Las Noticias de hoy 25 Marzo 2017

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 25 de marzo de 2017     

Indice:

Newsletter Diario

Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro de las instituciones, el Papa a los líderes europeos 

Te agradecemos por el don del Papa Francisco rezan en Milán con la llegada del Papa

ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR: Francisco Fernández-Carvajal

 La anunciación del Señor: San Josemaria

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA: + Francisco Cerro Chaves.  Obispo de Coria-Cáceres

Domingo de la semana 4 de Cuaresma; ciclo A: Llucià Pou Sabaté

 Realismo y coherencia de la caridad: Ramiro Pellitero

 Gracia, libertad y mérito: Eudaldo Forment

Tercera predicación de cuaresma del padre Cantalamessa, con la presencia del Santo Padre

La Anunciación y Encarnación del Verbo: José María López Ferrera 

Ama y haz lo que quieras…: Silvia del Valle Márquez

 La contemplación de la Santísima Virgen y la Anunciación: Acción Familia 

Dudas sobre la veracidad y el futuro de Medjugorje: Mercedes De La Torre

¿Basta una moral laica?: Alfonso Aguiló

Los padres y los adolescentes: Arturo Ramo García.

Prestan un gran servicio educativo : Jesús Martínez Madrid

 Por la igualdad de derechos : Suso do Madrid

“Consulta Femenina”: Enric Barrull Casals

 PENSAMIENTOS Y REFLEXIONES 149: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

Newsletter Diario

 

Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro de las instituciones, el Papa a los líderes europeos 

El Papa y los líderes de Europa - RV

24/03/2017 17:14

SHARE:

 

 El Papa Francisco volvió a encontrar a los jefes de Estado y de gobierno de Europa con motivo de la celebración del sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, que dio existencia a la Comunidad Económica Europea (CEE), y que en estos días se celebra en la capital italiana.  El encuentro se llevó a cabo la tarde del viernes 24 en la Sala Regia del Palacio Apostólico, donde hace menos de un año el Papa acogió a los líderes de los países europeos luego de la entrega del Premio Carlomagno, que el Obispo de Roma aceptó dedicándolo a la paz. El de este viernes es el tercer encuentro con representantes de Europa de Francisco, que el 2014 visitó el Parlamento europeo en Estrasburgo. Los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea y sus delegaciones presentes hoy fueron 27, además de los representantes de las instituciones europeas: Antonio Tajani, Presidente del Parlamento Europeo; Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo, y Jean-Claude Junker, Presidente de la Comisión Europea. Antes del discurso del Papa, intervinieron el Presidente del Consejo de ministros italiano Paolo Gentiloni, y el Presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajan

En su discurso el Papa observó que volver a Roma, “donde se sentaron las bases políticas, jurídicas y sociales de nuestra civilización”, sesenta años más tarde, no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente. “Es necesario conocer bien los desafíos de entonces para hacer frente a los de hoy y a los del futuro”, precisó, agregando que el 25 de marzo de 1957 fue un día cargado de expectación y esperanzas, entusiasmos y emociones, una fecha única en la historia. “El recuerdo de ese día está unido a las esperanzas actuales y a las expectativas de los pueblos europeos que piden discernir el presente para continuar con renovado vigor y confianza el camino comenzado”. “Los Padres fundadores nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar”, puntualizó.  

El Obispo de Roma se formuló las siguientes preguntas: ¿Cuál es la herencia de los Padres fundadores? ¿Qué prospectivas nos indican para afrontar los desafíos que nos aguardan? ¿Qué esperanza para la Europa de hoy y de mañana?

“La respuesta la encontramos precisamente en los pilares sobre los que ellos han querido edificar la Comunidad económica europea: la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro. A quien gobierna le corresponde discernir los caminos de la esperanza, identificar los procesos concretos para hacer que los pasos realizados hasta ahora no se dispersen, sino que aseguren un camino largo y fecundo”.

El Santo Padre volvió a insistir en que Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones. “Considero- añadió- que esto implica la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos que componen la Unión”.

(RC-RV)

Discurso del papa Francisco

Distinguidos invitados

Les doy las gracias por su presencia aquí esta tarde, en la víspera del 60 aniversario de la firma de los Tratados constitutivos de la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Quiero manifestarles el afecto de la Santa Sede hacia sus respectivos países y al conjunto de Europa, y a cuyos destinos, por disposición de la Providencia, se siente inseparablemente unida. Dirijo un especial agradecimiento al Honorable Paolo Gentiloni, Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana, por las deferentes palabras que ha pronunciado en nombre de todos y por el trabajo que Italia ha realizado para organizar este encuentro; así como al Honorable Antonio Tajani, Presidente del Parlamento Europeo, que ha dado voz a las esperanzas de los pueblos de la Unión en este aniversario.

Volver a Roma sesenta años más tarde no puede ser sólo un viaje al pasado, sino más bien el deseo de redescubrir la memoria viva de ese evento para comprender su importancia en el presente. Es necesario conocer bien los desafíos de entonces para hacer frente a los de hoy y a los del futuro. Con sus narraciones, llenas de evocaciones, la Biblia nos ofrece un método pedagógico fundamental: la época en que vivimos no se puede entender sin el pasado, el cual no hay que considerarlo como un conjunto de sucesos lejanos, sino como la savia vital que irriga el presente. Sin esa conciencia la realidad pierde su unidad, la historia su hilo lógico y la humanidad pierde el sentido de sus actos y la dirección de su futuro.

El 25 de marzo de 1957 fue un día cargado de expectación y esperanzas, entusiasmos y emociones, y sólo un acontecimiento excepcional, po00r su alcance y sus consecuencias históricas, pudo hacer que fuera una fecha única en la historia. El recuerdo de ese día está unido a las esperanzas actuales y a las expectativas de los pueblos europeos que piden discernir el presente para continuar con renovado vigor y confianza el camino comenzado.

Eran muy conscientes de ello los Padres fundadores y los líderes que, poniendo su firma en los dos Tratados, dieron vida a aquella realidad política, económica, cultural, pero sobre todo humana, que hoy llamamos la Unión Europea. Por otro lado, como dijo el Ministro de Asuntos Exteriores belga Spaak, se trataba, «es cierto, del bienestar material de nuestros pueblos, de la expansión de nuestras economías, del progreso social, de posibilidades comerciales e industriales totalmente nuevas, pero sobre todo (...) [de] una concepción de la vida a medida del hombre, fraterna y justa».[1]

Después de los años oscuros y sangrientos de la Segunda Guerra Mundial, los líderes de la época tuvieron fe en las posibilidades de un futuro mejor, «no pecaron de falta de audacia y no actuaron demasiado tarde. El recuerdo de las desgracias del pasado y de sus propias culpas parece que les ha inspirado y les ha dado el valor para olvidar viejos enfrentamientos y pensar y actuar de una manera totalmente nueva para lograr la más importante transformación [...] de Europa».[2]

Los Padres fundadores nos recuerdan que Europa no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar. El origen de la idea de Europa es «la figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, [...] con su deseo de verdad y de justicia que se ha aquilatado a través de una experiencia milenaria».[3] Roma, con su vocación de universalidad,[4] es el símbolo de esa experiencia y por eso fue elegida como el lugar de la firma de los Tratados, porque aquí –recordó el Ministro holandés de Asuntos Exteriores Luns– «se sentaron las bases políticas, jurídicas y sociales de nuestra civilización».[5]

Si estaba claro desde el principio que el corazón palpitante del proyecto político europeo sólo podía ser el hombre, también era evidente el peligro de que los Tratados quedaran en letra muerta. Había que llenarlos de espíritu que les diese vida. Y el primer elemento de la vitalidad europea es la solidaridad. «La Comunidad Económica Europea –declaró el Primer Ministro de Luxemburgo Bech– sólo vivirá y tendrá éxito si, durante su existencia, se mantendrá fiel al espíritu de solidaridad europea que la creó y si la voluntad común de la Europa en gestación es más fuerte que las voluntades nacionales».[6] Ese espíritu es especialmente necesario ahora, para hacer frente a las fuerzas centrífugas, así como a la tentación de reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras.

De la solidaridad nace la capacidad de abrirse a los demás. «Nuestros planes no son de tipo egoísta»,[7] dijo el Canciller alemán Adenauer. «Sin duda, los países que se van a unir (...) no tienen intención de aislarse del resto del mundo y erigir a su alrededor barreras infranqueables»,[8] se hizo eco el Ministro de Asuntos Exteriores francés Pineau. En un mundo que conocía bien el drama de los muros y de las divisiones, se tenía muy clara la importancia de trabajar por una Europa unida y abierta, y de esforzarse todos juntos por eliminar esa barrera artificial que, desde el Mar Báltico hasta el Adriático, dividía el Continente. ¡Cuánto se ha luchado para derribar ese muro! Sin embargo, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo. Se ha perdido también la conciencia del drama de las familias separadas, de la pobreza y la miseria que provocó aquella división. Allí donde desde generaciones se aspiraba a ver caer los signos de una enemistad forzada, ahora se discute sobre cómo dejar fuera los «peligros» de nuestro tiempo: comenzando por la larga columna de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y la pobreza, que sólo piden tener la posibilidad de un futuro para ellos y sus seres queridos.

En el vacío de memoria que caracteriza a nuestros días, a menudo se olvida también otra gran conquista fruto de la solidaridad sancionada el 25 de marzo de 1957: el tiempo de paz más largo de los últimos siglos. «Pueblos que a lo largo de los años se han encontrado con frecuencia en frentes opuestos, combatiendo unos contra otros, (...) ahora, sin embargo, están unidos por la riqueza de sus peculiaridades nacionales».[9] La paz se construye siempre con la aportación libre y consciente de cada uno. Sin embargo, «para muchos la paz es de alguna manera un bien que se da por descontado»[10] y así no es difícil que se acabe por considerarla superflua. Por el contrario, la paz es un bien valioso y esencial, ya que sin ella no es posible construir un futuro para nadie, y se termine por «vivir al día».

La unidad de Europa es fruto, en efecto, de un proyecto claro, bien definido, debidamente ponderado, si bien al principio todavía muy incipiente. Todo buen proyecto mira hacia el futuro y el futuro son los jóvenes, llamados a hacer realidad las promesas del mañana.[11] Los Padres fundadores, por tanto, tenían clara la conciencia de formar parte de una empresa colectiva, que no sólo traspasaba las fronteras de los Estados, sino también las del tiempo, a fin de unir a las generaciones entre sí, todas igualmente partícipes en la construcción de la casa común.

Distinguidos invitados:

A los Padres de Europa he dedicado esta primera parte de mi intervención, para que nos dejemos interpelar por sus palabras, por la actualidad de su pensamiento, por el apasionado compromiso en favor del bien común que los ha caracterizado, por la convicción de formar parte de una obra más grande que sus propias personas y por la amplitud del ideal que los animaba. Su denominador común era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que «en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo»,[12] sin el cual los valores occidentales de la dignidad, libertad y justicia resultan incomprensibles. «Y todavía en nuestros días ―afirmaba san Juan Pablo II― el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan».[13] En nuestro mundo multicultural tales valores seguirán teniendo plena ciudadanía si saben mantener su nexo vital con la raíz que los engendró. En la fecundidad de tal nexo está la posibilidad de edificar sociedades auténticamente laicas, sin contraposiciones ideológicas, en las que encuentran igualmente su lugar el oriundo, el autóctono, el creyente y el no creyente. En los últimos sesenta años el mundo ha cambiado mucho. Si los Padres fundadores, que habían sobrevivido a un conflicto devastador, estaban animados por la esperanza de un futuro mejor y con una voluntad firme lo perseguían, para evitar que surgieran nuevos conflictos, nuestra época está más dominada por el concepto de crisis. Está la crisis económica, que ha marcado el último decenio, la crisis de la familia y de los modelos sociales consolidados, está la difundida «crisis de las instituciones» y la crisis de los emigrantes: tantas crisis, que esconden el miedo y la profunda desorientación del hombre contemporáneo, que exigen una nueva hermenéutica para el futuro. A pesar de todo, el término «crisis» no tiene por sí mismo una connotación negativa. No se refiere solamente a un mal momento que hay que superar. La palabra crisis tiene su origen en el verbo griego crino (κρίνω), que significa investigar, valorar, juzgar. Por esto, nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades.

Entonces, ¿cuál es la hermenéutica, la clave interpretativa con la que podemos leer las dificultades del momento presente y encontrar respuestas para el futuro? Evocar las ideas de los Padres sería en efecto estéril si no sirviera para indicarnos un camino, si no se convirtiera en estímulo para el futuro y en fuente de esperanza. Cada organismo que pierde el sentido de su camino, que pierde este mirar hacia delante, sufre primero una involución y al final corre el riesgo de morir. ¿Cuál es la herencia de los Padres fundadores? ¿Qué prospectivas nos indican para afrontar los desafíos que nos aguardan? ¿Qué esperanza para la Europa de hoy y de mañana?

La respuesta la encontramos precisamente en los pilares sobre los que ellos han querido edificar la Comunidad económica europea y que ya he mencionado: la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro. A quien gobierna le corresponde discernir los caminos de la esperanza, identificar los procesos concretos para hacer que los pasos realizados hasta ahora no se dispersen, sino que aseguren un camino largo y fecundo.

Europa encuentra de nuevo esperanza cada vez que pone al hombre en el centro y en el corazón de las instituciones. Considero que esto implica la escucha atenta y confiada de las instancias que provienen tanto de los individuos como de la sociedad y de los pueblos que componen la Unión. Desgraciadamente, a menudo se tiene la sensación de que se está produciendo una «separación afectiva» entre los ciudadanos y las Instituciones europeas, con frecuencia percibidas como lejanas y no atentas a las distintas sensibilidades que constituyen la Unión. Afirmar la centralidad del hombre significa también encontrar el espíritu de familia, con el que cada uno contribuye libremente, según las propias capacidades y dones, a la casa común. Es oportuno tener presente que Europa es una familia de pueblos[14] y, como en toda buena familia, existen susceptibilidades diferentes, pero todos podrán crecer en la medida en que estén unidos. La Unión Europea nace como unidad de las diferencias y unidad en las diferencias. Por eso las peculiaridades no deben asustar, ni se puede pensar que la unidad se preserva con la uniformidad. Esa unidad es más bien la armonía de una comunidad. Los padres fundadores escogieron precisamente este término como punto central de las entidades que nacían de los Tratados, acentuando el hecho de que se ponían en común los recursos y los talentos de cada uno. Hoy la Unión Europea tiene necesidad de redescubrir el sentido de ser ante todo «comunidad» de personas y de pueblos, consciente de que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas»,[15] y por lo tanto «hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos»[16]. Los Padres fundadores buscaban aquella armonía en la que el todo está en cada una de las partes, y las partes están ―cada una con su originalidad― en el todo.

Europa vuelve a encontrar esperanza en la solidaridad, que es también el antídoto más eficaz contra los modernos populismos. La solidaridad comporta la conciencia de formar parte de un solo cuerpo, y al mismo tiempo implica la capacidad que cada uno de los miembros tiene para «simpatizar» con el otro y con el todo. Si uno sufre, todos sufren (cf. 1 Co 12,26). Por eso, hoy también nosotros lloramos con el Reino Unido por las víctimas del atentado que ha golpeado en Londres hace dos días.  La solidaridad no es sólo un buen propósito: está compuesta de hechos y gestos concretos que acercan al prójimo, sea cual sea la condición en la que se encuentre. Los populismos, al contrario, florecen precisamente por el egoísmo, que nos encierra en un círculo estrecho y asfixiante y no nos permite superar la estrechez de los propios pensamientos ni «mirar más allá». Es necesario volver a pensar en modo europeo, para conjurar el peligro de una gris uniformidad o, lo que es lo mismo, el triunfo de los particularismos. A la política le corresponde esa leadership ideal, que evite usar las emociones para ganar el consenso, para elaborar en cambio, con espíritu de solidaridad y subsidiaridad, políticas que hagan crecer a toda la Unión en un desarrollo armónico, de modo que el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio, y el que tiene dificultad se esfuerce para alcanzar al que está en cabeza.

