Las Noticias de hoy 28 Marzo 2017

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    martes, 28 de marzo de 2017   

Indice:

Newsletter Diario

Previsiones de la semana del 28 de marzo al 3 de abril

Cuaresma. 4ª semana. Martes: Francisco Fernández-Carvajal

"Frecuenta el trato del Espíritu Santo": San Josemaria

 Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes: + Javier Echevarría

 Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá modelo de vida sacerdotal

Caminar hacia Jesucristo: J. Diéguez

 La Vida de Cristo, vida nuestra: Pedro Beteta López

"Cambiar al mundo": Alfonso Aguiló Pastrana

¿De qué me sirve la asignatura de religión si no creo?: Zenón de Elea. 

 El lugar de la libertad de conciencia: Pilar Gonzalez Casado

Humanismo cristiano y solidaridad, antídotos a las crisis de Europa – editorial Ecclesia

21/3  más que un día de un mes, es una vida.: José Manuel Belmonte

Francisco y Jacinta serán los dos santos no mártires más jóvenes. Su milagro: curar a otro niño: María Martínez López

Niños mimados, adultos débiles: llega la ‘generación blandita’: Berta G. De Vega

La ideología de género hace daño a los niños: Acción Familia 

 Un hijo es “un don”: Jesús Domingo Martínez

 La intolerancia del lobby LGTBI: Pedro García

 La autorización de fitosanitarios de bajo riesgo: Domingo Martínez Madrid

 APORTAR “LA GOTA”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

Newsletter Diario

 

 

Previsiones de la semana del 28 de marzo al 3 de abril

Imagen de archivo - ANSA

27/03/2017 10:40

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El martes 28 de marzo comenzará en Lourdes la Asamblea plenaria de primavera de la Conferencia Episcopal francesa, que concluirá el día 31.

En Aparecida, Brasil, del 28 al 29 de marzo tendrá lugar el primer Congreso de las radios católicas de esta nación, organizado por la Red Católica de Radio, con la participación de la Comisión Episcopal para la Comunicación de la Conferencia Episcopal Brasileña. Se tratará de un momento de participación y de crecimiento común, que tendrá como tema principal el pasaje de las transmisiones radiofónicas de la banda AM a FM.

Además, este evento permitirá un acercamiento jurídico y técnico al problema, dado que existen diversas dudas acerca del proceso de migración de las bandas AM por FM, razón por la cual se subraya la necesidad de la presencia de los responsables de las radios de propiedad de la Iglesia católica y de las que se han asociado a ella, a fin de tomar decisiones bien ponderadas y jurídicamente fundadas.

El miércoles 29 de marzo el Papa Francisco celebrará su tradicional audiencia general en la Plaza de San Pedro, ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos deseosos de escuchar su catequesis semanal, rezar por sus intenciones y recibir su bendición apostólica.

El jueves 30 de marzo en la Iglesia de Santa María de la Piedad en el Camposanto Teutónico de la Ciudad del Vaticano, a las 18.00, tendrá lugar un concierto organizado por el Pontificio Comité de Ciencias Históricas en que se ejecutará música de la Reforma.

Ese día en el Auditorio del Pontificio Instituto Juan Pablo II de la Pontificia Universidad Lateranense, se llevará a cabo un seminario de estudio titulado: “Vino y aceite sobre las heridas. La experiencia de las rupturas en la familia”.

El viernes 31 de marzo, en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano, a las 9.00, el Pontífice asistirá a la cuarta Predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, sobre el tema general: “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es el Señor! Sino en el Espíritu Santo” (1 Co 15, 3). El Paráclito nos introduce en la “verdad plena” sobre Jesucristo y sobre su misterio pascual.         

El sábado 1º de abril, en el Auditorio San Fidel de Milán, se celebrará el segundo Foro Nacional de Ética Civil, que contará con la intervención, entre otros, del Cardenal Peter Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Con esta iniciativa, que concluirá el 2 de abril, se desea ayudar a realizar el pasaje de una riqueza fragmentada de buenas prácticas a la elaboración de perspectivas compartidas.

El 2 de abril, V Domingo de Cuaresma, se cumplirá el 12º aniversario del fallecimiento de San Juan Pablo II. Ese día el Santo Padre Francisco realizará una Visita pastoral a la localidad italiana de Carpi. A las 10.30 el Pontífice celebrará la Santa Misa en la Plaza de los Mártires, al término de la cual dirigirá la oración mariana del Ángelus dominical y bendecirá las primeras piedras de tres nuevos edificios de la Diócesis de Carpi, a saber: de la Parroquia de Santa Ágata; de la Casa de Ejercicios Espirituales de San Antonio en Novi; y de la “Ciudadela de la Caridad”.

Tras almorzar en el Seminario episcopal con los Obispos de la región y los sacerdotes ancianos residentes en la Casa del Clero, así como con los seminaristas, Francisco celebrará un encuentro con los sacerdotes diocesanos, los  consagrados y los seminaristas.

Después de una breve visita a la Catedral, el Santo Padre se trasladará en automóvil a Mirándola, donde también visitará la Catedral – aún inhabilitada a causa del terremoto – y en la plaza de enfrente se dirigirá a las poblaciones afectadas por el sismo. A continuación – y antes de regresar en helicóptero a la Ciudad del Vaticano – en la zona adyacente  a la Parroquia de Santiago Roncole, depositará un homenaje floral ante el Monumento que recuerda a las víctimas.

El lunes 3 de abril se cumplirá el segundo aniversario de la canonización de Giuseppe de Anchieta, Apóstol de Brasil, a quien el Papa Francisco declaró santo el 3 de abril de 2014 mediante la canonización equipolente.

 

Cuaresma. 4ª semana. Martes

LUCHA PACIENTE CONTRA LOS DEFECTOS

— El paralítico de Betzatá. Constancia en la lucha y en los deseos de mejorar.

— Ser pacientes en la lucha interior. Volver al Señor cuantas veces sea necesario.

— Pacientes también con los demás. Contar con sus defectos. Pacientes y constantes en el apostolado.

I. El Evangelio de la Misa de hoy nos presenta a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, y que espera su curación milagrosa de las aguas de la piscina de Betzatá1. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano? El enfermo le habló con toda sencillez: Señor –le dice–, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado. Jesús le dice: levántate, toma tu camilla y echa a andar. El paralítico obedeció: Y al momento el hombre quedó sanado, tomó su camilla y echó a andar.

El Señor está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos en cada situación aquello que necesitamos. Su bondad supera siempre nuestros cálculos; pero quiere nuestra correspondencia personal, nuestro deseo de salir de aquella situación, que no pactemos con los defectos o los errores, y que pongamos esfuerzo para superarlos. No podemos «conformarnos» nunca con deficiencias y flaquezas que nos separan de Dios y de los demás, excusándonos en que forman parte de nuestra manera de ser, en que ya hemos intentado combatirlos otras veces sin resultados positivos.

La Cuaresma nos mueve precisamente a mejorar en nuestras disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios y las obras de penitencia, que preparan nuestra alma para recibir las gracias que el Señor quiere darnos.

Jesús nos pide perseverancia para luchar y recomenzar cuantas veces sea necesario, sabiendo que en la lucha está el amor. «No le pregunta el Señor al paralítico para saber –era superfluo–, sino para poner de manifiesto la paciencia de aquel hombre que, durante treinta y ocho años, sin cejar, insistió, esperando verse libre de su enfermedad»2.

Nuestro amor a Cristo se manifestará en la decisión y en el esfuerzo por arrancar lo antes posible el defecto dominante o por alcanzar aquella virtud que se presenta difícil de conseguir. Pero también se manifiesta en la paciencia que hemos de tener en la lucha interior: es posible que nos pida el Señor un período largo de lucha, quizá treinta y ocho años, para crecer en determinada virtud o para superar aquel aspecto negativo de nuestra vida anterior.

Un conocido autor espiritual señalaba la importancia de saber tener paciencia con los propios defectos: tener el arte de aprovechar nuestras faltas3. No debemos sorprendernos –ni desconcertarnos– cuando, habiendo puesto todos los medios que razonablemente están a nuestro alcance, no terminamos de superar esa meta espiritual que nos habíamos propuesto. No debemos «acostumbrarnos», pero podemos aprovechar las faltas para crecer en humildad verdadera, en experiencia, en madurez de juicio...

Este hombre que nos presenta el Evangelio de la Misa fue constante durante treinta y ocho años, y podemos suponer que lo hubiera sido hasta el final de sus días. El premio a su constancia fue, ante todo, el encuentro con Jesús.

II. Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor. Ved cómo el labrador, con la esperanza de los preciosos frutos de la tierra, aguarda con paciencia las lluvias tempranas y las tardías4.

Es necesario saber esperar y luchar con paciente perseverancia, convencidos de que con nuestro interés agradamos a Dios. «Hay que sufrir con paciencia –decía San Francisco de Sales– los retrasos en nuestra perfección, haciendo siempre lo que podamos por adelantar y con buen ánimo. Esperemos con paciencia, y en vez de inquietarnos por haber hecho tan poco en el pasado, procuremos con diligencia hacer más en lo porvenir»5.

Además, la adquisición de una virtud no se logra, de ordinario, con violentos esfuerzos esporádicos, sino con la continuidad de la lucha, la constancia de intentarlo cada día, cada semana, ayudados por la gracia. «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer. Basta que los empleemos (...) con la resolución de comenzar y recomenzar en cada momento, si fuera preciso»6.

El alma de la constancia es el amor; solo por amor se puede ser paciente7 y luchar, sin aceptar los defectos y los fallos como algo inevitable y sin remedio. No podemos ser como aquellos cristianos que, después de muchas batallas y peleas, «acabóseles el esfuerzo, faltóles el ánimo» cuando estaban ya «a dos pasos de la fuente del agua viva»8.

Ser paciente con uno mismo al desarraigar las malas tendencias y los defectos del carácter, significa a la vez huir del conformismo y aceptar el presentarse muchas veces delante del Señor como aquel siervo que no tenía con qué pagar9, con humildad, pidiendo nuevas gracias. En nuestro caminar hacia el Señor, sufriremos abundantes derrotas; muchas de ellas no tendrán importancia; otras sí, pero el desagravio y la contrición nos acercarán todavía más a Dios. Este dolor y arrepentimiento por nuestros pecados y deficiencias no son tristes, porque son dolor y lágrimas de amor. Es el pesar de no estar devolviendo tanto amor como el Señor se merece, el dolor de estar devolviendo mal por bien a quien tanto nos quiere.

III. Además de ser pacientes con nosotros mismos hemos de ejercitar esta virtud con quienes tratamos con mayor frecuencia, sobre todo si tenemos más obligación de ayudarles en su formación, en una enfermedad, etcétera. Hemos de contar con los defectos de quienes nos rodean. La comprensión y la fortaleza nos ayudarán a tener calma, sin dejar de corregir cuando sea oportuno y en el momento más indicado. El esperar un poco de tiempo para corregir, dar una buena contestación, sonreír..., puede hacer que nuestras palabras lleguen al corazón de esas personas, que de otra forma permanecería cerrado, y les podremos ayudar mucho más, con mayor eficacia.

La impaciencia hace difícil la convivencia y también vuelve ineficaz la posible ayuda y la corrección. «Sigue sacando las mismas exhortaciones –nos recomienda San Juan Crisóstomo–, y nunca con pereza; actúa siempre con amabilidad y gracia. ¿No ves con qué cuidado los pintores unas veces borran sus trazos, otras los retocan, cuando tratan de reproducir un bello rostro? No te dejes ganar por los pintores. Porque si tanto cuidado ponen ellos en la pintura de una imagen corporal, con mayor razón nosotros, que tratamos de formar la imagen de un alma, no dejaremos piedra por mover a fin de sacarla perfecta»10.

Debemos ser particularmente constantes y pacientes en el apostolado. Las personas necesitan tiempo y Dios tiene paciencia: en todo momento da su gracia, perdona y anima a seguir adelante. Con nosotros tuvo y tiene esta paciencia sin límites, y nosotros debemos tenerla con los amigos que queremos llevar hasta el Señor, aunque en ocasiones parezca que no escuchan, que no se interesan por las cosas de Dios. No les abandonemos por eso. En estas ocasiones será necesario intensificar la oración y la mortificación, y también nuestra caridad y nuestra amistad sincera.

Ninguno de nuestros amigos, en ningún momento de su vida, debería dar al Señor la contestación de este hombre paralítico: «no tengo a nadie que me ayude». Porque «esto podrían asegurar, ¡desdichadamente!, muchos enfermos y paralíticos del espíritu, que pueden servir... y deben servir.

»Señor: que nunca me quede indiferente ante las almas»11, le pedimos nosotros.

Examinemos hoy en nuestra oración si nos preocupan las personas que nos acompañan en el camino de la vida; si nos preocupa su formación, o si, por el contrario, nos hemos ido acostumbrando a sus defectos como si fueran algo irremediable, y al mismo tiempo si somos pacientes.

Además, en esta Cuaresma nos viene bien recordar que con la mortificación podemos expiar también por los pecados de los demás y merecer de algún modo, para ellos, la gracia de la fe, de la conversión, de una mayor entrega a Dios.

En Jesucristo está el remedio de todos los males que aquejan a la humanidad. En Él todos pueden encontrar la salud y la vida. Es la fuente de las aguas que todo lo vivifican. Así nos lo dice el profeta Ezequiel en la lectura de la Misa: Estas aguas corren a la comarca de Levante, bajarán hasta el Arabá y desembocarán en el mar, el de las aguas pútridas, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida, y habrá peces en abundancia; al desembocar allí estas aguas quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente12. Cristo convierte en vida lo que antes era muerte, y en virtud, la deficiencia y el error.

1 Jn 5, 1-6. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, 36. — 3 J. Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas, Palabra, Madrid 1976, 6ª ed. 4 Sant 5-7. — 5 J. Tissot, loc. cit., p. 32. — 6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 219. — 7 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 136, a. 3. — 8 Cfr. Santa Teresa, Camino de perfección, 19, 2. — 9 Cfr. Mt 18, 23 ss. — 10 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 30. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 212. — 12 Ez 47, 8-9.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) s�lo nos ha autorizado a difundir la meditaci�n diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribuci�n por fotocopias u otras formas de distribuci�n.

