contemporáneos: «he querido recordar, aunque fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo ―Iesus Christus heri et hodie; ipse et in sæcula―, porque ahí está el fundamento de toda la vida cristiana»[8]. El Señor quiere que le tratemos y hablemos de Él no en pasado, como se hace con un recuerdo, sino percibiendo su “hoy”, su actualidad, su viva compañía.

La Cincuentena pascual

Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría.

Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría. Quien durante estos días no expresara su júbilo era considerado como alguien que no había captado el núcleo de la fe, porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[9]. Esta fiesta, tan prolongada, nos sugiere hasta qué punto «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros»[10]. En este tiempo, la Iglesia vive ya el gozo que el Señor le depara: algo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre»[11].

Este sentido escatológico, de anticipo del cielo, se refleja desde hace siglos en la praxis litúrgica de suprimir las lecturas del Antiguo Testamento durante el tiempo pascual. Si toda la Antigua Alianza es preparación, la Cincuentena pascual celebra, en cambio, la realidad del reino de Dios ya presente En la Pascua todo ha sido renovado, y no cabe figura allí donde todo es cumplimiento Por eso, en el tiempo pascual la liturgia proclama, junto al cuarto Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis: libros luminosos que tienen una especial afinidad con la espiritualidad de este tiempo.

Los escritores del Oriente y del Occidente cristianos contemplaron el conjunto de la Cincuentena pascual como un único y extenso día de fiesta. Por eso, los domingos de este tiempo no se llaman segundo, tercero, cuarto… después de Pascua, sino, sencillamente, domingos de Pascua. Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos. Del mismo modo se comprende el domingo de Pentecostés, que no es una nueva fiesta, sino el día conclusivo de la gran fiesta de la Pascua.

Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos.

Cuando llegaba la Cuaresma algunos himnos de la tradición litúrgica de la Iglesia recitaban el aleluya con un tono de despedida. En contraste, la liturgia pascual se recrea en este canto, porque el aleluya es avance del cántico nuevo que entonarán en el cielo los bautizados[12], que ya ahora se saben resucitados con Cristo. Por eso, durante el tiempo pascual, tanto el estribillo del salmo responsorial como el final de las antífonas de la Misa repiten frecuentemente esta aclamación, que une el imperativo del verbo hebreo hallal –alabar- y Yahveh, el nombre de Dios.

«¡Feliz aquel aleluya que allí entonaremos! —dice san Agustín en una homilía— Será un aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria»[13]. San Jerónimo escribe que, durante los primeros siglos en Palestina, ese grito se había hecho tan habitual que quienes araban los campos decían de cuando en cuando: ¡aleluya! Y los que remaban en las barcas para trasladar a los viajeros de una a otra orilla de un río, cuando se cruzaban, exclamaban: ¡aleluya! «Un júbilo profundo y sereno embarga a la Iglesia en estas semanas del tiempo pascual; es el que nuestro Señor ha querido dejar en herencia a todos los cristianos (…); un contento lleno de contenido sobrenatural, que nada ni nadie nos podrá quitar, si nosotros no lo permitimos»[14].

La octava de Pascua

«Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la “octava de Pascua”, y se celebran como solemnidades del Señor»[15]. Antiguamente, durante esta octava el obispo de Roma celebraba las stationes como un modo de introducir a los neófitos en el triunfo de aquellos santos especialmente significativos para la vida cristiana de la Urbe. Era una cierta “geografía de la fe”, en la que la Roma cristiana aparecía como una reconstrucción de la Jerusalén del Señor. Se visitaban varias basílicas romanas: la vigilia de Pascua la statio tenía lugar en San Juan de Letrán; el domingo en Santa María Mayor; el lunes en San Pedro del Vaticano; el martes en San Pablo Extramuros; el miércoles en San Lorenzo Extramuros; el jueves en la basílica de los Santos Apóstoles; el viernes en Santa María ad martyres; y el sábado, de nuevo, en San Juan de Letrán.

Las lecturas de esos días guardaban relación con el lugar de la celebración. Así, por ejemplo el miércoles la statio se celebraba en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Allí el evangelio que se proclamaba era el pasaje de las brasas encendidas[16], en clara alusión a la tradición popular romana, que relata cómo el diácono Lorenzo fue martirizado sobre una parrilla. El sábado de la octava era el día en que los neófitos deponían el alba con la que se habían revestido en su bautismo durante la vigilia pascual La primera lectura era por eso la exhortación de Pedro que comienza con las palabras «deponentes igitur omnem malitiam…»[17]: habiéndoos despojado de toda malicia…

Los Padres de la Iglesia hablaban con frecuencia del domingo como “octavo día”. Situado más allá de la sucesión septenaria de los días, el domingo evoca el inicio del tiempo y su final en el siglo futuro[18]. Por eso, los antiguos baptisterios, como el de san Juan de Letrán, tenían forma octogonal; los catecúmenos salían de la fuente bautismal para iniciar su vida nueva, abierta ya al octavo día, al domingo que no acaba. Cada domingo nos recuerda así que nuestra vida transcurre dentro del tiempo de la Resurrección.

Ascensión y Pentecostés

«Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles y también nuestra mirada a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre»[19] Empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros; empieza el tiempo de la liturgia, que es toda ella una gran oración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; una oración «en cauce manso y ancho»[20].

Con la ascensión empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros.

Jesús desaparece de la vista de los apóstoles, que quizá se quedan taciturnos al principio. «No sabemos si en aquel momento se dieron cuenta de que precisamente ante ellos se estaba abriendo un horizonte magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Tal vez lo comprendieron solamente el día de Pentecostés, iluminados por el Espíritu Santo»[21].

«Dios todopoderoso y eterno, que has querido incluir el sacramento de la Pascua en el misterio de los cincuenta días…»[22]. La Iglesia nos enseña a reconocer en esta cifra el lenguaje expresivo de la revelación El número cincuenta tenía dos cadencias importantes en la vida religiosa de Israel: la fiesta de Pentecostés, siete semanas después de comenzar a meter la hoz en el trigo; y la fiesta del jubileo que declaraba santo el año cincuenta: un año dedicado a Dios en el que cada uno recobraba su propiedad, y cada cual podía regresar a su familia[23]. En el tiempo de la Iglesia, el «sacramento de la Pascua» incluye los cincuenta días después de la Resurrección del Señor, hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Si, con el lenguaje de la liturgia, la Cuaresma significa la conversión a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, la Pascua significa nuestra vida nueva de “con-resucitados” con Cristo. «Igitur, si consurrexistis Christo, quæ sursum sunt quærite: así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»[24]

Al cumplirse estos cincuenta días, «llegamos al culmen de los bienes y a la metrópolis de todas las fiestas»[25], pues, inseparable de la Pascua, es como la “Madre de todas las fiestas”. «Sumad —decía Tertuliano a los paganos de su tiempo— todas vuestras fiestas y no llegaréis a la cincuentena de Pentecostés»[26]. Pentecostés es, pues, un domingo conclusivo, de plenitud. En esta Solemnidad vivimos con admiración cómo Dios, a través del don de la liturgia, actualiza la donación del Espíritu que tuvo lugar en los albores de la Iglesia naciente.

San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra».

Si en la Ascensión Jesús «fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad»[27], ahora, en el día de Pentecostés, el Señor, sentado a la derecha del Padre, comunica su vida divina a la Iglesia mediante la infusión del Paráclito, «fruto de la Cruz»[28]. San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra»[29].

Se comprende también por eso que San Josemaría quisiera comenzar algunos medios de formación de la Obra rezando una oración tradicional en la Iglesia que se encuentra, por ejemplo, en la Misa votiva del Espíritu Santo: «Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti, da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere»[30]. Con palabras de la liturgia, imploramos a Dios Padre que el Espíritu Santo nos haga capaces de apreciar, de saborear, el sentido de las cosas de Dios; y pedimos también disfrutar del consuelo alentador del «Gran Desconocido»[31]. Porque «el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz»[32].

Félix María Arocena


[1] Misal Romano, Miércoles de la Octava de Pascua, Antífona de entrada. Cfr. Mt 25, 34.

[2] Rm 4, 25.