Europa vuelve a encontrar esperanza cuando no se encierra en el miedo de las falsas seguridades. Por el contrario, su historia está fuertemente marcada por el encuentro con otros pueblos y culturas, y su identidad «es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural».[17] En el mundo hay interés por el proyecto europeo. Así ha sido desde el primer momento, como demuestra la multitud que abarrotaba la plaza del Campidoglio y los mensajes de felicitación que llegaban de otros Estados. Aún más interés hay hoy, empezando por los Países que piden entrar a formar parte de la Unión, como también de los Estados que reciben las ayudas que, con gran generosidad, se les ofrecen para afrontar las consecuencias de la pobreza, de las enfermedades y las guerras. La apertura al mundo implica la capacidad de «diálogo como forma de encuentro»[18] a todos los niveles, comenzando por el que existe entre los Estados miembros y entre las Instituciones y los ciudadanos, hasta el que se tiene con los muchos inmigrantes que llegan a las costas de la Unión.  No se puede limitar a gestionar la grave crisis migratoria de estos años como si fuera sólo un problema numérico, económico o de seguridad. La cuestión migratoria plantea una pregunta más profunda, que es sobre todo cultural. ¿Qué cultura propone la Europa de hoy? El miedo que se advierte encuentra a menudo su causa más profunda en la pérdida de ideales. Sin una verdadera perspectiva de ideales, se acaba siendo dominado por el temor de que el otro nos cambie nuestras costumbres arraigadas, nos prive de las comodidades adquiridas, ponga de alguna manera en discusión un estilo de vida basado sólo con frecuencia en el bienestar material.  Por el contrario, la riqueza de Europa ha sido siempre su apertura espiritual y la capacidad de platearse cuestiones fundamentales sobre el sentido de la existencia. La apertura hacia el sentido de lo eterno va unida también a una apertura positiva, aunque no exenta de tensiones y de errores, hacia el mundo. En cambio, parece como si el bienestar conseguido le hubiera recortado las alas, y le hubiera hecho bajar la mirada. Europa tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que merece ser propuesto una vez más con pasión y renovada vitalidad, y que es el mejor antídoto contra la falta de valores de nuestro tiempo, terreno fértil para toda forma de extremismo. Estos son los ideales que han hecho a Europa, la «península de Asia» que de los Urales llega hasta el Atlántico.

Europa vuelve a encontrar esperanza cuando invierte en el desarrollo y en la paz. El desarrollo no es el resultado de un conjunto de técnicas productivas, sino que abarca a todo el ser humano: la dignidad de su trabajo, condiciones de vida adecuadas, la posibilidad de acceder a la enseñanza y a los necesarios cuidados médicos. «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz»,[19] afirmaba Pablo VI, puesto que no existe verdadera paz cuando hay personas marginadas y forzadas a vivir en la miseria. No hay paz allí donde falta el trabajo o la expectativa de un salario digno. No hay paz en las periferias de nuestras ciudades, donde abunda la droga y la violencia.

Europa vuelve a encontrar esperanza cuando se abre al futuro. Cuando se abre a los jóvenes, ofreciéndoles perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo del trabajo. Cuando invierte en la familia, que es la primera y fundamental célula de la sociedad. Cuando respeta la conciencia y los ideales de sus ciudadanos. Cuando garantiza la posibilidad de tener hijos, con la seguridad de poderlos mantener. Cuando defiende la vida con toda su sacralidad.

Distinguidos invitados:

Con el aumento general de la esperanza de vida, los sesenta años se consideran hoy como el tiempo de la plena madurez. Una edad crucial en la que estamos llamados de nuevo a revisarnos. También hoy, La Unión Europea está llamada a un replanteamiento, a curar los inevitables achaques que vienen con los años y a encontrar nuevas vías para continuar su propio camino. Sin embargo, a diferencia de un ser humano de sesenta años, la Unión Europea no tiene ante ella una inevitable vejez, sino la posibilidad de una nueva juventud. Su éxito dependerá de la voluntad de trabajar una vez más juntos y del deseo de apostar por el futuro. A vosotros, como líderes, os corresponde discernir el camino para un «nuevo humanismo europeo»,[20] hecho de ideales y de concreción. Esto significa no tener miedo a tomar decisiones eficaces, para responder a los problemas reales de las personas y para resistir al paso del tiempo.

Por mi parte, renuevo la cercanía de la Santa Sede y de la Iglesia a Europa entera, a cuya edificación ha contribuido desde siempre y contribuirá siempre, invocando sobre ella la bendición del Señor, para que la proteja y le dé paz y progreso. Hago mías las palabras que Joseph Bech pronunció en el Campidoglio: Ceterum censeo Europam esse ædificandam, por lo demás, pienso que Europa merezca ser construida.

Gracias.

 

[1] Discurso pronunciado con ocasión de la firma de los Tratados de Roma (25 marzo 1957).

[2] Ibíd.

[3] A. De Gasperi, Nuestra patria Europa. Discurso a la Conferencia Parlamentaria Europea (21 abril 1954), en: Alcide De Gasperi e la politica internazionale, Cinque Lune, Roma 1990, vol. III, 437-440.

[4] Cf. P.H. Spaak, Discurso, cit.

[5] Discurso pronunciado con ocasión de la firma de los Tratados de Roma (25 marzo 1957).

[6] Ibíd.

[7] Discurso pronunciado con ocasión de la firma de los Tratados de Roma (25 marzo 1957).

[8] Discurso pronunciado con ocasión de la firma de los Tratados de Roma (25 marzo 1957).

[9] P.H. Spaak, Discurso, cit.

[10] Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9 enero 2017).

[11] Cf. P.H. Spaak, Discurso, cit.

[12] A. de Gasperi, La nostra patria Europa, cit.

[13] Acto Europeo en Santiago de Compostela (9 noviembre 1982): AAS 75/I (1983), 329.

[14] Cf. Discurso en el Parlamento Europeo, Estrasburgo (25 noviembre 2014): AAS 106 (2014), 1000.

[15] Exhort. Apost. Evangelii Gaudium, 235.

[16] Ibíd.

[17] Discurso en la entrega del Premio Carlo Magno (6 mayo 2016): L’Osservatore Romano, 6-7 de mayo de 2016, p. 4.

[18] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239.

[19] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 87: AAS 59 (1967), 299.

[20] Discurso en la entrega del Premio Carlo Magno (6 mayo 2016): L’Osservatore Romano, 6-7 de mayo de 2016, p. 5.

 

 

Te agradecemos por el don del Papa Francisco rezan en Milán con la llegada del Papa

El 25 de marzo de 2017 Papa Francisco visita la Diócesis de Milán - ANSA

25/03/2017 08:15

SHARE:

 

Aproximadamente a las 08;15 de la mañana del sábado 25 de marzo, Papa Francisco llegó a Milán desde Roma, donde fue recibido por el Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán; por el Presidente de la Región Lombardia y otras autoridades.

El programa del Papa inició a las 09:15 de la mañana con la visita en el barrio Forlanini, a las “Case Bianche” de Milán para encontrarse con las familias y residentes, también encontrará a representantes de familias gitanas, musulmanas y a los inmigrantes del lugar. A las 10.00 Encuentro con los sacerdotes y religiosos en la Catedral, donde el Papa respondera a las preguntas de los participantes. A las 11;30 Recita el Ángelus y da la bendición a todos en la plaza de la catedral. A las 11.30 Visita la Casa Circondariale di San Vittore. El almuerzo se desarrollará cerca de las 12:30 con los detenidos de la cárcel del lugar. Desde allí se transfiere en automóvil al Parque de Monza donde tiene la Misa. Cerca de las 16.30 va al Estadio Meazza-San Siro de Milan donde comparte a las 17:30 con todos los jóvenes que se preparan para el Sacramento de la Confirmación, donde responderá a las preguntas de un joven, un padre y un catequista. La despedida esta prevista para las 18:30 en el aeropuerto de Milán-linate y la llegada a Roma a las 19:30 con el aterrizaje en el aeropuerto de Fiumicino.

"Señor Jesús, que nos repites también a nosotros "en esta ciudad yo tengo un pueblo numeroso, ayudanos a pensar como Tu", rezan en Milán en esta ocasión con la visita del Papa. jesuita Guillermo Ortiz

 

 

ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

Solemnidad

— Verdadero Dios y perfecto hombre.

— La culminación del amor divino.

— Consecuencias de la Encarnación en nuestra vida.

I. Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer1.

Como culmen del amor por nosotros, envió Dios a su Unigénito, que se hizo hombre, para salvarnos y darnos la incomparable dignidad de hijos. Con su venida podemos afirmar que llegó la plenitud de los tiempos. San Pablo dice literalmente que fue hecho de mujer2. Jesús no apareció en la tierra como una visión fulgurante, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando la naturaleza humana en las entrañas purísimas de la Virgen María. La fiesta de hoy es propiamente de Jesús y de su Madre. Por eso, «ante todas las cosas –señala fray Luis de Granada– es razón poner los ojos en la pureza y santidad de esta Señora que Dios ab aeterno escogió para tomar carne de ella.

»Porque así como, cuando determinó criar al primer hombre, le aparejó primero la casa en que le había de aposentar, que fue el Paraíso terrenal, así cuando quiso enviar al mundo el segundo, que fue Cristo, primero le aparejó lugar para lo hospedar: que fue el cuerpo y alma de la Sacratísima Virgen»3. Dios preparó la morada de su Hijo, Santa María, con la mayor dignidad creada, con todos los dones posibles y llena de gracia.

En esta Solemnidad aparece Jesús más unido que nunca a María. Cuando Nuestra Señora dio su consentimiento, «el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios»4. ¡Tantas veces le hemos repetido: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...! ¡Tantas veces las hemos meditado al considerar el primer misterio gozoso del Santo Rosario!

II. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros...5.

A lo largo de los siglos, santos y teólogos, para comprender mejor, buscaron las razones que podrían haber movido a Dios a un hecho tan extraordinario. De ninguna manera era preciso que el Hijo de Dios se hiciera hombre, ni siquiera para redimirlo, pues Dios –como afirma Santo Tomás de Aquino– «pudo restaurar la naturaleza humana de múltiples maneras»6. La Encarnación es la manifestación suprema del amor divino por el hombre, y solo la inmensidad de este amor puede explicarla: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito...7, al objeto único de su Amor. Con este abajamiento, Dios ha hecho más fácil el diálogo del hombre con Él. Es más, toda la historia de la salvación es la búsqueda de este encuentro; la fe católica es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros.

Desde el principio, Dios fue enseñando a los hombres su gratuito acercamiento. La Encarnación es la plenitud de esta cercanía. El Emmanuel, el Dios con nosotros, tiene su máxima expresión en el acontecimiento que hoy nos llena de alegría. El Hijo Unigénito de Dios se hace hombre, como nosotros, y así permanece para siempre, encarnado en una naturaleza humana: de ningún modo la asunción de un cuerpo en las purísimas entrañas de María fue algo precario y provisional. El Verbo encarnado, Jesucristo, permanece para siempre Dios perfecto y hombre verdadero. Este es el gran misterio que nos sobrecoge: Dios, en su amor, ha querido tomar en serio al hombre y, aun siendo obra de puro amor, ha querido una respuesta en la que la criatura se comprometa ante Cristo, que es de su misma raza. «Al recordar que el Verbo se hizo carne, es decir, que el Hijo de Dios se hizo hombre, debemos tomar conciencia de lo grande que se hace todo hombre a través de este misterio; es decir, ¡a través de la Encarnación del Hijo de Dios! Cristo, efectivamente, fue concebido en el seno de María y se hizo hombre para revelar el eterno amor del Creador y Padre, así como para manifestar la dignidad de cada uno de nosotros»8.

La Iglesia, al exponer durante siglos la verdadera realidad de la Encarnación, tenía conciencia de que estaba defendiendo no solo la Persona de Cristo, sino a ella misma, al hombre y al mundo. «Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo el hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado»9. ¡Qué valor debe tener la criatura humana ante Dios, «si ha merecido tener tan grande Redentor»!10. Demos hoy gracias a lo largo del día por tan inmenso bien a través de Santa María, pues Ella «ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad»11.

III. La Encarnación debe tener muchas consecuencias en la vida del cristiano. Es, en realidad, el hecho que decide su presente y su futuro. Sin Cristo, la vida carece de sentido. Solo Él «revela plenamente al hombre el mismo hombre»12. Solo en Cristo conocemos nuestro ser más profundo y aquello que más nos afecta: el sentido del dolor y del trabajo bien acabado, la alegría y la paz verdaderas, que están por encima de los estados de ánimo y de los diversos acontecimientos de la vida, la serenidad, incluso el gozo ante el pensamiento del más allá, pues Jesús, a quien ahora procuramos servir, nos espera... Es Cristo quien «ha devuelto definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado»13.

La asunción de todo lo humano noble por el Hijo de Dios (el trabajo, la amistad, la familia, el dolor, la alegría...) nos indica que todas estas realidades han de ser amadas y elevadas. Lo humano se convierte en camino para la unión con Dios. La lucha interior tiene entonces un carácter marcadamente positivo, pues no se trata de aniquilar al hombre para que resplandezca lo divino, ni de huir de las realidades corrientes para llevar una vida santa. No es lo humano lo que choca con lo divino, sino el pecado y las huellas que dejaron en el alma el pecado original y el personal. El empeño por asemejarnos a Cristo lleva consigo la lucha contra todo aquello que nos hace menos humanos o infrahumanos: los egoísmos, las envidias, la sensualidad, la pequeñez de espíritu... El verdadero empeño del cristiano por la santidad lleva consigo el desarrollo de la propia personalidad en todos los sentidos: prestigio profesional, virtudes humanas, virtudes de convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano...

De la misma forma que en Cristo lo humano no deja de serlo por su unión con lo divino, por la Encarnación lo terrestre no dejó de serlo, pero desde entonces todo puede ser orientado por el hombre hacia Él. Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum14. Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré todo hacia Mí. «Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.

»(...) Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»15. Ese es nuestro cometido.

Terminamos nuestra oración acudiendo a la Madre de Jesús, nuestra Madre. «¡Oh María!, hoy tu tierra nos ha germinado al Salvador... ¡Oh María! Bendita seas entre todas las mujeres por todos los siglos... Hoy la Deidad se ha unido y amasado con nuestra humanidad tan fuertemente que jamás se pudo separar ya esta unión ni por la muerte ni por nuestra ingratitud»16. ¡Bendita seas!

1 Liturgia de las Horas, Antífona 1 del Oficio de lectura. Cfr. Gal 4, 4-5. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, Vol. VI, Epístolas de San Pablo a los Romanos y a los Gálatas, EUNSA, Pamplona 1984, nota a Gal 4, 4. — 3 Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, 1. — 4 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 274. — 5 Jn 1, 14. — 6 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 1, a. 2. — 7 Jn 3, 16. — 8 Juan Pablo II, Ángelus en el Santuario de Jasna Gora, 5-VI-1979. — 9 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 22. — 10 Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual. — 11 Juan Pablo II, Audiencia general 28-I-1987. — 12 ídem, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 11. — 13 Ibídem. — 14 Jn 12, 32. — 15 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 105. — 16 Santa Catalina de Siena, Elevaciones, 15.

* La Iglesia celebra hoy el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y, al mismo tiempo, la vocación de Nuestra Señora, que conoce a través del Ángel la voluntad de Dios sobre Ella. Con su correspondencia -su fiat comienza la Redención.