 

 

"Frecuenta el trato del Espíritu Santo"

Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. -El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, 57).

La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea –siempre y en todo– signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (Cfr. Is XI, 12.). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara (...).

Pero esta fe nuestra en el Espíritu Santo ha de ser plena y completa: no es una creencia vaga en su presencia en el mundo, es una aceptación agradecida de los signos y realidades a los que, de una manera especial, ha querido vincular su fuerza. Cuando venga el Espíritu de verdad –anunció Jesús–, me glorificará porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará (Ioh XVI, 14.). El Espíritu Santo es el Espíritu enviado por Cristo, para obrar en nosotros la santificación que El nos mereció en la tierra.

No puede haber por eso fe en el Espíritu Santo, si no hay fe en Cristo, en la doctrina de Cristo, en los sacramentos de Cristo, en la Iglesia de Cristo. No es coherente con la fe cristiana, no cree verdaderamente en el Espíritu Santo quien no ama a la Iglesia, quien no tiene confianza en ella, quien se complace sólo en señalar las deficiencias y las limitaciones de los que la representan, quien la juzga desde fuera y es incapaz de sentirse hijo suyo. (Es Cristo que pasa, 128 - 130).

 

 

Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes

El 28 de marzo de 1925 san Josemaría fue ordenado sacerdote. Con motivo del aniversario, reproducimos una conferencia de Mons. Javier Echevarría sobre el sacerdocio (2009).

De san Josemaría 27 de Marzo de 2017

pus Dei - Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes​ San Josemaría, fundador del Opus Dei. Foto: Opus Dei Communications Office (Flickr)

Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes: una respuesta a los desafíos de un mundo secularizado

Sumario

1. «Todos los sacerdotes somos Cristo». Eucaristía e identificación con Cristo.

2. «Yo le presto al Señor mi voz». Familiaridad con la Palabra y disponibilidad para las almas.

3. «Yo le presto al Señor mis manos». Amor a la liturgia y obediencia a la Iglesia.

4. «Yo le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Sacerdote cien por cien.

*****

Hacer presente a Dios en todas las actividades humanas es el gran desafío de los cristianos en un mundo secularizado, y es la tarea que San Josemaría recordó a miles de personas –sacerdotes y laicos– durante su vida. Su mensaje puede resumirse en pocas palabras: santidad personal en medio del mundo.Jesucristo se hará presente y activo en el mundo: en las familias, en la fábrica, en los medios de comunicación, en el campo..., en la medida en que Cristo viva en el padre y en la madre de familia, en el obrero, en la periodista, en el campesino...; es decir, en la medida en que el obrero, el periodista, el esposo o la esposa sean santos. Como afirmó Juan Pablo II, «se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores (...) han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy»[1].

Este es el “secreto" ante la indiferencia y el olvido de Dios: nuestro mundo necesita santos; cualquier otra “solución" es insuficiente. El mundo actual, con su inestabilidad y sus profundos cambios, reclama la presencia de hombres santos, apostólicos, en todas las actividades seculares: «Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos" en cada actividad humana. –Después... “pax Christi in regno Christi" –la paz de Cristo en el reino de Cristo»[2].

La ausencia de Dios en la sociedad secularizada se traduce en falta de paz; y, como consecuencia, proliferan las divisiones: entre las naciones, en las familias, en el lugar de trabajo, en la convivencia diaria... Para llenar de paz y alegría esos ambientes, «hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención»[3]. Todos estamos llamados a colaborar en esta tarea apasionante, con una visión optimista ante el mundo en el que vivimos: «Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características: (...) una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[4].

En esta labor de transformación del mundo, se percibe también el importante papel del sacerdote. Pero, ¿quién es el sacerdote en la sociedad de hoy? ¿Cómo puede convertirse en fermento de santidad? A esta pregunta se puede responder desgranando unas palabras de San Josemaría que definen la identidad del sacerdote, también en el mundo secularizado: «Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo»[5].

1. «Todos los sacerdotes somos Cristo».

Eucaristía e identificación con Cristo.

Son ciertamente los laicos quienes, de modo capilar, hacen presente a Cristo en las encrucijadas del mundo. A la vez, la vida de Cristo que se inicia en el Bautismo necesita el ministerio sacerdotal para desarrollarse. La grandeza del sacerdote consiste en que se le ha dado el poder de vivificar, de cristificar. El sacerdote es «instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado». El sacerdote trae a Cristo «a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos»[6].

Como pastor de almas y como dispensador de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor 4, 1), el sacerdote, especialmente en un mundo indiferente hacia la fe, debe alentar a todos para que progresen hacia la santidad, sin rebajar —por cobardía o por falta de fe— el horizonte del mandato divino: «sed santos, como mi Padre celestial es santo» (Mt 5, 48). El sacerdote orientará a otros en ese camino hacia la santidad si él mismo reconoce este imperativo, y si es consciente de que Dios ha puesto en sus manos los medios para alcanzarlo. El gran desafío para el sacerdote consiste en identificarse con Cristo en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, para que muchos otros busquen también está configuración con el Señor, en el desempeño de sus tareas habituales.

La identificación con Cristo sacerdote se fundamenta en el don del sacramento del Orden, y se desarrolla en la medida en que el sacerdote pone todo lo suyo en manos de Cristo. Esto ocurre de modo paradigmático y excelente durante la celebración de la Eucaristía. En la Misa, el sacerdote presta su ser a Cristo para traer a Cristo. San Josemaría expresaba esta verdad con fuerza singular:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (...): eres Cristo (...). Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo»[7].

Esta identificación con el Señor es un rasgo esencial de la vida espiritual del sacerdote. Como decía San Gregorio Magno, «quienes celebramos los misterios de la pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostia nosotros mismos»[8].

La entera existencia sacerdotal se orienta a que el propio yo disminuya, para que crezca Cristo en el presbítero: ocultarse, sin buscar protagonismo, para que aparezca sólo la eficacia salvadora del Señor; desaparecer, para que Cristo se haga presente a través del ejercicio abnegado y humilde del ministerio. Ocultarse y desaparecer[9] es una fórmula que gustaba mucho a San Josemaría. Invita, especialmente a los sacerdotes, a preferir el sacrificio escondido y silencioso[10] a las manifestaciones aparatosas o llamativas.

Paradójicamente, para contrarrestar la ausencia de Dios en un mundo secularizado, San Josemaría propone a los sacerdotes, no tanto una fuerte actividad pública, con su correspondiente resonancia mediática, sino, sencillamente, ocultarse y desaparecer. De este modo, al desaparecer el “yo" del sacerdote, se propagará la presencia de Cristo en el mundo, según la lógica divina que se nos muestra en la celebración de la Eucaristía.

«Me parece que a los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios –acordándonos de aquel grito del Bautista: illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3, 30); conviene que Cristo crezca y que yo disminuya–, para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (...). Quien piense que, para que la voz de Cristo se haga oír en el mundo de hoy, es necesario que el clero hable o se haga siempre presente, no ha entendido bien aún la dignidad de la vocación divina de todos y de cada uno de los fieles cristianos»[11].

La existencia sacerdotal consiste en poner todo lo propio a merced de Dios: prestar la voz al Señor, para que hable Él; prestarle las manos, para que actúe Él; prestarle cuerpo y alma, para que Él crezca en el sacerdote y, a través de su ministerio, en cada uno de los fieles cristianos. Ante los desafíos de nuestro mundo, San Josemaría enseña a los sacerdotes humildad y abnegación: poner enteramente a disposición del Señor el propio yo.

2. «Yo le presto al Señor mi voz».

Familiaridad con la Palabra y disponibilidad para las almas.

La Eucaristía «anuda en sí todos los misterios del Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida»[12]. El sacerdote presta su voz al Señor, de modo inefable al pronunciar las palabras de la consagración, que permiten que la fuerza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo obre el prodigio de la transubstanciación. La eficacia de esas palabras no proviene del sacerdote sino de Dios. El sacerdote, por sí mismo, no podría decir eficazmente “esto es mi cuerpo", "éste es el cáliz de mi sangre": no se obraría la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esto, que sucede de modo extraordinario durante la celebración eucarística, en el momento más sublime de la vida del sacerdote, puede extenderse análogamente a toda su vida y su ministerio.

La eficacia de la palabra del sacerdote —en la predicación, en la celebración de los sacramentos, en la dirección espiritual y en el trato con las personas— proviene del mismo principio: prestar su voz al Señor.

a) Familiaridad con la voz de Dios

Prestar al Señor la propia voz reclama confianza con Él; requiere escuchar la voz de Dios e incorporarla a la vida propia. Para adquirir esa familiaridad, San Josemaría indica dos caminos imprescindibles: la vida de oración y el estudio. El sacerdote ha de dedicar tiempo a estudiar y meditar la Sagrada Escritura y a profundizar en su formación teológica, para que resuene fielmente la voz de Cristo, que habla en su Iglesia.

«La predicación de la palabra de Dios exige vida interior: hemos de hablar a los demás de cosas santas, ex abundantia enim cordis, os loquitur (Mt 12, 34); de la abundancia del corazón, habla la boca. Y junto con la vida interior, estudio: (...) Estudio, doctrina que incorporamos a la propia vida, y que sólo así sabremos dar a los demás del modo más conveniente, acomodándonos a sus necesidades y circunstancias con don de lenguas»[13].

El pueblo cristiano está sediento de la voz de Dios. El sacerdote no puede defraudar esos santos deseos. En este mundo de hoy, en el que abunda la confusión, es necesario que el sacerdote sea portavoz fiel de la Palabra divina: tener vida interior y estudiar la doctrina, asegura que la predicación no sea eco de otras voces que no son la de Cristo. Seguir confiadamente el Magisterio garantiza que Cristo sea escuchado en la Iglesia y en el mundo. San Josemaría animaba también a los sacerdotes a pedir luces al Espíritu Santo, para ser sólo instrumentos suyos, pues es el Paráclito quien actúa en el interior del alma[14]. Prestar la voz a Dios significa además que el sacerdote no se predica a sí mismo, sino a Cristo Jesús, Nuestro Señor (cfr. 2 Cor 4, 5), haciendo eco al Evangelio. De este modo, la eficacia de la predicación provendrá del Señor mismo:

«De las palabras de Jesucristo bien expuestas, claras, dulces y fuertes, llenas de luz, puede depender la resolución del problema espiritual de un alma que os escucha, deseosa de aprender y determinarse. La palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de dos filos, entra y se introduce hasta los pliegues del alma y del espíritu, hasta las junturas y tuétanos (Hb 4, 12)» [15].

De alguna manera, el sacerdote debe aspirar a la misma intimidad con la Palabra de Dios que tuvo Santa María. Benedicto XVI, a propósito del Magnificat, «completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura», describe esa familiaridad de la Virgen en los siguientes términos: «Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios»[16].

El Santo Padre va más allá, al señalar que la Virgen, «al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada»[17]. Algo análogo ocurre con el sacerdote. San Josemaría decía, refiriéndose a la Eucaristía que, así como Nuestra Madre trajo una vez al mundo a Jesús, «los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días»[18].

Prestar al Señor la voz requiere humildad: acallar opiniones personales en cuestiones de fe, moral y disciplina eclesiástica cuando son disonantes; no apegarse a las propias ideas; buscar la unión con deseos de servir. Es necesario que el sacerdote hable a los hombres de Cristo, les comunique la doctrina de Cristo como fruto de la propia vida interior y del estudio: con santidad personal y conocimiento profundo de la vida de los hombres y mujeres de su tiempo.

b) Disponibilidad para prestar la voz al Señor

Prestar al Señor la voz requiere también disponibilidad. San Josemaría no se cansó de pedir a los sacerdotes que dedicasen tiempo a la administración del perdón divino. Para que la voz misericordiosa de Dios llegue a las almas a través del sacramento de la Reconciliación, es necesaria una condición, casi obvia pero fundamental: estar disponible para atender a quienes se acerquen. Sería un error pensar que, en nuestro mundo, supondría una pérdida de tiempo. Equivaldría a cerrar la boca de Dios, que desea perdonar por medio de sus ministros. San Josemaría tenía bien experimentado que, cuando el sacerdote, con constancia, día tras día, dedica un rato a esta tarea, estando físicamente en el confesonario, ese lugar de misericordia termina por llenarse de penitentes, aunque al principio no acuda nadie. Así describía a un grupo de sacerdotes diocesanos en Portugal, en 1972, el resultado de perseverar en esta tarea:

«No os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesonario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo –confundidas con ellas, porque sois Cristo– diciendo: yo te absuelvo. Amad el confesonario. ¡Amadlo, amadlo!»[19].

San Josemaría tenía una fe vivísima en la verdad real de que el sacerdote es Cristo, cuando dice: “yo te absuelvo". Con gran sentido sobrenatural y con sentido común, daba consejos muy prácticos, para que la dignidad del sacramento no se empañase, para que fuese cauce limpio de la voz de Jesucristo. Por eso amaba el confesonario. Entendía que, utilizando este tradicional instrumento, se fomentan las disposiciones adecuadas —tanto del penitente como del confesor— para facilitar la sinceridad y el tono sobrenatural propio de una realidad sagrada.

«Dios Nuestro Señor conoce bien mi debilidad y la vuestra: somos todos nosotros hombres corrientes, pero ha querido Jesucristo convertirnos en un canal, que haga llegar las aguas de su misericordia y de su Amor a muchas almas»[20].

Hablaba de la administración del sacramento de la Penitencia como un ejercicio gustoso y una pasión dominante del sacerdote. Sin duda, las horas diarias dedicadas a confesar, «con caridad, con mucha caridad, para escuchar, para advertir, para perdonar»[21] son parte de ese ocultarse y desaparecer, tan eficaz para hacer presente a Cristo en las personas y en los ambientes donde viven.