[3] Cfr. Jn 15, 9-11.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

[5] Hch 10, 41.

[6] San León Magno, Sermo 74, 2 (PL 54, 398).

[7] Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6.

[8] Es Cristo que pasa, n. 104. Cfr. Hb 13, 8.

[9] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 1.

[10] Rm 8, 18.

[11] 1 Co 2, 9.

[12] Cfr. Ap 5,9

[13] San Agustín, Sermo 256, 3 (PL 38, 1193).

[14] Beato Álvaro, Caminar con Jesús, Cristiandad: Madrid, 2014, 197.

[15] Misal Romano, Normas universales del año litúrgico, 24.

[16] Jn 21, 9.

[17] 1 P 2, 1.

[18] Cfr. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.

[19] Francisco, Regina Coeli, 1-VI-2014.

[20] Camino, 145.

[21] Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.

[22] Misal Romano, Vigilia del Domingo de Pentecostés, colecta.

[23] Cfr. Lv 23, 15-22; Nm 28, 26-31; Lv 25, 1-22.

[24] Col 3, 1.

[25] San Juan Crisóstomo, Homilia II de Sancta Pentecoste (PG 50, 463).

[26] Tertuliano, De idolatria 14 (PL 1, 683).

[27] Misal Romano, Ascensión del Señor, prefacio.

[28] Es Cristo que pasa, n. 96.

[29] San Josemaría, Surco, n. 213.

[30] Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo, colecta.

[31] Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 127-138.

[32] Francisco, Homilía en la Solemnidad 

 

 

Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo

La Resurrección de Cristo es verdad fundamental de nuestra fe como dice San Pablo (cfr. 1 Co 15, 13-14). Con este hecho, Dios inauguró la vida del mundo futuro y la puso a disposición de los hombres.

Resúmenes de fe cristiana 21 de Diciembre de 2016

pus Dei - Tema 11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo​ Los beneficios de la salvación no derivan sólo de la Cruz sino también de la Resurrección de Cristo.

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1. Cristo fue sepultado y descendió a los infiernos

Tras padecer y morir, el cuerpo de Cristo fue sepultado en un sepulcro nuevo, no lejos del lugar donde le habían crucificado. Su alma, en cambio, descendió a los infiernos. La sepultura de Cristo manifiesta que verdaderamente murió. Dios dispuso que Cristo sufriera el estado de muerte, es decir, de separación entre el alma y el cuerpo (cfr. Catecismo, 624). Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro tanto su alma como su cuerpo, separados entre sí por causa de la muerte, continuaron unidos a su Persona di­vina (cfr. Catecismo, 626).

Porque continuaba perteneciendo a la Persona divina, el cuerpo muerto de Cristo no sufrió la corrupción del sepulcro (cfr. Catecismo, 627; Hch 13, 37). El alma de Cristo bajó a los infiernos. «Los ‘infiernos’ –distintos del ‘infierno’ de la condenación– constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo» ( Compendio, 125). Los justos se encontraban en un estado de felicidad (se dice que reposaban en el “seno de Abraham”) aunque no tenían aún la visión de Dios. Diciendo que Jesús bajó a los infiernos, entendemos su presencia en el “seno de Abraham” para abrir las puertas del cielo a los justos que le habían precedido. «Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios» (Compendio, 125).

Cristo, con el descenso a los infiernos, mostró su dominio sobre el demonio y la muerte, liberando a las almas santas que estaban retenidas para llevarlas a la gloria eter­na. De este modo, la Redención –que debía alcanzar a los hombres de todas las épocas– se aplicó a los que habían precedido a Cristo (cfr. Catecismo, 634).

2. Sentido general de la glorificación de Cristo

La glorificación de Cristo consiste en su Resurrección y su Exaltación a los cielos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. El sentido general de la glorificación de Cristo está en relación con su muerte en la Cruz. Como por la pasión y muerte de Cristo, Dios eliminó el pecado y reconcilió consigo el mundo, de modo semejante, por la resurrección de Cristo, Dios inauguró la vida del mundo futuro y la puso a disposición de los hombres.

Los beneficios de la salvación no derivan sólo de la Cruz sino también de la Resurrección de Cristo. Esos frutos se aplican a los hombres por la mediación de la Iglesia y por los sacramentos. Concretamente, por el Bautismo recibimos el perdón de los pecados (del pecado original y de los personales) y el hombre se reviste por la gracia con la nueva vida del Resucitado.

3. La Resurrección de Jesucristo

“Al tercer día” (de su muerte), Jesús resucitó a una vida nueva. Su alma y su cuerpo, plenamente transfigurados con la gloria de su Persona divina, volvieron a unirse. El alma asumió de nuevo el cuerpo y la gloria del alma se comunicó en totalidad al cuerpo. Por este motivo, «la Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su Pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso» (Compendio, 129).

La Resurrección del Señor es fundamento de nuestra fe, puesto que atesta en modo incontestable que Dios ha intervenido en la historia humana para salvar a los hombres. Y garantiza la verdad de lo que predica la Iglesia sobre Dios, sobre la divinidad de Cristo y la salvación de los hombres. Por el contrario, como dice S. Pablo, «si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe» (1Co 15, 17).

Los Apóstoles no pudieron engañarse o inventar la resurrección. En primer lugar si el sepulcro de Cristo no hubiera estado vacío no habrían podido hablar de la resurrección de Jesús; además si el Señor no se les hubiera aparecido en varias ocasiones y a numerosos grupos de personas, hombres y mujeres, muchos discípulos de Cristo no habrían podido aceptarla, como ocurrió inicialmente con el apóstol Tomás. Mucho menos habrían podido ellos dar su vida por una mentira. Come dice San Pablo: «Y si no resucitó Cristo (...) somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó» (1Co 15, 14.15). Y, cuando las autoridades judías querían silenciar la predicación del evangelio, San Pedro respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. (...) Nosotros somos testigos de estas cosas» (Hch 5, 29-30.32).

Además de ser un evento histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, la Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque «sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios» (Compendio, 128). Por este motivo Jesús Resucitado, aun poseyendo una verdadera identidad físico-corpórea, no está sometido a las leyes físicas terrenas, y se sujeta a ellas sólo en cuanto lo desea: «Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias» (Compendio, 129).

La Resurrección de Cristo es un misterio de salvación. Muestra la bondad y el amor de Dios que recompensa la humillación de su Hijo, y que emplea su omnipotencia para llenar de vida a los hombres. Jesús Resucitado posee en su humanidad la plenitud de vida divina para comunicarla a los hombres. «El Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo» ( Compendio , 131). Cristo es el primogénito entre los muertos y todos resucitaremos por Él y en Él.

De la Resurrección de Nuestro Señor, debemos sacar para nosotros:

a) Fe viva: «Enciende tu fe. -No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia ¡Vive!: “Jesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!” -dice San Pablo- ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!» [1];

b) Esperanza: «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: “iam foetet, quatriduanus est enim”: hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús. Si oyes la inspiración de Dios y la sigues -“Lazare, veni foras!”: ¡Lázaro, sal afuera!-, volverás a la Vida» [2];

c) Deseo de que la gracia y la caridad nos transformen, llevándonos a vivir vida sobrenatural, que es la vida de Cristo: buscando ser realmente santos (cfr. Col 3, 1 y ss). Deseo de limpiar nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia, que nos hace resucitar a la vida sobrenatural -si la habíamos perdido por el pecado mortal- y recomenzar de nuevo: nunc coepi (Sal 76, 11).

4. La exaltación gloriosa de Cristo: "Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso".

La Exaltación gloriosa de Cristo comprende su Ascensión a los cielos, acaecida cuarenta días después de su Resurrección (cfr. Hch1, 9-10), y su entronización gloriosa en ellos, para compartir, también como hombre, la gloria y el poder del Padre y para ser Señor y Rey de la creación.

Cuando confesamos en este artículo del Credo que Cristo «está sentado a la derecha del Padre», nos referimos con esta expresión a «la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada» [3].