Esta Solemnidad, tanto en los calendarios más antiguos como en el actual, es una fiesta del Señor. Sin embargo, los textos hacen referencia especialmente a la Virgen, y durante muchos siglos fue considerada como una fiesta mariana. La Tradición de la Iglesia reconoce un estrecho paralelismo entre Eva, madre de todos los vivientes, por quien con su desobediencia entró el pecado en el mundo, y María -nueva Eva-, Madre de la humanidad redimida, por la que vino la Vida del mundo: Jesucristo nuestro Señor.

La fijación en el día de hoy, 25 de marzo, está relacionada con la Navidad; además, según una antigua tradición, en el equinoccio de primavera debían coincidir la creación del mundo, el inicio y el fin de la Redención: la Encarnación y la Muerte y Resurrección de Cristo.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) s�lo nos ha autorizado a difundir la meditaci�n diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribuci�n por fotocopias u otras formas de distribuci�n.

 

 

La anunciación del Señor

Cómo enamora la escena de la Anunciación. –María –¡cuántas veces lo hemos meditado!– está recogida en oración..., pone sus cinco sentidos y todas sus potencias al habla con Dios. En la oración conoce la Voluntad divina; y con la oración la hace vida de su vida: ¡no olvides el ejemplo de la Virgen! (Surco 481)

No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... –Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena:

El Arcángel dice su embajada... ¿Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? –¿De qué modo se hará esto si no conozco varón? (Luc., I, 34.)

La voz de nuestra Madre agolpa en mi memoria, por contraste, todas las impurezas de los hombres..., las mías también.

Y ¡cómo odio entonces esas bajas miserias de la tierra!... ¡Qué propósitos!

Fiat mihi secundum verbum tuum –Hágase en mí según tu palabra. (Luc., I, 38.) Al encanto de estas palabras virginales, el Verbo se hizo carne.

Va a terminar la primera decena... Aún tengo tiempo de decir a mi Dios, antes que mortal alguno: Jesús, te amo. (Santo Rosario. Iº misterio gozoso).

 

 

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

CIEGOS

Todos estamos ciegos y necesitamos la Luz de Cristo que es su Espíritu Santo y que estalla en nuestro corazón, para que veamos con ojos nuevos, los ojos del auténtico amor.

Este pasaje, donde un ciego se lava con agua, siendo dócil a lo que el Señor le dice (tiene barro en sus ojos), vuelve a recuperar la vista, nos recuerda el texto del Génesis donde Dios, con el barro, hace surgir la vida. Ahora, en este texto bautismal, el Señor con el barro nos recuerda volver al amor primero, al origen de la vida, y con su Agua nos introduce en la vida eterna, en una vida nueva que no tendrá fin. Sin el Agua Viva todos somos ciegos. Necesitamos a Jesús, Agua Viva, necesitamos el Bautismo para vivir como hijos de Dios, ser como familia de la Iglesia que camina en el desierto de la vida.

Privados de la gracia, de la Luz, porque el pecado original ha fundido nuestra conexión con la vida, con la Luz que es Cristo, por el Bautismo volvemos a recobrar la Vida, la Luz, el ser hijos de Dios en el Hijo. Formar parte de la Iglesia, una familia de hermanos, una familia donde nos ayudamos a vivir la alegría y el gozo de ser hijos y hermanos.

La alegría es la vida nueva que nos trae Jesús porque nos devuelve al Paraíso, al Jardín del Edén, de donde fuimos expulsados por el pecado. Ahora volvemos al Corazón Abierto de Jesús que es nuestro paraíso, donde con tentaciones (Primer Domingo), somos transfigurados (Segundo Domingo), para bebiendo del Agua Viva (Tercer Domingo), llegamos a la Luz que vence nuestras cegueras y que no es otra cosa que el Bautismo, donde  somos iluminados con una vida nueva que  llena nuestra vida de una alegría sin fin.

Ser ciegos es la condición del hombre y de la mujer bajo la tiranía del pecado y volvemos a recuperar la vista lavando el corazón en la Fuente de su Costado Abierto. Con el Sacramento del Bautismo, donde se nos conduce a vivir como hijos, no en el temor sino en el Amor y a vivir el gozo de ser una familia donde celebramos la Vida que es Cristo muerto y resucitado.

Ciego es la condición de cada persona humana que solo recupera la vista cuando, con humildad, partiendo de nuestro barro, nos fiamos del Agua Viva. Sigamos a la Luz que es Cristo y nuestras cegueras desaparecerán, como la oscuridad cuando encendemos una luz.

+ Francisco Cerro Chaves.  Obispo de Coria-Cáceres

 

 

Domingo de la semana 4 de Cuaresma; ciclo A

Jesús es el buen pastor que nos lleva hacia la salvación; la luz que nos abre los ojos curándonos de nuestra ceguera

«Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: Rabbí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Respondió Jesús: Ni pecó éste ni sus padres, sino que aso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, pues llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, aplicó el lodo en sus ojos y le dijo: Anda, lávate en la piscina de Siloé, que significa enviado. Fue, pues, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes cuando era mendigo decían: ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna? Unos decían: Es él. Otros en cambio: De ningún modo, sino que se le parece. El decía: Soy yo. Entonces le preguntaban: ¿Cómo se te abrieron los ojos? El respondió: Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: Ve a Siloé y lávate. Entonces fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: ¿Dónde está ése? El respondió: No lo sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Y le preguntaban de nuevo los fariseos cómo había comenzado a ver. El les respondió: Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no es de Dios, ya que no guarda el sábado. Pero otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales prodigios? Y había división entre ellos. Dijeron, pues, otra vez al ciego: ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos? Respondió: Que es un profeta. No creyeron los judíos que aquel hombre habiendo sido ciego hubiera llegado a ver, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron: ¿Es éste vuestro hijo del que decís que ha nacido ciego? ¿Entonces cómo es que ahora ve? Respondió sus padres: Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le abrió los ojos, nosotros no lo sabemos. Preguntadle a él, que edad tiene, él dará razón de sí mismo. Sus padres dijeron esto pues temían a los judíos, porque ya habían acordado que si alguien confesaba que él era el Cristo fuese expulsado de la sinagoga. Por eso sus padres dijeron: Edad tiene, preguntadle a él. Llamaron, pues, por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. El les contestó: Si es un pecador yo no lo sé. Sólo sé una cosa, que siendo ciego, ahora veo. Entonces le dijeron: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Les respondió: Y a os lo dije y no lo escuchasteis, ¿por qué lo queréis oír de nuevo? ¿Es que también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos le insultaron y le dijeron: Tú serás discípulo suyo; nosotros somos discípulos de Moisés. Sabemos que Dios habló a Moisés, pero ése no sabemos de dónde es. Aquel hombre les respondió: Esto es precisamente lo admirable, que vosotros no sepáis de dónde es y que me abriera los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que si uno honra a Dios y hace su voluntad, a éste le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ése no fuera de Dios no hubiera podido hacer nada. Ellos respondieron: Has nacido empecatado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros? Y lo echaron fuera. Oyó Jesús que lo había echado fuera, y encontrándose con él le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Lo has visto; el que habla contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y se postró ante él. Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con él y dijeron: ¿Acaso nosotros también somos ciegos? Les dijo Jesús: si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: Vemos; por eso vuestro pecado permanece.» (Jn 9, 1-41)

 

1. Este domingo “Laetare" –comienza con “Alégrate, Jerusalén…”- nos tomamos un momento de respiro en el tono penitencial, para ver ya cercana la Semana Santa. Es segundo domingo de escrutinios en el catecumenado, tiempo de hacer experiencia de examen interior, renovación –para cada uno, en solidaridad con los llamados al bautismo-, domingo "luminoso" sobretodo en este Evangelio; algunos preparan hoy el Cirio pascual.

Esta doctrina se condensa en en el prefacio, centrado en el misterio de la encarnación (lo hemos celebrado en fecha no muy lejana, el 25 de marzo), y la luz: “Cristo se dignó hacerse hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos del Padre”.

Jesús da vista a "este hombre" con barro, recuerdo del Génesis: el divino alfarero trabaja el barro del hombre "terrenal", iluminado-recreado por el Enviado, en el bautismo. Cristo-luz continúa conduciéndonos de las tinieblas a la luz, por medio del baño de regeneración, por el que somos "hijos de adopción".

San Ireneo habla de que el lodo que hace Jesús representa la "arcilla" con la que Dios creó al hombre, de tal manera que Jesús estaría "recreando" al hombre nuevo, al hombre salvado por su presencia.

San Agustín, nos dice que el agua de Siloé es el agua del bautismo, que habría introducido al ciego a la nueva vida de la fe.

El ciego va a ir avanzando en su confesión de Dios: progresión en la fe:

-Al preguntarle por primera vez, ¿quién lo había sanado? Él responde: "el hombre que se llama Jesús".

-Después ante los escribas y fariseos, el que era ciego proclamará: "es un profeta".

-Posteriormente al encontrarse con Jesús, el que era ciego se referirá a Jesús como: "Señor".

-Y por último, vuelve Jesús a escena para preguntarle, ¿crees tú en el Hijo del hombre? A lo que el ciego responderá: «creo, Señor". Y se postró ante él».

El curado de ceguera es expulsado de la sinagoga… pero ha entrado en un mundo nuevo: el de ver con los ojos carnales, y con los ojos de la fe, como dice san Pablo: "Vivamos, por lo tanto, como hijos de la luz".

También nos indica Jesús que las desgracias no son por los pecados, sino para que se manifiesta la gloria de Dios. No podemos pensar que los éxitos de tipo material son un premio y las desgracias un castigo.

Es una pena la actitud cerril de los fariseos. Creen tener la verdad, y rechazan la Verdad que está ante ellos.

2. Samuel va a Jesé, de Belén, para ungir el nuevo rey. En casa de Eliab  ve a los siete hijos de Jesé pero no son, y pregunta por si queda alguno: -“”Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño. Dijo entonces Samuel a Jesé: -Manda, que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido. Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo el Señor: -Levántate y úngelo, porque éste es. Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos”. El Señor escoge según su corazón, no según piensan los hombres…

Me gusta el salmo del buen pastor, es como el recorrido de la vida. En la primera estrofa, es cuando todo va bien: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis 'fuerzas”.

Luego veo cuando las cosas van mal, que la confianza en Él nos da paz: “Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”. H. Bergson decía: "Los centenares de libros que yo he leído no me han procurado tanta luz ni tanto consuelo como el verso de este salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo".

La tercera estrofa me recuerda la Misa, participar de la mesa del Señor: “Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa”. J. Green nos dirá: "Estas frases sencillas, estas frases de niño se quedaron sin dificultad en mi memoria. Yo veía el pastor, el valle de la sombra de la muerte, yo veía la mesa preparada. Era el evangelio en pequeño. Cuántas veces, en las horas de angustia, me he acordado del cayado reconfortante que ahuyenta el peligro. Cada día recitaba este pequeño poema profético cuyas riquezas yo nunca agotaría".

Y en la última veo el cielo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Recuerdo alguna persona en el momento de la muerte, me ha pedido recitar juntos este salmo, y en el contexto de alguien que está diciendo las últimas palabras adquiere un valor especial, un sentido más profundo, pues se ve que el salmo refleja los sentimientos-resumen de una vida de esperanza, que expresa en germen el sermón de la montaña, condensado en la imagen poética que es única manera de expresar lo inexpresable, y al recitarlo un santo que se está muriendo, se ven que esas palabras expresan el fruto maduro de una fe inquebrantable, la confianza, serenidad, optimismo. Cuando las recita alguien curtido por las luchas de la vida, por situaciones angustiosas, por pruebas de todo tipo, adquieren una viveza pues se vuelven como el testamento de quien por encima de todo, el alma entonces se ve como oveja que es conocida por su pastor. Su rara brevedad es lógica: no hacen falta más que sus 6 versículos, pues está todo dicho ahí.

San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en  alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus  necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen  Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la  sagrada doctrina".

3. “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia”. Las "tinieblas" del pecado y la ignorancia dejan paso a la "luz" de la presencia de Dios en Cristo, "la luz del mundo". “Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.»” Somos “hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

—El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna” (J. Escrivá). Es lo que pedimos por intercesión de santa María.

Llucià Pou Sabaté

 

 

 

Realismo y coherencia de la caridad

Posted: 24 Mar 2017 11:09 AM PDT

Una vez leí en Internet una descripción de la caridad que me pareció básicamente equivocada, pero con un punto de realidad. Venía a decir que la caridad es algo que hace que alguien mire a los demás por encima del hombro como diciéndole: yo soy bueno y tú no… Ciertamente eso no es la caridad, sino una deformación de la caridad que la destruye, lo que podríamos llamar la enfermedad de “la hipocresía de la caridad” o de “el amor fingido”. El punto de realidad, lamentablemente, es la existencia de esa enfermedad. Por eso es bueno reconocerla, preguntarse por sus causas y su tratamiento.

De esto se ha ocupado el Papa Francisco en su audiencia general del 15 de marzo. Se ha referido una vez más a la autenticidad del amor cristiano, de la caridad. Esa es, dice, nuestra vocación más alta, a la que está unida la alegría de la esperanza. 

El riesgo de una caridad fingida

Se apoya Francisco en un pasaje de la Carta a los Romanos (Rm 12, 9-13) donde san Pablo pide que la caridad esté libre de hipocresía y que se compartan las necesidades de los hermanos, procurando practicar la hospitalidad. Y observa inmediatamente el Papa: o sea que existe el riesgo de que nuestro amor sea hipócrita. ¿Cuándo sucede esto y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor es sincero y nuestra caridad auténtica? 

Como si de un microbiólogo se tratase, explica Francisco que “la hipocresía puede insinuarse por todas partes, hasta en nuestro modo de amar”. Y esto se comprueba cuando caemos en la cuenta de que nuestro amor es “interesado”, movido por intereses personales; ¡y cuántos amores interesados hay! Por ejemplo, “cuando los servicios caritativos en los que parece que nos prodigamos se hacen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos pagados: ¡Hay que ver lo bueno que soy!

También puede suceder que hagamos cosas que tengan “visibilidad” para que se vea nuestra inteligencia o nuestra capacidad. “Detrás de todo eso —observa el Papa— hay una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque somos buenos; como si la caridad fuese una creación del hombre, un producto de nuestro corazón”.

En efecto, actuar así es hipocresía: un engaño a los demás que arranca de un autoengaño. Tiene su raíz en pensar de manera voluntarista, lo que en último término es una falta de realismo cristiano; es decir, una falta de ver las cosas, las personas y los acontecimientos a la luz de la fe. Y en eso consiste esa enfermedad. Así se explica que a veces nuestra caridad pueda ser fingida, ciertamente, como una telenovela, algo que no es realidad.

Sigue explicando Francisco lo que en realidad es la caridad, con palabras sencillas y a la vez profundas: “La caridad, en cambio, es ante todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y tenemos que pedirlo. Y Él lo da de buen grado, si nosotros lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos da y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es engendrada por el encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús”.

El remedio de la enfermedad

Así es, porque los cristianos amamos con el amor de Jesús. Y vamos enfocando el tratamiento que cura el amor fingido. Claramente la unión con Jesús es la primera condición para poder amar a los demás. Esto es indispensable pero no es suficiente. ¿Y por qué? ¿Es que acaso la luz y la fuerza del amor de Cristo no bastan para vencer todas las tinieblas y debilidades propias y ajenas y llevarnos a un amor auténtico? Por supuesto que de por sí la gracia que nos viene por la unión con Jesús es luz y vida de Dios y por tanto es omnipotente. Pero, a la vez, el Señor ha querido “someterse” a nuestra naturaleza —limitada— y colaborar con nuestra libertad; incluso sabiendo que somos pecadores y que nuestro modo de amar está marcado por el pecado. 