Al confesar, el sacerdote –en su papel de juez, maestro, médico, padre y pastor– experimenta la necesidad de dar doctrina clara, ante las dificultades que se presentan en la vida de los penitentes. Consciente de esto, San Josemaría fomentó entre los presbíteros un vivo afán de conservar y mejorar la ciencia eclesiástica, «especialmente la que necesitáis para administrar el sacramento de la Penitencia»[22]. «Procurad –escribía en una ocasión a sacerdotes– dedicar un rato al día –aunque sólo sean unos minutos– al estudio de la ciencia eclesiástica»[23]. Con este fin, impulsó también encuentros, convivencias, reuniones para los presbíteros, etc.

El renacer de la práctica de la confesión sacramental es uno de los grandes desafíos del mundo actual, que necesita redescubrir el sentido del pecado y experimentar el gozo de la misericordia de Dios. El sacerdote, estando disponible para celebrar el sacramento de la Reconciliación, y procurando –mediante la oración y el estudio– que sus ideas estén en sintonía con la doctrina de la Iglesia, resulta absolutamente insustituible.

También los fieles laicos han de sentir la responsabilidad de llevar a sus colegas, parientes y amigos al sacerdote, para que puedan “escuchar la voz de Dios" y recibir su perdón. La colaboración entre laicos y sacerdotes, en este campo, es especialmente importante en la sociedad de hoy.

San Josemaría entendía que el sacerdote, también en la tarea de dirección espiritual, es un instrumento para hacer llegar la voz de Dios a las almas; en esta actividad no debe sentirse ni “propietario", ni modelo: «El modelo es Jesucristo; el modelador, el Espíritu Santo, por medio de la gracia. El sacerdote es el instrumento, y nada más»[24]. La dirección espiritual, otra de las pasiones dominantes de San Josemaría, no consiste en mandar, sino en abrir horizontes, señalar obstáculos, sugiriendo los medios para vencerlos, e impulsar al apostolado. Animar, en definitiva, a que cada uno descubra y quiera cumplir el designio de santidad que Dios tiene para él.

Esto es posible si el mismo sacerdote está convencido de que mover a la búsqueda de la santidad es llevar a las personas hacia la felicidad. Esa persuasión surge de la lucha del presbítero por la propia santificación, es fruto del amor a la voluntad de Dios y es necesaria para contrarrestar el pensamiento laicista, que tiende a borrar a Dios del horizonte de la felicidad humana.

3. «Yo le presto al Señor mis manos».

Amor a la liturgia y obediencia a la Iglesia.

En la Santa Misa, es Cristo el que, a través del sacerdote, se ofrece al Padre por el Espíritu Santo. Las manos del presbítero, ungidas durante la ceremonia de ordenación, han sido siempre veneradas por los cristianos, porque traen a Cristo, porque dispensan los tesoros de la redención.

San Josemaría tenía viva conciencia de que la liturgia es acción divina, sagrada, y no acción humana. Si un mundo descristianizado se caracteriza, en buena medida, por la ausencia de lo sagrado, el sacerdote tiene hoy el gran desafío de esmerarse en el cuidado de la liturgia, “prestando a Dios sus manos" y su ser entero.

Esto significa evitar protagonismos que pueden empañar la acción divina. También en el servicio litúrgico vale la fórmula de San Josemaría: «Ocultarse y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»[25]. Este principio responde a una lógica de fe y de visión sobrenatural. Sólo desde la fe se entiende en profundidad la eficacia sobrenatural que encierra el principio de “prestar al Señor mis manos"; y se aceptan con gusto las consecuencias prácticas a las que conduce: fidelidad a la fe y a la doctrina católica, y obediencia delicada a las normas litúrgicas:

«Que pongáis siempre un particular empeño en seguir con toda docilidad el Magisterio de la Iglesia Santa; y, como consecuencia, que cumpláis, con delicada obediencia también, todas las indicaciones de la Santa Sede en materia litúrgica, adaptándoos con generosidad a las posibles modificaciones –que siempre serán accidentales– que el Romano Pontífice pueda introducir en la lex orandi»[26].

Las manos del sacerdote han de ser manos de persona enamorada, que sabe tratar con delicadeza las cosas del Señor y, muy especialmente, todo lo que se relaciona con el culto divino. El descuido de iglesias, altares y objetos de culto transmite inevitablemente cierta sensación de ausencia de Dios o de indiferencia. Para hacer frente al mundo materialista, se precisa el cuidado atento de todo lo relacionado con la presencia sacramental del Señor en la Eucaristía. En una celebración litúrgica imbuida de espíritu de adoración se encierra una sobria belleza, que eleva el espíritu hacia Dios y comunica la presencia de lo sagrado. San Josemaría vivió siempre con la preocupación de que nunca es demasiada la dignidad del culto:

«Tratadme bien los objetos de culto: es manifestación de fe, de piedad y de esa bendita pobreza nuestra que, si nos lleva a destinar al culto lo mejor de que podemos disponer, nos obliga por eso mismo a tratarlo con la más exquisita delicadeza: sancta sancte tractanda! Son joyas de Dios. Los cálices sagrados y los santos lienzos y todo lo demás que pertenece a la Pasión del Señor... por su consorcio con el Cuerpo y la Sangre del Señor han de ser venerados con la misma reverencia que su Cuerpo y su Sangre (S. Jerónimo, Epist. 114, 2)» [27].

4. «Yo le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Sacerdote cien por cien.

Después de haber considerado cómo el sacerdote presta al Señor su voz y sus manos, llegamos, como en un in crescendo de identificación con Cristo, a una formulación omnicomprensiva de la identidad sacerdotal: «le presto al Señor mi cuerpo y mi alma: le doy todo». Esta fórmula, referida a la celebración eucarística, en la que el sacerdote actúa in persona Christi Capitis, puede extenderse análogamente a la entera vida del sacerdote, constituyendo su más íntima aspiración: ser, siempre y en todo, ipse Christus, el mismo Cristo.

San Josemaría describía con fuerza ese sentido de totalidad propio del sacerdocio. Refiriéndose a un grupo de sacerdotes recién ordenados, lo expresaba de la siguiente manera: «Han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien»[28].

Al mismo tiempo, es evidente que siempre resulta indispensable la colaboración entre sacerdotes y laicos, cada uno según la misión que le es propia. Como escribía San Josemaría, «esta colaboración apostólica es hoy importantísima, vital, urgente»[29]. Por una parte, porque los presbíteros, en cuanto tales, no tienen acceso a muchos ambientes profesionales o sociales. Por otra, porque los laicos, para ser verdaderamente “otros Cristos", necesitan la vida sacramental y, por tanto, el recurso al ministerio sacerdotal. Sin vida interior, el laico terminaría por mundanizarse, en vez de cristianizar el mundo: es necesaria una intensa vida sobrenatural para influir cristianamente en ambientes donde parece haber desaparecido la huella de Dios.

«En el ejercicio del apostolado, los laicos tienen absoluta necesidad del sacerdote, en cuanto llegan a lo que yo suelo llamar el muro sacramental, como los sacerdotes –especialmente en medio de la indiferencia religiosa, cuando no se trata además de un ataque brutal a la Religión, en la sociedad de estos tiempos– tienen necesidad de los laicos, para el apostolado»[30].

Esta colaboración es eficaz en la medida en que se respeta la naturaleza misma de la vocación de cada uno: el laico debe ser “Cristo" en medio de la calle, en las normales circunstancias que le toca vivir: en la convivencia con sus iguales, con quienes comparte proyectos y afanes. Al mismo tiempo, el sacerdote ha de ser siempre y enteramente sacerdote, viviendo para sostener y alentar el afán de santidad de hombres y mujeres, con una abnegada entrega a su ministerio. Difícilmente habrá laicos que perseveren en el empeño de buscar la santidad en la vida ordinaria, sin presbíteros «dedicados íntegramente a su servicio, que se olviden habitualmente de sí mismos, para preocuparse solamente de las almas»[31].

San Josemaría repetía con frecuencia que tenía un solo puchero para todos, cuyo contenido es, en síntesis, la búsqueda de la santidad en medio de las ocupaciones ordinarias. De ese puchero se pueden alimentar el padre y la madre de familia, el ingeniero, el abogado, la médico, el obrero, y también el sacerdote. Y el sacerdote desempeña un papel insustituible para ayudar a los fieles a ser santos: ha de servir a todos, es sacerdote para los demás. Por la misión que ha recibido de Dios, tiene una especial obligación de buscar la santidad. «Muchas cosas grandes dependen del sacerdote: tenemos a Dios, traemos a Dios, damos a Dios»[32].

Por eso el fundador del Opus Dei hablaba de ser sacerdote cien por cien, que es la consecuencia de hacer vida propia lo que ocurre en la Santa Misa: prestar al Señor el cuerpo y el alma; darle todo. Significa también que el sacerdocio no es un oficio, ni una tarea que ocupa parcialmente la jornada, junto a otras ocupaciones. Para San Josemaría no hay ámbitos de la existencia personal que no sean sacerdotales: hasta en las situaciones aparentemente más intrascendentes, o en las ocupaciones profanas, el sacerdote es siempre sacerdote, tomado de entre los hombres, constituido a favor de los hombres (cfr. Hb 5, 1).

Plenamente congruente con ese “prestar al Señor mi cuerpo" es el don del celibato sacerdotal. En medio del mundo, que fácilmente tiende a banalizar la dignidad del cuerpo, cobra especial significado entregar totalmente el cuerpo a Nuestro Señor Jesucristo en la celebración eucarística. El celibato de Jesucristo ilumina con toda su fuerza y resplandor el celibato del sacerdote. Cristo, en sus años de existencia terrena y en la vida de su Iglesia, ha demostrado a qué grado extraordinario de paternidad y maternidad, de caridad sin límites, se llega por este don.

A lo largo de su gran experiencia pastoral, San Josemaría experimentó de continuo la necesidad de una identidad sacerdotal fuerte: no es verdad que los cristianos quieren ver en el sacerdote un hombre más; el pueblo cristiano, lo que quiere del sacerdote es que sea sacerdote. En la sociedad actual, donde no pocos pretenden difuminar a Dios, los cristianos necesitan percibir con más razón aún la presencia de Cristo en el sacerdote; necesitan y esperan, en palabras de San Josemaría, «que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados. En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él»[33].

* * *

Esta última frase puede quizá resumir el desafío que el mundo actual lanza a los ministros sagrados. A los hombres de todos los tiempos, el sacerdote ha de hacer presente a Dios; y para esto, ha de aprender a prestar a Cristo su voz, sus manos, su alma y su cuerpo: todo lo suyo. Así ocurre principalmente cuando administra los sacramentos o en la predicación, pero no sólo en esos momentos. La dinámica propia del sacramento del Orden, cuyo centro y culmen es la Eucaristía, lleva a darse enteramente, a lo largo de la jornada, en alma y cuerpo, a Cristo.

La vida terrena de Santa María, Madre de Cristo, Sacerdote Eterno, y Madre de los sacerdotes, fue un «hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada»[34]. En la Virgen se demuestra la eficacia de esta actitud. Por eso María, permanentemente, sigue haciendo presente a Dios en las casas, en las calles. La Madre de Dios es, muchas veces, el último reducto de fe, del que no pocas veces brota de nuevo la conversión y el descubrimiento de la alegría de la vida cristiana en medio del mundo.

+ Javier Echevarría

Prelado del Opus Dei

 

Publicado originalmente en clerus.org (2009)

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[1] Juan Pablo II, Discurso al Simposio de Obispos europeos, 11-X-1985.

[2] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 301.

[3] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 183.

[4] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 428.

[5] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974, citado en J. Echevarría, Por Cristo, con Él y en Él, Ed. Palabra, Madrid 2007, p. 167.

[6] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[7] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados..., cit.

[8] San Gregorio Magno, Lib.Dialogorum, 4, 59, citado en San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 17.

[9] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, edición crítico-histórica preparada por P. Rodríguez, 3ª edición, Rialp, Madrid 2004, p. 945.

[10] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 185.

[11] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones, n. 59.

[12] Ibid., n. 113.

[13] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 25.

[14] Cfr. Sto. Tomás, S. Th. II-II, q. 177, a. 1 c.

[15] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 26.

[16] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, n. 41.

[17] Ibid.

[18] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[19] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes diocesanos en Enxomil (Oporto),10-V-1974.

[20] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 1.

[21] Ibid., n. 30.

[22] Ibid., n. 15.

[23] Ibid. [24] Ibid., n. 37.

[25] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta con motivo de las bodas de oro sacerdotales, 28-I-1975.

[26] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 22.

[27] Ibid., n. 23.

[28] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[29] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 8-VIII-1956, n. 3.

[30] Ibid.

[31] Ibid. [32] Ibid., n. 17.

[33] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[34] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 172.

 

 

Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá modelo de vida sacerdotal

Recogemos a continuación un artículo de Mons. Echevarría, Prelado del Opus Dei, sobre san Josemaría.

El Fundador y el sacerdocio 26 de Febrero de 2014

pus Dei - Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá modelo de vida sacer

 

El sentido de la grandeza del sacerdocio llevaba a san Josemaría a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años.

Evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote [San Josemaría Escrivá de Balaguer] constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor –más aún, veneración– que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

Identidad del sacerdote
Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también –y quizá más especialmente– a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: «sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes». En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres –que eso somos todos delante del Señor– son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.
Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas –entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice– han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: «ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura» 1.

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros presentimientos –de barruntos, los calificaba– de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido «una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años» 2.

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era –dejadme que insista– la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

Don y tarea
Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. «Entendemos, con toda la tradición eclesiástica –escribía en 1945–, que el sacerdocio pide –por las funciones sagradas que le competen– algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos –como están– en mediadores entre Dios y los hombres» 3.

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años, pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi4, he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» 5.

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida 6.

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

La santidad sacerdotal como don
Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos –sacerdotes y seglares– estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. «No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado» 7.