Con la Ascensión termina la misión de Cristo, su envío entre nosotros en carne humana para obrar la salvación. Era necesario que, tras su Resurrección, Cristo continuase su presencia entre nosotros, para manifestar su vida nueva y completar la formación de los discípulos. Pero esta presencia terminará el día de la Ascensión. Sin embargo, aunque Jesús vuelve al cielo con el Padre, se queda entre nosotros de varios modos, y principalmente en modo sacramental, por la Sagrada Eucaristía.

La Ascensión es signo de la nueva situación de Jesús. Sube al trono del Padre para compartirlo, no sólo como Hijo eterno de Dios, sino también en cuanto verdadero hombre, vencedor del pecado y de la muerte. La gloria que había recibido físicamente con la Resurrección se completa ahora con su pública entronización en los cielos como Soberano de la creación, junto al Padre. Jesús recibe el homenaje y la alabanza de los habitantes del cielo.

Puesto que Cristo vino al mundo para redimirnos del pecado y conducirnos a la perfecta comunión con Dios, la Ascensión de Jesús inaugura la entrada en el cielo de la humanidad. Jesús es la Cabeza sobrenatural de los hombres, como Adán lo fue en el orden de la naturaleza. Puesto que la Cabeza está en el cielo, también nosotros, sus miembros, tenemos la posibilidad real de alcanzarlo. Más aún, Él ha ido para prepararnos un lugar en la casa del Padre (cfr. Jn 14, 3).

Sentado a la derecha del Padre, Jesús continúa su ministerio de Mediador universal de la salvación. «El Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado» (Compendio, 132).

En efecto, diez días después de su Ascensión al cielo, Jesús envió el Espíritu Santo a los discípulos conforme a su promesa. Desde entonces Jesús manda incesantemente a los hombres el Espíritu Santo, para comunicarles la potencia vivificadora que Él posee, y reunirles por medio de su Iglesia para formar el único pueblo de Dios.

Después de la Ascensión del Señor y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la Santísima Virgen María fue llevada en cuerpo y alma a los cielos, pues convenía que la Ma­dre de Dios, que había llevado a Dios en su seno, no sufriera la corrupción del sepulcro, a imitación de su Hijo [4].

La Iglesia celebra la fiesta de la Asunción de la Virgen el día 15 de agosto. «La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (Catecismo, 966).

La Exaltación gloriosa de Cristo:

a) Nos alienta a vivir con la mirada puesta en la gloria del Cielo: quae sursum sunt, quaerite (Col 3, 1); recordando que no tenemos aquí ciudad permanente (Hb 13, 14), y con el deseo de san­tificar las realidades humanas;

b) Nos impulsa a vivir de fe, pues nos sabemos acompañados por Jesucristo, que nos conoce y ama desde el cielo, y que nos da sin cesar la gracia de su Espíritu. Con la fuerza de Dios podemos realizar la labor apostólica que nos ha encomendado: llevarle a todas las almas (cfr. Mt28, 19) y ponerle en la cumbre de todas las actividades humanas (cfr. Jn12, 32), para que su Reino sea una realidad (cfr. 1Co15, 25). Además Él nos acompaña siempre desde el Sagrario.

5. La segunda venida del Señor: "Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos".

Cristo Señor es Rey del universo, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo (cfr. Hb2, 7; 1Co15, 28). Concede tiempo a los hombres para probar su amor y su fidelidad. Sin embargo, al final de los tiempos tendrá lugar su triunfo definitivo, cuando el Señor aparecerá con “gran poder y majestad” (cfr. Lc21, 27).

Cristo no ha revelado el tiempo de su segunda venida (cfr. Hch1, 7), pero nos anima a estar siempre vigilantes y nos advierte que antes de esta segunda venida o parusía, habrá un último asalto del diablo con grandes calamidades y otras señales (cfr. Mt 24, 20-30; Catecismo, 674-675).

El Señor vendrá entonces como Supremo Juez Misericordioso para juzgar a vivos y muertos: es el juicio universal, en el que los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y con respecto al prójimo. Este juicio sancionará la sentencia que cada uno recibió después de su muerte. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se consumará el Reino de Dios, pues «Dios será todo en todos» (1Co 15, 28).

En el juicio final los santos recibirán, públicamente, el premio merecido por el bien que hicieron. De este modo se restablecerá la justicia ya que en esta vida, muchas ve­ces los que obran mal son alabados y los que obran bien son despreciados u olvidados.

El Juicio final nos empuja a la conversión: «Dios da a los hombres to­davía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete con la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada es­peranza” (Tt 2,13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2Ts 1, 10)» (Catecismo, 1041).

Antonio Ducay

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 638-679; 1038-1041.

Lecturas recomendadas

Juan Pablo II , La Resurrección de Jesucristo, Catequesis: 25-I-1989, 1-II-1989, 22-II-1989, 1-III-1989, 8-III-1989, 15-III-1989.

Juan Pablo II, La Ascensión de Jesucristo, Catequesis: 5-IV-1989, 12-IV-1989, 19-IV-89.

San Josemaría, Homilía La Ascensión del Señor a los Cielos, en Es Cristo que pasa, 117-126.

[1] San Josemaría, Camino, 584.

[2] Ibidem, 719.

[3] San Juan Damasceno, De fide ortodoxa, 4, 2: PG 94, 1104; cfr. Catecismo, 663.

[4] Cfr. Pío XII, Const. Munificentissimus Deus, 15-VIII-50: DS 3903.

 

 

¡Sí se puede!

¿España no es país para ser madre, como afirma hoy un artículo de la edición digital de  La Razón? Hay datos negativos, ciertamente: España ha descendido dos​ puestos y ahora ocupa el número 13 en la lista de los mejores países para tener hijos. En nuestro reciente estudio Maternidad y Trayectoria profesional, que hemos elaborado conjuntamente IESE y Laboratorios Ordesa, y que podéis consultar íntegro aquí, analizamos las barreras e impulsores para la maternidad de las mujeres españolas.

Pero, muchas veces, si se quiere, ¡se puede! Se puede ser madre y se puede ser profesional con una carrera más que satisfactoria. Lo he comprobado con cientos de testimonios a lo largo de mi vida profesional y hemos hablado de ello en anteriores posts, como este que podéis leer aquí.

Hoy quiero centrarme en algunos testimonios muy recientes que he moderado durante el panel que siguió a mi intervención en  el Foro Mujer y Sociedad Málaga, iniciado y dirigido por Ángela Callejón. (Aquí en la revista Yo soy Mujer podéis leer un amplio resumen de mi sesión).

Estos son los testimonios de 5 mujeres con un éxito equilibrado,  de que sí se puede. Son Elena Gallardo, jueza del juzgado de primera instancia e instrucción número 4 de Estepona; Celia Rodríguez, médico anestesista y Presidenta de la asociación de familias numerosas de Almería; Mª Victoria Ortega, médico de Anatomía Patológica y profesora de la Universidad de Málaga; Rosa Bocanegra, abogada y mediadora; y Brita Hektoen, titular de la Cátedra Mujer y Empresa del Instituto Internacional San Telmo.

Con Ángela Callejón y las 5 panelistas. De izquierda a derecha, Mariví, Rosa, Brita, Elena, Ángela y Celia. Foto de Yo soy mujer.

¿Cuáles han sido algunos de los techos de cristal que habéis superado?

Mariví, médico patóloga con 3 hijos: Pedir reducción de jornada y superar el prejuicio social de que así sobrecargas a tus compañeros y colaboradores. “Es la empresa la que tiene que invertir en más recursos humanos, que es uno de los grandes retos de la sanidad… Además, cada baja maternal mía, ha generado un puesto de trabajo“, añadió.

Brita, titular de cátedra en Escuela de Negocios, también con 3 hijos, acaba asimismo de pedir una reducción de jornada…pero no por sus hijos, que ya son mayores y autónomos … ¡sino por su madre! De más de 80 años, y viviendo en Noruega, necesita de una semana para ir a verla y cuidar de ella. Su drive es ir viendo la vida en sus diferencias etapas e “ir tú manejándote… no que te ponga la vida un techo a ti! Tú eres el agente de tu vida“. A Brita, noruega y MBA’83 del IESE, fue su marido el que la siguió a ella en su traslado por su carrera profesional.