Esta triste realidad —continúa el Papa— la reconoce san Pablo. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros podemos vivir el gran mandamiento del amor, precisamente siendo instrumentos de la caridad de Dios. ¿Y cómo y cuándo sucede esto? 

Así lo apunta Francisco sin renunciar al lenguaje médico: “Esto sucede cuando nos dejamos curar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de curar nuestro corazón: lo hace, si se lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor”. 

O sea que, además de estar bien unidos a Jesucristo, hemos de pedirle que nos cure de esa posible enfermedad, de esa “hipocresía del amor”, con una oración parecida a esta: “Señor, cúrame, enséñame a amar como Tú, unido a ti, lejos de todo fingimiento e hipocresía, sin buscar quedar bien ni parecer bueno, aunque esto último —el parecer bueno— quizá no se pueda evitar del todo. Pero a mí no me interesa para nada el parecer, sino el ser lo que tú quieras que sea, con todas mis limitaciones pero sirviéndote a ti y a mis hermanos”.

Y sigue la argumentación del Papa: “Se comprende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo quien, tomando morada en nuestro corazón y en nuestra vida, sigue haciéndose cercano y sirviendo a todos los que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados, en los que reconocemos en primer lugar a Él”.

Concluye Francisco que san Pablo no quiere reprocharnos, sino animarnos y reavivar nuestra esperanza. Y apela de nuevo al realismo: “Porque todos tenemos la experiencia de no vivir de lleno o como deberíamos el mandamiento del amor”. Pero, observa que esta experiencia “también es una gracia, porque nos hace comprender que no somos capaces de amar de verdad: necesitamos que el Señor renueve continuamente ese don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia”. 

Fiarse más de Dios

Así es de coherente el actuar de Dios y así es de claro lo que nos pide: estar unidos a Él por la gracia, vivir, por tanto, lejos del pecado. Y nos pide la oración humilde y perseverante del que se sabe poca cosa, en comparación con los horizontes del amor cristiano (¡amar con Jesús y como Él!). Es como si se nos dijera: para que tu amor, vuestro amor, sea auténtico, tienes y tenéis que fiaros más de Dios. Personalmente, pegarte a Él, tomarte la oración y la vida sacramental más en serio. Y luego y continuamente vigilar (examinarse a diario, aunque sea dos minutos al final de la jornada) para ser coherente en el amor.  

Si lo hacemos así, daremos un salto enorme de calidad en nuestro amor y en nuestra vida. Y eso nos ayudará a redescubrir lo más grande en lo más pequeño y cotidiano. Porque la vida de las personas está hecha de pequeñas cosas que se hacen grandes por el amor:

“Entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; volveremos a apreciar todas esas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, o sea, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos alejados de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón”.

 

 

 Gracia, libertad y mérito

Eudaldo Forment

Es necesario que el hombre, para salvarse haga obras buenas, y, para ello, es ayudado por la gracia de Dios, que regenera nuestra voluntad

La regeneración de voluntad libre por la gracia

Las tesis de San Agustín y San Bernardo sobre la gracia y la libertad fueron también claramente expuestas por Bossuet, en su libro de diálogo con el protestantismo Exposition de la doctrina de l’Église Catholique sur les matières de controverse. El célebre predicador francés del siglo XVII comienza esta obra notando que: «Después de más de un siglo de discusiones con los líderes de la religión, pretendidamente reformada, las materias que fueron objeto de su ruptura, deben ser aclaradas, y explicadas las posiciones de la Iglesia católica. Parece así que lo mejor que puede hacerse es proponerlas simplemente, y distinguirlas muy bien de las que falsamente le han sido imputadas».

Confiesa seguidamente que: «En efecto, he observado en diferentes ocasiones que la aversión que estos líderes tenían a la mayoría de nuestras posiciones, estaba unida a ideas falsas que habían concebido, y a menudo a ciertas palabras que de tal manera les chocaban, que sólo se fijaban en ellas y nunca pasaban a considerar el fondo de las cosas».

Añade que, para evitar estos inconvenientes y dar a conocer la enseñanza católica, seguirá la doctrina del Concilio de Trento. «Es por eso que he creído que nada les podría ser más útil que explicarles lo que la Iglesia definió en el Concilio de Trento, tocando las materias que más les alejan de nosotros, sin detenerme a lo que acostumbran a objetar a doctores en concreto, o contra cosas que no son aprobadas necesaria y universalmente»[1].

Al empezar la explicación de la justificación, uno de los puntos más controvertidos, nota Bossuet, por una parte, que una cuestión muy importante en el conjunto de todo su tratado, porque: «La materia de la justificación hará (…), que sean todavía mayormente esclarecidas cuántas dificultades pueden suscitarse de una simple exposición de nuestra posición»[2].

Por otra, que: «Los que conocen, aunque sea poco la historia de la pretendida Reforma, no ignoran que todos los primeros autores, propusieron este tema a todo el mundo como el principal, y como el fundamento más esencial de su ruptura; es, por ello, el que es el más necesario entender bien»[3].

Los creyentes católicos creemos −afirma, en primer lugar−, que: «Nuestros pecados nos son remitidos gratuitamente por la misericordia divina, por causa de Jesucristo” (C. de Trento, s. VI, cap. IX). Estos son los propios términos del concilio de Trento, que añade que se dice que somos justificados gratuitamente, porque ninguna cosa que preceda a la justificación, sea la fe, o sean las obras, puede merecer esta gracia (Ibíd. c. VIII)».

Sobre la cuestión central de la justificación, la determinación del estado del pecador justificado, considera Bossuet que: «Como la Escritura nos explica la remisión de los pecados, ora diciendo que Dios los cubre, u ora diciendo que los quita, y que los borra por la gracia del Espíritu Santo, que nos hace nuevas criaturas: creemos que hay que juntar estas dos expresiones, para formarse la idea perfecta de la justificación del pecador».

Los católicos, a diferencia de los reformadores: «Es por eso que creemos que nuestros pecados, no solamente son cubiertos, sino que son totalmente borrados por la sangre de Jesucristo, y por la gracia que nos regenera, que, lejos de oscurecer o de disminuir la idea que se debe tener del mérito de esta sangre, por el contrario lo aumenta al contrario y lo ensalza».

También frente a las tesis protestantes, añade Bossuet, que, como consecuencia, el perdón que conlleva la justificación no es algo externo, sino que afecta internamente al pecador. «Así la justicia de Jesucristo es no solamente imputada (atribuida), sino actualmente comunicada a los fieles por obra del Espíritu Santo, de manera que no solamente son reputados (considerados), sino hechos justos por su gracia».

Hay un argumento racional, que aporta seguidamente: «Si la justicia que está en nosotros fuera justicia sólo a los ojos de los hombres, no sería obra del Espíritu Santo: es, pues, igualmente justicia delante de Dios, porque es el mismo Dios quien la hace en nosotros, derramando la caridad en nuestros corazones»[4].

Sin embargo, advierte Bossuet que, en el estado de naturaleza reparada la justificación no es completa ni perfecta, porque: «es muy cierto que “la carne ansia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne (Ga 5, 17)” y que “tropezamos todos en muchas cosas” (St 3,2). Así aunque nuestra justicia sea verdadera por la infusión de la caridad, no es en absoluto justicia perfecta por causa del combate de la codicia: aunque el gemido continuo de un alma arrepentida de sus faltas hace deberle lo más necesario de la justicia cristiana. Lo que nos obliga a confesar humildemente con santo Agustín, lo que nuestra justicia tiene en esta vida consiste más bien en la remisión de los pecados que en la perfección de las virtudes»[5].

El mérito de las buenas obras hechas por la gracia

Bossuet dedica el capítulo siguiente al de la justificación a las buenas obras. Lo titula «El mérito de las obras», por la cuestión conexa del papel de las obras humanas en la justificación, o sobre el esfuerzo o mérito del hombre en el cumplimiento de los mandamientos, negado por el protestantismo, especialmente el luterano.

Comienza también citando el Concilio de Trento: «Sobre el mérito de las obras, la Iglesia católica enseña que: “la vida eterna debe serles propuesta a los hijos de Dios, como una gracia que misericordiosamente les es prometida por medio de Nuestro Señor Jesucristo, y como una recompensa que fielmente es dada a sus buenas obras y a sus méritos, en virtud de esta promesa” (C. Trento, Just., XVI). Son los propios términos del concilio de Trento».

Las buenas obras son meritorias y tienen recompensa: «Pero por temor de que el orgullo humano sea halagado por la opinión de un mérito presuntuoso, el mismo Concilio enseña que todo el precio y el valor de las obras cristianas proviene de la gracia santificante, que se nos da gratuitamente en nombre de Jesucristo, y que es un efecto de la influencia continua de esta divina cabeza sobre sus miembros».

Es necesario que el hombre, para salvarse haga obras buenas, y, para ello, es ayudado por la gracia de Dios, que regenera nuestra voluntad. «Verdaderamente los preceptos, las exhortaciones, las promesas, las amenazas y los reproches del Evangelio hacen ver suficientemente que hace falta que operemos nuestra salvación por el movimiento de nuestras voluntades con la gracia de Dios que nos ayuda».

Debe tenerse en cuenta, para comprender en que consiste esta ayuda, que: «Es un primer principio, que el libre albedrío no puede hacer nada que conduzca a felicidad eterna, sino en tanto que es movido y elevado por el Espíritu Santo».

El sentido el mérito de las buenas obras se explica desde esta acción de la gracia de Dios, actuante en la voluntad libre del hombre, para que haga buenas obras. «Así la Iglesia que sabe que este divino Espíritu, que hace en nosotros por su gracia todo el bien que hacemos, debe creer que las buenas obras de los fieles son muy-agradables a Dios, y de gran consideración delante de Él: y es justamente se sirve de la palabra mérito, con toda la antigüedad cristiana, principalmente para significar el valor, el precio y la dignidad de estas obras que hacemos por la gracia».

Observa Bossuet que esta es la doctrina del mérito de las buenas obras enseñada por el Concilio de Trento. De manera que: «Así como toda su santidad viene de Dios que la hace en nosotros, la misma Iglesia recibió en el concilio de Trento como doctrina de fe católica, la palabra de san Agustín, que “Dios corona sus dones coronando el mérito de sus servidores” (C. Trento, VI, XVI)»[6].

En el capítulo XVI del Decreto sobre la justificación del Concilio de Trento, titulado «Del fruto de la justificación, esto es, del mérito de las buenas obras y de la naturaleza de este mismo mérito», se dice: «No quiera Dios que el cristiano confíe ni se gloríe en sí mismo, y no en el Señor, cuya bondad es tan grande para con todos los hombres, que quiere que sean méritos de éstos los que son dones suyos»[7].

La gracia y el olvido de Dios y de sí mismo

En uno de sus célebres sermones, el que pronunció con motivo del ingreso en las Carmelitas, de la joven duquesa de la Vallière, Luisa Francisca La Baume Le Blanc −en presencia de la reina, María Teresa de Austria, esposa de Luis XIV, el Rey Sol−, Bossuet desarrolló la cuestión de los cambios que produce la gracia. Comenzó refiriéndose a otro cambio, también obra de Cristo. «Maravilloso espectáculo se ha de presenciar, sin duda, cuando Aquel que está sentado en su trono, desde donde vela sobre todo el universo, y al que cuesta igual el obrar que el decir, porque hace todo lo que le place con su palabra, anuncie desde lo alto de su trono, en el fin de los siglos, que se dispone a renovarlo todo; y al mismo tiempo, vea a toda la naturaleza cambiada hacer aparecer un mundo nuevo para los elegidos».

Al final de los tiempos, Cristo Redentor, juez de vivos y de muertos, realizará este maravilloso cambio de purificación, transformación y renovación del mundo actual. Una transformación que equivaldrá a una nueva creación. Sin embargo, ya en el tiempo, se da otro admirable y asombroso cambio, que sirve de preparación para el posterior, porque: «obra Él secretamente en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, los cambia, los renueva y, removiéndolos hasta el fondo, les inspira deseos hasta entonces desconocidos; tampoco es este cambio menos nuevo ni menos admirable»[8].

Respeto al último cambio, al «cielo nuevo y una tierra nueva»[9] advierte que: «No debemos sentir curiosidad por conocer distintamente esas maravillosas novedades de los siglos futuros; obrándolas Dios sin nosotros, debemos confiar en su poder y en su sabiduría».

Sin embargo, sí que se puede y debe conocer el primer cambio de Dios o: «las santas novedades que obra en lo profundo de nuestros corazones. Escrito está: “Os daré un nuevo corazón” (Ezeq. 36, 26), y escrito está también: “Haceos un corazón nuevo” (Ezeq. 18, 31); de manera que este corazón nuevo que se nos da, también a nosotros corresponde hacerlo; y, como debemos concurrir en ello por el impulso de nuestras voluntades es preciso que tal impulso se halle prevenido por el conocimiento».

Comienza, para ello, preguntándose por el estado antiguo y el estado nuevo, que se dan en el mundo temporal. «¿Qué existe más antiguo que el amarse a sí mismo y que más nuevo que el erigirse uno mismo en su propio perseguidor? Pero aquel que se castiga a sí mismo debe de haber visto alguna cosa a la que ama más que a sí mismo: de modo que hay aquí dos amores que lo hacen todo. San Agustín los define con estas palabras: Amor sui usque ad contemptum Dei; amor Dei usque ad contemptus sui (La ciudad de Dios, XIV, 27)».

Uno es: «“el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios”, que es lo que hacen la vida antigua y la vida del mundo. El otro: «“el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo”, que es lo que hace la vida nueva del cristianismo»[10].

En el estado antiguo: «El recuerdo del que nos ha creado está impreso profundamente dentro de nosotros. Pero, ¡oh desgracia increíble y lamentable ceguera!, nada tan fuertemente grabado en el corazón del hombre, y nada que le sirva menos en su conducta. Los sentimientos religiosos son la última cosa que se borra en el hombre, y la última que el hombre consulta»[11].

El hombre es como un «edificio destruido», creado por Dios pero caído por el pecado, pero conserva algo de su grandiosidad del plan del arquitecto. «La impresión de Dios perdura aún tan viva en el hombre, que no puede perderla, y a la vez tan débil, que no puede seguirla, de tal modo que no parece haber perdurado en él sino para convencerle de su falta, y hacerle sentir su pérdida. Así, es verdad que ha perdido a Dios, pero también (…) es cierto, que no podía evitar, después de ello perderse también a sí mismo»[12].

Sin embargo: «en este olvido profundo de Dios y de sí mismo, en que el alma está hundida, Dios la sabe encontrar. Cuando a Él le place, hace sentir su voz en medio del estrépito del mundo; en su mayor esplendor, y en medio de todas sus pompas, descubre Él el fondo de todo ello, es decir, la nada y la vanidad»[13].

Se llega entonces por la gracia de Dios a un estado nuevo. «Nada existe más nuevo que este estado en que el alma, llena de Dios, se olvida de sí misma. De esta unión con Dios, vemos nacer al punto en el alma todas las virtudes»[14].

En este nuevo estado, no obstante: «ve todavía por debajo de sí abismos profundos: la nada de donde fue sacada y otra nada más espantosa todavía, que es el pecado en el que puede caer de nuevo en todo momento, por poco que se aleje de Dios y que le obligue a abandonarla».

Ante este angustioso peligro de la soledad absoluta, de la insoportable soledad sin Dios: «Considera el alma que si es justa es porque Dios la hace justa continuamente, San Agustín no quiere que se diga que Dios nos ha hecho justos, sino que dice que nos hace justos a cada momento (De gen. Ad litt. I, 8, 25) No es −dice− como un médico que habiendo devuelto la salud a su enfermo, lo deja en estado, en que ya no necesita de su auxilio; es como el aire, que no ha sido hecho luminoso para continuar siéndolo por sí mismo, sino que es hecho luminosos continuamente por el sol».