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (1 Cor 7,20).

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5,1).

«En contacto continuo con la santidad de Dios –ha escrito Juan Pablo II–, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» 8. Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» 9.

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría –porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5,48)–, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. «Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental» 10.

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

Desde que percibió la llamada al sacerdocio, y más explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» 11.

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que «por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser» 12. Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (...): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría... ¡No señor! Es Cristo» 13.

La santidad sacerdotal como tarea
La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. «Una grandeza prestada –comentaba San Josemaría Escrivá–, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor –añadía– que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» 14.

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva... También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo –de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa– tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta –la unión con Dios– y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación específica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17,19).

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

Virtudes humanas del sacerdote
Utilizando la metáfora de la construcción –imagen de raíces bíblicas–, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7,24-25).

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5,1), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

«Comprende esta formación –escribe Mons. Álvaro del Portillo– el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad –ayudado, desde luego, por la gracia– su apostolado» 15. Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» 16.

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad, la lealtad, el optimismo, la alegría.

Sobre el fundamento de la humildad
«La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia» 17, escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal –como predicó con su conducta y con sus enseñanzas– se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. «Ser humildes –predicaba en una ocasión– no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad» 18.

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad» 19. Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos» 20.

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta –como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno– la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» 21. Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» 22.

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11,1). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (...) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» 23. En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo –Modelo para todos–, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» 24.

Caridad pastoral
Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5,4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10,11). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5,14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar –porque lo he contemplado con mis ojos– que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas –en un sentido particularmente profundo– las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (Flp 1,21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2,14).

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana –por justa y noble que fuese– que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente –por el celibato– a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» 25.

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» 26.

Fraternidad sacerdotal
Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega –tantas veces heroica– y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9,37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: «Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio» 27.

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda... Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18,19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán –pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario–, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando– precisamente en Logroño– recibió la llamada al sacerdocio.

Discurso en el acto académico celebrado el 20 de enero de 2003 en honor del fundador del Opus Dei en el Seminario diocesano de Logroño, del que fue alumno San Josemaría.

Notas
1. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
2. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una reunión familiar, 28-III-1966.
3. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Carta 2-II-1945, n. 4.
4. Sal 118/119, 100.
5. CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.
6. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 285.
7. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
8. JUAN PABLO II, Don y misterio.
9. JUAN PABLO II, Don y misterio.
10. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
11. JUAN PABLO II, Don y misterio.
12. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
13. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974.
14. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
15. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, p. 23.
16. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, p. 27.
17. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Carta 24-III-1930, n. 20.
18. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.
19. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.
20. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.
21. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 190.
22. JUAN PABLO II, Don y misterio.
23. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 188.
24. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 188-189.
25. MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 84-85.
26. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-IV-1969.
27. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes, 3-XI-1972.

Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. X Sacerdotes santos, sacerdotes cien por cien, EDUSC, 2004

 

 

Caminar hacia Jesucristo

En este artículo contemplamos el pasaje del Evangelio en que Jesús camina sobre las aguas. Metiéndonos en la escena –como si fuéramos un personaje más– comprenderemos que junto a Él se superan las dificultades, inseguridades y temores.

Cristo 19 de Abril de 2016

pus Dei - Caminar hacia Jesucristo

Varios miles de personas habían escuchado la predicación de Jesucristo y se habían saciado de los panes y los peces que Él les había proporcionado, con tal abundancia que incluso había sobrado una buena cantidad[1]. Es de suponer que el asombro se había apoderado de los apóstoles.

Con el asombro, les embargaba también la alegría. Una vez más habían experimentado la cercanía del Señor. Puede parecer que esta nueva experiencia no debería tener mayor importancia para quienes estaban ya habituados a convivir con Jesucristo. Pero qué pronto olvidamos los momentos en los que hemos palpado la presencia de Dios a nuestro lado; y por eso, cómo nos volvemos a sorprender y alegrar cuando la percibimos de nuevo.

Cuántas veces notamos con claridad que Dios está junto a nosotros, que no nos ha abandonado en un momento importante, y nos llenamos de una alegría y de una seguridad que no se deben sólo al buen resultado de lo que nos interesaba, sino también -y principalmente- a la conciencia de que vivimos con el Señor.

Y cuántas veces, sin embargo, lo perdemos de vista y dejamos que nos atenace el miedo de que otro asunto importante no tenga tan buen fin; como si Dios se pudiese olvidar de nosotros, o como si la cruz fuese señal de que Él se ha alejado.

Dificultades

Después de despedir a la muchedumbre, Jesús pidió a los Apóstoles que pasaran a la otra orilla del lago mientras Él dedicaba un tiempo a la oración[2]. Para ellos, expertos como eran, la travesía no presentaba una particular dificultad. Y aunque así fuera, después de lo que acababan de vivir, ¿qué obstáculo podría parecerles insuperable?

Poco a poco la barca se fue apartando de tierra, y llegó un momento en que su progreso se hizo muy lento. Cuando cayó la noche, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario[3]: no podían volver atrás, pero tampoco parecía que avanzasen; tenían la impresión de que las olas y el viento -las dificultades- habían tomado el mando y ellos podían sólo tratar de mantenerse a flote.

Se asustaron. ¡Qué lejano resultaba ahora el milagro que habían contemplado pocas horas antes! Si al menos estuviese el Señor con ellos..., pero se había quedado en tierra. Se había quedado, sí, pero no les había dejado solos, no les había olvidado: aunque ellos no lo supiesen, desde el monte contemplaba su dificultad, su esfuerzo y su fatiga[4].

Es fácil que en los inicios de la vida interior se experimente con cierta claridad el propio progreso: a los ojos de quien comienza a adentrarse en el mar, la orilla se aleja rápidamente. Pasa el tiempo y, aunque se siga luchando y avanzando, no se advierte de modo tan patente. Se sienten más las olas y el viento, la orilla parece haberse quedado fija en un mismo punto. Es el momento de la fe. Es el momento de fomentar la conciencia de que el Señor no se ha desentendido de nosotros. Es el momento de recordar que las dificultades -el viento y las olas- forman inevitablemente parte de la vida, de esa existencia que hemos de santificar y a la que nos enfrentamos sabiéndonos muy acompañados de Jesucristo.

La experiencia de la cercanía de Dios y del poder de su gracia, no nos ahorra la tarea de enfrentar las dificultades. No podemos pretender que lo sensible de esa experiencia sea permanente; no podemos pretender que, puesto que estamos cerca de Dios, los problemas no nos pesen. Ni tampoco hemos de caer en el error de verlos como una manifestación de que el Señor se ha apartado de nosotros, aunque sea sólo un poco y por un tiempo breve.

Las dificultades son precisamente la ocasión de mostrar hasta qué punto amamos a Dios, hasta qué punto somos buenos, con la aceptación serena de los inconvenientes que no hemos podido o no hemos sabido superar.

Inquietudes

Pedro y los demás llevaban tiempo peleando con el viento y las aguas, y con su propia angustia interior, cuando el Señor acudió en su ayuda[5]. Podía haberlo hecho de muchas maneras: podía haber cancelado enseguida la dificultad o presentarse en la barca sin que le vieran llegar; pero tenía otras enseñanzas que transmitirles. Se les acercó caminando sobre el mar.

Era de noche y no resultaba fácil reconocerle. El hecho era de por sí sobrecogedor, pero además ellos estaban ya asustados, y el miedo roba a quien lo sufre la serenidad y claridad de juicio sobre los acontecimientos que de algún modo le afectan. En estas circunstancias, es comprensible su reacción: comenzaron a gritar.

El Señor les tranquilizó: tened confianza, soy yo, no tengáis miedo [6]. No calmó en ese momento el viento y las olas, pero les dio una luz para que su corazón no naufragase: sé que estáis atravesando dificultades, pero no temáis, seguid peleando, confiad en que Yo no os he olvidado y sigo estando cerca.

Pedro tuvo una reacción impulsiva: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas [7]. Entre los Apóstoles es casi siempre Pedro quien se lanza, para bien o para mal: es él quien recibe las reprimendas más fuertes del Señor [8] y es también él quien le confiesa con una audacia que acaba arrastrando a los demás en momentos difíciles [9]. Pero su iniciativa de ahora resulta sorprendente incluso en un carácter impulsivo: Simón se encontraría en el apuro de tener que bajar de la barca y apoyarse en una superficie agitada, incontrolada, imposible de dominar y de prever.

A la voz de su Maestro, sacó un pie por la borda, luego el otro y se puso a caminar hacia el Señor: quería acercarse a Cristo y estaba dispuesto a cualquier cosa para lograrlo.

Ojalá los propósitos de mayor generosidad que formulamos ante el Señor en momentos de inquietud, no se queden en palabras. Ojalá nuestra confianza en Dios sea más fuerte que la indecisión o el temor a ponerlos en práctica. Ojalá seamos capaces de sacar nuestros pies por la borda, aunque suponga apoyarlos en una base aparentemente nada apta para sostenernos, y caminemos hacia Cristo. Porque para ir hacia Dios hay que arriesgar, hay que perder el miedo a las inquietudes, hay que estar dispuesto a jugarse la vida.

Caminando sobre las aguas, Pedro sentía las olas y el viento más que los demás; su vida dependía de la fe más que la vida de los otros, precisamente porque había bajado de la barca y marchaba hacia Jesucristo. ¿No es ésta la arriesgada situación del cristiano? ¿No estamos también nosotros tratando de caminar hacia el Señor en unas circunstancias -externas, pero también interiores- que en buena parte escapan a nuestro control?

Estamos más expuestos a las olas que quienes, temiendo enfrentarse con la inmensidad de lo sobrenatural, prefieren la pobre y aparente seguridad que les ofrece el ámbito pequeño de su barca. ¿Es, entonces, extraño que a veces notemos que el suelo se mueve, que tengamos alguna inquietud? Son precisamente esos, momentos para tomar conciencia una vez más de que vivimos de fe; no de una fe que calma las olas, que elimina la inquietud de caminar sobre ellas; sino más bien, de una fe que en esa inquietud nos da una luz, y que da un sentido a esas olas.

Por la fe, [los israelitas] cruzaron el Mar Rojo como si fuera tierra seca, mientras que los egipcios que lo intentaron fueron tragados por las aguas [10]. Sin fe, las dificultades de la vida nos tragan, nos abruman, nos hundimos en ellas. Con la fe no las evitamos, pero tenemos más recursos, sabemos que Dios las puede volver a nuestro favor: al pueblo elegido le resultaría pesado y aterrador caminar por el fondo del mar, con el peligro, además, de que sus enemigos los alcanzasen; pero a través de esa dificultad y esa inquietud lograron su salvación. Al final se comprueba que la inquietud de caminar hacia Dios proporciona una base más firme para edificar la propia vida, que la aparente seguridad que ofrece la barca.

Inseguridades

Pedro había dado ya unos cuantos pasos cuando, al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó. Comenzó a hundirse y pidió ayuda al Señor. Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [11].

Hombre de poca fe. Quien lee el Evangelio se queda sorprendido ante estas palabras. Incluso es posible que se sienta abrumado y se pregunte: si el Señor recrimina por su falta de fe a quien venciendo su miedo ha bajado de la barca y ha comenzado a caminar hacia Él, ¿qué podría decir de mí?; ¿me queda alguna esperanza de que un día Cristo vea en mí un hombre o una mujer de fe? Pero si sigue meditando le surgirán también otros interrogantes: ¿es que Jesús esperaba que Pedro caminase sobre el mar con toda tranquilidad, como lo hubiera hecho sobre tierra firme en un día apacible y soleado? ¿Significan acaso las palabras del Señor que hemos de ser impasibles o indiferentes ante los problemas? No, porque el mismo Jesucristo se angustió en el huerto ante algo objetivamente temible.

La lucha por vivir de fe no tiene como meta sentirse seguro ante las dificultades; no es el intento de que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, que no nos duela lo doloroso, o que no nos preocupe lo preocupante. Es más bien el empeño por no olvidar que Dios nunca nos deja y aprovechar esas circunstancias difíciles para acercarnos aún más a Él. Verdaderamente, la vida, de por sí estrecha e insegura, a veces se vuelve difícil. Pero eso contribuirá a hacerte más sobrenatural, a que veas la mano de Dios: y así serás más humano y comprensivo con los que te rodean [12].

Es lógico que Pedro sintiera inquietud, y es lógico que la sintiera desde sus primeros pasos, porque lo que estaba haciendo superaba sus capacidades humanas, tanto si había viento y olas como si no los había: no es más fácil caminar sobre el agua sin viento y olas que con ellos. ¿Dónde estuvo, entonces, la falta de fe de Pedro? Quizá no tanto en la inseguridad que sintió, como en dudar de Cristo. Hasta ese instante su mirada estaba en Él; se sentía inseguro, por supuesto, pero no reparaba demasiado en ello porque lo crucial, lo que requería su atención, eran sus pasos hacia el Maestro. De repente fue consciente de su inseguridad y no se fió de Jesús. La inseguridad natural, razonable, degeneró en miedo.

Temores

El miedo atenaza y hace reales problemas que inicialmente estaban sólo en la imaginación. Algunas cosas nos suceden porque tenemos miedo de que nos sucedan: miedo a tener una tentación, miedo a ponernos nerviosos, miedo a quedar mal, miedo a no conseguir explicar algo con la suficiente firmeza, miedo a no saber enfocar un problema...

¿Cómo luchar? Procuremos aceptar esa inseguridad, porque sólo así evitaremos que se convierta en objeto de nuestra atención. No nos debe importar cómo nos sentimos mientras lo hacemos. Podremos así caminar hacia Jesucristo entre las olas y el viento, sin angustiarnos por la dificultad que eso supone.

San Juan escribe en una de sus epístolas que en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, (...) y el que teme no es perfecto en el amor [13]. A san Josemaría le gustaba resumirlo así: el que tiene miedo, no sabe querer [14]. El amor y el miedo pertenecen a órdenes diversos, que se excluyen. Sólo pueden convivir cuando el amor no es perfecto.