Elena, juez,  afirma que “está en plena faena”. Madre de 5, la mayor tiene 6… Valoró el hecho de haber estudiado en la Universidad de Navarraporque las cosas se fraguan desde el principio…no ocurren por casualidad...” En plena oposición a la judicatura anunció que se casaba -sus preparadores “ya no daban un duro por mí desde ese momento“- y luego que esperaba el primer hijo. Suspendió en la semana 38 del embarazo. Al año siguiente aprobó, embarazada en la semana 34 del segundo…y dejando al tribunal “dudando”de si era el mismo embarazo del año anterior. Cuando esperaba al tercero, el presidente de la Audiencia Provincial le preguntó si a ella le gustaba más la carrera judicial o los niños. “A mí, en realidad, lo que me gusta es mi marido”, contestó. Reconoce que los bebés no le gustan, que los prefiere de mayores…que es una etapa en la que hay que estar, “un periodo contemplativo“, lo denomina con humor… No conoce las bajas maternales hasta el 4º hijo. Se trata de una forma de vivir la vida, orientada a ello desde el principio. Se define “firme defensora del hombre“, porque los padres ausentes causan grandes males en la familia. De hecho, contó que mientras escuchaba a las panelistas anteriores había mandado captura de pantalla de la tarjeta de su mutua sanitaria a su marido… porque del colegio la avisaban de que tenía a dos hijas con fiebre! Los padres pueden cuidar de las hijas con fiebre tan bien -como mínimo- como las madres…

“Nunca pasa nada; y si pasa ¿qué importa?, y si importa ¿qué pasa?”

(Del Fundador de la UNAV -que era un santo, no un “pasota”- donde estudió Elena…)

Celia, médico anestesista, 8 hijos, afirma que en el primer embarazo le pidieron que renunciara a la baja maternal. No renunció…y tras un número de embarazos todo se fue complicando …”ya lo ocultaba como si fuese soltera“, refiriéndose al entorno laboral. La “animaban” a que se marchara, por ejemplo poniéndola en radiología ¡en pleno embarazo!, donde ella intentaba, con su delantal de protección por supuesto, colocarse lo más lejos de las máquinas. Celia reconoce aquí uno de los techos de cementos: su autoestima bajó mucho debido a ese maltrato laboral. Otro techo de cristal era, claro, el horario. Pidió una reducción de jornada, como forma de huir un poco… Pero con tantos hijos, el dinero siempre se quedaba corto: llegó a hacer guardias en tres hospitales a la vez. Hoy mira hacia atrás con agradecimiento por lo aprendido, “mis hijos han aprendido todos anestesia desde pequeñitos“, bromea Celia.

¿Qué hombres, o mujeres, os han ayudado a superar los techos de cemento o de cristal?

Mariví, además de a su marido, agradece que un magnífico jefe la apoyara en todo y le dijera cosas como “una patóloga tiene que estar en todo… un rato en patología, y otro con los niños…”. Al tener el microscopio en casa, le permitió ir a trabajar dos días y el resto desde casa, con lo que no tuvo que cogerse reducción de jornada. Y no se quedó ahí, se convirtió en un auténtico mentor para ella, visionario, animándola a hacer la tesis doctoral que la situaría en una de las que ahora son sus áreas de trabajo principales, la investigación contra el cáncer.

Rosa, abogado y madre de 2 hijos, quiso primero explicar lo que para ella es el éxito equilibrado: “Estar en paz con una misma y con el entorno“. En ese sentido, agradeció primero el ejemplo de su padre, muy emprendedor, y luego de su madre, muy activa y alegre. De su marido dijo: “Tengo la gran suerte de tener a mi lado a una persona que, en lugar de frenarme, me da alas”.

Brita ha encontrado más apoyo en los hombres de su vida que en las mujeres. Primero su padre, un ingeniero noruego conservador que, sin embargo, quiso que sus hijas estudiasen y se formasen al máximo. Luego su marido. Al haberse conocido haciendo el MBA del IESE los dos, ya le quedaba claro que ella tenía la misma valía. No eran iguales los dos, recalca Brita, pero sí tenían la misma valía. Su marido es un padre entregado y además es su socio en un negocio que han emprendido juntos. También recordó que los dos mejores jefes que ha tenido en su vida (por cierto, en el IESE), eran dos hombres.

Elena agradece el apoyo de sus padres y sobre todo de su marido. Pero añade un apoyo fundamental que es la propia naturaleza de su trabajo en el juzgado. ya desde el principio con casos de corrupción y asesinato…aprendes a poner todo en su sitio. Si un hijo tiene fiebre…ya se le pasará. También se sirvió de una pantalla mental para estar en lo que hacía: en el trabajo sin pensar en los hijos. Con los hijos, sin pensar en el trabajo. En sus bajas maternales descubrió que, efectivamente el primer liderazgo empieza por una misma, pero empieza en la familia. Se dio cuenta de que el mejor padre o madre para tu hijo eres tú y solo tú. Se te puede sustituir en todos los ámbitos de la vida, menos en ese, en el familiar. Pero eso no quiere decir que reniegues de las ayudas. Contó una anécdota del día anterior:  en su juzgado el presidente se sorprendió de que le dijera que estaba unas horas en este Foro, y no con su bebé de 4 meses,  estando como está apurando los últimos días de su 5ª baja maternal. Le contestó que su bebé podía estar tres horas con la abuela…y que ella estaba aquí porque necesitaba nutrirse de la experiencia, la vida y el ejemplo de otras mujeres profesionales como ella. Todo un llamamiento a luchar por llegar a todo y a valorarte en todo. A las mujeres entre los 35 y 40 les dice: “No tengáis miedo a los hijos. No se cae todo con ellos… Tampoco lo económico es lo más importante. Lo más importante es esa corresponsabilidad con la persona que he elegido, que es la mejor parte de mí“. Elena aprovechó para reivindicar también el tema del Derecho de Familia, porque también ejerce de juez de menores. Y enumeró brevemente los tres pilares que, al caer, hacen que caiga la familia: Por orden, la conciliación, las creencias, los hijos.

Foto Yo soy mujer

Para Celia, “los techos son oportunidades de abrir una ventana y que entre el sol“. Tener 8 hijos”te abre todas las puertas…y nadie se atreve a llevarte la contraria“, bromea. Su marido es su gran apoyo. Una vez le sugirió con buen humor que le diera unas nociones básicas de anestesia para irse él a hacer la guardia (cuando ya estaban los 8 en el mundo). Celia reconoce que ha sido un lujo para ella poder acogerse a las reducciones de jornada…que ha aprovechado para dedicarse a la Asociación de Familias Numerosas de Almería, “porque el mundo se puede mejorar”. Y la gran ayuda para romper los techos y poner cada cosa en su sitio, la fe. Una mujer madre de 8 que aprovecha para servir a otros en su reducción de jornada: magnanimidad.

Hace años, en NYC, vi una frase de esas que se ponen en la nevera: “Detrás de una mujer con éxito… hay un hombre extrañado”. ¡Pero no! Detrás de una mujer con éxito…hay hombres que apoyan, un padre, un marido, un jefe. Y no están detrás, están al lado.

El cambio empieza hoy mismo, en casa, ya. Fuera el síndrome de culpabilidad. No escuchemos la crítica de fuera, porque siempre seremos “malas” en un ámbito o en otro. Y en realidad no lo somos. Seamos generosas y magnánimas y contemos con nuestro entorno.

Gracias a todas por vuestro ejemplo. ¡Da gusto conocer mujeres como vosotras! ¡Y saber de vuestros maridos! Como ya sabemos… ¡¡conciliar es cosa de dos!! Como mínimo… Feliz finde desde Colonia, donde hemos cenado a las 6.30 de la tarde.

 

 

Los laicos manifiestan que el espíritu cristiano es capaz de potenciar y vivificar todo lo humano’

Escrito por Vicente Bosch

Publicado: 25 Mayo 2017

Entrevista sobre la cuestión de la espiritualidad laical

Vicente Bosch, profesor extraordinario de Teología Espiritual de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), acaba de publicar un curso de espiritualidad laical titulado Santificar el mundo desde dentro, de cuyas sugerentes propuestas nos hacemos eco en estas páginas.