Siempre se precisa absolutamente la gracia de Dios. Por ello: «El alma, unida a Dios, siente continuamente su dependencia, y siente que la justicia que le es dada no subsiste por sí sola, sino que Dios la crea en ella a cada instante; de modo que ella se mantiene siempre con la atención despierta hacia esa parte; permanece siempre bajo la mano de Dios, unida siempre al gobierno y como el efluvio de su gracia»[15]. No quiere quedar en la soledad inaguantable de la nada más terrible: la del pecado.

Semipelagianismo, protestantismo y catolicismo

En esta misma línea, en nuestros días, el tomista Francisco Canals, también en diálogo con el protestantismo, advirtió que, por una parte: «Las definiciones tridentinas no rechazaban más que la tesis de que la justificación consiste en una mera declaración de que el hombre ha sido justificado, después de la cual el hombre permanece siendo, sin embargo, totalmente pecador». Por otra, por el contrario: «Lo que se afirmó contra la reforma, es que la gracia de la justificación renueva internamente al hombre»[16].

Frente al protestantismo, y más concretamente a su «teología de la gracia sin la libertad, de la justificación sin la interna regeneración del hombre redimido»[17], la tesis nuclear del Concilio de Trento es que la gracia regenera el espíritu humano y con ello a la misma voluntad libre. Además, precisa Canals que: «Esto no significa en modo alguno que la justificación misma provenga parcialmente de Dios y parcialmente del hombre, sino que la justificación hace al hombre operante»[18].

Si no se afirmara esto último, no se caería en el pelagianismo, que piensa: «en el hombre como el autor del bien obrar, merecedor de vida eterna»[19], pero sí en el semipelagianismo. El creer que: «el hombre y la gracia de Dios, o, si se quiere, la gracia de Dios y el hombre, son causas coordinadas entre sí concurrentes en la acusación de la buena obra, es propio de posiciones semipelagianas»[20].

Frente a esta doctrina semipelagiana −siempre muy difundida, pero muchas veces inadvertida por el creyente−, reaccionó el protestantismo, con una forma antitética de dirección opuesta también incorrecta, con «una teología de la gracia sin libertad», que implicaba «el no tener en nada las obras y el libre albedrío humano»[21].

El concilio de Trento, en cambio: «reafirmaba la verdad tradicional y plenaria. “No yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15, 10)»[22]. En su justa acusación al semipelagianismo, el protestantismo cayó en un grave olvido: la libertad y las buenas obras. Por ello, el concilio recordaba que: «la salvación del mismo libre albedrío por la gracia, que mueve al justo a obrar meritoriamente, y aun excita al pecador a la cooperación activa a su justificación»[23]. De manera que: «es efecto de la gracia misma toda buena obra y toda buena voluntad del cristiano»[24]. Frente al desvío protestante, Trento mantenía que: «la gracia de Dios conmigo es la fórmula paulina y católica»[25].

La posición tridentina sería igualmente opuesta al semipelagianismo, porque no considera: «el libre albedrío como consistente en una “emancipación del hombre” frente a Dios», sino que: «es Dios quien obra en nosotros la buena voluntad y la buena obra, y así el mismo acto meritorio es el propio efecto de la gracia»[26].

Con la regenerada libertad de la buena voluntad causada por la gracia: «la libre cooperación del hombre en la obra de su justificación no puede ser entendida como si por ella se derogase la fe en la iniciativa exclusiva de Dios en la obra redentora. La gracia de la justificación, que renueva al hombre, lo hace activo y causa en él obras libres meritorias de vida eterna»[27].

La enseñanza tridentina, frente a la desviación protestante −y también frente a la semipelagiana, que reparte: «entre la gracia divina y la recta voluntad del hombre, entendidas como dos causas entre sí independientes en su respectiva actividad concurrente, la eficiencia del bien obrar»[28]−, establece que: «sólo la gracia tiene poder para regenerar íntimamente al hombre caído y mover su libre albedrío a obrar meritoriamente en orden a la vida eterna»[29].

Observa finalmente Canals que la no consideración en ningún sentido de la libertad y de las buenas obras es una desviación muy peligrosa, tanto o más que la contraria afirmación absoluta semipelagiana, porque: «Las formas más sutiles y peligrosas del error son aquellas en las que la rebeldía humana no se dirige, al parecer, sino contra los elementos inferiores y creados, sensibles e instrumentales, de la comunicación de la gracia». Además, con una actitud farisaica: «Entonces la misma rebeldía se presenta como fidelidad a la soberanía de Dios, apoyo exclusivo en su omnipotente misericordia, y rechazo de toda idolatría y de toda confianza en el hombre»[30].

Unión de la gracia con la libertad en las buenas obras

En otra obra, escrita cuarenta años después, en la que presenta lo más nuclear de la síntesis tomista, Canals desarrolla también esta última observación. Lo hace al notar que sobre la afirmación de la perfección de la libertad por la gracia, que le permite, ya renovada, realizar obras meritorias, Santo Tomás no considera consistentes otras explicaciones.

Al tratar la cuestión de si la salvación es toda de Dios o también por causación humana, indica Santo Tomás que hay algunos que: «parecen haber distinguido entre lo que pertenece a la gracia y lo que pertenece al libre albedrío, como si el mismo efecto no pudiese provenir de ambos». Sobre lo que surge de la gracia de Dios y del libre albedrío, advierte que: «no son cosas distintas lo que procede de la causa primera y de la segunda, y la providencia divina produce sus efectos por las operaciones de las causas segundas»[31].

Regla de la composición de lo superior con lo inferior

Comenta Canals que en esta tesis del Aquinate que no separa «en el acto meritorio, la eficacia de la gracia del ejercicio del libre albedrío humano», se revela «como una norma o criterio». Se descubre implícita en su aplicación, siempre que Santo Tomás afirma: «la composición, la síntesis de algo en alguna línea “superior” o más perfecto con otro elemento de la realidad en cierto sentido inferior, como participativo o receptivo de aquello más eminente que lo perfecciona».

Esta especie de regla del Aquinate, es que lo participado, y, por tanto, lo más perfecto y perfectible, «nunca suprime ni minimiza este elemento participativo y perfectible», con el que se compone.

Precisa Canals que lo participante o «lo de algún modo inferior no tiene carácter de la imperfección privativa». Al sujeto de lo participado le pertenece la limitación, propia de la medida de la participación, pero no la privación, que en el sentido de ser debida, lo es de lo malo. Como explica seguidamente: «El mal, para Santo Tomás, no tiene subsistencia ni consistencia esencial alguna, y sólo se da en una substancia y sujeto bueno privado en alguna línea de la perfección a que tendería por su naturaleza. No hay error más que en un sujeto intelectual, ni enfermedad más que en un viviente, ni pecado más que en un sujeto personal dotado del bien del libre albedrío y ordenado, por su misma naturaleza, a encontrar su plenitud en la ordenación al bien y en la participación del mismo».

Se trata, por tanto, de «la composición o síntesis de la capacidad de perfección con la perfección para la que capacita» Esta composición participante participado o potencial actual se da en: «la composición en lo entitativo de la forma con la materia, de la esencia finita con el acto de ser que la actualiza, de la facultad operativa con la operación a que tiende y, en la cima del universo creado y elevado por Dios al orden de receptor de la comunicación de la vida divina»[32].

De la «regla» de que lo participado o superior no anula lo participante o inferior, sino que lo presupone como perfectible y lo perfecciona e incluso lo restaura en sus imperfecciones[33], se sigue que tampoco lo minimiza o disminuye en su naturaleza y en sus acciones. Puede decirse que, para Santo Tomás: «Nunca lo superior, para perfeccionar lo inferior en que es recibido, anula o minimiza lo inferior».

Por ello, la gracia no elimina o mengua la naturaleza caída, ni tampoco: «La sabiduría teológica no ha cortado a nadie las posibilidades de su talento metafísico. La santidad nunca ha cortado las alas a la plenitud de una vida humana. Aquellos santos a los que llamamos “humanistas devotos” no tienen, en lo cultural y lo personal, inferior valía a la realizada en cualquier humanismo. La fuerza espiritual de la mística Doctora Santa Teresa nadie puede pensar que le quitase algo de su genio tan “femenino". La poderosa acción de Santa Juana de Arco no encontró obstáculo, antes bien, como es obvio, todo el impulso en la vida de su tensión religiosa»[34].

Desde esta «regla» de Santo Tomás, se comprende «la composición o síntesis entre la gracia divina y el libre albedrío humano, que el pecado original hiere con la inclinación al mal, pero que no anula y que sigue siendo, aun en el hombre caído, el sujeto propio receptor de la eficacia de la gracia que le mueve al bien»[35].

Eudaldo Forment

Fuente: infocatolica.com.

[1] Jacques-Benigne Bossuet, Oeuvres complètes de Bossuet, Paris, Librairie de Louis Vivès Editeur, 1862, vol. XIII, Exposition de la doctrine de l’Église Catholique sur les matières de controverse, pp. 51-104,  I, p. 51.

[2] Ibíd., VI, p. 62.

[3] Ibíd. VI, pp. 62-63.

[4] Ibíd., VI, p. 63.

[5] Ibíd., pp. 63-64.

[6] Ibíd., VII, p. 64.

[7] Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación, c. XVI.

[8] JACQUES BÉNIGNE BOSSUET, Sermones, Trad. S.J. Arbó, Barcelona, Luis Miracle Editor, 1940, Sermón “Por la profesión de madame de la Vallière, duquesa de Vanjours”, pp. 219-248, p. 227.

[9] Cf. Is 65, 17 y Ap 21, 1.

[10] JACQUES BÉNIGNE BOSSUET, Sermones, op.cit.,p. 229.

[11] Ibíd., p. 237.

[12] Ibíd., p. 238.

[13] Ibíd., p. 239.

[14] Ibíd., p. 243.

[15] Ibíd., p. 244.

[16] FRANCISCO CANALS, En torno al diálogo católico protestante, Barcelona, Herder, 1966, p. 30.

[17] Ibíd., p. 38.

[18] Ibíd.,  p. 30.

[19] Ibíd, p. 43-44.

[20] Ibíd., p. 44.

[21] Ibíd., p. 43.

[22] Ibíd.

[23] Ibíd., p. 44.

[24] Ibíd., p. 43.

[25] Ibíd., p. 44.

[26] Ibíd., p. 48.

[27] Ibíd., p. 47.

[28] Ibíd., pp. 47-48.

[29] Ibíd., p. 47.

[30] Ibíd., p. 42.

[31] Santo Tomás, Summa theologiae, I, q. 23, a. 5, in c.

[32] Francisco Canals Vidal, Tomás de Aquino. Un pensamiento siempre actual y renovador, Barcelona, Scire, 2004, p. 94.

[33] Cf. SANTO TOMÁS, Summa Theologiae, I, q. 1, a. 8, ad 2.; I, q. 2, a. 2, ad 1; y I-Ii, q. 109, a. 3, in c.

[34] Francisco Canals Vidal, Tomás de Aquino. Un pensamiento siempre actual y renovador, op. cit., p. 95.

[35] Ibíd. En los errores y herejías sobre esta cuestión se han separado los dos constitutivos y se han igualado, o se han contrapuesto antitéticamente, o bien se ha anulado uno de ellos.

 

 Tercera predicación de cuaresma del padre Cantalamessa, con la presencia del Santo Padre

La cuarta y quinta predicación serán los próximos viernes 31 de marzo y 7 de abril

Predicación del fraile Cantalamessa (Fto. Osservatore © Romano)

Predicación del fraile Cantalamessa (Fto. Osservatore © Romano)

(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 24 Mar. 2017).- El santo padre Francisco asistió este viernes a la tercera predicación de Cuaresma, realizada por el predicador de la Casa Pontificia, el sacerdote capuchino Raniero Cantalamessa.

El tema de la meditación realizada en la capilla Redemptoris Mater fue: “Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’ sino en el Espíritu Santo’

La cuarta y quinta predicación serán los próximos viernes 31 de marzo y 7 de abril de 2017

Primera predicación de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa
Segunda predicación de cuaresma del capuchino Cantalamessa. El Santo Padre participa
 

TEXTO COMPLETO DE LA TERCERA PREDICACIÓN DE CUARESMA

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Cuaresma 2017, tercera predicación

El Espíritu Santo nos introduce en el misterio 

de la muerte de Cristo

1. El Espíritu Santo en el misterio pascual de Cristo

En las dos meditaciones precedentes, hemos tratado de mostrar cómo el Espíritu Santo nos introduce en la «verdad plena» sobre la persona de Cristo, haciéndolo conocer como «Señor» y como «Dios verdadero de Dios verdadero». En las restantes meditaciones nuestra atención, desde la persona, se desplaza a la obra de Cristo, desde el ser al actuar. Trataremos de mostrar cómo el Espíritu Santo ilumina el misterio pascual, y en primer lugar, en la presente meditación, el misterio de su muerte y de la nuestra.

Apenas publicado el programa de estas predicaciones de Cuaresma, en una entrevista para L’Osservatore Romano, se me ha dirigido esta pregunta: «¿Cuánto espacio para la actualidad habrá en sus meditaciones? He respondido: Si se entiende «actualidad» en el sentido de referencias a situaciones o acontecimientos en curso, temo que haya muy poco de actual en las próximas predicaciones de Cuaresma. Pero, en mi opinión, «actual» no es sólo «lo que está en curso», y no es sinónimo de «reciente». Las cosas más «actuales» son las eternas, es decir, las que tocan a las personas en el núcleo más íntimo de la propia existencia, en cada época y en cada cultura. Es la misma distinción que hay entre «lo urgente» y «lo importante». Siempre estamos tentados de anteponer lo urgente a lo importante, y lo «reciente» a lo eterno». Es una tendencia agudizada especialmente por el ritmo apremiante de las comunicaciones y la necesidad de novedad de los medios de comunicación

¿Qué hay más importante y actual para el creyente, e incluso para cada hombre y cada mujer, que saber si la vida tiene un sentido o no, si la muerte es el final de todo o, por el contrario, el inicio de la verdadera vida? Ahora bien, el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo es la única respuesta a tales problemas. La diferencia que hay entre esta actualidad y la mediática de las noticias es la misma que hay entre quien pasa el tiempo mirando la estela dejado por la ola en la playa (¡qué será borrada por la ola siguiente!) y quien levanta la mirada para contemplar el mar en su inmensidad.

Con esta conciencia meditemos, pues, el misterio pascual de Cristo, comenzando por su muerte en cruz. La Carta a los Hebreos dice que Cristo «movido por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios» (Heb 9,14). «Espíritu eterno» es otro modo para decir Espíritu Santo, como atestigua ya una variante antigua del texto. Esto quiere decir que, como hombre, Jesús recibió del Espíritu Santo, que estaba en él, el impulso para ofrecerse en sacrificio al Padre y la fuerza que lo sostuvo durante su pasión. 

Sucede para el sacrificio como para la oración de Jesús. Un día Jesús «exultó en el Espíritu Santo y dijo: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y tierra”» (Lc 10,21). Era el Espíritu Santo que suscitaba en él la oración y era el Espíritu Santo quien lo impulsaba a ofrecerse al Padre. El Espíritu Santo que es el don eterno que el Hijo hace de sí mismo al Padre en la eternidad, es también la fuerza que lo impulsa a hacerse don sacrificial al Padre por nosotros en el tiempo.