El miedo es un sentimiento de inquietud ante la posibilidad de perder algo que se tiene o se anhela poseer en el futuro. Ahora bien, la inseguridad forma parte de la condición humana, del hecho de que no tenemos un dominio perfecto ni siquiera sobre nosotros mismos. Por eso no podemos excluir del todo la inseguridad en esta vida. De otro modo, la esperanza no existiría como virtud, porque donde hay certeza absoluta no cabe la esperanza [15].

El orden del amor ha de excluir, por tanto, el temor, pero no forzosamente la inseguridad. Vivir en el orden del amor supone, pues, que la inseguridad no degenere en miedo, supone aceptarla, asumirla integrándola dentro de una visión más amplia, dentro de la confianza en Dios, sin pretender ilusoriamente excluirla del todo. No podemos aspirar a una seguridad total. La inseguridad que podemos sentir ante nuestras pocas fuerzas es ocasión de fomentar el abandono en Dios.

De este modo, la fe no se ve como un peso, sino como una luz, como algo que señala un camino, que enseña a aprovechar la propia miseria para abrir el alma a Dios. El cristiano no espera de Dios que le haga sentirse seguro en sí mismo; espera que la confianza en Él le ayude a ver más allá de su inseguridad. Si nuestra mirada no se detiene en la propia limitación sino que, sin rechazarla, la transciende, podemos realmente excluir el temor y vivir en el orden del amor.

Un hombre o mujer de fe experimenta la inquietud, la duda, se pone nervioso, siente vergüenza, teme quedar mal, se ve incapaz... Pero acepta esos sentimientos sin atribuirles más importancia de la que tienen, sin permitir que absorban su mirada y le paralicen; no se rebela contra ellos, no los ve como una prueba de su falta de fe, ni deja que le desanime el hecho de sentirlos; y sigue adelante aunque descubra puntos de doctrina que ha de entender mejor, o aunque se sienta superado o fuera de sitio... o aunque le tiemble la voz. Ha aprendido a no dar especial atención a esas inquietudes. Ha aprendido a caminar hacia Cristo entre las olas. Y si la fuerza del viento o del mar le impidiese verle, se sabe niño. ¿Has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos -No estás solo: María está junto a ti [16].

Con Ella, el alma ha aprendido a fiarse de Dios.

J. Diéguez

[1] Cfr. Mt 14, 20-21.

[2] Cfr. Mt 14, 22-23.

[3] Mt 14, 24.

[4] Cfr. Mc 6, 48.

[5] Cfr. Mt 14, 25.

[6] Mt 14, 27.

[7] Mt 14, 28.

[8] Cfr. Mt 16, 23; Mc 8, 33.

[9] Cfr. Mt 16, 15-16; Jn 6, 67-68.

[10] Hb 11, 29.

[11] Mt 14, 29-31.

[12] San Josemaría, Surco, n. 762

[13] 1 Jn 4, 18.

[14] San Josemaría, Forja, n. 260.

[15] Cfr. Rm 8, 24.

[16] San Josemaría, Camino, n. 900.

 

 

La Vida de Cristo, vida nuestra

En casi todas las lenguas hay expresiones, términos para expresar algo de que el hombre, bajo ningún concepto, quiere dejar de mirar. Y no quiere perderlo de vista porque constituye su aspiración, su deseo, su esperanza. Ese vocablo no es, ni más ni menos, que esta palabra: vida. Vida es una expresión que logra resumir todas las aspiraciones mayores del ser humano. Vida indica la suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles, accesibles y duraderos.

El objeto formal de la inteligencia es todo lo que es y el objeto formal de la voluntad es todo lo bueno. Hay más cosas –entes reales y entes de razón– que cosas buenas, por lo que parece más universal la inteligencia que la voluntad. Santo Tomás resolverá el dilema diciendo que ante lo material es mejor conocerlo que amarlo, pero ante lo espiritual es mejor amarlo que conocerlo. Dios es Espíritu Puro y lo único digno de ser amado por el hombre que posee esa capacidad universal de amar merced a su voluntad. Dios es todo lo bueno a que aspira el hombre por su condición –de imagen y semejanza suya– y no se conforma con menos.

Esta vida no es un todo que se cierra de modo definitivo entre la fecha del nacimiento y la de la muerte. Está abierta hacia su último acabamiento en Dios. Cada uno de nosotros siente dolorosamente la limitación de la vida, los límites que pone la muerte. Los seres humanos somos, de algún modo, conscientes de no estar plenamente contenidos dentro de estos límites; que nuestras aspiraciones no pueden desparecer definitivamente con la muerte.

En todo momento pueden aparecer estos interrogantes pero, sobre todo, ante la muerte cada hombre se interpela acerca de muchas cuestiones nunca contestadas y muchos problemas no resueltos. Ninguno de nosotros vive solo. Llevamos dentro de nosotros la necesidad de la “universalización”. Pero, en un determinado momento la muerte lo interrumpe todo.         

¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o de alguien que sea capaz de liberarlo de la muerte y de asegurarle la vida? La existencia humana conoce momentos de crisis, de desilusión y de oscuridad. Se trata de una experiencia de insatisfacción que se refleja en tanta literatura y en tanto cine en nuestros días. Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser.

Contaba Andrè Frossard recordando como al día siguiente de aquel atentado que estuvo a punto de costarle la vida del Papa anterior, el Santo Padre llamó “mi hermano” al terrorista turco. Y Frossard cuando tuvo oportunidad –pasada la covalecencia– comiendo con él le dijo: “Santidad, yo hubiera preferido que ese hermano hubiera encontrado otro medio de entrar en la familia”. El verdadero mal es el pecado, y Dios siempre que nos arrepentimos, lo perdona. Juan Pablo II siguió siempre ese mismo camino.

Cristo proclama: Yo soy la vida, y también: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. ¿Pero de qué vida se trata? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano. Hemos sido creados para vivir eternamente la misma vida intratrinitaria, entrando en ella por Cristo, el Hijo en esa Familia divina, de la que por Él somos introducidos como sus hermanos.

La muerte es para todos un paso a la existencia en el más allá. Para Jesucristo es más todavía. Para Él es la premisa de la resurrección que tendrá lugar al tercer día. La muerte, que tiene siempre un carácter de disolución cuerpo humano, y que provoca repulsa, es buscada y abrazada por Jesús después de todos los sufrimientos padecidos físicos y morales. De esa manera inaugura el camino para alcanzar la paz inalterable y eterna a todos nosotros.

Jesús, con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante toda la vida, y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte[1]. Si se nos permite hablar así, Cristo es el mayor realista de la historia del hombre. Él sabe lo que hay dentro de cada hombre. ¡El lo sabe! Y esta afirmación no puede ni quiere ofender a cuantos a lo largo de los tiempos han procurado y procuran hoy descubrir qué es el hombre y desean enseñarlo. Sobre la base de este realismo, Cristo nos enseña que la vida humana tiene sentido en cuanto que es un testimonio de la verdad y del amor.

Esta apertura a Dios es una dimensión esencial sin la cual el hombre cae prisionero de sí mismo o de los demás. Sin Dios el hombre pierde pie, pierde la clave de sí mismo, pierde la clave de su historia. Porque, desde la creación, lleva en sí la semejanza de Dios. Esa semejanza permanece en él en estado de deseo implícito y de necesidad inconsciente, a pesar del pecado. Y el hombre está destinado a vivir con Dios. También aquí una vez más Cristo se revela no sólo como fuente de vida y verdad sino como nuestro camino.

Pedro Beteta López

Teólogo y escritor

  


    [1] Cfr. JUAN PABLO II, Audiencia general, 7-XII-1988

 

 

"Cambiar al mundo"

La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos

Por: Alfonso Aguiló Pastrana

-Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.

-Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país.

-Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí.

-Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quien sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.-

Este viejo relato, recogido en una lápida de la Abadía de Westminster, puede servirnos como una interesante reflexión acerca del sentido crítico y el deseo de cambio que todos tenemos en nuestro interior. Normalmente, la crítica se tiñe del ánimo o la disposición interior que hay tras ella, y de la que muchas veces procede. También sabemos que hay disposiciones mejores y peores, positivas y negativas, optimistas y pesimistas, y eso debemos tenerlo presente, y saber reconocerlo, pues resulta decisivo para comprobar la rectitud de nuestros juicios y la fiabilidad de nuestra capacidad de valoración y de crítica

Si damos entrada a la envidia, al orgullo, la ira, la ambición, o a cualquiera de las múltiples formas en que la soberbia se manifiesta en todos los hombres, ese ánimo o predisposición con que observamos a los demás condicionará todo lo que observamos. Y entonces perderemos objetividad en nuestros análisis y eficacia en nuestros empeños por mejorar el mundo que nos rodea.

Solamente si hay una buena disposición, si se ve a los demás con el necesario afecto, deseando su bien, sólo entonces la crítica reúne las condiciones que requiere para ser una crítica útil y constructiva. Y sólo entonces es un acto de virtud para quien la practica y una verdadera ayuda para quien la recibe.

Y para entender y realizar así la crítica, es preciso ensayarla primero con uno mismo, como advirtió al final de su vida el protagonista de aquella reflexión. Sólo cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al tiempo, lo importante y liberador que es, sólo entonces se puede observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y sabe también escucharlas con buena disposición.

Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de profunda sabiduría. Dejarse decir las cosas es signo cierto de grandeza espiritual y de inteligencia clara. Aprender de la crítica es decisivo para hacer rendir los propios talentos. En cambio, quien no soporta que se le critique nada, e incluso ataca a quien ha tenido la atención y el desvelo de hacerle una crítica honesta y buena, o incluso se ensaña con el mensajero, esa persona difícilmente saldrá de sus errores, que con seguridad serán numerosos.

No se trata de vivir siempre pendiente de la crítica, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica. El que no hace nada no suele recibir críticas, pero el que hace mucho suele ser criticado por todos: lo critican los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación; lo critican los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; y lo critican a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos. Tiene que hacerse perdonar por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos.

En todo caso, y como también advirtió con lucidez aquel hombre al final de sus días, la clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos.

 

 

¿De qué me sirve la asignatura de religión si no creo?

RC

La Conferencia Episcopal Española acaba de lanzar la campaña “Me apunto a religión”.  Me parece muy acertada, completa y creativa. Creo que ha sido una buena inversión.

Esta campaña va dirigida sobre todo a los padres y alumnos entre 13 a 17 años, fundamentalmente porque a estas edades los chicos  “pasan” de la religión y no encuentran razones para cursarla.

De hecho, el 50% de los alumnos en Secundaria no elige esta materia, y el porcentaje baja todavía más en Bachillerato. Según datos de la Oficina de Estadística de la Conferencia Episcopal, la religión ha perdido casi 100.000 alumnos en la escuela pública en los últimos diez años.   

Estas son algunas razones que presenta esta campaña:

Primero, por justicia. Los padres tienen derecho a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral católica en la escuela, según sus convicciones.

Además, desde la Comisión Episcopal de Enseñanza recuerdan a los padres que es a ellos a quien corresponde la educación de sus hijos y no al Estado. “La eliminación de este derecho o la imposibilidad de elegir libremente el centro educativo para sus hijos debilitarían significativamente nuestra democracia”, apuntan.

Dejan claro que la asignatura de religión no es catequesis. “No evalúa tu fe sino el conocimiento. Y el conocimiento es libertad. Libertad para pensar. Libertad para creer”.

Dan respuesta a los jóvenes, sobre todo a aquellos que se preguntan de qué les sirve esta asignatura: “La asignatura de religión es fundamental para tener un conocimiento más completo del mundo que nos rodea. Cuando te apuntas a la asignatura de religión te apuntas a entender las claves que han formado la historia, la política, el arte, las costumbres, la cultura, las leyes… y por qué las religiones han movido el mundo”.

Y otros argumentos: “No se puede elegir lo que no se conoce y no se puede conocer si no se puede elegir la religión”; “Una educación con religión es una formación completa. No hagamos de la religión una asignatura pendiente”.

La campaña consta de dos vídeos: uno orientado a los padres y otro a los alumnos. Asimismo se ha creado una página web en la que se dan otras tantas razones: para tener una visión plural de la sociedad, para fomentar el respeto y la tolerancia, aporta valores humanos esenciales, ayuda a comprender el mundo en el que vives, etc.

Todo un despliegue muy interesante y muy útil. Enhorabuena.

Zenón de Elea. 

 

 

El lugar de la libertad de conciencia

Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

«Man gave names to all the animals in the beginning, in the beginning...» cantaba Bob Dylan en 1979, parafraseando el Génesis. Dios presentó a Adán todas las bestias del campo y los pájaros del cielo «para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera» (Gn 2, 19). La literatura cristiana en siriaco de los primeros siglos, escrita en la lengua de los cristianos arameos, cuyos últimos descendientes son los cristianos que hoy viven entre Turquía, Irak, Siria y el Líbano, siempre sintió predilección por comentar los dos primeros capítulos del Génesis en los que el Creador y el hombre se posicionan mutuamente. San Efrén (siglo iv) en su Comentario al Génesis ve a Adán como un pastor lleno de amor ante el que desfilan los animales. Dios le concede todo poder en la tierra y, de este modo, le asocia a Él. En La cueva de los tesoros, un relato anónimo posterior, las fieras inclinan sus cabezas y se postran ante Adán, sacerdote, rey y profeta, cuando les impone sus nombres. Es un modo de contar cómo Dios deposita su confianza en el hombre.