Licenciado en Derecho, doctor en Teología y director de la revista Annales Theologici, de la Facultad de Teología de la citada Universidad, imparte cursos de espiritualidad laical y presbiteral en Roma, y es autor de diversas publicaciones.

Ha tenido la amabilidad de atendernos para abordar esta relevante cuestión teológica −la espiritualidad laical−, que el Concilio Vaticano, más que definirla, la “describió”. De paso conversamos también acerca de su libro, recientemente publicado, que constituye un verdadero y novedoso curso sobre la cuestión de la espiritualidad laical.

Usted ha titulado su libro ‘Santificar el mundo desde dentro’. ¿Cuál es la propuesta fundamental que hace en él?

Todo el contenido del libro podría resumirse en esta idea central: ser laico es un modo de ser cristiano, con toda la riqueza que entraña la vocación cristiana; ser hijo de Dios, estar llamado a la santidad, ser miembro del Cuerpo de Cristo y, por tanto, ser responsable de la misión de la Iglesia. Y el laico se distingue por su carácter secular, es decir, por su inserción en el mundo para santificarlo desde dentro y santificarse en ese empeño.

El Concilio Vaticano II parecía describir al laico más por lo que no es −ni sacerdote ni religioso− que por lo que es. ¿No es esa una manera de minusvalorarlo?

Desde luego, el laico no es un cristiano de segunda categoría: uno que, por no tener “vocación” ni de sacerdote ni de religioso, se queda en el mundo y se casa. ¡No!

La vocación laical lleva igualmente consigo la actitud cristiana de superación del egoísmo, de lucha contra las malas tendencias, del ejercicio del desprendimiento, pero viviéndola en el corazón del mundo y no a través de un alejamiento de él.

Es relativamente común afirmar que lo característico del laico es la secularidad. Pero, en su opinión, ¿qué es exactamente la secularidad?

La secularidad es una dimensión ineludible de la Iglesia, no solo porque también ella se encuentra en el mundo (algunos autores defienden esto), sino principalmente porque tiene la responsabilidad de llevar el mundo hacia Dios.

El Concilio Vaticano II afirmó que “la misión de la Iglesia no es solo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (decreto Apostolicam actuositatem, 5). Por eso, afirmar que la secularidad es una nota meramente sociológica, un simple dato de hecho, significa no captar el profundo sentido teológico de la secularidad: la santificación del mundo es misión de la Iglesia.

De esa responsabilidad participan todos los cristianos −también sacerdotes y religiosos−, pero el modo de participar de los laicos en esa tarea es algo propio y peculiar de ellos, precisamente por su inserción en todos los ámbitos de la sociedad. Con su vida, los laicos manifiestan la capacidad que tiene el espíritu cristiano de potenciar y vivificar todo lo humano.

Sin embargo, a veces el tipo de seglar modélico es el del que dedica más tiempo a la parroquia o a actividades eclesiales.

Con Christifideles laici (30.XII.1988) san Juan Pablo II quiso reafirmar y profundizar la doctrina conciliar sobre el laico y, entre otras cosas, puso en guardia ante el riesgo −confirmado con hechos en el posconcilio− de “clericalizar” el laicado, es decir, de suponer que la madurez de un laico se valora en función del tiempo y energías que dedica a la parroquia o a otras estructuras eclesiásticas: se le llena de encargos y ministerios, olvidando que el laico edifica la Iglesia, principalmente, con su acción libre y responsable de evangelización de las realidades temporales.

La mayoría de los laicos llevan una vida ajetreada debido a sus obligaciones profesionales, familiares y sociales. ¿Cómo pueden vivir en el mundo y en la Iglesia sintiéndose cada día más corresponsables de su misión?

Sorprende que, salvo excepciones, la literatura teológica y pastoral tienda a presentar la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo” (subtítulo de la Christifideles laici) canalizada en dos ámbitos o carriles paralelos: el de la Iglesia, por un lado, con su participación en la vida litúrgica, en la comunidad parroquial y en estructuras eclesiásticas; y, por otro, el mundo, marco de sus actividades profesionales y sociales.

La expresión “en la Iglesia y en el mundo” es válida para significar la pertenencia del laico al Pueblo de Dios y a la sociedad civil, pero sería equívoco presentar la Iglesia y el mundo como dos realidades distintas en las que el laico actúa alternativamente.

Insistir en ese dualismo conduce a un doble error teórico y práctico: la fractura de la necesaria unidad de vida del fiel laico; y, sobre todo, la falta de reconocimiento del carácter “eclesial” de la acción de los laicos en el mundo. Iglesia y mundo se entrelazan indivisiblemente: la vida eclesial mira al crecimiento de la caridad y esta se materializa en las relaciones humanas y en el esfuerzo por mejorar el mundo, y −al mismo tiempo− la acción intramundana del laico (familia, trabajo, sociedad) construye el Reino, aquí en la tierra, que es la Iglesia.

Sobre el laicado ha publicado usted recientemente un estudio.

El libro, aparecido en la colección Subsidia Theologica de la editorial BAC, nace como manual de la asignatura “Espiritualidad laical” del ciclo de Licencia en la especialización de Teología Espiritual, con la experiencia de catorce años de docencia en esa materia.

Aunque su origen es académico, constituye un instrumento adecuado para todos aquellos lectores interesados en conocer la historia, la teología y la espiritualidad del laicado.

Es precisamente la espiritualidad el objeto de estudio del volumen −como señala el subtítulo−, pero su correcta comprensión exige un previo contexto histórico y teológico que se desarrolla en seis de los quince capítulos.

¿Qué otros rasgos característicos de la espiritualidad laical señalaría?

Entiendo que, además de lo dicho hasta ahora, pertenecen a la experiencia espiritual propia del laico algunos otros rasgos característicos.

Por ejemplo, una particular experiencia cristiana de lo humano y una especial sensibilidad hacia lo humano. También añadiría un amor teologal al mundo, es decir, el aprecio y la estima de las realidades terrenas, de sus valores y de la finalidad que tienen.

Además de eso, el laico debe poseer una valoración positiva de la vida ordinaria y saber descubrir el valor sobrenatural presente en las tareas más normales.

Otro punto característico es la competencia profesional y el sentido de responsabilidad, puesto que el cristiano seglar es consciente de que el mundo es el lugar en el que se santifica.

Dos notas más añadiría: la conciencia propia de los laicos de la ordenación a Dios de todas las realidades terrenas −de hecho ahí se sitúa buena parte de su contribución a la misión de la Iglesia− y la acentuación de su sentido de libertad personal, porque es propio de los laicos optar con responsabilidad personal sobre aquellas opciones que quedan a la libre discusión de los hombres.

Entrevista de Enrique Carlier.

Fuente: Revista Palabra.

 

 

La mujer en la Edad Media

En nuestro tiempo de falsedades históricas, se ha presentado la Edad Media como una época obscura y monstruosa, en la que se consideraba que la mujer no tenía alma ni derechos [1]; y que ha sido el socialismo el que ha venido a liberar a la mujer de la “opresión” masculina.

Una figura femenina impar, Santa Juana de Arco, surge para liberar a Francia de los ingleses

Los documentos históricos son elocuentes para mostrar lo contrario.

Mientras que las referencias a la mujer en la Edad Media son abundantes, la mujer en sociedades como la de Siam, en cambio, o según los derechos cuneiformes, o en el derecho maliki magrebino, no hablan de ella para nada. Es igualmente inútil buscar un estudio sobre la mujer en las sociedades célticas.

¿No es sorprendente, en efecto, pensar que en los tiempos feudales la reina era coronada como el rey, con dominio real?

Un rápido repaso de las reinas da una idea bastante exacta de lo que pasó en la sociedad. Mientras que la mujer en los tiempos antiguos es constantemente relegada, incapaz de reinar, de ejercer su derecho sobre sus bienes… en tiempos medievales los muchachos y muchachas se encontraban en pie de igualdad rigurosa.

En efecto, a mitad del s. XIII la universidad tuvo que dispensar el derecho romano porque no admitía más que el pater familias. Por otra parte, la difusión del cristianismo había ido introduciendo desde sus comienzos la libre elección de los esposos.

Santa Hildegarda von Bingen, declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI

Las simplezas que se han vertido sobre que “la mujer no tenía alma” para la Iglesia medieval presentan serias lagunas:

  • pues en la Iglesia antigua y moderna la mujer ha gozado siempre de alma, y la Iglesia nunca ha cambiado sus criterios,
  • pues la Iglesia no dispensa la comunión ni confesión a seres sin alma, por ejemplo, y a ellas siempre se las ha dispensado,
  • pues la Iglesia ha propuesto siempre modelos femeninos de heroínas, a diferencia de la cultura pagana: Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Catalina de Siena…

Santa Hildegarda von Bingen, una de las personalidades más fascinantes y polifacéticas del Occidente europeo, se la definió entre las mujeres más influyentes de la Baja Edad Media. Es conocida como la sibila del Rin y como la profetisa teutónica. El papa Benedicto XVI le otorgó el título de doctora de la Iglesia junto a San Juan de Ávila durante la misa de apertura de la XIII Asamblea general ordinaria del sínodo de los obispos.

También es sorprendente que la enciclopedia más conocida del s. XII emanara de una religiosa, la abadesa Herrade de Landsberg, o que multitud de religiosas cristianas gobernaran abadías, escribieran, enseñaran griego, hebreo, literatura… ya desde su más joven edad. La Iglesia, pues, ha sido la única en la historia que ha dado protagonismo a las mujeres y un lugar de poder. Eso sí, desde un punto de vista distinto, femenino, y siempre eminente.

Pues bien, la sociedad civil introdujo en su derecho los mismos estatutos de la mujer, que estas gozaban en el seno de la Iglesia:

  • casadas y actuando por sí mismas,
  • abriendo tiendas y comercios sin tener que presentar autorización marital.

No será hasta la Edad Moderna, en los Decretos del Parlamento francés de 1593 (casi en el siglo XVII), cuando a la mujer se le aparte explícitamente de toda función estatal.


[1] Regine Pernoud, historiadora francesa de renombre, especialista en al Edad Media, muestra el lugar privilegiado de la mujer en esa época en varios de sus libros, entre ellos La mujer en el tiempo de las catedrales y Leonor de Aquitania. También hizo un trabajo profundo con relación a la figura de Santa Juana de Arco.

 

 

La Ascensión del Señor a los cielos

 

Los llevó hasta cerca de Betania

y elevando las manos los bendijo

y mientras eso hacía se alejaba,

en Ascensión suave al infinito.

Le miraban subir hacia los cielos

cuando ángeles de blanco les dijeron

que no miraran más lo que habían visto

porque Él volvería, en Majestad,

al final de los tiempos y los siglos.

Y del monte Olivete descendieron

regresando a su casa en regocijo.

Así el Señor Jesús, antes resucitado,

se sentó a la derecha del Bendito.

Los apóstoles saben, desde ahora,

que de sus manos brotará el Bautismo

enseñando a las gentes la doctrina

del Padre, del Espíritu y del Hijo.

 

 

Consideración:

 

Es probable que la Ascensión fuera presenciada, además de los apóstoles, por la Santísima Virgen y las santas mujeres unidos, quizá también, a un grupo no muy numeroso de discípulos. Cuando volvieron a Jerusalén, perseveraban unánimes en la oración y, ya fundada la Iglesia, comienzan los primeros pasos del anuncio de la Buena Nueva bajo la autoridad otorgada al Colegio Apostólico, con la inminente venida del Espíritu Santo, en unión de Nuestra Señora.

José María López Ferrera 

 

 

La formación de la conciencia según Guardini

La formación de la conciencia solamente se lleva a cabo ‘dilatando, corrigiendo e iluminándonos a nosotros mismos’ por la apertura a la gracia divina; es lo que llamamos el crecimiento en la ‘vida interior’

 

Alguien dijo que todo comienza por la conciencia y nada vale si no por ella. Estos días y siempre vemos cómo desde la política y la economía, la comunicación y la educación se sigue valorando mucho la conciencia moral. Resulta lógico que tanto los anteriores sínodos sobre la familia como la preparación del ya cercano sobre los jóvenes subrayen la importancia del discernimiento y de la formación de la conciencia[1]. Una joya sobre el tema es el pequeño libro de carácter práctico que publicó Romano Guardini por vez primera en 1929, titulado “El bien, la conciencia y el recogimiento” (cf. La coscienza. Il bene, il raccoglimento, Morcelliana, Brescia 2009).

El libro está dividido en tres conferencias o meditaciones. En la primera, la más amplia, se trata de la conciencia moral desde un punto de vista antropológico y fenomenológico. La segunda amplía esa visión hacia la perspectiva religiosa y teológica de la conciencia en relación con el mensaje cristiano. La tercera se ocupa de lo que podríamos llamar la parte que debe poner el sujeto. Todo ello se dirige a iluminar la formación de la conciencia y más en general la educación moral[2].

El bien y la conciencia

  1. El bien y la conciencia. Guardini comienza distinguiendo entre obrar por un fin en general y obrar por un deber. El deber no es un fin útil cualquiera sino un fin “intrínsecamente justo”. A esto es a lo que llamamos un “bien”, un bien en sí mismo. Contra todo escepticismo, el bien es algo que existe y adquiere su dignidad por sí mismo y no desde fuera, algo ligado a mi destino supremo e indiscutible. Y a este bien responde la conciencia como el ojo a la luz. La conciencia es así, el órgano natural de captación del bien en distinción con el mal.

La conciencia capta el bien como valor universal que “debe” ser buscado en cada acción, más allá de la mera utilidad, de acuerdo con lo que pide la realidad, con las exigencias de las cosas, con lo razonable y justo, con lo que es conforme al ser[3]. De esa forma, la persona, a través de sus propios actos, en cada situación, va madurando en la dirección de la verdad y del amor. La conciencia tiene que ver con lo que la Biblia llama el corazón, es decir el núcleo de la persona, su interioridad, el “fondo del alma”. Gracias a la conciencia, la persona es “como un embajador del bien en el mundo”. Piensa Guardini que en nuestra época la frialdad moral se explica sobre todo porque se ha perdido de vista el valor del bien: su grandeza y densidad, su riqueza y plenitud, y se piensa que no vale la pena el esfuerzo por lograrlo.

Por eso, dice, se impone ahora redescubrir los objetivos de la educación moral: enseñar el valor, la grandeza y plenitud de bien que tiene -valga la redundancia- el actuar bien, educar el deseo ardiente, la alegría y la belleza de ese deber moral, liberándolo de ser visto como mera obligación y carga; enseñar a abrir los ojos ante lo que reclaman los acontecimientos y las cosas; ponderar el poder y la capacidad de comprometerse, reconstituir la comprensión y la unidad de la voluntad y, así, abrir a la luz a y la sabiduría de la moral cristiana, a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.

A lo largo de este pequeño gran libro, su autor considera la conciencia, lo hemos visto, como el órgano para captar el bien; también como una puerta por la que la eternidad entra en el tiempo, como la cuna de la que surge la historia humana, que es fruto de la libertad; como una ventana abierta a la vez sobre la eternidad y sobre los acontecimientos cotidianos.

La conciencia avisa, diríamos hoy, como una luz o un piloto rojo en el tablero del auto sobre los niveles de gasolina o de aceite, como un termómetro que indica la temperatura corporal. Nos informa sobre el modo en que el bien definitivo y eterno pide ser realizado aquí y ahora[4], quizá en una pequeña acción.

La conciencia, entiende también Guardini, es como nuestra suprema brújula, que puede estropearse por superficialidad y frivolidad (conciencia laxa), por rigorismo, obsesión y escrúpulo (conciencia escrupulosa) o, finalmente, por alteraciones psicológicas de la percepción de la realidad, y en general por falta de armonía entre la inteligencia y la voluntad, los sentidos y los afectos.

Por eso, deduce el autor, a la formación de la conciencia le corresponde también: educar la mirada para abarcar el contenido de la situación y ver a las personas como son y también la circunstancias; tener en cuenta la experiencia de la realidad; educar el deseo y el valor del bien, la fuerza de la voluntad y la valentía de la decisión. Ha de enseñar a obedecer y crear, mirar, comprender y juzgar, penetrar y decidir.

La formación de la conciencia es la educación para ser capaces de salir del círculo del propio “yo”. En efecto, y el secreto de la conciencia −no puede ser otro− es la apertura al amor.

Conformidad con Dios

  1. El “acuerdo” (o la conformidad) con Dios. Ahora bien, este salir del propio “yo”, según Guardini solamente puede lograrse del todo por medio de la realidad religiosa. El bien “no es una ley que cuelgue fija de alguna parte. No es una simple idea. No es un concepto instalado en el aire. No, es algo vivo. Digámoslo sin ambages: es la plenitud del valor del mismo Dios vivo. La santidad del Dios vivo: he ahí el bien”.

A partir de ahí reformula su idea sobre la conciencia: “La conciencia es por tanto el órgano para la realidad viviente y para el contacto con Dios; para el querer de Dios”: es decir, el órgano capaz de captar la realidad de Dios y su voluntad, su presencia y su Amor. Un órgano, por tanto, capaz de guiarnos en el actuar en Su presencia, bajo Su mirada, actuar por el honor de Dios, vivir en Dios, como dice la Escritura.

Por eso, observa nuestro autor, la conciencia es también un testigo o testimonio de Dios. Así es, y por eso la conciencia se ha considerado como el santuario donde resuena la voz de Dios. Y al que vive de fe, observa Guardini, Dios le da la gracia de una conciencia clara para que “se haga su voluntad en la tierra como en el cielo”.

Y exclama: “¡Qué significado preciosísimo y profundísimo adquiere aquí la conciencia!”. Y atención a lo que sigue: “Pero todo esto alcanza su plenitud en el misterio de nuestra elevación a (ser) hijos de Dios”. Desde ahí avanza en su comprensión de la moral: “El cumplimiento de la ley moral no es ya solamente el cumplimiento de un deber abstracto, sino la edificación de nuestra salvación”. Se trata, en efecto, de colaborar con la salvación propia y de los demás, sobre la base de la iniciativa salvadora de Dios uno y trino y en el marco de la familia de la Iglesia, de la vocación y misión de los cristianos en el mundo y para el servicio de la humanidad[5].

Recogimiento, vida interior, oración

  1. El ejercicio del recogimiento. En su tercera meditación, el autor considera que la conciencia tiene un carácter de llamada divina a participar de la santidad de Dios, que pide una respuesta por parte del cristiano.

Por eso está lleno de significado el hecho, que Guardini evoca, de que nuestro “nombre” se nos ponga en el Bautismo, aludiendo a la “piedrecita blanca” de la que habla de Biblia: “Al vencedor le daré maná escondido y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe” (Ap 2, 17). Ciertamente, esto se ha interpretado en el sentido de que nuestro “nombre” es aquél que solo Dios conoce y que solo Él podría expresar quizá así y de ningún otro modo menos completo: “Fulanito de tal, al que yo llamé para tal misión y que la realizó de tal o de tal manera”.

Pero, reconoce Guardini, comprender todo esto y prestarse a ello no es fácil ni automático. Solo puede desarrollarse y funcionar a nivel humano con los años de la maduración interior y la experiencia exterior, pasando por las sucesivas etapas de la persona, y a nivel de la fe, con la gracia de Dios. En este contexto nuestro autor subraya la importancia del sacramento de la Confirmación, al que considera “el sacramentos de la conciencia cristiana”.

En definitiva, la formación de la conciencia solamente se lleva a cabo “dilatando, corrigiendo e iluminándonos a nosotros mismos” por la apertura a la gracia divina. Es lo que llamamos el crecimiento en la “vida interior”. Guardini sintetiza este proceso en el término recogimiento, pues, en efecto, la formación de la conciencia, como parte de la educación de la fe, debe enseñar a cultivar la profundidad del espíritu, la contemplación, el examen o la vigilancia interior, la plenitud de la justicia, la pasión por el bien; y, para todo ello, la vida espiritual con su cortejo de virtudes, la oración y la paz interior, la escucha de la Palabra de Dios y la oración.

Al final de su libro sobre la conciencia, “voz viviente de la santidad de Dios en nosotros”, Guardini recoge una oración. Su autor es John Henry Newman. Newman, beatificado por Benedicto XVI en 2010, considera que la conciencia cristiana es maestra, luz y voz de Dios, facilitadora y guía de la escucha, sanadora de la mirada, purificadora del corazón:

Dios mío, tengo necesidad de Ti, necesito que me instruyas cada día, tal como lo exige la jornada. Señor, ¡concédeme una conciencia iluminada, capaz de percibir y comprender Tu inspiración! Mis oídos están cerrados, por eso no escucho Tu voz. Mis ojos están tapados por eso no veo Tus signos. Solamente Tú puedes abrir mis oídos y curar mi vista, puedes purificar mi corazón. Enséñame a estar sentado a Tus pies, y a escuchar Tu palabra.

Ramiro Pellitero

 

 

EDUCACIÓN PREVARICADA. 

 El Conseller de Educación valenciano –y el Gobierno del que forma parte- incurren en prevaricación al anular conciertos educativos con el argumento que ha dado el Sr.Marzá: "por qué duplicar una oferta que ya existe en lo público”. 

RAE: prevaricación: Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta.    

La razón que da el Sr. Marzá refleja el desprecio al derecho natural que ampara el de los padres sobre la educación de sus hijos, y eso es prevaricación.

Revise, Sr. Marzá, su vista, porque parece tener Vd. una venda PÚBLICA que le impide ver la realidad de nuestra sociedad.

 

                                                                  Amparo Tos Boix, Valencia.

 

Sobre los Milagros 

La palabra "milagro" está en boca de todos. Los católicos deben creer en el milagro de la Resurrección de Jesucristo. En otros, se puede creer o no; pero, haberlos, "haylos" todos los días. La vida misma es un milagro. Para la beatificación  de un santo y su canonización, se requieren milagros por su intercesión, entendidos como sucesos extraordinarios e inexplicables desde el punto de vista científico. Hace nada, se publicó un vídeo en el que una mujer que había sufrido "muerte cerebral",  relataba, con su médico,  su sanación (www.religionenlibertad.com/video/muerte-cerebral-milagro-de-un-santo-36233.html.) Milagro fue el del Sol cuando se puso a bailar en Fátima, presenciado por una multitud y visto en 30 km. a la redonda (13 X-1917). Conocido es "el Milagro de Calanda" (Teruel) por intercesión de la Virgen del Pilar en favor de  Miguel Juan Pellicer, que recuperó, en 1640, su pierna amputada años antes ( existe constancia documental, incluso ante Notario). El 13 de mayo, el Papa Francisco canonizó a dos pastorcitos de Fátima por el milagro obrado, por su intercesión, a un niño en estado de coma por  accidente cráneo encefálico al caer de cabeza  desde 6´5 m de altura. Había perdido  "tejido cerebral” y tuvo "dos paros cardíacos”. ¿Y qué se requiere? Orar con Fe y humildad, y saber perdonar; que sea la voluntad de Dios, que ve de lejos y sabe lo que más nos conviene.  

Josefa Romo

 

¿Falta tiempo o sobra desorden mental?

El tiempo dedicado al móvil, al sin sentido de contestar 120 mensajes de wasap al día, y ver 35 videos de ‘bobadas’, no se puede decir para nada que sea descanso, desde luego nadie reconocería que es trabajo profesional –aunque se dedique mucho del tiempo de trabajo a esos menesteres- ni que sea tiempo de cuidado de la familia. En este caso tenemos más modos de comprobar las pérdidas de tiempo. Hay aplicaciones que contabilizan con exactitud la duración y las veces que se ha encendido el aparatillo para tonterías sublimes. Se asustará usted al comprobar que difícilmente baja de las dos horas diarias.

Pero no hay tiempo para hacer un rato de oración, o para preocuparse por estudiar temas importantes para la vida de las personas, o para leer un buen libro. Eso sí, tenemos un número no pequeño de gentes entre los 20 y los 50 años que salen a correr o se van al gimnasio casi todos los días. Damos por supuesto que la formación –el cuidado- del cuerpo es más importante que la del alma, y así tenemos tanta gente simple, bobalicona, que solo piensa en su físico, pero apenas sabe hablar o escribir, y que no saben de historia ni de literatura.

He ahí que nos preguntemos ¿Falta tiempo o sobra desorden mental a raudales?

Domingo Martínez Madrid

 

 

PENSAMIENTOS Y REFLEXIONES 157

 

Basuras dentro y fuera del planeta: Se nos ha dicho y asegurado, que este planeta se conformó tras infinitas transformaciones de la “materia estelar que se acumuló en un punto del espacio donde “algo” ordenara que naciera este diminuto cuerpo estelar, el que calentado por su estrella madre”, consiguió que aquí naciera “una vida genérica”, que en el infinito tiempo fue dando lugar a infinitas especies animales, entre las que se encuentra el género al que no sé por qué, se le dio el pomposo título de “sapiens-sapiens”, y el que al final parece ser, va a ser el asesino del planeta o “su tierra madre”.

                                También se nos asegura, que antes de todo ello, esa materia inerte tuvo que irse transformando, bajo temperaturas extremas y en las que fue vomitando, escorias y basuras, que tras irlas regenerando por sí mismo, logró las inconmensurables bellezas que aún hoy podemos comprobar, en aquellos lugares donde no pudo llegar ese “doble sabio” ya mentado.

                                Pero aquel “mono” que apareció en el planeta y que en realidad nadie sabe el qué y el cómo pudo llegar aquí y “subirse a los árboles”; decidido a emprender su propia aventura y bajando de la arboleda, se dedicó a transformar su sociedad (“o sociedades”) para según él, lograr algo que se denominó “civilización”, pero que ha terminado en algo así, como “el comerse los unos a los otros y de paso enmierdar desde el lugar donde come y duerme, hasta los espacios siderales donde infelizmente ha podido llegar, dejando tras de sí, una cantidad de basuras, que yo dudo sea capaz de limpiarlas de nuevo y al menos dejar esos lugares como naturalmente eran cuando aún fueron vírgenes”. ¿Para qué todo ello? Ni lo sé ni creo lo sepa ninguno de los “sapiens-sapiens”, que tratan de arreglar algo ya inarreglable. Veamos el porqué de todo ello. (De mi artículo de igual titular: Resto en mi Web)

 

Suicidios en la policía, guardia civil y “otros”:       Parece ser que “la enfermedad más letal en la actualidad es el suicidio”; ni el tráfico automovilista o de carreteras, ni el consumo de alcohol, ni el de las drogas “blandas” y otras drogas duras, ni el tabaco, ni ninguna enfermedad, ni incluso la mortandad de las guerras actuales, donde los que más mueren no son militares; ocasionan tanta mortandad; lo que demuestra el tipo de sociedades que se han desarrollado en este pobre planeta, el que por el contrario nos aseguran quienes lo gobiernan, que estamos en “un estado avanzadísimo”, lo que  no concuerda con lo que arriba digo, puesto que el suicidio es a mi entender una acumulación de estados de hastío, desesperación y en definitiva, “miedo a la vida por vivir”; en definitiva, cobardía; y el desgraciado que lo siente, termina por acortarla por la vía rápida de terminar cuanto antes con ella.

            Ya he escrito bastantes artículos sobre este tema; hoy me empuja a ello la siguiente noticia, de la que les dejo dirección, por si quieren leerla en su totalidad: http://www.republica.es (13 mayo 2017); en este diario, publican los suicidios que en pocos años han tenido lugar en la Guardia Civil y en la Policía Nacional. (Desde el año 2000 La Policía contabiliza 140 muertes de agYentes por suicidio y la Guardia Civil 186).

           Después he entrado en la red y he puesto en el buscador, lo siguiente: “suicidios en el ejército norteamericano, o USA” y los datos que aparecen son tremendos; lo que me dice, que mientras más poderoso sea el ejército, más aumento y mucho más desproporcionado es el suicidio.

           ¿Qué les impulsará a ello? Posiblemente el que “al tener unos y otros uniformados, la pistola siempre a mano, ese “rapto de posible locura o enajenación mental que debe sufrir el predispuesto al suicidio”, agarra la pistola y en un instante, se la ha arrimado a la sien u otra parte del cráneo, ha apretado el gatillo y… “te llamabas (De mi artículo de igual titular)

 

La cápsula de cianuro:        Era yo bastante joven cuando “pasó por mi cabeza” y por primera vez “el suicidio; no tenía problemas materiales de ninguna clase, pero sí un vacío grande por otros motivos que sería largo y difícil explicar; de esto hace más de medio siglo: era joven y ya con dinero y abundante salud; pero ya también era casado y con tres hijos, por lo que “rápidamente supe capear aquella terrible tormenta” y me “agarré a argollas enormes”, puesto que tenía que sacar adelante a esa familia, formar a mis hijos para que no fuesen parásitos sociales y dotar a mi esposa de una seguridad económica que entonces no teníamos (“nunca firmé una nómina y fui siempre por libre y como empresario autónomo”). Mi vida ha sido “intensa” y llena de muchas experiencias que desde luego, me han enriquecido mucho más que el dinero.

                                Pasaron muchos años y muchas “tormentas” y entre ellas volvió varias veces la ya referida; pero siempre fue superada, puesto que la he considerado siempre como “una cobardía y el mayor delito que en este mundo se puede cometer mientras tengas algo que aportar a la sociedad  en que fuiste obligado a nacer”; pero a medida de que vas viendo llegar la realidad que presenta la vejez y la ancianidad; y vas sufriendo las limitaciones que te van alcanzando y además ves las horribles muertes que han padecido algunos seres queridos e infinidad de conocidos con los que has convivido, entre ellos destacan la propia madre y la esposa; vas teniendo un miedo creciente, no a la vida, sino “a la no vida que es la invalidez o cosa peor y que te postre en un sillón o cama, donde llegue el momento hasta que “los tuyos”, deseen que te mueras pronto y “descanses” y de paso ellos también, puesto que fríamente “esa es la vida”.

                                La medicina por buena que llegue a ser, no te hace inmortal; y como gran negocio que es (uno de los grandes de este mundo) te va alargando esa vida, que llega el punto que ya no es ni mínimamente grata por lo mermada que va quedando, pero el negocio “médico-farmacéutico” vive de ello, se crean grandes capitales y lo que interesa es alargar la vida cuanto más mejor, ya que en ello está el negocio o gran negocio que arriba cito; y “sin enfermos no hay medicinas”; tan es así, que yo intuyo que se descubren “o inventan” nuevas enfermedades, para ampliar el negocio cuanto más mejor; todo lo demás de la parafernalia médica, me merece más dudas que certidumbres, máxime que observo desde muchos años atrás, que muchos médicos que recetan medicinas, ellos las rehúyen o ignoran por las consecuencias que ellos saben… “es que las medicinas, cuando entran en el cuerpo matan lo que deben y lo que no deben”. Me lo dijo un hombre bueno, médico y respondiendo a pregunta directa y en la que me complació con aquella sinceridad humana, que seguro que la mayoría no la daría jamás. Por tanto, ¿qué hacer, en un mundo ya lleno de viejos y muy viejos?; ¿no sería ya el tiempo de pensar “en la cápsula de cianuro”… “Para aquel que la quiera tomar y cuando lo estime oportuno, claro está”; la libertad, yo la entiendo hasta ese punto, puesto que te la da La propia Creación… “y al decir esto me estoy acordando también lo que enseñó en la famosa película protagonizada por Anthony Quinn[i] en la que representa a un esquimal ya en el siglo veinte y con la naturalidad que aquellas gentes dejaban a la vieja madre, en plena ventisca polar, para “alimento de algún oso hambriento”; escena que me llenó de amarga ternura comprendiendo el enorme mensaje que el autor de la obra, enviaba a todo el mundo”. (De mi artículo de igual titular)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y 

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 


[i] Los dientes del diablo; es una película anglosajona dirigida por Nicholas Ray. Basado en la novela de Hans Ruesch Top of the World editada en español, bajo el título de El país de las sombras largas. Historia sobre los esquimales y su forma de vida en los bellos y fríos parajes ... habitantes del ártico, hasta que bien entrada la misma, Inuk (Anthony Quinn) ...