La relación entre el Espíritu Santo y la muerte de Jesús la pone de relieve sobre todo el evangelio de Juan. «No había todavía Espíritu —comenta el evangelista a propósito de la promesa de los ríos de agua viva— porque Jesús todavía no había sido glorificado» (Jn 7,39), es decir, según el significado de esta palabra en Juan, aún no había sido elevado en la cruz. Desde la cruz Jesús «entregó el Espíritu», simbolizado por el agua y la sangre; escribe, en efecto, en la primera Carta: «Tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre» (1 Jn 5,7-8). 

El Espíritu Santo lleva a Jesús a la cruz y, desde la cruz Jesús, da el Espíritu Santo. En el momento del nacimiento y luego, públicamente, en su bautismo, el Espíritu Santo es dado a Jesús; en el momento de la muerte Jesús da el Espíritu Santo: «Después de haber recibido el Espíritu Santo prometido, él lo ha derramado, como vosotros mismos podéis ver y oír», dice Pedro a las multitudes el día de Pentecostés (Hch 2,33). A los Padres de la Iglesia les gustaba poner de relieve esta reciprocidad. «El Señor —escribía san Ignacio de Antioquía— ha recibido sobre su cabeza una unción perfumada (myron), para soplar sobre la Iglesia la incorruptibilidad».

En este punto debemos evocar la observación de san Agustín sobre la naturaleza de los misterios de Cristo. Según él, se tiene una verdadera celebración a modo de misterio, y no sólo a modo de aniversario, cuando «no sólo se conmemora un acontecimiento, sino que se hace también de modo que se entienda su significado para nosotros y se acoja santamente». Y es lo que querríamos hacer en esta meditación, guiados por el Espíritu Santo: ver qué significa para nosotros la muerte de Cristo, qué ha cambiado a propósito de nuestra muerte.

2. Uno murió por todos

El Credo de la Iglesia termina con las palabras «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». No menciona lo que precederá a la resurrección y a la vida eterna, es decir, la muerte. Justamente, porque la muerte no es objeto de fe, sino de experiencia. Sin embargo, la muerte nos afecta demasiado de cerca para pasarla en silencio. 

Para poder valorar el cambio obrado por Cristo en relación con la muerte, veamos cuáles fueron los remedios intentados por los hombres para el problema de la muerte, también porque el hombre intenta hoy «consolarse» con ellos. La muerte es el problema humano número uno. San Agustín anticipa la reflexión filosófica moderna sobre la muerte.

«Cuando nace un hombre —escribe— se hacen muchas hipótesis: quizá sea guapo, quizás sea feo; quizá sea rico, quizá sea pobre; quizá viva mucho, quizá no… Pero de nadie se dice: quizá muera o quizá no muera. Esta es la única cosa absolutamente cierta de la vida. Cuando sabemos que uno está enfermo de hidropesía (entonces esa era la enfermedad incurable, hoy son otras) decimos: “Pobrecillo, debe morir; está condenado, no hay remedio”. Pero, ¿no deberíamos decir lo mismo de uno que nace? “¡Pobrecillo, debe morir, no hay remedio, está condenado!”. ¿Qué diferencia hay si en un tiempo un poco más largo, o un poco más corto? La muerte es la enfermedad mortal que se contrae al nacer».

Quizás más que una vida mortal, la nuestra hay que considerarla como una «muerte vital», un vivir muriendo. Este pensamiento de Agustín lo retomó, en clave secularizada, Martin Heidegger que ha hecho que la muerte entrara con pleno derecho en el objeto de la filosofía. Al definir la vida y el hombre como «un-ser-para-la-muerte», él hace de la muerte no un accidente que pone fin a la vida, sino la sustancia misma de la vida, aquello de lo que está tejida. Vivir es morir. Cada instante que vivimos es algo que se quema, se sustrae a la vida y se entrega a la muerte. «Vivir-para-la-muerte» significa que la muerte no es sólo el final, sino también el fin de la vida. Se nace para morir, no para otra cosa. Venimos de la nada y volvemos a la nada. La nada es la única posibilidad del hombre. 

Es el vuelco más radical de la visión cristiana, según la cual el hombre es un «ser-para la eternidad». Sin embargo, la afirmación en la que ha desembocado la filosofía tras su larga reflexión sobre el hombre no es ni escandalosa ni absurda. Simplemente, la filosofía hace su oficio; muestra cuál sería el destino humano abandonado a sí mismo. Ayuda a comprender la diferencia que introduce la fe en Cristo.

Más que la filosofía son quizá los poetas quienes dicen las palabras de sabiduría más simples y verdaderas sobre la muerte. Uno de ellos, Giuseppe Ungaretti, hablando del estado de ánimo de los soldados en la trinchera durante la Gran Guerra, describió la situación de cada hombre frente al misterio de la muerte:

  «Se está
como en otoño
en los árboles
las hojas». 

La misma Escritura del Antiguo Testamento no tiene una respuesta clara sobre la muerte. De esta se habla en los libros sapienciales pero siempre en clave de pregunta, más que de respuesta. Job, los Salmos, el Qohelet, el Sirácide, la Sabiduría: todos estos libros dedican una atención considerable al tema de la muerte. «Enséñanos a contar nuestros días —dice un salmo— y llegaremos a la sabiduría del corazón» (Sal 90,12). ¿Por qué se nace? ¿Por qué se muere? ¿Dónde se va después de muertos? Son todas preguntas que para el sabio del Antiguo Testamento siguen sin otra respuesta que ésta: Dios lo quiere así; sobre todo habrá un juicio.

La Biblia nos refiere las opiniones inquietantes de los incrédulos del tiempo: «Nuestra vida es breve y triste; no hay remedio cuando el hombre muere, y no se conoce a nadie que libere de los infiernos. No hay vuelta de la muerte… Nacimos por casualidad y después estaremos como si no hubiéramos existido» (Sab 2,1ss). Sólo en este libro de la Sabiduría, que es el más reciente de los libros sapienciales, la muerte empieza a ser iluminada por la idea de una retribución ultraterrena. Las almas de los justos, se piensa, están en manos de Dios, aunque no se sabe qué quiere decir esto en concreto (cf. Sab 3,1). Es cierto que en un salmo se lee: «Preciosa es delante del Señor la muerte de sus fieles» (Sal 116,15). Pero no podemos apoyarnos demasiado en este versículo tan explotado, porque el significado de la frase parece ser otro: Dios hace pagar caro la muerte de sus fieles; es decir, es su vengador, pide cuenta de ella.

¿Cómo ha reaccionado el hombre a esta dura necesidad? Un modo expeditivo fue el de no pensar sobre ello, el de distraerse. Para Epicuro, por ejemplo, la muerte es un falso problema: «Cuando existo yo —decía— no existe aún la muerte; cuando existe la muerte ya no existo yo». Ella, pues, no nos concierne. A esta lógica de exorcizar la muerte responden también las leyes napoleónicas que desplazaban los cementerios fuera de la población.

También se han agarrado remedios positivos. El más universal se llama la prole, sobrevivir en los hijos; otra, sobrevivir en la fama: «No moriré del todo (“non omnis moriar”) —decía el poeta latino—, porque quedarán mis escritos, mi fama». «He erigido un monumento más duradero que el bronce». Para el marxismo el hombre sobrevive en la sociedad del futuro, no como individuo, sino como especie.

Otro de estos remedios paliativos es la reencarnación. Pero es una locura. Quienes profesan esta doctrina como parte integrante de su cultura y religión, es decir, aquellos que saben realmente qué es la reencarnación, también saben que no es un remedio y un consuelo, sino un castigo. No es una prórroga concedida al disfrute, sino a la purificación. El alma se reencarna porque todavía tiene algo que expiar, y si debe expiar, deberá sufrir. La Palabra de Dios trunca todas estas vías de escape ilusorias: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez, después de lo cual viene el juicio» (Heb 9,27). ¡Una sola vez! La doctrina de la reencarnación es incompatible con la fe de los cristianos.

En nuestros días se ha ido más allá. Existe un movimiento a nivel mundial llamado «transhumanismo». Tiene muchas caras, no todas negativas, pero su núcleo común es la convicción de que la especie humana, gracias a los progresos de la tecnología, ya está encaminada hacia una radical superación de sí misma, hasta vivir durante siglos ¡y quizá para siempre! Según uno de sus representantes más conocidos, Zoltan Istvan, la meta final será «llegar a ser como Dios y vencer la muerte». Un creyente judío o cristiano no puede dejar de pensar inmediatamente en las palabras casi idénticas pronunciadas al inicio de la historia humana: «No moriréis en absoluto; al contrario, seréis como Dios» (cf. Gén 3,4-5)

3. La muerte ha sido devorada por la victoria

Existe un único y verdadero remedio para la muerte y nosotros cristianos defraudamos al mundo si no lo proclamamos con la palabra y la vida. Escuchemos cómo el apóstol Pablo anuncia al mundo este cambio: 

«Si por la caída de uno solo, muchos murieron, con mayor razón la gracia de Dios y el don de la gracia proveniente de un solo hombre, Jesucristo, han sido derramados abundantemente sobre muchos […]. En efecto, si por la caída de uno solo, la muerte ha reinado a causa de ese uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por medio de ese uno que es Jesucristo» (Rom 5,12-17).

Con mayor lirismo, el triunfo de Cristo sobre la muerte está descrito en la Primera Carta a los Corintios: 

«La muerte ha sido sumergida en la victoria». “Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?” Ahora bien, el aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley; pero, gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 15,54-57).

El factor decisivo es colocado en el momento de la muerte de Cristo: «Él murió por todos» (2 Cor 5,15). Pero, ¿qué ha ocurrido tan decisivo en ese momento que ha cambiado el rostro mismo de la muerte? Podemos rapresentárnoslo visualmente así. El Hijo de Dios descendió a la tumba, como a una prisión oscura, pero ha salido por la pared opuesta. No ha vuelto por donde había entrado, como Lázaro que, sin embargo, debe volver a morir. No, él ha abierto una brecha en el lado opuesto, por la que todos los que creen en él pueden seguirlo. 

Escribe un antiguo Padre: «Él tomó sobre sí los sufrimientos del hombre sufriente mediante su cuerpo capaz de sufrir, pero con el Espíritu que no podía morir, Cristo ha dado muerte a la muerte que mataba al hombre». Y san Agustín: «A través de la pasión, Cristo pasa de la muerte a la vida y nos abre a nosotros, que creemos en su resurrección, para que pasemos también de la muerte a la vida». La muerte se ha convertido en un paso ¡y un paso hacia lo que no pasa! Dice bien Juan Crisóstomo:

«Es cierto, nosotros morimos también como antes pero no permanecemos en la muerte: y esto no es morir. El poder y la fuerza real de la muerte es solamente eso: que un muerto no tenga ninguna posibilidad de volver a la vida. Pero si después de la muerte recibe de nuevo la vida y, más todavía, se le da una vida mejor, entonces esta ya no es muerte, sino un sueño».

Todos estos modos de explicar el sentido de la muerte de Cristo son verdaderos, pero no nos dan la explicación más profunda. Esta debe buscarse en lo que, con su muerte, Jesús ha venido a poner en la condición humana, más que en lo que ha venido a quitar; debe buscarse en el amor de Dios, no en el pecado del hombre. Si Jesús sufre y muere con una muerte violenta que le inflige el odio, no lo hace sólo para pagar, en lugar de los hombres, su deuda insoluble (¡la deuda de diez mil talentos, en la parábola, la canceló el rey!); ¡muere crucificado para que el sufrimiento y la muerte de los seres humanos sean habitados por el amor! 

El hombre se había condenado por sí solo a una muerte absurda y he aquí que, entrando en esta muerte, descubre ahora que está impregnada del amor de Dios. El amor no ha podido prescindir de la muerte, a causa de la libertad del ser humano: el amor de Dios no puede eliminar con un golpe de varita mágica la trágica realidad del mal y de la muerte. Su amor está obligado a dejar que el sufrimiento y la muerte digan su palabra. Pero dado que el amor ha penetrado en la muerte y la ha llenado de la presencia divina, es el amor quien tiene ahora la última palabra. 

4. Qué ha cambiado en la muerte

¿Qué ha cambiado, pues, con Jesús, respecto a la muerte? ¡Nada y todo! Nada para la razón, todo para la fe. No ha cambiado la necesidad de entrar en la tumba, pero se da la posibilidad de salir de ella. Es lo que ilustra con fuerza el icono ortodoxo de la resurrección, del que vemos una interpretación moderna en la pared de la izquierda de esta capilla. El resucitado desciende a los infiernos y saca consigo a Adán y Eva, y tras ellos a todos los que se agarran a él, en los infiernos de este mundo.

Esto explica la actitud paradójica del creyente ante la muerte, tan parecida y tan diferente a la de todos los demás. Una actitud hecha de tristeza, miedo, horror, porque sabe que debe bajar a aquel abismo oscuro; pero también de esperanza porque sabe que puede salir de allí. «Si la certeza de morir nos entristece —dice el Prefacio de difuntos— nos consuela la esperanza de la futura inmortalidad». A los fieles de Tesalónica, afligidos por la muerte de algunos de ellos, san Pablo les escribía: 

«Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los que mueren, para que no estéis tristes como los otros que no tienen esperanza. En efecto, si creemos que Jesús murió y resucitó, creemos también que Dios, por medio de Jesús, llevará de nuevo con él a los que han muerto» (1 Tes 4,13-14). 

No les pide que no estén afligidos por la muerte, sino que no lo estén «como los demás», como los no creyentes. La muerte no es para el creyente el final de la vida, sino el comienzo de la verdadera; no es un salto en el vacío, sino un salto a la eternidad. Es un nacimiento y es un bautismo. Es un nacimiento, porque sólo entonces comienza la vida verdadera, la que no va hacia la muerte, sino que dura para siempre. Por eso la Iglesia no celebra la fiesta de los santos en el día de su nacimiento terreno, sino en el de su nacimiento para el cielo, su «dies natalis». Entre la vida de fe en el tiempo y la vida eterna existe una relación análoga a la que existe entre la vida del embrión en el seno materno y la del niño, una vez llegado a la luz. Escribe Cabasilas:

«Este mundo alumbra al hombre interior, al hombre nuevo, creado según Dios, y una vez configurado y formado perfecto aquí abajo, nace para un mundo perfecto e interminable. La naturaleza prepara el embrión, mientras vive en tinieblas de noche, para la vida en un mundo de luz. Y la naturaleza le va dando forma tomando por modelo la existencia que recibirá. Es también lo que ocurre en los santos».

La muerte es también un bautismo. Así designa Jesús a su propia muerte: «Hay un bautismo con el que debo ser bautizado» (Lc 12,50). San Pablo habla del bautismo como de un ser «bautizados en la muerte de Cristo» (Rom 6,4). Antiguamente, en el momento del bautismo, la persona era bajada totalmente al agua; todos los pecados y todo el hombre viejo quedaban sepultados en el agua y salía de ella una criatura nueva, simbolizada por la túnica blanca con la que era revestido. Así sucede en la muerte: muere el gusano, nace la mariposa. «Dios enjugará las lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto ni llanto ni angustia porque las cosas primeras han pasado» (Ap 21,4). Todo sepultado para siempre.

Durante varios siglos, especialmente desde el siglo XVI en adelante, un aspecto importante de la ascética católica consistía en «prepararse para la muerte», es decir, en meditar sobre la muerte, describiendo visualmente sus diferentes estadios y su inexorable avance desde la periferia del cuerpo hasta el corazón. Casi todas las imágenes de santos pintadas en este período los muestran con una calavera al lado, incluso Francisco de Asís que también había llamado a la muerte «hermana». 