El Corán, a pesar de estar emparentado con esta literatura, presenta a Dios enseñando a Adán los nombres de todos los seres (2, 31). Adán es un mero intermediario de Dios en la tierra en el que el Creador no acaba de depositar su confianza. El Adán bíblico y el  coránico expresan dos formas diferentes de entender el papel del hombre con respecto a la creación y al Creador. El bíblico, siempre será libre para decirle que sí o que no a Dios, quien le invita a que decida en conciencia. El episodio del pecado original así lo manifiesta. Dios siempre permite que el hombre le rechace e incluso que llegue a matarle. La decisión es de su libertad. En el Corán, Dios siempre sale al rescate del hombre para evitar lo peor, decide por él y hace lo que quiere con él: «Si tu Señor  hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes, siendo así que nadie está para creer si Dios no lo permite?...» (C 10, 99-100). El pecado de los primeros padres es solo un error efímero del que el hombre se arrepiente inmediatamente al admitir que Dios le haga descender a la morada terrenal y no tiene ninguna consecuencia para su naturaleza (C 2, 35-39). Únicamente se condenarán los que no crean. Creer consiste en obedecer a Dios, el poderoso y el misericordioso absoluto, que, si quiere, puede perdonar, y, si no quiere, no perdona. No hay una auténtica decisión del hombre porque la voluntad divina no le concede esta capacidad de elección. La tradición musulmana siempre defendió esta posición del hombre con respecto al Creador.

Según la antropología bíblica, Dios le concedió al hombre la libertad de conciencia. Los sistemas democráticos la consideran un derecho fundamental de la persona en el que se basan el resto de sus derechos. Estos sistemas sólo reconocen, pero no dan al hombre,  algo que su Creador ya le había otorgado al principio. La antropología coránica no acaba de reconocer esta libertad. Sin embargo, los atentados contra este derecho fundamental, no reconocido por la visión islámica del hombre, que suceden en suelo europeo, se explican habitualmente como obra del fundamentalismo islámico. La incapacidad del hombre para decidir en conciencia no es radicalismo, es islam genuino. Europa, tal y como ha hecho siempre, debe socorrer a aquel que lo necesita, pero esto no ha de suponer dejarse convencer y admitir una visión del hombre inferior a la suya.

 

 

Humanismo cristiano y solidaridad, antídotos a las crisis de Europa – editorial Ecclesia

 

Humanismo cristiano y solidaridad, antídotos a las crisis de Europa

Ya lo mostró el 25 de noviembre de 2014 en su visita las instituciones europeas en Estrasburgo. Lo avaló al recibir, el 9 de mayo de 2016, el Premio Carlo Magno. Y ahora, el 24 de marzo de 2017, lo ha vuelto a demostrar fehacientemente: al primer Papa no europeo desde hace siglos le importa y mucho Europa, quiere a Europa, sueña una Europa mejor para todos.

El contexto de la magnífica intervención de Francisco (ver páginas 31 y 32) fue en esta ocasión la conmemoración del sesenta aniversario del Tratado de Europa, el germen de la actual Unión Europea (UE). Hasta los palacios apostólicos vaticanos llegaron para encontrarse con el Obispo de Roma los dirigentes de la UE y los jefes de Estado y de Gobierno de sus ya 27 países miembros.  Y ante ellos y ante Europa y el mundo, Francisco suscribió otro memorable discurso europeísta, llamando a la recuperación de la memoria y de las raíces históricas, analizando las causas de las actuales crisis que sobrevuelan y hasta lastRan y hiere al viejo continente y trazando los caminos para la revitalización de la esperanza.

La primera parte del discurso papal, en efecto, fue una evocación y actualización de la memoria reciente de estas seis décadas. Sesenta años –no conviene olvidarlo- de paz y de progreso indiscutibles, en medio de una Europa asolada durante siglos por las guerras, que apenas una década antes había dado por concluida la mayor pesadilla, el mayor horror, de toda la historia de la humanidad, la II Guerra Mundial, guerra, como la Primera, que nació en Europa y que asoló a nuestro continente.

En aras «a redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente», Francisco citó en varias y oportunas ocasiones a los llamados padres fundadores –de todos conocidos- de la actual UE.  Y es que ellos «nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no solo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar».

El humanismo -«el corazón palpitante del proyecto político europeo solo podía ser el hombre»-, que fue la primera seña de identidad del proyecto europeo, es ahora también el primero de sus caminos para su recuperación. Un humanismo que, con palabras de De Gasperi, retomadas por Francisco, es «fermento de fraternidad evangélica» y que exige priorizar a cada persona frente a la tentación de construir una Europa solo, o preferentemente, para los más pudientes en todos los órdenes de la vida. Un humanismo vertebrado por la actitud de servicio y desde «la conciencia de que “en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo” (San Juan Pablo II), sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles». Un humanismo que respeta y valora la fe y las creencias religiosas.

Humanismo y solidaridad fueron pilares indiscutibles y constituyentes de Europa. Y la solidaridad -subrayó Francisco el 24 de marzo- ha de ser también «el primer elemento de la vitalidad europea». Una solidaridad que es «el antídoto más eficaz contra los modernos populismos» y «ante la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo».

Humanismo y solidaridad que son indispensables para solventar las crisis de la UE: económica, migratoria, política (populismos ya citados y ausencia de auténticos líderes) y euroescepticismo (este, además, ya terreno abonado con decisiones como la del «Brexit» o las de quienes propugnan en otros países erráticas soluciones similares).

Valiente, profético y valioso es igualmente el planteamiento de Francisco sobre la gravísima crisis migratoria, que «no se puede limitar a gestionar como si fuera solo un problema numérico, económico o de seguridad», ni con miedos, prevenciones o brotes, expresos o larvados, de exclusión y hasta xenofobia.  La crisis migratoria solo puede ser resuelta con humanismo, con solidaridad y con una verdadera oferta cultural basada en los valores y en los ideales y no mediante el egoísmo, la comodidad o el materialismo. Porque migrantes y refugiados «huyen de la guerra y la pobreza y solo piden tener la posibilidad de un futuro».

Aunando todas estas claves, Europa se reencontrará a sí misma y recuperará esperanza, confianza y futuro.

 

 

     21/3  más que un día de un mes, es una vida.

 

            En una sociedad normal, cualquier ciudadano tiene el derecho a expresar libremente lo que quiera. El único límite es la libertad de los demás y el respeto que merecen. El Estado, en cualquier país, solo tiene que garantizar ese ejercicio.

 

            Ejercer ese derecho y respetar a quien lo haga es la forma civilizada de convivir y de vivir en comunidad.

 

            Cada uno es responsable de las decisiones que tome y también de sus acciones u omisiones. Esa responsabilidad es, por supuesto, personal e individual; pero afecta a decisiones colectivas, en leyes y normas que implican a otras personas que tienen que intervenir en una determinada acción.

 

            ¿Por qué  21/3  más que un día de un mes, es una vida?

 

             Porque la fecha no es casual, sino escogida por coincidencia. Para recordar que en  algunas personas, el cromosoma 21 tienen 3 copias, que se conoce como Síndrome de Down. Por eso se ha escogido el 21 del 3, como Día Mundial del Síndrome de Down.     

       

             "Desde el primer momento de su existencia (los seres humanos) tienen en cada célula de su cuerpo 23 pares de cromosomas que contienen su código genético; pero "en el par número 21 de cada célula de una persona con el síndrome de Down hay un cromosoma extra procedente de un error en la división previa de uno de los gametos que dieron origen al nuevo ser" (N. Jouve).

 

             Los cromosomas son pequeños "paquetes" de genes en el organismo que determinan cómo se forma el cuerpo mientras se desarrolla en el vientre materno y después de nacer.

 

               El nombre Down, se debe al apellido del médico británico John Langdon Haydon Down, que fue el primero, en describir en 1866, las características clínicas que tenían en común un grupo concreto de personas, sin descubrir la causa.

 

                Fue Jérôme Lejeune, quien descubrió el síndrome consistente en una alteración cromosómica del par 21. En lugar de los 46 cromosomas, los bebés con síndrome de Down tienen 47. Al tener una copia extra de un cromosoma 21, se llamó "trisomía", a esa anomalía. Resultó ser la primera alteración cromosómica hallada en el hombre.

 

                Esa alteración genética es la más común y puede darse en 1/700  concepciones.

 

                Se produce de forma espontánea, sin que exista una justificación aparente sobre la que poder actuar, médicamente, para impedirlo.  Así pues:

 

                 El síndrome de Down, no es una enfermedad.

 

                 Por lo tanto no requiere ningún tratamiento médico en cuanto tal. Además, al desconocerse las causas de esa  anomalía, de momento se sigue investigando.

 

                  En consecuencia, la salud de los niños con síndrome de Down no tiene por qué diferenciarse en nada a la de cualquier otro niño. Eso sí, como los demás hijos, necesitan todo el amor y toda la atención que podamos darles. Pero también ellos, nos darán mucho más de lo que podemos imaginar.

                

                  Un hijo Down, como cualquier hijo, es un regalo. Nos ha elegido.

 

                   Respetando lo que cada uno piense, crea o decida, me parece interesante resaltar, primero, la realidad humana del hijo Down.

 

                   El hijo se ha encarnado en esa forma humana para vivir una vida y una experiencia humanas, con todo lo que eso significa. Y va a vivir esa experiencia con sus padres y en familia.

 

                    Tienen una apariencia concreta, de niño o niña pequeño, débil o indefenso. Pero en esa apariencia hay un ser igual que cualquier otro ser humano. El "yo físico" o su apariencia concreta, es la que ha escogido para hacerse visible. Como cualquier niño. "Dentro de esa apariencia" hay un ser infinito, transcendente y eterno, igual que tu y que yo. Ese ser consciente, -espíritu y alma- está en el cuerpo, pero no es el cuerpo. Algunos dicen que la apariencia física es "el coche" que escogemos. Y el espíritu  es "el conductor", que lo guía y trasciende.

 

                   Si es Down, tendrá un cromosoma, cierto, pero seguro que no es casual. Todo tiene un por qué y un para qué.

 

                    Si ha escogido esa forma para vivir esa experiencia humana, y ha escogido a este padre y a esta madre biológicos, puede ser por alguna razón muy poderosa.

 

                    Gibran Jalil GIBRAN, dice: "Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de cuanto la Vida desea para sí misma. Son concebidos por medio de vosotros, más no de vosotros. Y aún estando con vosotros, no os pertenecen. Podéis otorgarles vuestro amor, más no vuestros pensamientos, porque ellos poseen los propios. Podéis dar cobijo a sus cuerpos, más no a su alma...Podéis esforzaros en ser como ellos, más no intentéis que ellos sean como vosotros" (El Profeta).

 

                     El niño o la niña, te han elegido a ti, (padre o madre), en concreto. No tengáis miedo porque el bebé sabe por qué y para qué.  ¡Descúbrelo con toda tranquilidad y ayúdale a ser feliz! Lo que no se ve o no se entiende en la vida, también es importante.

 

                     A veces sufrimos más por lo que imaginamos, que por lo que es la realidad.

 

                     Emilio Carrillo añade, es "una magnífica noticia", porque no lo has elegido tu, sino que ha sido justo lo contrario, él a ti. Solo necesitas ser como eres, sin más.

https://youtu.be/EfqNIu1z8NQ

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                     Y ese hijo, Down, va a ser feliz, os va a dar mucho amor y de verdad, os va a hacer muy felices.

                      El video que han grabado, los niños Down y los responsables de la Fundación Down es muy elocuente. Lo hicieron precisamente para el día 21/3.

 

                        Ni los papás ni los niños Down van a estar solos. Desde DOWN ESPAÑA, 83 asociaciones  prestan  apoyo a las familias desde el momento mismo en que los padres reciben la noticia de que esperan o han tenido un hijo con síndrome de Down. Eso va a ser beneficioso para los padres, para que sientan apoyo y sepan dónde acudir.  Ahí, van a responder a sus preguntas e iluminar sus pasos; de papás y de su bebé. Todo un equipo multidisciplinar de profesionales está para atenderles.

https://www.youtube.com/watch?v=Ju-q4OnBtNU

            

 

                 Son reveladoras, tres encuestas que hizo un equipo coordinado por el Dr. Brian G. Skotko.

 

                  Primero entrevistaron  a 2400 padres sobre la relación con su hijo Down:

el 99% declaró que amaba a sus hijos,

el 97% que se sentían orgullosos de ellos,

el 79% veían la vida de un modo mucho más positivo "por su culpa".

el 5% se avergonzaba de ellos y,

el 4% se arrepentía de haberlos tenido.

 

     En segundo lugar se entrevista a 822 hermanos de un niño con síndrome de Down:

 

el 88% de los hermanos mayores declaró que gracias a ellos eran mejores personas,

el 94% se sentían hermanos orgullosos de ese hermano o hermana.

 

             En tercer lugar, finalmente se preguntó a 284  personas con síndrome de Down mayores de 12 años, sobre cómo se sentían ellos mismos y con sus familias. Y esta fue su respuesta:

el 99% indicó que son felices con sus vidas,

al 97% le gusta ser lo que son,

el 96% le gusta cómo se veían.

             Y respecto a las relaciones familiares:

casi 99% de las personas con síndrome de Down expresa amor por sus familia,

el 97% "adora" a sus hermanos y hermanas.

                 A pesar de esos datos, la realidad es... muy cruel.

                Dice Nicolás Jouve, ex presidente de la Sociedad Española de Genética, miembro del Comité de Bioética de España, que el Dr. "Lejeune vio con toda claridad la matanza que se podía abatir sobre los niños con síndrome de Down, como efectivamente ha ocurrido y está ocurriendo todavía, también en España". De hecho hizo todo lo posible para evitarlo y defenderlos arriesgándose a perder incluso el Premio Nobel.           

               En España, según los datos estadísticos, en 1981 el 85%  de los españoles estaba en contra del aborto en cualquier circunstancia y solo  el 15%  lo admitía en los llamados casos concretos de violación, peligro para la madre o enfermedad grave del hijo.

 

                 Pero, se ha cambiado la clave social. Se pasa de vivir en clave de amor, en el espacio de libertad, a vivir en clave de "permisión legal". La sociedad y la persona -mayoritariamente-abandonan la cultura la de la vida por la permisión de la ley.

                 Después de las leyes de 1985 y sobre todo después de la Ley Aído, de "Salud sexual" o "Ley de Plazos", de 2010, se han invertido los valores. Solo el 15% está en contra del aborto.

                  El miedo, la ignorancia, la falta de apoyo explícito y real, además del efecto despenalizador de las leyes, puede contribuir al error de creer que todo lo legal es moral y solo lo ilegal es inmoral.

                   En España,  en 2014, de los 609 embarazos diagnosticados de la llegada de un bebé con Síndrome de Down, solo llegaron a nacer 65 niños.  Y la tendencia de los últimos años no ha mejorado. Con lo que puede afirmarse que, entre  90 y 95% de los Down, son abortados.

                Señalaba al encabezar el artículo que, 21/3  más que un día de un mes, es una vida.  Es así, un ser humano, con un cromosoma de más, pero una vida humana. Una vida que no llega a nacer por decisiones o causas no naturales. Una vida que había escogido una familia concreta para crecer y ser feliz, pero  que no le dejaron nacer.

                 Tengo un amigo médico, que se ha negado a realizar el diagnóstico prenatal, porque en la práctica, equivale a la condena de ese bebé. No es el único. Muchos profesionales del sector sanitario califican los protocolos de la prueba amniocentesis, como "controles de calidad" que facilitan el aborto.“Estos protocolos son auténticas cacerías en las que la presa es el niño Down”. Es la cultura de la muerte para estos bebés y otros con alguna anomalía, o sin tener tara alguna, como simple anticonceptivo. La ley no obliga ni se impone con violencia al espacio de libertad personal, pero la realidad es la que es.

                    Se puede constatar que existe una "desaparición silenciosa de los Down" en España y en el mundo. Islandia es ya, el primer país sin nacimientos con Síndrome Down al 100%. 

                     Sin embargo, hay personas que apuestan por la vida del niño. Así habla una madre de 4 hijos biológicos que ha acogido a otros 13 niños, que sus mamás no quisieron, pero no les abortaron: "¡¡Niños abandonados, llegan a nuestras vidas como regalos de Dios. Niños que vuelven a vivir gracias al abrazo, gracias al amor. Cambian sus vidas, cambian nuestras vidas!!"

                     Por ello, respetando lo que cada uno piense y haga, me  limito a exponer hechos. Y, para ser coherente quiero finalizar con un dato  de esperanza y un video para pensar.

                      El gobernador del estado de Indiana, Mike Pence, defendió la aprobación de una ley que prohíbe los abortos de niños con Síndrome de Down con estas palabras: “Una sociedad puede ser juzgada por la forma en la que trata a los más vulnerables: a los ancianos, los enfermos, los discapacitados y los no nacidos“. En Estados Unidos, Indina, se ha convertido en el segundo estado, después de Dakota, en proteger, por ley, la vida de estos niños Down.  

                     La de alegrías que nos estamos perdiendo... por el diagnostico prenatal. Escuchen y juzguen.

VIDEO

https://youtu.be/B3OwebZy3rk

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 El pianista se llama Nobuyuki Taujii.  Nació en 1988.

A los 2 años le regalaron un piano de juguete.

Comenzo a estudiar piano a los 4.

Con 7 ganó el primer premio de la Asociación Helen Keller de Tokio.

A los 10 años debutó con la Orquesta del Siglo en Osaka.

A los 12 daba su primer recital.

Posteriormente actuó en Estados Unidos, Francia, Rusia, etc.

Ha recibido el Premio de la Critica en el Concurso Internacional de Piano de Varsovia en Polonia.

Ha recibido la medalla de oro en el Van Cliburn.

Posee una memoria musical impresionante, capaz de aprenderse el concierto nº 2 de Rachmaninoff, sólo de oído.  

La calidad interpretativa de "Nobu"  impresiona por sí sola y es independiente del hecho de que sea ciego, pero su invidencia eleva aun más su proeza.

Pero es que además,- que puede hacer pensar- es una persona con Síndrome de Down.

José Manuel Belmonte

 

 

        Francisco y Jacinta serán los dos santos no mártires más jóvenes. Su milagro: curar a otro niño

 

 

¿Pueden dos niños de solo 9 y 7 años vivir las virtudes cristianas de forma heroica? El relato de los últimos años de la vida de Francisco y Jacinta Marto demuestra no solo que es posible, sino que los dos niños tenían carismas distintos: Francisco sufría más por las ofensas a Dios; Jacinta, por la condenación de los pecadores

Después de su canonización, Francisco y Jacinta Marto, que murieron con 10 y 9 años respectivamente, «serán los santos no mártires más jóvenes de la Iglesia, y nacieron aquí, en esta diócesis». Lo celebró este jueves la hermana Angela Coelho, postuladora de la causa de los dos hermanos videntes de Fátima.

Poco han revelado los responsables de la Causa de canonización sobre el milagro que el Papa Francisco atribuido a los pastorcitos reconocido por el Papa. La hermana Coelho solo contó, para proteger a los implicados, que «implica un niño brasileño, por una curación» inexplicable científicamente. El caso fue presentado en 2013.

¿Será en Fátima?

La otra gran duda abierta tras conocerse la información, si la canonización la celebrará el Papa en Fátima durante su visita el 13 de mayo, no tendrá respuesta oficial hasta el consistorio de cardenales del 20 de abril; tres semanas antes de la visita del Santo Padre al santuario portugués.

«Pienso que es normal que el Papa aproveche su ida a Fátima para presidir la canonización, es el lugar más adecuado», afirmaba ayer a la agencia portuguesa el cardenal portugués José Saraiva, prefecto emérito de la Congregación para las Causas de los Santos. «Sería la guinda del pastel. Todos los deseamos. Pero el Papa es el que decide», ha afirmado también monseñor António Augusto dos Santos Marto, el obispo de Leiría-Fátima, que tiene el apellido de los videntes –Lucía dos Santos y los hermanos Marto– pero no tiene parentesco directo con ellos.

La corta edad de los videntes de Fátima –que en el momento de la primera aparición tenían 9 y 7 años respectivamente– ha jugado un papel importante durante la preparación de la Causa. De hecho, durante bastante tiempo se debatió si unos niños tan pequeños podían tener el conocimiento y la madurez suficiente para vivir las virtudes cristianas de forma heroica. En 1979, se cerró la causa diocesana de Jacinta y Juan Pablo II permitió que siguiera en Roma. Diez años después, reconoció las virtudes heroicas de ambos.

Niños y santos, pero distintos

La vida de los dos niños demuestra cómo no solo vivieron estas virtudes de forma heroica, sino que, con tan pocos años, se distinguía el carisma particular de cada uno de ellos. Y ello, a pesar de que ninguno recibió de forma completa los mensajes de la Virgen: Jacinta podía oír a la Virgen pero no hablar con ella, y Francisco solo la veía. Lucía era la que transmitía a la Señora las preguntas de los niños y las peticiones de la gente.

Sin embargo, lo que vio movió profundamente a Francisco a querer «alegrar a Dios que estaba triste por los agravios a su corazón». Era esta tristeza del Señor la que le movía a «vivir intensamente la oración contemplativa». «Pasaba horas seguidas en oración ante el sagrario de la parroquia de Fátima», afirma la página web del santuario en la biografía del niño.

A Jacinta, sin embargo, lo que más la impactó de las apariciones, en particular de la visión del infierno, fue el sufrimiento de los pecadores que se condenaban. Era una niña que se conmovía fácilmente por las dificultades y problemas ajenos. Por ellos, ofrecía muchos sacrificios y penitencias, como la Virgen les había pedido.

Aunque el principal sufrimiento que los niños aceptaron y vivieron de forma heroica fue su larga enfermedad, una neumonía consecuencia de la epidemia de gripe que asolaba Europa. Durante la misma, además, se encontraron solos, ingresados lejos de su casa y de los suyos. Francisco enfermó en octubre de 1918 y murió el 4 de abril de 1919, dos días después de recibir la comunión «con gran lucidez y piedad». Jacinta, que había enfermado a la vez que su hermano, no tuvo este último consuelo. Parecía que se había repuesto, pero recayó en febrero de 1920 y murió el 20 de ese mismo mes, día en el que desde el año que viene la Iglesia universal celebrará su memoria litúrgica.

María Martínez López

 

Niños mimados, adultos débiles: llega la ‘generación blandita’

 

¿Mimamos demasiado a los pequeños? Una nueva ola de expertos aboga por endurecer su carácter.

Transcribimos a continuación el interesante artículo, publicado  por el diario español El Mundo, sobre los desastrosos efectos que produce en los niños una educación hiperprotectora.

Suma escolar: padres que llevan la mochila al niño hasta la puerta del colegio + padres que piden que no se premie a los mejores de la clase porque los demás pueden traumatizarse + padres que le hacen los deberes a los niños que previamente han consultado en los grupos de WhatsApp = niños blanditos, hiperprotegidos y poco resolutivos.

Cuenta Eva Millet, la autora de Hiperpaternidad (Ed. Plataforma), que ya hay niños que, al caerse, no se levantan: esperan esa mano siempre atenta que tirará de ellos. En ciertos colegios han empezado a tomar nota. Y, en algunos países, el carácter ya forma parte del debate sobre la Educación.

Esto no es la nueva pedagogía. Gregorio Luri, filósofo y autor del libro Mejor Educados (Ed. Ariel), suele recordar que la educación del carácter es tan tradicional en ciertos colegios británicos como para que haya llegado a nuestros días una frase atribuida al Duque de Welington: «La batalla de Waterloo se empezó a ganar en los campos de deporte de Eton». En los campos de Waterloo o en las canchas del mítico colegio inglés, cuna del establishment, ningún niño esperaba que le levantaran si podía hacerlo solo.

En España, se habla de «educación en valores», pero puede que no sea lo mismo. El carácter se entiende como echarle valor, coraje, actuar en consecuencia cuando se sabe lo que está bien o está mal, no limitarse a indignarse. Como dice Luri, «ahora mismo en España les fomentamos la náusea en lugar del apetito». En su opinión, los niños de ahora saben cuándo se tienen que sentir mal ante determinadas conductas, pero educar el carácter es animarles a dar un paso, a ser ejemplo, a que sus valores pasen a la acción. Si están acosando a un niño, no callarse y protegerle. Decir no a la presión del grupo.

El carácter ha vuelto cuando se ha sido consciente de que podríamos estar criando a una oleada de niños demasiado blanditos. Con padres que se presentan a las revisiones de exámenes de sus hijos, que abuchean a los árbitros en los partidos y que han hecho el vacío a niños que no invitaban a sus retoños a los cumpleaños. «Yo he tenido a un chaval de 19 años que se me ha echado a llorar porque le suspendí un examen», cuenta Elvira Roca, profesora de instituto. «Le dije que no me diera el espectáculo. Vino su madre a verme y me dijo que había humillado a su hijo. Le tuve que decir que estaba siendo ella quien le humillaba a él».

Como en el rugby

Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades que pasaron ellos, la sociedad se vuelve más cómoda

Nicky Morgan era ministra británica de Educación con David Cameron e hizo bandera de la educación del carácter. «Para mí, los rasgos del carácter son esas cualidades que nos engrandecen como personas: la resistencia, la habilidad para trabajar con otros, enseñar humildad mientras se disfruta del éxito y capacidad de recuperación en el fracaso», decía en su cruzada por extender ese tipo de educación, muy vinculada al rugby. Suena familiar. El poema de Rudyard Kipling y su verso sobre la victoria y el fracaso, esos dos impostores a los que hay que tratar de igual forma, que figura en la entrada de la cancha principal de Wimbledon.

Alfonso Aguiló escribió Educar el carácter (Ed. Palabra) hace 25 años. No ha parado de reeditarse y traducirse desde entonces: «Tener buen carácter no significa estar todos cortados por el mismo patrón. Pero estoy seguro que casi todos nos pondríamos de acuerdo en que ser honrado, trabajador, generoso, justo, leal, empático, valiente, austero, recio y organizado son buenas cualidades». ¿Cómo se educa el carácter? No desde la teoría, desde luego. «La educación en valores es algo abstracto. Las virtudes son los valores integrados en la persona», explica.

Este veterano profesor confirma que tenemos ahora a generaciones de niños blanditos y no se escandaliza: «Son ciclos normales del desarrollo de una sociedad. Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades por las que sí pasaron ellos la sociedad se vuelve más cómoda, blanda, menos esforzada. Pasa también con los países». Según Aguiló, la educación del carácter no tiene que ver con el dinero y sí con el capital cultural de las familias, con el modo de transmitir cómo afrontar la vida: «He conocido a madres que limpiaban escaleras para que sus hijos llevaran unas zapatillas de marca y a gente de dinero que también los mimaba mucho».

En EEUU, la cadena de colegios KIPP, con tasas de éxito académico inéditas en las zonas donde se instalan, insisten en la educación del carácter como indispensable: «Trabaja duro. Sé amable», han resumido en los carteles enormes que decoran sus centros. En ese país, Angela Duckworth se ha convertido en la gurú del estudio de la personalidad. Tiene un laboratorio donde analiza qué rasgos hacen que los niños tengan éxito de mayores. Está tan ocupada que no da entrevistas, dice su equipo. Siempre cuenta que, pese a las buenas notas, su padre le decía que no se creyera especial. «La tendencia a mantener el interés y el esfuerzo para conseguir metas a largo plazo», la fuerza de voluntad, es el rasgo que, según Grit, su reciente best seller sobre el poder de la perseverancia, define a las personas con éxito. Ha trabajado en barrios marginales y ha estado en West Point, la academia militar de EEUU, analizando cómo eran los 1.200 cadetes que pasaban las durísimas pruebas iniciales. Niños a los que no levantaron del suelo cuando podían ellos solos.

Berta G. De Vega

 

La ideología de género hace daño a los niños

 

Condicionar a los niños a creer que es normal estar toda la vida sustituyendo química y quirúrgicamente su propio sexo por el opuesto constituye un abuso infantil.

Haciéndose eco de la campaña internacional de la ideología de género, el Congreso Nacional discute una ley para el cambio de sexo. Para conocer las graves consecuencias de esta medida, le ofrecemos La declaración del Colegio de Pediatras de Estados Unidos que sigue, trata el asunto de forma concisa y clara.