Una de las atracciones turísticas de Roma es todavía el cementerio de los Capuchinos de Vía Véneto. No se puede negar que todo esto pueda constituir un reclamo todavía útil para una época tan secularizada y despreocupada como la nuestra; sobre todo si se lee como una exhortación dirigida a quien mira lo escrito que sobresale por encima de uno de los esqueletos: «Lo que tú eres, yo fui; lo que yo soy, tú serás».

Todo esto ha dado a alguien el pretexto de decir que el cristianismo se abre camino con el miedo a la muerte. Pero es un error terrible. El cristianismo, hemos visto, no está hecho para acrecentar el miedo a la muerte, sino para quitarlo; Cristo, dice la Carta a los Hebreos, ha venido «para liberar a los que, por miedo a la muerte, estaban sometidos a la esclavitud para toda la vida» (Heb 2,15). ¡El cristianismo no se abre camino con el pensamiento de nuestra muerte, sino con el pensamiento de la muerte de Cristo!

Por eso, más eficaz que meditar sobre nuestra muerte, es meditar sobre la pasión y muerte de Jesús y debemos decir, para honra de las generaciones que nos han precedido, que dicha meditación era también el pan cotidiano en la espiritualidad de los siglos recordados. Es una meditación que suscita conmoción y gratitud, no angustia; nos hace exclamar, como al apóstol Pablo: «¡Me amó y se entregó por mí!» (Gál 2,20).

Un «ejercicio piadoso» que recomendaría a todos durante la Cuaresma es coger un Evangelio y leer por cuenta propia, con calma y por entero, el relato de la pasión. Basta con menos de media hora. Conocí a una mujer intelectual que se profesaba atea. Un día le cayó encima una de esas noticias que dejan abrumado: su hija de dieciséis años tiene un tumor en los huesos. La operan. La chica vuelve del quirófano martirizada, con tubos, sondas y goteros por todas partes. Sufre terriblemente, gime y no quiere oír ninguna palabra de consuelo. 

La madre, sabiendo que era piadosa y religiosa, pensando agradarla, le dice: «¿Quieres que te lea algo del Evangelio?». «¡Sí, mamá!». «¿Qué?». «Léeme la pasión». Ella, que nunca había leído un evangelio, corre a comprar uno a los capellanes; se sienta junto al lecho y empieza a leer. Al cabo de un poco la hija se duerme, pero ella sigue, en la penumbra, leyendo en silencio hasta el final. «¡La hija se dormía —dirá ella misma en el libro escrito después de la muerte de la hija—, y la madre se despertaba!». Se despertaba de su ateísmo. La lectura de la pasión de Cristo la había cambiado la vida para siempre.

Terminemos con la simple, pero densa oración de la liturgia: «Adoramus Te, Christe, et benedicimus Tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum». «Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo».

 

La Anunciación y Encarnación del Verbo

El día de la Anunciación,

María estaba rezando

con el alma y corazón.

¿Cómo no iba a ser así

si toda la vida suya,

por ser Criatura más Santa,

era continua oración?

Con anhelo vehemente,

parecía que aguardaba

del Ángel la aparición.

 

Gabriel, quedó fascinado

de su hálito el candor

y, si articuló palabras,

lo pudo por la embajada

encomendada por Dios;

pues en otro caso, absorto,

no hubiera tenido voz

y mudo, ante Ella, quedara

prendado de la hermosura

que irradiaba su fulgor.

 

Cuando pronunciara el fiat,

el Verbo eterno asumió

la naturaleza humana

y en su seno se formó

alma racional y cuerpo

de Jesucristo, el Señor,

Dios y Hombre verdadero

en un prodigio de amor.

María, estaba rezando

el día de la Anunciación. 

                      José María López Ferrera 

 

 

 

Ama y haz lo que quieras…

Silvia del Valle Márquez

Última actualización: 24 Marzo 2017

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.- (San Agustín de Hipona).

 

México; ama y haz lo que quieras

Pero, ¿nosotros hacemos todo con amor? Aquí te dejo mis 5Tips para educar a nuestros hijos con amor y para el Amor.

PRIMERO. Ámate a ti misma para que puedas amar a los demás

Nadie da lo que no tiene y, por lo mismo, es muy importante querernos a nosotras mismas para amar a nuestra familia. Una forma de lograrlo es sanando las heridas que la vida te va dejando, perdonando constantemente a los que nos han lastimado y, sobre todo, perdonándonos a nosotras mismas, porque es normal cometer errores y hay que aprender de ellos.

Si logramos esto, además educamos a nuestros hijos al reconocernos débiles y que nos equivocamos, pero que todo lo hacemos por amor.

SEGUNDO. Que todo lo que hagas sea con amor

Es muy importante que desde nuestra intención lo que hagamos sea desde el Amor y por amor, ya que así tendremos cuidado de no dañar a los demás con nuestras acciones.

Nuestra pureza de intención es muy importante. Debemos querer a nuestros hijos y por eso hacer lo que debemos hacer, aunque a veces esto implique una corrección o una prohibición.

Nuestros hijos sí pueden ver que lo que hacemos es por amor o por coraje, que los regaños o correcciones son para que sean mejores o sólo porque estamos enojados.

Que todo nuestro ser transmita ese amor por nuestra familia; y así, cualquier error nuestro quedará superado por el Amor.

TERCERO. Que tus hijos sepan que los amas

Es muy común ver a niños y jóvenes gravemente lastimados porque sus papás no les expresaron su cariño por ellos.

Es muy importante hacer todo para que nuestros hijos sepan que los amamos, no importa que sea obvio, siempre es mejor que se los hagamos sentir. Y si nuestros hijos son pequeños, esto es más fácil porque no les da pena que los abracemos o que los acariciemos, pero conforme crecen se vuelve más difícil expresarles nuestro cariño; por eso es mejor comenzar desde pequeños.

Mis hijos ya tienen 19, 18, 16, 15 y 14 años, y no les da pena que les diga que los amo o que los abrace cuando caminamos juntos. Todo es cuestión de hábitos y de sensibilidad.

CUARTO. Que ellos se acostumbren a expresar el amor

Es muy común ver ahora a jóvenes fríos que no pueden expresar lo que sienten, porque no aprendieron a hacerlo en familia.

Es necesario que nuestros hijos no tengan temor ni pena de expresar que están felices o que están tristes o que están enojados; pero es de vital importancia que aprendan a expresar el amor hacia los demás. Y para eso deben aprender de nosotros, cuando los acariciamos o les decimos que los amamos.

Esto es más sencillo para las niñas, pero es raro o más importante para los niños, porque a ellos, conforme crecen, la sociedad les va imponiendo estereotipos y en ellos no va lo de decir te amo. Pero si nos ven a nosotros decirlo y abrazarlos, seguro que no les costará tanto trabajo romper con los paradigmas y ser auténticos.

Y QUINTO. Ámalos cuando menos se lo merezcan

Aquí es donde viene la prueba de fuego, amarlos cuando menos lo merecen. Cuando se han portado mal, cuando nos han hecho groserías o cuando merecen ser castigados o afrontar una consecuencia por sus actos.

Ahí es cuando más hay que demostrarles que los amamos, para que comprendan muy bien que todo lo que se va a hacer es por amor y no por coraje.

Que si hay acciones que no les van a gustar mucho, es para su crecimiento y porque los queremos tanto, que siempre buscamos su bien.

En fin, si hacemos del Amor el motor de nuestras acciones, estoy segura que todo irá mejor y siempre buscaremos el bien de nuestra familia.

 

 

La contemplación de la Santísima Virgen y la Anunciación

 

Un aspecto poco conocido de la personalidad de la Santísima Virgen es la elevación insondable de su pensamiento y de su contemplación.

San Juan Eudes recuerda que en el principio existían las tres personas de la Santísima Trinidad, pero no la naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra Señora estudiaba las Sagradas Escrituras para saber como sería el Mesías, pues deseaba ardientemente que el Mesías viniese pronto. Así, Ella llegó a imaginar como sería Nuestro Señor y, en el momento en que ella lo concibió por la inteligencia, por el amor, y tuvo el deseo de ser la esclava de quien fuese su Madre, en ese momento el Angel Gabriel la invitó para serlo.

Explica entonces San Juan Eudes, que Ella fue dos veces Madre de Nuestro Señor Jesucristo: en primer lugar, madre porque Ella lo concibió, por la inteligencia y por el amor como El debería ser; en segundo lugar, Madre porque lo engendró en su seno virginal.

El Evangelio de San Lucas nos relata la embajada del Angel Gabriel

​a la Santísima Virgen, de cuyo “Sí” dependió nuestra Redención. A la luz de las consideraciones de San Juan Eudes toman un nuevo aspecto.

“Estando ya Isabel en su sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José; y el nombre de la virgen era María.

“Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres.

“Al oír tales palabras la Virgen se turbó, y se puso a considerar qué significaría tal saludo.

“Mas el ángel le dijo: ¡Oh María!, no temas, porque has hallado gracia en los ojos de Dios.

“Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús .

“Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin.

“Pero María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón alguno? El ángel en respuesta le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por esta causa el fruto santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.

“Y ahí tienes a tu parienta Isabel, que en su vejez ha concebido también un hijo; y la que se llamaba estéril, hoy cuenta ya el sexto mes; porque para Dios nada es imposible.

“Entonces dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y en seguida el ángel desapareciendo se retiró de su presencia”. (San Lucas, 26,38)

 

 

Dudas sobre la veracidad y el futuro de Medjugorje

Siguen las controversias dentro de la Iglesia sobre este famoso lugar mariano, que para muchos resulta una paradoja

A pesar de que la Santa Sede no ha expresado una posición definitiva desde 1981, año en que comenzaron las primeras supuestas apariciones marianas, dentro y fuera de los muros vaticanos resuenan voces sobre la veracidad de este fenómeno.

Estatua de la Virgen Maria en Medjujorje.

Estatua de la Virgen Maria en Medjujorje.

Un artículo de...

Mercedes  De La Torre

Mercedes De La Torre

Corresponsal en el Vaticano

Recientemente, la prensa italiana ha difundido declaraciones del nuevo delegado de la Santa Sede a Medjugorje, el arzobispo de Varsovia-Praga, Henryk Hoser quien a finales de marzo irá por primera vez a esta población de ex Yugoslavia.

El pastor polaco ha insistido que su misión será de “carácter exclusivamente pastoral” y que buscará escuchar "atentamente diferentes opiniones” para examinar el fenómeno en su conjunto, como las peregrinaciones y el modo en que la comunidad local acoge a los visitantes. Cuestión que en Roma no siempre ha sido percibido con agrado por temer que se realiza una excesiva comercialización, incluso entre algunos de los videntes. 

Oposición del obispo local 

Además, llama la atención que monseñor Hoser haya revelado que nunca ha visitado esta meta de peregrinación mariana y que solamente ha escuchado relatos de algunos fieles de su diócesis. Si bien es notable la cantidad de personas que obtienen frutos espirituales al visitar Medjugorje, una cuestión que no se puede ignorar también es la opinión de la máxima autoridad de la iglesia local, que a lo largo de los años ha advertido en diversas ocasiones, varios riesgos al percibir imprudencias pastorales que lo han llevado a declarar que “la Virgen María no se apareció”. 

De hecho, uno de los temas principales que tendrá que enfrentar el enviado papal serán las fuertes tensiones que existen entre los franciscanos y el obispo de Mostar-Duvno -la diócesis en Bosnia-Herzegovina de la cual depende Medjugorje- quien en 2009 prohibió a los párrocos promocionar estas “apariciones”. Como consencuencia, tales pronunciamientos desaniman a quienes sienten afecto por el lugar y realizan frecuentes peregrinaciones.

Por otro lado, se espera que tras esta nueva misión de carácter pastoral, finalmente el Vaticano exprese un parecer claro. El Papa Francisco tiene los resultados de la Comisión Internacional de investigación sobre Medjugorje, instituida en 2010 bajo el pontificado de Benedicto XVI por la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidida por el cardenal Camillo Ruini.

Filtración de los resultados

Sobre las investigaciones que realizaron durante cinco años los miembros de esta comisión de cardenales y expertos, se ha filtrado información reservada -que no ha trascendido, ni ha sido confirmada- pero que indican que “solo las primeras apariciones fueron verdaderas” y no todas las posteriores, incluso otros aseguran que, según los resultados, “el Vaticano declararía que no hay eventos sobrenaturales, pero permitiría que los fieles sigan peregrinando al lugar”.

En esta línea, se ha publicado información de una asamblea que se habría llevado a cabo en la Congregación de la Doctrina de la Fe, en la que se señalaba que las supuestas apariciones “no tienen ninguna sobrenaturalidad” y se consideraban muchos de los fenómenos a su alrededor como negativos. Sin embargo, su prefecto, el cardenal Gerhard Ludwig Müller lo habría reconocido “como un lugar de oración porque Dios sabe recoger allí donde no siembra”.

De este modo, y en la espera de un pronunciamiento oficial pontificio, muchos analistas han interpretado la opinión del Papa Francisco ante el fenómeno en Medjugorje cuando en la capilla de la Casa Santa Marta, alertó sobre el riesgo humano de la curiosidad y del la búsqueda de fenómenos extraordinarios que nos hace decir: “Yo conozco a un vidente, a una vidente, que recibe cartas de la Virgen, mensajes de la Virgen” y el Santo Padre concluyó que “¡la Virgen es Madre! Y nos ama a todos nosotros. Pero no es un jefe de la oficina de correos, para enviar mensajes todos los días”.

El caso Medjugorje supone una paradoja ya que muchos dudan de su autenticidad, pero al mismo tiempo hay frutos espirituales. Eso es lo que más desconcierta y será lo que el enviado papal, monseñor Henryk Hoser, deberá intentar entender a partir de finales de marzo al palparlo en primera persona.

 

 

¿Basta una moral laica?

Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, ideales de vida, valores, etc. Pero bastantes de ellos, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educar, y eso puede ser un error de graves consecuencias.

Por: Alfonso Aguiló

La importancia de la educación

Los niños y los jóvenes, en el transcurrir de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, los motivos y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas.

Todos recordamos en nuestro interior ese gran caudal de pequeños ejemplos aprendidos en la intimidad de la familia o de la escuela. Esas ideas de fondo que se han ido estableciendo en nuestra mente al ver cómo unos y otros se comportaban ante la contrariedad, el sufrimiento o la injusticia; el coraje que se demuestra al no rendirse ante lo que otros ya se han rendido; el esfuerzo por mantener la coherencia personal entre lo que se cree y lo que se dice o se hace, aunque eso suponga pérdidas importantes; o los valores que se transmiten cuando vemos la consideración con que se trata a cada persona, también a las que a veces parecen no merecer esa consideración.

Son lecciones humildes y sencillas, que permanecen el anonimato, que difícilmente saldrán a la luz porque casi no sabemos ni cómo ni cuándo las aprendimos. Es la escondida tarea de tantas personas que dejaron sus fuerzas y consumieron sus vidas sacrificándose por educar a sus hijos o a sus alumnos, como mejor supieron, difundiendo su amor y su misericordia en miles de horas de desvelos, procurando ayudarles a configurar sus vidas. Es la grandeza de la educación, de tantos hombres y mujeres que cada día ponen todos sus conocimientos y su sabiduría en servicio de los demás, cultivando la cabeza y el corazón de a quienes pronto les tocará llevar las riendas de nuestra sociedad.

Por eso, educar bien a los hijos en la familia, a los alumnos en la escuela o la universidad, o cualquier otra tarea relacionada con la formación de las nuevas generaciones, debería considerarse como uno de los empeños de más trascendencia y responsabilidad en cualquier sociedad que realmente piense en su futuro.

Transmitir el progreso científico o económico es relativamente fácil, pero transmitir los progresos morales siempre será difícil, pues requiere su asimilación personal y su empleo práctico. Como ha escrito Leonardo Polo, sin hábitos no hay educación, sólo se ilustra. Es imprescindible el esfuerzo personal por adquirir esos hábitos. Y eso resultará costoso siempre, en cualquier lugar o época. Es un progreso personal que nos lleva la vida entera y del que depende en gran parte el acierto en el vivir.