 

El Colegio de Pediatras de Estados Unidos dio a conocer una declaración, firmada por su presidenta y su vicepresidente y por uno de los más eminentes pediatras del país, titulada La ideología de género hace daño a los niños. En ella urgen a “educadores y legisladores” a “rechazar todas las políticas que condicionen a los niños para aceptar como normal una vida de suplantación química o quirúrgica de su sexo por el sexo opuesto”. “Son los hechos y no la ideología”, afirman, “quienes determinan la realidad”, esto es, que “la sexualidad es un rasgo biológico objetivo”.

El Colegio Americano de Pediatras urge a los educadores y legisladores a rechazar todas las políticas que condicionen a los niños para aceptar como normal una vida de suplantación química o quirúrgica de su sexo por el sexo opuesto. Son los hechos, y no la ideología, quienes determinan la realidad.

  1. La sexualidad humana es un rasgo biológico objetivo binario: XY y XX son marcadores genéticos saludables, no los marcadores genéticos de un trastorno. La norma del diseño humano es ser concebido como hombre o como mujer. La sexualidad humana es binaria por definición, siendo su finalidad obvia la reproducción y crecimiento de nuestra especie. Este principio es evidente por sí mismo. Los extraordinariamente raros trastornos del desarrollo sexual, entre ellos la feminización testicular [o síndrome de insensibilidad de los andrógenos, n.n.] y la hiperplasia suprarrenal congénita, son desviaciones de la norma sexual binaria, todas ellas médicamente identificables y directamente admitidas como trastornos del diseño humano. Los individuos con trastornos del desarrollo sexual no constituyen un tercer sexo{1}.
  2. Nadie nace con un género. Todos nacemos con un sexo biológico. El género (la conciencia y sentimiento de uno mismo como hombre o mujer) es un concepto sociológico y psicológico, no un concepto biológico objetivo. Nadie nace con conciencia de sí mismo como hombre o mujer; esta conciencia se desarrolla con el tiempo y, como todos los procesos de desarrollo, puede desviarse a consecuencia de las percepciones subjetivas del niño, de sus relaciones y de sus experiencias adversas desde la infancia. Quienes se identifican como “sintiéndose del sexo opuesto” o como “algo intermedio” no conforman un tercer sexo. Siguen siendo hombres biológicos o mujeres biológicas{2},{3},{4}.
  3. La creencia de una persona de que él o ella es algo que no es constituye, en el mejor de los casos, un signo de pensamiento confuso. Cuando un niño biológicamente sano cree que es una niña, o una niña biológicamente sana cree que es un niño, existe un problema psicológico objetivo en la mente, no en el cuerpo, y debe ser tratado como tal.

Estos niños padecen disforia de género. La disforia de género, antes denominada trastorno de identidad de género, es un trastorno mental así reconocido en la más reciente edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V){5}. Las teorías psicodinámicas y de aprendizaje social sobre la disforia de género o trastorno de identidad de género nunca han sido refutadas{2},{4},{5}.

  1. La pubertad no es una enfermedad, y los bloqueadores hormonales pueden ser peligrosos. Reversibles o no, los bloqueadores hormonales inducen un estado de enfermedad -la ausencia de pubertad- e inhiben el crecimiento y la fertilidad en un niño que antes era biológicamente sano{6}.
  2. Según el DSM-V, hasta un 98% de niños con género confuso y hasta un 88% de niñas con género confuso aceptan finalmente su sexo biológico tras pasar la pubertad de forma natural{5}.
  3. Los niños que utilizan bloqueadores hormonales para reasignación de sexo necesitarán hormonas cruzadas al final de la adolescencia. Las hormonas cruzadas (testosterona y estrógenos) se asocian con riesgos para la salud, entre ellos hipertensión, coágulos de sangre, derrame cerebral y cáncer{7},{8},{9},{10}.
  4. Las tasas de suicidio son veinte veces mayores entre los adultos que utilizan hormonas cruzadas y sufren cirugía de reasignación de sexo, incluso en Suecia, que se encuentra entre los países con mayor respaldo LGBT{11}. ¿Qué persona compasiva y razonable condenaría a ese destino a chicos jóvenes sabiendo que tras la pubertad hasta un 88% de las chicas y un 98% de los chicos aceptarán la realidad y alcanzarán un estado de salud física y mental?

 

Existe un problema psicológico objetivo en la mente, no en el cuerpo, y debe ser tratado como tal.

  1. Condicionar a los niños a creer que es normal estar toda la vida sustituyendo química y quirúrgicamente su propio sexo por el opuesto constituye un abuso infantil. Respaldar la discordancia de género como algo normal a través de la educación pública y de las políticas legales confundirá a hijos y padres, llevando a muchos niños a acudir a “clínicas de género” donde les administren fármacos bloqueadores hormonales. Esto, a su vez, virtualmente asegura que ellos “elegirán” recibir hormonas cruzadas cancerígenas o de un modo u otro tóxicas, y probablemente considerarán, cuando sean adultos jóvenes, la mutilación quirúrgica innecesaria de sus órganos sanos.

Referencias:

{1} Consortium on the Management of Disorders of Sex Development, Clinical Guidelines for the Management of Disorders of Sex Development in Childhood, Intersex Society of North America, 25-3-2006.

{2} Kenneth J. Zucker y Susan J. Bradley, “Gender Identity and Psychosexual Disorders”, en Focus. The Journal of Lifelong Learning in Psychiatry, vol. III, nº 4, otoño de 2005 (págs. 598-617).

{3} Neil W. Whitehead, “Is Transsexuality biologically determined?”, en Triple Helix, otoño de 2000, págs. 6-8; véase también Neil W. Whitehead, “Twin Studies of Transsexuals” (descubre discordancias).

{4} Sheila Jeffreys, Gender Hurts: A Feminist Analysis of the Politics of Transgenderism, Routledge, Nueva York, 2014, págs.1-35.

{5} American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5ª edición, Arlington (Virginia), American Psychiatric Association, 2013 (págs. 451-459). Véase a partir de la página 455 los índices de persistencia de la disforia de género. [La cita se refiere a la edición norteamericana. Para la edición española, pincha aquí.]

{6} Wylie C. Hembree et al, “Endocrine treatment of transsexual persons: an Endocrine Society clinical practice guideline“, en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, 2009 (94), 9, págs. 3132-3154.

{7} Michelle Forcier y Johanna Olson-Kennedy, “Overview of the management of gender nonconformity in children and adolescents”, en UpToDate, 4 de noviembre de 2015.

{8} Eva Moore, Amy Wisniewski y Adrian Dobs, “Endocrine treatment of transsexual people: A review of treatment regimens, outcomes, and adverse effects”, en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, 2003; 88(9), págs. 3467-3473.

{9} FDA (Federal and Drug Administration), comunicación sobre la seguridad de productos de la testosterona.

{10} Organización Mundial de la Salud, clasificación de los estrógenos como cancerígenos.

{11} Cecilia Dhejne et al, “Long-Term Follow-Up of Transsexual Persons Undergoing Sex Reassignment Surgery: Cohort Study in Sweden”, en PLoS ONE, 2011, 6(2). Trabajo del departamento de Neurociencia Clínica, división de Psiquiatría, Instituto Karolinska, Estocolmo.

 

 

Un hijo es “un don”

Ante el hecho de la maternidad subrogada, desde la Conferencia Episcopal Española (CEE) se insiste en que “un hijo no es un derecho, ni un deseo” que satisfacer a cualquier precio, sino “un don”. 

El problema es que muchos de esos presupuestos culturales y éticos se han venido aceptando ya de diversas maneras en parte de la opinión pública, ya sea con la legalización del aborto, que significa el derecho a disponer sobre la vida o la muerte del niño, con prácticas como la fecundación in vitro o con la consideración de la paternidad como un derecho, que reivindican los matrimonios entre personas del mismo sexo. 

Los vientres de alquiler son un paso más en esa evolución, que hay que seguir luchando por revertir porque niega la dignidad humana. 

Jesús Domingo Martínez

 

 

La intolerancia del lobby LGTBI

Con el intento de interrumpir la charla con Phillipe Ariño en Barcelona, el lobby gay ha vuelto a mostrar que una cosa es promover la tolerancia y otra ponerla en práctica cuando se trata de respetar al que piensa diferente. Un grupo de activistas trató de interrumpir la charla que el Arzobispado de Barcelona había organizado con Phillipe Ariño como ponente. 

Y es que Ariño pone especialmente nerviosos a los adalides de la ideología de género porque se confiesa homosexual, católico, de izquierdas y feminista, pero trata de explicar precisamente cuál es la hoja de ruta sectaria que el lobby trata de poner en marcha y argumenta también el porqué de su opción personal por la castidad. Esta visión es contraria a la oficial impuesta por el lobby, de ahí el intento de abortar la conferencia de Ariño.

Pedro García

 

 

La autorización de fitosanitarios de bajo riesgo

Recuerdo que el 15 de febrero, el Pleno del Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que instaba a la Comisión a proponer un proyecto de legislación antes de finales de 2018 para acelerar la evaluación, autorización y registro de productos fitosanitarios de bajo riesgo. Hasta ahora sólo se han aprobado siete sustancias activas clasificadas como alternativas de “bajo riesgo” para su uso en la Unión Europea (UE).

“Estamos hablando de organismos: virus, bacterias, nematodos, que tienen que pasar por un proceso de certificación, que no sólo es muy largo, sino también muy caro", aclara el popular italiano Herbert Dorfmann, miembro de la comisión parlamentaria de Agricultura y Desarrollo Rural y uno de los ocho autores de la resolución que el pleno aprobó a mediados del pasado mes de febrero sobre fitosanitarios.

Algunos Estados miembros de la UE han rechazado autorizar estas alternativas de bajo riesgo con el argumento de que son menos efectivos, pero estos productos también suponen beneficios medioambientales y para la agricultura ecológica. Pienso que es una buena medida y además muy importante que cambiemos de mentalidad, no todos los productos fitosanitarios son prejudiciales para el hombre y el medio, antes todo lo contrario.

Domingo Martínez Madrid

 

 

APORTAR “LA GOTA”

            Con demasiada frecuencia y desde que yo recuerde, el individuo suele ponerse a sí mismo sus propios obstáculos, sus propias barreras, sus propios inconvenientes, cuando decide o piensa (si es que lo decide y lo piensa que esa es otra cosa) el hacer o emprender algo; más aún si entablas conversación sobre un tema concreto a realizar. Siempre o casi siempre, te podrán el inconveniente o el clásico “pero” y apenas nadie entre la multitud se atreve a emprender algo.

            Que duda cabe que los hay emprendedores y realizadores de la pequeña o no tan pequeña empresa del tipo que sea. Y al emplear la palabra empresa, no se me entienda la simplemente comercial o mercantil, puesto que existen otras muchas y que sería largo el enumerar.

            El que así lo hace y ve resultados más o menos satisfactorios, siente esa enorme satisfacción del que captando una idea o pensamiento, se decide, pone en marcha la obra y luego simplemente se alegra de ello. Y si fracasa, qué duda cabe que recibe “un palo”, que puede ser económico o nó, pero que le será doloroso. Pero es precisamente en “el andar el camino, tropezar y volver a reanudarlo”, es donde está la formación del hombre  y ya lo dijo Antonio Machado en su...  “Caminante no hay camino / Se hace camino al andar” Esas dos solas estrofas del poema, son en sí mismas un tratado para que el ser humano camine y no se detenga en sus “contras”, que no son otra cosa que sus miedos, que todos hemos sentido en muchas ocasiones, por cuanto se emprendieron “otros tantos caminos”.

            Según el estado de ánimo en que me encuentre, suelo irritarme por la manifiesta pasividad de la mayoría de personas con las que hablas, que generalmente a todo o a casi todo “le ponen pegas y le ven obstáculos”. Ello es lamentable por demás y más aún en la tierra en que nací y vivo; donde en mayoría sólo aspiran al puesto seguro, estatal, municipal, oficial en definitiva y llegados a él... “que aquí me las traigan todas”.

            Estoy de nuevo (lo he hecho bastantes veces) “abriendo un camino”, que por lo que sea (suelo fiarme bastante de la intuición, que no es otra cosa que “la llamada del otro yo”) lo considero muy valioso y no precisamente para mis particulares intereses  sino que por el contrario, ese camino puede dar entrada “y salida”, a muchos de los problemas con que cuenta la provincia de Jaén. Es el TURISMO (con mayúsculas) y en el que como pionero, ya supe de los múltiples inconvenientes con que tuve que enfrentarme hace más de veinte años, con “los antecesores” (algunos aún quedan) de los que hoy y a la primera ocasión que encuentran, “hablan y no acaban del turismo “.

            Y si bien, igual puede ocurrir con “el aceite de aceituna”, o cualquier otro producto o bien provincial (“material o inmaterial”) pero conviene ver las cosas con la suficiente visión panorámica y amplísima que algunas tienen y no detenerse en mezquindades individuales, que ya y dicho sea de paso, califican a quien afirma algo negativo antes de haber pasado, “el escalón de entrada” y no me extiendo por cuanto el lector inteligente ya habrá comprendido algo (o mucho) a lo que me refiero.

            Como yo suelo emprender “mis cosas” en la soledad característica y que ampliamente se conoce; no me arredran inconvenientes y el realizar mi labor de la mejor forma en que se, o sea difundiendo la idea... “de boca a oído” (se dice mal cuando se repite la frase de “boca a boca”, pues la boca habla y no oye).

 Al final y cuando agoto todos los argumentos y no “se me entiende”, suelo apostillar y sonriendo a mi interlocutor le digo... “Tú pon tu gota... y no olvides que el inmenso mar se compone simplemente, de minúsculas gotas de agua“.

            Generalmente se quedan sin respuesta y comprenden al momento. Pero es claro que ‘todo lo grande y menos grande se compone de los mismo, o sea, partículas inapreciables y que son con las que se conforma el todo’... ‘eso es EL UNIVERSO’.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor)

En Jaén año 1999