¿Basta una moral laica?

Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, ideales de vida, valores, etc. Pero bastantes de ellos, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educar, y eso puede ser un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad también se pueden encontrar doctrinas éticas muy respetables que excluyen la fe. Pero ninguna de esas razones hacen aconsejable que una persona creyente eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la trascendencia que tiene la religión en la educación moral de una persona.

De entrada, no es fácil fundamentar una ética que prescinda totalmente de Dios, pues la ética se remite a la naturaleza, y ésta a su autor, que difícilmente puede ser otro que Dios. Además, una ética sin Dios, sin un ser superior, una ética basada sólo en un consenso social, o en unas tradiciones culturales, ofrece menos garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado, pues una referencia a Dios sirve no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. Conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente —y presente sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende— será más fácil que se observen esas leyes morales, ya que el creyente se dirige a Dios no sólo como legislador sino también como juez.

En cambio, cuando se prescinde de Dios, es más fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error?

Quien no tiene conciencia de pecado y no admite que haya nadie superior a él que juzgue sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no pueda engañarse nunca; pero al menos está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta.

Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Esto sucede más aún cuando esa “moral laica” se transmite de una generación a otra sin apenas reflexión. Como ha señalado Julián Marías, los que al principio sostuvieron esos principios laicos como elemento de un debate ideológico, tenían al menos el ardor y el idealismo de una causa que defendían con pasión. Pero si esa moral se transmite a los más jóvenes, a los hijos, y después a los hijos de estos, sin ninguna vinculación a creencias religiosas, es fácil que ese idealismo quede en unas simples ideas sin un fundamento claro, y por tanto pierden vigor.

Cuando no se cree en un juicio y una vida después de la muerte, es más fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones —y no son pocas—, en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros motivos es un error moral y educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

 

Educación y evangelización

Hemos hablado de la importancia de la educación, y de la importancia que en ella puede tener la fe, que hará a muchos padres desear para sus hijos una educación en la cual la fe tenga un papel de relevancia.

Es obvio que los padres tienen todo el derecho a elegir la educación que quieren para sus hijos. Y esa libertad de elegir supone la correspondiente libertad de creación y dirección de centros docentes que permitan una pluralidad de opciones que haga real ese derecho a elegir. Y es obvio también que la financiación pública debe ofrecerse en igualdad de derechos a unos modelos y a otros, pues, de lo contrario, la pluralidad y la correspondiente igualdad de oportunidades quedarían en papel mojado, ya que solo habría libertad de elección para quien tuviera dinero para elegir los modelos que los gobiernos se niegan a subvencionar.

Una vez que todas las familias puedan acceder en condiciones de igualdad de oportunidades a los diversos tipos de educación, es fundamental que cada uno de esos centros educativos muestre con la máxima transparencia cuáles son sus señas de identidad, de modo que la elección que hagan las familias pueda adecuarse lo más posible a sus convicciones personales.

Dentro de esa pluralidad de modelos y proyectos educativos a los que pueden optar las familias, habrá bastantes que incluyan una identidad o un ideario cristiano. Muchos padres no tienen formación ni capacidad pedagógica ni tiempo para dar la suficiente formación cristiana a sus hijos. Otros sí tendrán esas capacidades, pero son conscientes de que no basta con la formación que se da en casa, sino que ha de complementarse con la que se da en la escuela, donde pueden recibirla con más tiempo y más medios, con una estructura más profesionalizada.

La formación cristiana que se recibe en la escuela no es una simple instrucción académica en una determinada asignatura. La identidad cristiana de una escuela que se presenta como tal, debe estar presente de modo transversal en toda ella. Lo importante no es estar en el nombre, o en los principios básicos del ideario que los padres aceptan y firman y puede leerse en la web del centro (todo eso está muy bien), sino que lo decisivo es que esa identidad cristiana esté en la vida de cada profesor, en el modo de tratar a cada persona, de plantear la enseñanza, de comunicar los valores y conocimientos. Los profesores deben ser profesionales muy competentes y, al mismo tiempo, personas que encarnen en su vida los valores que colegio se propone transmitir. El colegio les pide que así lo vivan, porque el testimonio personal de vida es lo que con más fuerza educa, y un colegio debe transmitir real y eficazmente los valores de su ideario, que son los que las familias han elegido al llevar ahí a sus hijos, ejerciendo un inviolable derecho natural. Como afirma la sentencia popular, el alumno escucha una vez lo que dices, pero escucha siempre y sobre todo lo que haces.

Es preciso que surjan iniciativas educativas que respondan a esa creciente necesidad. Serán nuevos proyectos que pueden partir de instituciones religiosas, diócesis, parroquias, movimientos u otras instituciones católicas, pero también y sobre todo de ciudadanos que comprenden y valoran esa necesidad y promuevan proyectos educativos laicos en los que se compagine la altura profesional con un fuerte testimonio cristiano, como por otra parte debe suceder en su vida personal cualquier ciudadano católico coherente.

Muchos educadores se desaniman al ver los escasos resultados de sus esfuerzos, pero me atrevo a decir que no hay empeño educativo que quede sin fruto. El mundo se arreglaría bastante sólo con que cada uno se esfuerce un poco más en educar mejor a sus hijos o a sus alumnos. En eso todos podemos ser más competentes, más esforzados, más autocríticos. Tenemos que abandonar el consabido lamento sobre lo mal que está todo y entrar decididamente por la senda de la mejora personal, que es la mejor forma de educar a otros.

 

 

Los padres y los adolescentes

   Actualmente muchos padres y profesores están preocupados con la crisis de los adolescentes, que puede originar la situación de los ninis (ni estudian ni trabajan) y el fracaso escolar.

   Durante la infancia, los padres se han esforzado para que sus hijos adquirieran una serie de hábitos positivos como el respeto, la obediencia, el trabajo, la puntualidad, el orden, los buenos modales y la presentación personal.
   Pero a partir a los 12 años los chicos modifican su comportamiento y se vuelven desobedientes, regresan a casa a horas desacostumbradas, no cuentan a sus padres lo que hacen, se irritan por cualquier cosa, descuidan el aspecto personal y tienen su habitación totalmente desordenada.

   Ante esta situación, los padres se sienten abrumados y desmoralizados. ¡Tanto trabajo anterior para conseguir estos gamberros impresentables!

   Para paliar y resolver esta situación, algunos padres toman una decisión equivocada. Vuelven a insistir en ayudar a sus hijos como antes pero con un mayor nivel de exigencia. El resultado es negativo. Los hijos se hacen más irritables y aumentan los malos hábitos adquiridos. Otros padres valoran como malas estas conductas y piensan que lo hacen para fastidiar a los padres.

   Los mayores han de comprender que los chicos a esta edad tienen modificaciones corporales y psicológicas importantes, tales como el nacimiento de la intimidad, el crecimiento físico y la maduración sexual. Todo esto tiene una repercusión necesaria en las formas de comportamiento, que lejos de ser censurables, son expresión del desarrollo del individuo y forman parte del proceso de maduración personal.

   Por otra parte, todos los esfuerzos de los padres en dar buen ejemplo y fomentar hábitos positivos no se han perdido y pasado un tiempo el hijo recuperará la calma y el equilibrio perdidos, aunque ahora de una forma más consciente que en la infancia. En algunos casos el paso se complica por el consumo de alcohol, drogas u otras causas, mientras que en otros casos los chicos progresan en su madurez casi sin problemas.

   Lo importante en educación es anticiparse a los problemas y ya en la infancia los chicos irán interiorizando de forma razonada y progresiva los criterios básicos del futuro como la educación de la libertad, la educación en la fe y la educación para el amor. Todo lo que el niño ha aceptado pasivamente en la infancia, cuando llegue a la adolescencia lo contrastará con ideas y experiencias propias.

   Se tratará de estimular y favorecer la autonomía personal y no de coartarla, con el fin de que la acción educativa sea un proceso de mejora.

   Arturo Ramo García.

 

 

Prestan un gran servicio educativo 

Las Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (AMPAS) de los centros públicos han pedido al Gobierno valenciano que no se renueven los conciertos en el segundo ciclo de Infantil, al no ser obligatorio.

El argumento que esgrimen es la disminución de alumnos de Infantil en los centros públicos, lo que justifica en su opinión que “no se concierte aulas privadas si las públicas no se llenan”. Por otra parte, acusan a los socialistas y a Compromís –que gobiernan con el apoyo de Podemos– de “pensar en los votos e incumplir su promesa electoral de suprimir conciertos y apostar por la enseñanza pública”. 

Esta petición contrasta con la movilización de la enseñanza concertada de que no se le considere residual de la pública, sino que “se atienda a la demanda de las familias, pues el servicio educativo lo presta tanto un centro privado como uno público, y deberían analizar tal vez por qué muchas familias prefieren llevar a sus hijos e hijas a privados concertados, ya en edad tan temprana como es Infantil”.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Por la igualdad de derechos 

El pasado día 8 se celebró el Día Internacional de la Mujer, instituido por las Naciones Unidas en 1975, para tomar conciencia sobre la igualdad de derechos entre  hombres y mujeres, especialmente en el campo laboral. 

La raíz histórica de la jornada se encuentra en la movilización de las mujeres trabajadoras de Nueva York, en plena revolución industrial, para denunciar las míseras condiciones en que eran explotadas en el sector textil. 

Lo lamentable es que todavía, en pleno siglo XXI, existe una discriminación laboral en el seno de algunas empresas de campanillas, con diferencias de salarios que, por ejemplo en España, alcanzan el 18 por ciento, un poco menos que la media europea. 

Suso do Madrid

 

 

“Consulta Femenina”

Hace tres días que hemos celebrado el Día Internacional de la Mujer. Se ha hecho hincapié el menor salario. Pienso que hay otro aspecto, aún más dramático, que reclama una urgente acción política, pero sobre todo un profundo cambio cultural: la violencia ejercida contra las mujeres, incluso en las sociedades supuestamente más desarrolladas. Esta horrenda lacra de nuestras sociedades requiere algo más que eslóganes.   

El día 8 (Día Internacional de la Mujer) es un día para subrayar que para el buen desarrollo de la aventura humana son esenciales e imprescindibles las dimensiones masculina y femenina. Y para recordar a tantas mujeres que han cambiado el curso de la historia a través de su protagonismo en campos como la literatura, la ciencia o la política, y sobre todo a través de la educación y el cuidado de lo humano. 

Un signo de esto es la decisión de la Santa Sede de instituir una “Consulta Femenina”, para dar voz permanente a las mujeres dentro del  Pontificio Consejo de la Cultura

Enric Barrull Casals

 

PENSAMIENTOS Y REFLEXIONES 149

 

¿DÓNDE ESTAMOS Y HACIA DÓNDE NOS LLEVAN?: ¿Qué está ocurriendo en la actualidad y concretando más en nuestra propia España? (aunque se puede generalizar al resto del mundo). Pues ocurre el que en “los gallineros políticos”, que no otra cosa, son los denominados parlamentos democráticos; que estos terminan siendo dominados por “partidos” y estos a su vez, controlados por intereses dominados por el capital, nacional o internacional; y por ello sólo se legisla a  favor de ellos; el interés poblacional no juega nada más que para pagar los abusos que allí se imponen en forma de “leyes del embudo”; lo que termina por estropear todo lo que debiera ser impuesto para que los bienes que produce este planeta, fuesen repartidos (haciendo trabajar “a todo el mundo”) muchísimo más equitativamente y con lo que desaparecerían la mayor parte de los grandes problemas que lo estropean o destruyen todo lo que pudiera ser constructivo.

                    No olvidemos nunca que “partido es parte” y los partidarios del partido que sea, solo van a situarse lo más cerca que puedan, del dinero público, que de inmediato pasa a su control y los partidarios (sean del partido que sea) lo emplearán siempre a favor de los miembros del partido y más aún de los que en la sombra, les ayudaron con dinero para mediante la propaganda electoral, llegar a controlar el dinero del tesoro público. Lo que hacen con toda impunidad, puesto que ellos mismos, forman el mal llamado poder judicial, que se limita a amparar y tapar a los “suyos” y por el contrario a perseguir y castigar a los que se les opongan; jueces y leyes justas no las hay y ya lo afirmó aquel rey: "La ley es como una red que atrapa las moscas y deja pasar a los pájaros". La política se creó para "legalizar" la corrupción. (Anacarsis. siglo VII a.C.)

                                Los miembros de esos parlamentos, son como gallinas cacareando en un corral, “donde los gallos son los que deciden y entre ellos el menor número de los más fuertes, que son los que “montan a las gallinas y reinan en el corral sometiendo al resto”. Por ello las discusiones son inútiles, puesto que cuando los temas llegan “a los gallineros humanos”, ya han sido discutidos en otros lugares y allí lo que hay es que aprobarlos, ya que de hecho ya han sido aprobados, “por las fuerzas que en realidad disponen y mandan en los gallineros”. (De mi artículo de igual titular)

 

                       Votar en España es una estafa al votante:          Que el sistema “parlamentario” actual es un rotundo fracaso, no se necesita mucha inteligencia para deducirlo; que el voto individual igualmente lo es, tampoco me merece ya muchas dudas; y aunque han querido llenarnos “los sesos”, con una monumental mentira, hay que volver a replantear temas tan cruciales, como son la gobernabilidad de los pueblos incluidos sus entes menores de cualquier categoría.
           En España, para que un diputado lo sea, que además ha sido elegido en lotes sobre la base de listas cerradas y que el jefe (“que no líder, por lo que ya he dicho en anterior artículo”) y su camarilla más adicta, han dictado; es tan incalificable que a la vista están los resultados; puesto que nunca sabemos a quienes hemos elegido para que defienda nuestros intereses más cercanos, que es lo que preocupa al individuo; que sí… “a lo sumo patriota, pero mucho antes, es su casa, su familia, hacienda y en definitiva sus intereses más próximos”; y como tal elector, debe saber a quién elige para pedirle cuentas llegado el caso y si lo merece incluso felicitarlo; puesto que la felicitación en política no debe existir, ya que el servicio público debe ser un honor y no un negocio material, como aberrantemente lo sigue siendo y de ahí la abundancia en corrupciones.
          De esta forma en que funcionan (“y lo de funcionar es una regalía inmerecida, puesto que no funcionan”) los parlamentos públicos; lo hacen de forma dictatorial y sin concesiones a nadie; curiosamente no se cansan de hablar de democracia, cuando lo que emplean es la dictadura más descarada e implacable, que impone el jefe o “caudillo”.
          Tampoco me valen esas coaliciones de “distintos” (si bien ya los vemos a todos iguales, puesto que su interés es su panza y su bolsillo) que hacen cuando se conforma un gobierno, diciéndonos que… “es necesario para que el asunto sea gobernable”; cuando la realidad, es que se reparten el poder (traducido siempre a dinero a manejar) a cara de perro y cerrado “el trato de intereses mutuos”, es cuando van a gobernar; manteniéndose esos gobiernos mientras los intereses pactados se mantengan; del pueblo… simplemente lo olvidan una vez le han logrado el voto.
          En democracia (verdadera) debe gobernar aquel que obtiene el mayor número de votos y si no obtiene la mayoría, que se prepare a plantear asuntos que afectando a la mayoría; el resto tenga que aceptarlos o “quedar con el culo al aire”; al pueblo le importa un rábano quién o quienes lo va a gobernar, lo que quiere es ser bien gobernado y pagar los mínimos impuestos… “o sea los justos”, para lo cual hay que vigilar al político. (De mi artículo de igual titular – Febrero 2017)

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y 

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes