Las Noticias de hoy 30 Diciembre 2016

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    viernes, 30 de diciembre de 2016  

Indice:

Newsletter Diario

Casi cuatro millones de fieles con el Papa en el 2016

Consagración de las familias de los fieles del Opus Dei

LA FAMILIA DE NAZARET: Francisco Fernández-Carvajal

La Sagrada Familia: PabloCardona

La familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer

 El matrimonio: San Josemaría Escrivá

Feria del día 31-XII: Llucià Pou Sabaté

“La labor de los padres es importantísima”: San Josemaria

Un mensaje desde Belén: Daniel Tirapu

Disfrutar la Navidad: Jesús Ortiz

¡Vive contra corriente!: Sheila Morataya

EL LIBRO QUE CAMBIÓAL MUNDO: Alejo Fernández Pérez 

Jesús es esperanza de paz: Mons. Felipe Arizmendi Esquivel

 LA IDEOLOGÍA DISOLVENTE DEL PRD: René Mondragón

La San Silvestre y las alcachofas: Jesús Domingo

 Bienes del alma en la vida popular: Plinio Corrêa de Oliveira

 En la festividad de la Inmaculada: Jesús D Mez Madrid

 CARTA  ABIERTA AL SR. ALCALDE VALENCIA.: Amparo Tos Boix, Valencia.

 Cuando se gobierna con anteojeras ideológicas: Domingo Martínez Madrid

¿Una nueva Constitución?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

Newsletter Diario

 

Casi cuatro millones de fieles con el Papa en el 2016

Uno de los momentos con mayor participación de fieles tuvo lugar con la Canonización de la Madre Teresa de Calcuta - AFP

29/12/2016 17:17

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Un total de casi cuatro millones de fieles. La Prefectura de la Casa Pontificia hizo público el cuadro resumen de la participación de los fieles en los diversos encuentros con el Santo Padre en el Vaticano durante las audiencias generales y especiales, audiencias jubilares, celebraciones litúrgicas, Ángelus y Regina Coeli de este 2016.

Se trata de datos aproximados, que se calculan sobre la base de las solicitudes de participación en los eventos y por los billetes distribuidos por la Prefectura de la Casa Pontificia, así como por una asistencia estimada de las presencias en momentos como el Ángelus o el Regina Coeli y las diversas celebraciones en la plaza de San Pedro. Los datos más relevantes se encuentran en marzo, en coincidencia con la Semana Santa, y en septiembre, con motivo de la canonización de la Madre Teresa de Calcuta.

El informe se refiere sólo a las participaciones en el Vaticano y no incluye otros momentos vividos por el Papa con gran participación de los fieles, como las visitas en la diócesis de Roma, en Italia, y los viajes internacionales en los que el pontífice se reunió con muchos millones de personas.

 

 

Consagración de las familias de los fieles del Opus Dei

Desde 1951, en el Opus Dei se pide con especial intensidad a la Sagrada Familia de Nazaret en el domingo que sigue a la Navidad por las familias de los fieles de la Obra. Esta es la oración y unos apuntes sobre su origen.

Últimas noticias 29 de Diciembre de 2013

Todos los años, en el Opus Dei se consagra al Señor las familias de todos los fieles de la Obra en el día de la Sagrada Familia. Desde 1951 se renueva anualmente la Consagración, pidiendo —como reza la fórmula— para que Dios llene de bendiciones a los padres y hermanos de los miembros del Opus Dei, y se acerquen a la gran familia que es la Obra. 

Recogemos un fragmento:

«Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos (..). Tómalas bajo tu protección y custodia, y haz que se acomoden al divino modelo de tu Sagrada Familia. (...)

 

San Josemaría, con una familia.​San Josemaría, con una familia.

 

Concédeles, Señor, que conozcan mejor cada día el espíritu de nuestro Opus Dei, al que nos llamaste para tu servicio y nuestra santificación; infunde en ellos un amor grande a nuestra Obra; haz que comprendan cada vez con luces más claras la hermosura de nuestra vocación, para que sientan un santo orgullo porque te dignaste escogernos, y para que sepan agradecer el honor que les otorgaste. 

Bendice especialmente la colaboración que prestan a nuestra labor apostólica, y hazles siempre partícipes de la alegría y de la paz, que Tú nos concedes como premio a nuestra entrega».

Como narra Vázquez de Prada en la biografía del Fundador, la consagración se hizo por vez primera en un momento de necesidad urgente, por las dudas que atravesaban las familias de algunos de los primeros fieles de la Obra. Así lo contaba el propio san Josemaría en una carta en 1951:

Me gustaría ahora contaros los detalles de la Consagración de la Obra, y de las familias de cada asociada y de cada socio a la Sagrada Familia, el día 14 de mayo de este año, en el oratorio —que por eso se llama, desde entonces, de la Sagrada Familia— todavía sin paredes, entre trozos de tablas y de clavos, del encofrado que sostuvo el cemento de las vigas y del techo, hasta que fraguó. Pero se conservan unas notas precisas, redactadas entonces. No me extiendo más aquí, por tanto. 

Os comunicaré que únicamente podía acogerme al cielo, ante las maquinaciones diabólicas —¡las permitía Dios!— de ciertos desaprensivos, que hicieron firmar a algunos padres de familia un documento repleto de falsedades, y lograron que terminara en manos del Santo Padre. Jesús, María y José se ocuparon de que pasara el nublado, sin descargar ninguna granizada: todo se aclaró.

Inmediatamente se hicieron sentir los efectos del recurso a la Sagrada Familia. La misma semana de la presentación del escrito al Sumo Pontífice se echó atrás uno de los firmantes. El resto se percató enseguida de lo infundada que era la «angustiosa situación» de que se hablaba en la denuncia. En adelante no pusieron impedimento alguno a sus hijos, y el Señor devolvió la paz a esos hogares. La exposición de agravios hecha a Su Santidad se desvaneció por falta de peso, y don Josemaría tuvo el profundo gozo de ver crecer el afecto de las familias de sus hijos hacia el Opus Dei.

(Fragmentos extraídos de "El Fundador del Opus Dei". Vol. III. Andrés Vázquez de Prada)

 

 

LA FAMILIA DE NAZARET

— Jesús quiso comenzar la Redención del mundo enraizado en una familia.

— La misión de los padres. Ejemplo de María y de José.

— La Sagrada Familia, ejemplo para todas las familias.

I. Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él1.

El Mesías quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Nada ocurre de extraordinario en estos años de Nazaret, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.

José era el cabeza de familia; como padre legal, él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño: Le pondrás por nombre Jesús; y los que tienen como fin la protección del Hijo: Levántate, toma al Niño y huye a Egipto. Levántate, toma al Niño y vuelve a la patria. No vayas a Belén, sino a Nazaret. De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño.

De María, Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación. Vio cómo Ella guardaba un poco de masa de un día para otro, para que se hiciera levadura; le echaba agua y la mezclaba con la nueva masa, dejándola fermentar bien arropada con un paño limpio. Cuando la Madre remendaba la ropa, el Niño la observaba. Si un vestido tenía una rasgadura buscaba Ella un pedazo de paño que se acomodase al remiendo. Jesús, con la curiosidad propia de los niños, le preguntaba por qué no empleaba una tela nueva; la Virgen le explicaba que los retazos nuevos cuando se mojan tiran del paño anterior y lo rasgan; por eso había que hacer el remiendo con un paño viejo... Los vestidos mejores, los de fiesta, solían guardarse en un arca. María ponía gran cuidado en meter también determinadas plantas olorosas para evitar que la polilla los destrozara. Años más tarde, esos sucesos aparecerán en la predicación de Jesús. No podemos olvidar esta enseñanza fundamental para nuestra vida corriente: «la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor a Dios!»2.

Entre José y María había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse la vida feliz mutuamente. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, a María y a José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

II. En la familia, «los padres deben ser para sus hijos los primeros educadores de la fe, mediante la Palabra y el ejemplo»3. Esto se cumplió de manera singularísima en el caso de la Sagrada Familia. Jesús aprendió de sus padres el significado de las cosas que le rodeaban.

La Sagrada Familia recitaría con devoción las oraciones tradicionales que se rezaban en todos los hogares israelitas, pero en aquella casa todo lo que se refería a Dios particularmente tenía un sentido y un contenido nuevo. ¡Con qué prontitud, fervor y recogimiento repetiría Jesús los versículos de la Sagrada Escritura que los niños hebreos tenían que aprender!4. Recitaría muchas veces estas oraciones aprendidas de labios de sus padres.

Al meditar estas escenas, los padres han de considerar con frecuencia las palabras del Papa Pablo VI recordadas por Juan Pablo II: «¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? (...) ¿Sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común, vale una lección de vida, vale un acto de culto de mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: Pax huic domui. Recordad: así edificáis la Iglesia»5.

Los hogares cristianos, si imitan el que formó la Sagrada Familia de Nazaret, serán «hogares luminosos y alegres»6, porque cada miembro de la familia se esforzará en primer lugar en su trato con el Señor, y con espíritu de sacrificio procurará una convivencia cada día más amable.

La familia es escuela de virtudes y el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios. «La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

»Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...»7.

Esta virtudes fortalecerán la unidad que la Iglesia nos enseña a pedir: Tú, que al nacer en una familia fortaleciste los vínculos familiares, haz que las familias vean crecer la unidad8.

III. Una familia unida a Cristo es un miembro de su Cuerpo místico y ha sido llamada «iglesia doméstica»9. Esa comunidad de fe y de amor se ha de manifestar en cada circunstancia, como la Iglesia misma, como testimonio vivo de Cristo. «La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino, como la esperanza de la vida bienaventurada»10. La fidelidad de los esposos a su vocación matrimonial les llevará incluso a pedir la vocación de sus hijos para dedicarse con abnegación al servicio del Señor.

En la Sagrada Familia cada hogar cristiano tiene su ejemplo más acabado; en ella, la familia cristiana puede descubrir lo que debe hacer y el modo de comportarse, para la santificación y la plenitud humana de cada uno de sus miembros. «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida»11.

La familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad. Es la principal «escuela de todas las virtudes sociales». Es el semillero de la vida social, pues es en la familia donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la comprensión y ayuda, la coordinación amorosa entre las diversas maneras de ser. Esto se realiza especialmente en las familias numerosas, siempre alabadas por la Iglesia12. De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud de las familias. De aquí que los ataques directos a la familia (como es el caso de la introducción del divorcio en la legislación) sean ataques directos a la sociedad misma, cuyos resultados no se hacen esperar.

«Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, sea también Madre de la “Iglesia doméstica”, y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una pequeña Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

»Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente, como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza»13.

De modo muy especial le pedimos hoy a la Sagrada Familia por cada uno de los miembros de nuestra familia, por el más necesitado.

1 Lc 2, 39-40. — 2 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 148. 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 11. — 4 Cfr. Sal 55, 18; Dan 6, 11; Sal 119. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 60. — 6 Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 22. — 7 Ibídem, 23. — 8 Preces. II Vísperas del día 1 de enero. — 9 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 11. — 10 Ibídem, 35. 11 Pablo VI, Aloc. Nazaret, 5-I-1964. — 12 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 52. 13 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 86.

 

 

 

 

La Sagrada Familia

PabloCardona

La Fiesta de la Sagrada Familia nos recuerda la importancia de santificar el hogar día a día, creando, con el cariño un auténtico ambiente de familia cristiana.

Dice el Evangelio (Mt 2, 13-15):

“Después que se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huy a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliara lo que dijo el Señor por medio del Profeta: De Egipto llamé a mi hijo.”

Meditación

I. José, obedeces los planes divinos sin rechistar, con una fidelidad exquisita. ¿Has de marchar a Egipto? Coges a la familia y vas para allá. ¿No podría Dios haber resuelto el problema de un modo más sencillo? ¿No era ésa, en definitiva, la familia de Jesús, su propio hijo? No te quejas, no pierdes el ánimo. Habrá que salir de noche –deprisa-, con lo puesto. Habrá que volver a empezar, en aquella tierra desconocida y lejana. Dios sabe más: hágase Su voluntad.

Madre, ¡Cómo debiste sufrir la noche de la huida a Egipto! El Niño era muy pequeño; el viaje, largo. Había que escoger –de entre los enseres familiares- solo lo imprescindible. Además, estaban persiguiendo a Jesús… ¡Para matarlo! Pero no salió de tu boca ni una mueca de enfado, ni una palabra de rebeldía. Tu sonrisa calmada y el silencio de Jesús –que dormía plácidamente- llenaba aquel hogar de paz, de alegría, de luz, en medio de aquella oscura noche.

II. “Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad . Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol . La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo , y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata.” (1)

 

(1) San Josemaría, Es Cristo que Pasa, 22-23

Meditación extraída de la colección “Una cita con Dios”, Adviento y Navidad, por Pablo Cardona.

La colección puede adquirirse en www.beityala.com

 

 

La familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Conferencia del Prelado del Opus Dei en la clausura del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad en la Universitat Internacional de Catalunya (Barcelona, 17-V-2008)

Conferencias 17 de Octubre de 2008

Opus Dei - La familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Agradezco la invitación que me habéis hecho para intervenir en este encuentro, y hablar sobre la familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

Estoy seguro de que conocéis bien esas líneas maestras, puesto que no resultan ajenas al origen mismo de la Universitat Internacional de Catalunya. En efecto, quienes promovieron esta institución —algunos se hallan hoy aquí, otros nos han precedido en el camino del Cielo—, son padres de familia que se han sentido movidos por las grandes sugerencias trazadas por San Josemaría, en puntos tan importantes como la santificación del trabajo profesional, el sentido vocacional del matrimonio y la familia, el espíritu de servicio y la responsabilidad por el bien común de la sociedad. Con estas luces —contenidas en el Evangelio—, habéis comprendido con hondura vuestros deberes en la educación de los hijos y en el papel que corresponde a la familia para la recta ordenación social.

Vuestro sentido de cristianos coherentes, de ciudadanos honrados, os llevó, en primer lugar, a actuar variadas iniciativas de orientación y formación, encaminadas a ayudar a los padres en su tarea de atender a sus hijos conforme a los auténticos ideales humanos y también cristianos. De esta libérrima actuación vuestra, a la que incansablemente animó San Josemaría a personas del mundo entero, ha nacido la Universitat Internacional de Catalunya, que ahora cumple su primera década de existencia.

Quienes sacáis adelante esta Alma Mater, que tiene un carácter plenamente civil, deseáis difundir —junto con el conocimiento de las disciplinas que se imparten—, la luz de la fe cristiana y el espíritu apostólico que, por providencia divina, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó por el mundo entero. A petición vuestra, la Prelatura del Opus Dei os ofrece la ayuda de sus sacerdotes para la asistencia pastoral de los estudiantes y profesores, del personal no docente, de los colaboradores y antiguos alumnos, dejando a todos la máxima libertad de participar.

La inspiración cristiana y la importancia que lógicamente se atribuye a la familia —características originarias de esta institución docente—, constituyen un acicate para desarrollar una rigurosa labor de investigación y una alta excelencia académica. Muy grabado lleváis en vuestra mente que una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones[1].

Pertenecen estas palabras a unas declaraciones de San Josemaría, hace poco más de cuarenta años. En aquella ocasión, el Fundador del Opus Dei mencionaba también otro elemento, que resulta imprescindible y dota de un sentido pleno tanto a la Universidad como a la familia: la vocación de servicio a los demás. Se expresaba así: es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad[2]. 1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria

También en la década de los años sesenta del pasado siglo, en el campus de la Universidad de Navarra, San Josemaría dirigió una homilía en la que se condensa de modo particularmente paradigmático su enseñanza constante. Tuvo lugar durante una Misa —verdadero centro y raíz de la vida cristiana— celebrada a cielo abierto ante millares de personas.

En aquella memorable ocasión, San Josemaría se detuvo a explicar un punto central del mensaje que Dios le había confiado el 2 de octubre de 1928: que el mundo es bueno, porque ha salido de las manos de Dios; y es ahí, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, donde Dios nos espera cada día.

Lo recordó con gran fuerza el Papa Juan Pablo II, durante la canonización de San Josemaría, que tuvo lugar en Roma, el 6 de octubre de 2002. El Santo Padre subrayó que el Fundador del Opus Dei «no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones, n. 114)»[3].

La familia se enmarca en este conjunto de realidades que —como el trabajo, o la vida de relación social y cívica— componen nuestra existencia ordinaria, que un cristiano coherente sabe que ha de santificar, buscando al mismo tiempo la santificación propia y la de los demás. La cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.

En aquella homilía del campus de Pamplona, San Josemaría mencionó explícitamente el matrimonio y la familia. El amor humano, afirmaba, no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos. Y añadía, como remachando la idea: El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano[4].

Esta visión trascendente de las comunes realidades diarias, que impulsa a la persona a materializar la vida espiritual, forma parte del mensaje del Evangelio. Se trata de enseñanzas perennes de la Iglesia: San Josemaría, con su predicación y con sus escritos, y —sobre todo— con el ejemplo de su conducta cotidiana, nos ayuda a profundizar en ese tesoro y a hacerlo carne de nuestra carne, programa de nuestra tarea de mujeres y hombres de fe, en todas las ocupaciones honradas.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar[5].

El espacio vital de la familia es pues, ante todo, lugar de encuentro con Dios, ámbito propicio para una existencia alegre de servicio y donación a los demás basada en la conciencia activa y permanente de nuestra condición de hijos de Dios. De la maravillosa realidad de nuestra filiación divina en Cristo, se desprenden muy variadas consecuencias para la conducta personal, para nuestras familias, para la sociedad.

El Papa Benedicto XVI ha explicado repetidamente que «matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. Es decir, no puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿quién es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cuál es verdaderamente su rostro?

»La respuesta de la Biblia a estas dos cuestiones es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama»[6]. Y en su visita pastoral a Valencia, el Santo Padre definió la familia como «el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor»[7].

La familia, en efecto, nace como comunidad querida por Dios, fundada y edificada sobre el amor. En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan a unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean, es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad. En la escuela del amor que caracteriza a la familia —que, insisto, tiene como condición irrenunciable el olvido de sí—, se adquieren hábitos que necesariamente repercuten en beneficio del tejido social, a todos los niveles.

Escuchemos de nuevo a San Josemaría. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad[8].

Estas palabras nos servirán de guía para repasar algunas de sus muchas enseñanzas sobre el matrimonio y la familia. Lo haremos siguiendo los tres puntos que nos señala: la fundación de la familia en el matrimonio, la educación de los hijos y la irradiación cristiana de la familia en la sociedad.

2. La fundación de la familia

La familia es escuela de amor, en primer lugar, para la mujer y para el hombre que deciden contraer matrimonio. Consideraba el Fundador del Opus Dei: Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido[9].

El matrimonio entraña una vocación, nos dice San Josemaría en este texto, recogiendo ideas que venía predicando desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei. Con la ayuda de Dios, que nunca faltará, esposa y esposo pueden perseverar en el amor y, a través de ese amor, les resulta posible y amable el propio crecimiento como cristianos, que es también mejorar como personas.

Vivido con estas disposiciones, el matrimonio se manifiesta verdaderamente como una vocación, una senda de encuentro con Dios. De modo semejante a todo camino, no faltarán dificultades. A veces surgirán diferencias, modos de pensar distintos entre el marido y la mujer; quizás el egoísmo intentará ganar terreno en sus almas. Hay que estar prevenidos y no sorprenderse. San Josemaría era muy sobrenatural y, al mismo tiempo, muy humano; por eso, previendo estas naturales dificultades en el matrimonio, solía comentar: como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después, los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo... ¡Y adelante!"[10]

La relación entre los esposos se convierte, así, en una constante oportunidad de ejercitarse en la entrega mutua. Se trata de un aprendizaje mediante el que los cónyuges toman conciencia, en la cotidianidad de su caminar terreno, de que se deben el uno al otro. En ese estupendo ambiente de confianza, de lealtad, de sinceridad y cariño, ¡de verdadera entrega!, se mostrarán dispuestos a recibir los hijos que Dios quiera confiarles, fruto al mismo tiempo de su amor.

Si uno desea sinceramente llevar a la práctica este ideal, resulta imprescindible vivir delicadamente la castidad, también en el estado matrimonial. En ningún caso el ejercicio de la sexualidad —es algo querido por Dios, bueno y bello— debe perder su noble y original sentido. Con palabras de San Josemaría os recuerdo que cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo[11].

Ordinariamente, el amor matrimonial —como cualquier cariño humano limpio— se manifestará también en cosas pequeñas. San Josemaría habló en innumerables ocasiones de la importancia de lo que parece pequeño —que es grande si se realiza por amor— en los distintos aspectos de la existencia del cristiano. Promovía, por ejemplo, un trato personal e íntimo con Dios, en las circunstancias normales de la vida. Porque la relación con Dios tiene el carácter de trato de familia: somos sus hijos, y Él nuestro Padre. De este modo, lo que le resultaba útil para meditar en el amor divino, San Josemaría lo aplicaba también al amor humano, a la existencia de nuestras familias; y al revés. De intento lo repito, haciendo mías unas palabras suyas para subrayar que cada pequeño detalle tiene sentido. Afirmaba: el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz[12].

Invitaba a tomar como modelo a la Sagrada Familia y también a esforzarse —con la entrega diaria— para convertir el ambiente de familia en un anticipo del cielo. Todavía me parece oír el eco de unas afirmaciones del Fundador del Opus Dei: en Nazaret nadie se reserva nada: todo allí se puso al servicio de los planes de Dios, con un desvelo continuo de unos por otros. Con renovada frecuencia, San Josemaría meditó las escenas que los Evangelios recogen de la Sagrada Familia. Le gustaba introducirse en aquel hogar con la imaginación, como un habitante más de la casa, y pensar en el trato habitual entre Jesús, María y José. De esta costumbre sacaba valiosas enseñanzas para los fieles del Opus Dei y para todas las personas que acudían a pedirle consejo.

3. Educación de los hijos

En sus reuniones con padres de familia, el Fundador del Opus Dei quiso resaltar muchas veces la importancia del cariño y la entrega mutua de los esposos, precisamente para mejorar la educación de los hijos. No se le escapaba que la conducta, el ejemplo, se demuestra cauce eficacísimo y primordial de esa formación. Por eso insistía en que conviene que los hijos —ya desde pequeños— vean, contemplen, que sus padres están unidos y se quieren de veras.

La educación corresponde principalmente a los padres. En esa tarea, nadie puede sustituirlos: ni el Estado, ni la escuela, ni el entorno. Supone una gran responsabilidad, un reto estupendo, de cuyo ejercicio consecuente dependen el presente y el futuro de los propios hijos y de la sociedad.

A quienes sois madres y padres de familia, os animo a afrontar con valentía y con optimismo esta tarea que el Señor ha puesto en vuestras manos. Dejadme que os repita, con San Josemaría, que la educación de los hijos es el mejor negocio de vuestras vidas. En esta tierra catalana se valora mucho la eficiencia y el rendimiento —también económico— del trabajo; por eso, estoy seguro de que os dais cuenta de la profunda verdad de esa afirmación, y de que estáis dispuestos a invertir generosamente todas vuestras energías en la buena educación de las criaturas que el Señor os ha confiado, acogiendo con generosidad las obligaciones que comporta; y que también, cuando resulte preciso, sabréis defender unos derechos que os corresponden como madres y padres de familia, como ciudadanos libres.

Corresponde igualmente a los padres y madres enseñar a sus hijos toda la belleza y toda la exigencia que se contiene en el gran tesoro de la libertad personal: el don natural más preciado que Dios ha otorgado al hombre. Un don que ha de usarse con responsabilidad, para emprender el camino del bien y avanzar por esa senda.

En consecuencia, al tratar con sus hijas e hijos, los padres han de procurar que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14)[13].

Por eso, me ha llenado de alegría conocer que la Universitat Internacional de Catalunya ha resumido su ideario en una frase de Jesucristo recogida en el Evangelio de San Juan: veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Amar la verdad significa amar y defender la libertad, pues se alzan como actitudes inseparables. Para ser verdaderamente libres, resulta preciso buscar sinceramente la verdad y, en el caso de los educadores —entre los que en primer lugar destacado se encuentran los padres—, exige un empeño diario por educar a los niños y a los jóvenes en los bienes auténticos.

Los padres han de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, y a escoger libremente el bien. Pero ¿cómo compaginar, en la práctica, el respeto de su libertad con el desvelo para que opten por el bien? San Josemaría nos responde: no es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable[14].

La amistad con los hijos requiere tiempo y empeño constante por atenderlos, estar interesados por sus cosas, compartir con ellos afanes y proyectos. Resulta importantísimo que esas criaturas vuestras lleguen a considerar al padre y a la madre como verdaderos amigos, es decir, personas a las que confiar sus preocupaciones y dificultades. Afirmaba San Josemaría: los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. Pero el consejo —continuaba el Fundador del Opus Dei— no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal[15].

Si hay verdadero cariño en la familia, esto resulta hacedero. Y así, todas las circunstancias que jalonan la vida ordinaria harán que el hogar se convierta en una constante y efectiva escuela de virtudes. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria[16].

Los padres cristianos procuran dar a sus hijos, también, lo mejor que poseen: la fe. Han de acompañarlos en el camino del conocimiento y del trato con Dios, aprender juntos las verdades del Evangelio y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. De manera semejante, en este punto, San Josemaría recomendaba optar por el ejemplo y por la libertad. Así lo explicaba en una de sus catequesis: no les obliguéis a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres, y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron solo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata[17].

Poned interés en hacerles entender las oraciones que les enseñáis —pocas, cuando son pequeños—, y esmeraos en que lleguen bien preparados para recibir los sacramentos. Resulta indispensable ayudarles a tomar conciencia de su dignidad de hijos de Dios, ya que sepan responder generosamente a los dones que reciben de su Padre del cielo, orientando su existencia a horizontes generosos y trascendentes.

Junto a la gozosa realidad de esta vida de libertad, como hijos de Dios, afanaos en enseñarles las obligaciones que corresponden a su situación como personas y como cristianos. Se trata, en definitiva, de acompañarlos en el empeño por alcanzar la santidad, a la que todos estamos llamados. Os recuerdo esta exhortación de San Josemaría: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! [18].

Recientemente, Benedicto XVI resumía todas estas recomendaciones cuando pedía a los padres: «Que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: éste es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente»[19] 4. La familia, configuradora de la sociedad

La familia, en la medida en que cada uno de sus miembros pone un serio empeño en llevar a cabo la misión que le corresponde, es el entorno más adecuado para el crecimiento de las personas. Pero no acaba en ese ámbito —en el de la propia familia— su función. Se requiere que toda esa riqueza redunde en favor de la sociedad.

Esta dimensión natural de la familia —como ocurre en otros campos— se esclarece aún más a la luz de la fe. Todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros. Con este sentido de viva fraternidad, ningún afán de los demás puede resultarnos indiferente. Los retos de la sociedad a la que pertenecemos merecen, entonces, toda nuestra atención.

En la década de los 60 del siglo XX, en momentos de particular intensidad en la historia del mundo y de la Iglesia, el Señor dio a entender con fuerza a San Josemaría que, al ser los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, debían ser ellos mismos quienes sin dilación emprendieran y se hicieran cargo de muchos nuevos centros de enseñanza, en los que se educara a los hijos en los valores humanos y cristianos. Doctrina antigua, que repetidamente había puesto por escrito y había predicado. Pero en aquellos años 60, caracterizados por fuertes convulsiones sociales, esa luz se hizo más fuerte y operativa.

Su intensa oración por esta intención concreta, y una incansable catequesis, removieron la conciencia de muchos padres y madres de familia en los cinco continentes. Desde entonces, han florecido por todas partes centros de enseñanza a todos los niveles, cuya promoción, gestión y desarrollo recae sobre los padres de los alumnos, que prestan así un gran bien a la familia, a la sociedad y a la Iglesia.

En una ocasión, San Josemaría dirigía estas palabras a los padres de uno de esos colegios:

El primer negocio es que vuestros hijos salgan como deseáis; por lo menos tan buenos y, si es posible, mejor que vosotros. Por tanto, ¡insisto!: esta clase de Colegios, promovidos por los padres de familia, tienen interés, en primer término, para los padres de familia; luego, para el profesorado, y después para los estudiantes. Y me diréis: ¿este trabajo será útil? Lo estáis viendo: cada uno tiene experiencia personal, a través de la de sus hijos. Si no van mejor, es por culpa vuestra: porque no rezáis y porque no venís por aquí. Vuestra labor es muy interesante, y vuestros negocios no se resentirán por esta dedicación que os pide el Colegio. Con palabras del Espíritu Santo, os digo: electi mei non laborabunt frustra (Is 65, 23). Os ha elegido el Señor, para esta labor que se hace en provecho de vuestros hijos, de las almas de vuestros hijos, de las inteligencias de vuestros hijos, del carácter de vuestros hijos; porque aquí no sólo se enseña, sino que se educa, y los profesores participan de los derechos y deberes del padre y de la madre [20].

No puedo acabar este recorrido —necesariamente breve- por algunas enseñanzas de San Josemaría sobre el matrimonio y la familia, sin señalar que se inscriben perfectamente en la doctrina social de la Iglesia, que concibe la institución familiar como vertebradora de la sociedad. La familia es, en efecto, «célula fundamental de la sociedad»[21] y «escuela del más rico humanismo»[22]. Tiene, sin lugar a dudas, una misión insustituible: los hijos educados en su seno serán el día de mañana cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad[23].

San Josemaría acudía con frecuencia al ejemplo de los primeros cristianos. Le gustaba referirse a aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído[24].

Paz y alegría. Ante algunos sucesos, ante algunas modas culturales y legislaciones deshumanizadoras, que se alejan del ideal cristiano —que es también el auténticamente humano— de matrimonio y familia, alguno podría tener la tentación de quedar abatido. Si así le ocurriera, estoy seguro de que San Josemaría le replicaría que, aunque se trate de momentos fuertes para las personas, son tiempos de optimismo, de trabajar y rezar, de rezar y trabajar, con la firme seguridad de la fe y con la fuerza perenne de la familia. Ha llegado el momento, por tanto, de hacer una extensa labor positiva, ahogando el mal en abundancia de bien. Un bien que, por otro lado, repartiremos a manos llenas y con alegría en todos los ambientes. Las familias cristianas tienen un gran tesoro que transmitir a los demás, un servicio preciosísimo que prestar a la sociedad con su conducta ejemplar y con su solidaridad entre padres e hijos, y también con los abuelos. Y, como todo servicio, se debe hacer con alegría.

Nos encontramos ante una cultura que corre el peligro de perder el sentido propio del matrimonio y de la institución familiar. Frente a este panorama, Juan Pablo II urgía a procurar que “mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos»[25].

Como recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un importante y actual documento, si el ordenamiento jurídico de una sociedad reconoce y tutela «la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad», la sociedad se constituye sobre una base sólida. Junto con «el derecho primario a la vida desde la concepción hasta su término natural» y «la libertad de los padres en la educación de sus hijos», la tutela y promoción de la familia, así entendida, constituye una «exigencia ética fundamental e irrenunciable», para «el bien integral de la persona»[26], de todas las personas, que es preciso defender. Por eso, como afirmaba San Josemaría, hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas[27].

Es ésta una labor que es preciso llevar a cabo por amor a todos: porque a todos beneficia el hecho de que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio. Constituyen el lugar idóneo para el crecimiento y realización de cada uno como persona, para su apertura a los demás, para la adquisición de virtudes y, en el caso de los cristianos, para la recepción y la transmisión de la fe.

Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos; también en el caso de quienes, aceptan­do alegremente la Voluntad de Dios, no han recibido el fruto de los hijos y gastan sus energías siendo un matrimonio ejemplar en el servicio a los demás. Os animo, pues, a todos, a tomar parte en este reto, del que dependen grandes beneficios para el futuro de muchas personas y de la entera sociedad.

Sé que este empeño forma parte muy importante de la misión que configura a esta Universidad, y que desde los comienzos habéis desarrollado instrumentos e iniciativas académicas para trabajar por el pleno reconocimiento de la familia. Una prueba es este Congreso universitario internacional en torno a esta célula capital de la sociedad, con el que habéis querido celebrar el décimo aniversario de la fundación de la Universidad.

Estoy seguro de que San Josemaría mira con predilección, desde el Cielo, todos vuestros esfuerzos, y los bendice.

También yo bendigo de todo corazón estos afanes, incluyendo a todos los que formáis parte de la Universitat Internacional de Catalunya, y a cuantos habéis participado en este Congreso y trabajáis por hacer realidad estos ideales en los más variados lugares del mundo.

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[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 73.

[2] Ibid., n. 74.

[3] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de San Josemaría, 6-X-2002

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 121.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[6] Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 6-VI-2005.

[7] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro Mundial de las Familias, 8-VII-2006.

[8] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[9] Ibid [10] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-VI-1974.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 25. [12] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.

[15] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[17] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 28-X-1972.

[18] San Josemaría, Forja, n. 692

[19]Benedicto XVI, Discurso a la Diócesis de Roma con motivo de la entrega de la carta sobre la tarea urgente de la educación, 23-11-2008.

[20] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 21-XI-1972.

[21] Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 40.

[22] Concilio vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 52. [23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.

[24]Ibid., n. 30.

[25] Juan Pablo II, Carta apost. Novo millennio ineunte, 6-1-2001, n. 47.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-xI-2002, n. 4.

[27] San Josemaría, Forja, n. 104

 

El matrimonio

Con frecuencia san Josemaría afirmaba: "Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia". Recogemos algunos textos de su predicación para meditar sobre el matrimonio y su riqueza.

La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.
Es Cristo que pasa, 22

Dignidad y grandeza
El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.
Conversaciones, 91

Sacramento grande
El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas —escribe San Cirilo de Alejandría— para santificar el principio de la generación humana.
Es Cristo que pasa, 24

Fusión de almas y cuerpos
El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Es Cristo que pasa, 24

Formar un hogar
Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad.
Conversaciones, 91

Con una familia de Caracas,  febrero de 1975

Con una familia de Caracas, febrero de 1975

Colaborar con Dios
Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas.
Conversaciones, 93

Fidelidad como tarea
¿Matrimonio a prueba? ¡Qué poco sabe de amor quien habla así! El amor es una realidad más segura, más real, más humana. Algo que no se puede tratar como un producto comercial, que se experimenta y se acepta luego o se desecha, según el capricho, la comodidad o el interés.
Esa falta de criterio es tan lamentable, que ni siquiera parece preciso condenar a quienes piensan u obran así, porque ellos mismos se condenan a la infecundidad, a la tristeza, a un aislamiento desolador, que padecerán cuando pasen apenas unos años. No puedo dejar de rezar mucho por ellos, amarlos con toda mi alma, y tratar de hacerles comprender que siguen teniendo abierto el camino del regreso a Jesucristo: que podrán ser santos, cristianos íntegros, si se empeñan, porque no les faltará ni el perdón ni la gracia del Señor. Sólo entonces comprenderán bien lo que es el amor: el Amor divino, y también el amor humano noble; y sabrán lo que es la paz, la alegría, la fecundidad.
Conversaciones, 105

Una conquista mutua
Para que en el matrimonio se conserve la ilusión de los comienzos, la mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría que decir al marido con respecto a su mujer. El amor debe ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y con picardía también.
Conversaciones, 107

Dedicar tiempo y empeño
Por eso, me atrevo a afirmar que las mujeres tienen la culpa del ochenta por ciento de las infidelidades de los maridos, porque no saben conquistarlos cada día, no saben tener detalles amables, delicados. La atención de la mujer casada debe centrarse en el marido y en los hijos. Como la del marido debe centrarse en su mujer y en sus hijos. Y a esto hay que dedicar tiempo y empeño, para acertar, para hacerlo bien. Todo lo que haga imposible esta tarea, es malo, no va.
Conversaciones, 107

Virtudes de la convivencia
Los matrimonios tienen gracia de estado —la gracia del sacramento— para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales. Para eso, el marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura —por un motivo humano y sobrenatural a la vez— las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta.
Conversaciones, 108

La soberbia, el gran enemigo
Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces.
Es Cristo que pasa, 26

Donación recíproca
Amar es... no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena... y a la vez propia.
Surco, 797

Secretos del corazón
Las personas, cuando tienen el corazón muy pequeño, parece que guardan sus afanes en un cajón pobre y apartado.
Surco, 802

Alguno ha comparado el corazón a un molino, que se mueve por el viento del amor, de la pasión...
Efectivamente, ese "molino" puede moler trigo, cebada, estiércol... —¡Depende de nosotros!
Surco, 811

 

 

Feria del día 31-XII

 

Balance de fin de año y de la vida

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: - «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Juan 1,1-18).

El final del año es siempre un tiempo de mirar los últimos meses… desde la gracia de Jesús, que es "el principio y la plenitud de toda religión", dice la oración colecta; y el evangelio nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia. Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. Podemos dar gracias por el año que acaba, por la salvación que Dios nos ha continuado dando; y pedir perdón por lo que hay de malo en nosotros.

1. La carta de Juan Pablo II convocando al Jubileo del año 2000 empieza y termina con la misma cita: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Dios, por la encarnación de su Hijo, se ha introducido en la historia del hombre para redimirnos y comunicarnos su propia vida. Eso es lo que ha dado sentido a toda la historia y al correr de los años, que ha quedado impregnado de la presencia de Cristo Jesús (J. Aldazábal).

 “El Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret. Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador). Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos. He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hacer participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño” (Ferran Blasi).

2. "En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis". Se dirige san Juan a comunidades que atraviesan una crisis grave. En tiempo de crisis, las defecciones son inevitables… 

-“En cuanto a vosotros estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis”. No podemos salvarnos a nosotros mismos: «el que es Santo os ha consagrado por la unción». No es el hombre quien se consagra. Es Dios el que le consagra (Noel Quesson).

Hay quien se deja llevar por las angustias del pasado (hay, si no hubiera hecho esta carrera, o esta elección; si hubiera hecho esta otra cosa...) y los miedos del futuro (¿y si me quedo sin trabajo, y si se cae la casa, y si...?). Todos podemos sentir en algún momento los remordimientos y los miedos, el que quiere preocuparse siempre encuentra motivos. Ante esto, habría que convencerse de que el pasado ya no existe, sólo ha quedado en la memoria como experiencia, y el futuro tampoco existe, sólo se nos ha sido dado el presente, y éste es el que hemos de vivir sin perdernos en esos miedos. Sólo existe el “aquí y ahora”, lo demás es previsión del futuro o recuerdo del pasado, y he de aprender a disfrutar el momento presente. Los días parecen los mismos, pero cada uno es único e irrepetible. Las grandes cosas y las pequeñas suceden un día y a una hora concreta.

Se cuenta de un hombre que se hallaba en el tejado de su casa durante una inundación y el agua le llegaba hasta los pies. Pasó un individuo en una canoa y le dijo: “-¿Quiere que le lleve a un sitio más alto? –“No, gracias -replicó el hombre-. He rezado a mi Dios, y él me salvará”. Pasó el tiempo y el agua le llegaba a la cintura. Entonces pasó por allí una lancha a motor. – “¿Quiere que le lleve a un sitio más alto?” – “No gracias, volvió a decir. Tengo fe en Dios y él me salvará”. Más tarde, cuando el nivel del agua le llegaba ya al cuello, llegó un helicóptero. –“¡Agárrese a la cuerda -le gritó el piloto-. Yo le subiré!” – “No, gracias. Tengo fe en el Señor y él me salvará”. Desconcertado, el piloto dejó a aquel hombre en el tejado. Pocas horas después ese pobre hombre moría ahogado y fue a recibir su recompensa y al presentarse a la presencia de Dios dijo: –“Señor, yo tenía total fe en que Tú me salvarías y me abandonaste. ¿Por qué?” A lo cual Dios replicó: -“¿Qué más querías? ¡Fuíste tú que no quisiste, yo te mandé una canoa, una lancha a motor y un helicóptero!”

A veces estamos ahogados u obsesionados por una cosa y la solución la tenemos al alcance de la mano, no nos enteramos y buscamos la felicidad de un modo equivocado en lugar de disfrutar con los que se nos da, y acomodarse a ello. Hay hombres que no maduran, quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volver  nunca a ser. En cambio, otros no pierden nunca la admiración e ilusión del niño, y se enriquecen también con las etapas sucesivas de la vida. Hay un tiempo que se pierde y otro que se convierte en aquel “tesoro que no envejece", que es aprovechar el tiempo para amar. 

Dentro del misterio del tiempo hay un “crono”  que es el paso sin más y un “kairós” que es el instante precioso, el encontrarse existiendo, el momento de “aquí y ahora” en el que si no tenemos lo que nos parece que es mejor para ser feliz al menos vamos a aprender a ser felices con lo que tenemos, con la esperanza de tenerlo todo un día, fruto de nuestra lucha para amar más. Y así, el mirar el año pasado será ocasión de balance: en primer lugar de las cosas positivas, que son muchas y no las conocemos todas: y daremos gracias a Dios. Son cosas a veces sencillas, pero que descuidamos, las cosas más importantes las consideramos a veces obvias, y así nos va...: ha salido el sol todos los días, hemos dormido, comido, bebido, pero sobre todo hemos hecho amistades, compartido amor, disfrutado de la risa y también agradecemos las lágrimas... todo es bendición. También hay cosas negativas: nuestro egoísmo, errores, limitaciones, que nos dan ocasión de pedir perdón, y pedir a Dios y a los demás más ayuda para mejorar, y así por la humildad, estos fallos sirven también para la maduración personal. Pero al hacer la suma no haremos como el borracho que ve la botella “medio vacía”, sino que la veremos “medio llena” porque vamos creciendo en la esperanza de que un día estará completamente llena, según la medida de nuestro amor. 

3. Esta noche es nochevieja, “el último día del año. Frecuentemente, una mezcla de sentimientos —incluso contradictorios— susurran en nuestros corazones en esta fecha. Es como si una muestra de los diferentes momentos vividos, y de aquellos que hubiésemos querido vivir, se hiciesen presentes en nuestra memoria. El Evangelio de hoy nos puede ayudar a decantarlos para poder comenzar el nuevo año con empuje. «La Palabra era Dios (...). Todo se hizo por ella» (Jn 1,1.3). A la hora de hacer el balance del año, hay que tener presente que cada día vivido es un don recibido. Por eso, sea cual sea el aprovechamiento realizado, hoy hemos de agradecer cada minuto del año. Pero el don de la vida no es completo. Estamos necesitados. Por eso, el Evangelio de hoy nos aporta una palabra clave: “acoger”. «Y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). ¡Acoger a Dios mismo! Dios, haciéndose hombre, se pone a nuestro alcance. “Acoger” significa abrirle nuestras puertas, dejar que entre en nuestras vidas, en nuestros proyectos, en aquellos actos que llenan nuestras jornadas. ¿Hasta qué punto hemos acogido a Dios y le hemos permitido entrar en nosotros? «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Acoger a Jesús quiere decir dejarse cuestionar por Él. Dejar que sus criterios den luz tanto a nuestros pensamientos más íntimos como a nuestra actuación social y laboral. ¡Que nuestras actuaciones se avengan con las suyas! «La vida era la luz» (Jn 1,4). Pero la fe es algo más que unos criterios. Es nuestra vida injertada en la Vida. No es sólo esfuerzo —que también—. Es, sobre todo, don y gracia. Vida recibida en el seno de la Iglesia, sobre todo mediante los sacramentos. ¿Qué lugar tienen en mi vida cristiana? «A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). ¡Todo un proyecto apasionante para el año que vamos a estrenar!” (David Compte). 

Hoy es un día para cantar el “Te Deum”, una acción de gracias como hace el salmo: “¡Cantad a Yahveh un canto nuevo, cantad a Yahveh, toda la tierra, cantad a Yahveh, su nombre bendecid! Anunciad su salvación día tras día. ¡Alégrense los cielos, regocíjese la tierra, retumbe el mar y cuanto encierra; exulte el campo y cuanto en él existe, griten de júbilo todos los árboles del bosque”, porque el Señor viene a salvarnos, porque está a nuestro lado cada día para cuidarnos.

Llucià Pou Sabaté

 

 

“La labor de los padres es importantísima”

 

Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad? (Forja, 689)

 

Me conmueve que el Apóstol califique al matrimonio cristiano de «sacramentum magnum» –sacramento grande. También de aquí deduzco que la labor de los padres de familia es importantísima.

–Participáis del poder creador de Dios y, por eso, el amor humano es santo, noble y bueno: una alegría del corazón, a la que el Señor –en su providencia amorosa– quiere que otros libremente renunciemos.

–Cada hijo que os concede Dios es una gran bendición divina: ¡no tengáis miedo a los hijos! (Forja, 691)

En mis conversaciones con tantos matrimonios, les insisto en que mientras vivan ellos y vivan también sus hijos, deben ayudarles a ser santos, sabiendo que en la tierra no seremos santos ninguno. No haremos más que luchar, luchar y luchar.

–Y añado: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! (Forja, 692)

No tengas miedo de querer a las almas, por El; y no te importe querer todavía más a los tuyos, siempre que queriéndoles tanto, a El le quieras millones de veces más. (Surco, 693)

Por tu trato con Cristo, estás obligado a rendir fruto. 

–Fruto que sacie el hambre de las almas, cuando se acerquen a ti, en el trabajo, en la convivencia, en el ambiente familiar... (Forja, 981)

 

 

Un mensaje desde Belén

Daniel Tirapu

Las ideas: en el siglo XIX, por causas variadas y complejas, el pensamiento viene a decirnos que Dios compite con el hombre, que le quita libertad para conocer, para guiarse a sí mismo; las consecuencias terribles de eso fueron los campos de concentración, dos guerras mundiales, el gulag, los muros, Hiroshima, las drogas, el placer por el placer, el individualismo feroz ,el relativismo, más diferencias entre pobres y ricos.

El Dios de Jesucristo ha venido a servir al hombre, a entenderle, quererle hasta la muerte, abrazar nuestra humanidad. El hombre sin Dios se degrada, hemos de darle entrada en la vida pública, contar con su propuesta y sobre todo en la vida de cada uno.

A los jóvenes, no miréis sólo el corto plazo, el utilitarismo, la ventaja propia, podéis como pudo Juan y su hermano Santiago y el reguero de sangre de todos los mártires que obedecieron antes a Dios que a los hombres. Europa no es nada sin sus raíces cristianas, sin las catedrales, sin los cruceros que señalan el camino de la cruz en las encrucijadas.

Todo lo humano es divino también. En el portal de Belén había mugre, mal olor, chinches...pero también oro, incienso y mirra, y sobre todo el amor de María y José; pastores y Reyes En esa Europa ha habido mugre y chinches pero también la libertad de los hijos de Dios, Mozart, civilización de la vida, Gaudí, el Cristo de Velázquez, la dignidad de la persona humana, Caravaggio, Passolini. Jesús es camino, verdad y vida y nosotros peregrinos. Abramos las puertas a Cristo!! y seremos mejores hombres y mujeres.

 

 

Disfrutar la Navidad

Jesús Ortiz

Crece el número de hogares que celebran la Navidad de verdad, con fe y agradecimiento al Niño Dios con María y José, la Sagrada Familia que inspira a toda familia humana, aunque todavía algunos no lo sepan: un madre, un padre, unos hijos, unos abuelos… La mayoría de estos hogares coloca varios belenes: uno más grande para disfrute de los hijos y nietos, otro con el Misterio, y otros traídos de lugares exóticos.

Olvidarse del sentido claramente religioso y solidario sería tan penoso como recibir de regalo una gran caja envuelta en bello papel y lazos brillantes para comprobar con desilusión que está vacía, pues no tiene más que aire. Eso les puede ocurrir a los que se disfrazan de renos, Santa Claus o punkis para celebrar el solsticio de invierno.

En la prensa escriben estos días columnistas que subrayan el contenido cristiano de la Navidad, sin el cual todo queda en luces, regalos y burbujas. Solo algunos celebran estas fiestas sin pensar en el contenido cristiano, el asombro continuado en la historia, porque Dios se ha hecho hombre sin dejar de ser Dios para salvarnos, Enmanuel: Dios-con-nosotros. No es un mito sino la realidad que sustenta nuestra historia, y por eso nos deseamos Paz y Felicidad; y nos esforzamos por ayudar a los necesitados, viendo a los pobres como hijos de Dios, personas con la que intercambiar un saludo, interesarse por ellos, y darles alguna limosna.

Volviendo a la Gran Noticia he leído varias columnas que centran la Navidad cristiana sin remilgos, subrayando las valores que sostienen nuestra civilización, -mejorable desde luego por su incoherencia con el Evangelio- pero muy superior a otras que desconocen a Jesucristo. De esto han escrito estos días la periodista Isabel San Sebastián, el escritor Juan Manuel de Prada, el consejero Luis Peral, o el bioquímico César Nombela, dando cada uno su testimonio natural de fe según su oficio. Otro tanto acaba de hacer Esperanza Aguirre en el pleno de la Asamblea de Madrid con un discurso claramente testimonial que se hace viral en las redes.

Y no digamos la participación popular creciente en la madrileña Puerta de Alcalá, como reacción a la retirada por parte del Ayuntamiento de la Capital de cualquier símbolo del Dios-que-nace-en el Portal de Belén. Esa Puerta emblemática aparece vestida con luces como de cortina de ducha, pero acoge estos días unos trescientos belenes depositados por los ciudadanos, así como a una multitud de madrileños y turistas que invaden la Puerta para contemplar, rezar o hacerse selfies. Por eso la actitud de unos poderes institucionales efímeros que quieren borrar la Navidad, queda eclipsada por la vida de los creyentes dispuestos a disfrutar la Navidad: el día que cambió la historia de la humanidad, aunque todavía algunos no se han enterado. Feliz Año de Gracia 2017.

 

 

¡Vive contra corriente!

Sheila Morataya

“Hay fines de año en que todo es perfecto y años en los que la vida te plantea volver a empezar”.

Sheila Morataya

Año Nuevo, nuevos comienzos, un guión en tu vida a la espera de ser escrito. Nuevas reflexiones que emergen desde un corazón dispuesto, que quiere comprender y amar, sobre todo amar bien. Esas reflexiones pueden llevarte a descubrimientos que alguna vez te parecieron inimaginables ¿Cómo? ¿Yo mujer de misa diaria? ¡En la vida creí que esto sería posible! Si te dejas, puedes decidirte a que el 2017 te sorprenda y sea un año de transformación colmado de gozos y revelaciones acerca de uno mismo.

Hoy resérvate un espacio de tranquilidad, para reflexionar con esos textos que te inspiran e invitan a mover la pluma en tu mano sobre un papel. ¡Qué bonito es escribir! Sólo los sueños transforman el mundo, le dan forma a una nueva realidad, ayudan a lograr la vida. ¿Qué esperas de este año que recién comienza? ¡Yo quiero meterme en la entraña de Dios! Sobre todo después de haber aprendido que la vida no puede planearse, que lo que pensaste que iba a suceder en Navidad y fin de año, no era lo que Dios tenía planeado y que Dios te quería sólo para El, para llegar a nacer en tu corazón a solas contigo: quizá te llego la enfermedad de forma repentina o se canceló el vuelo que te llevaría a aquella fiesta. Paulatinamente, te abriste y rendiste a la voluntad divina, teniendo una experiencia más profunda y personal del tierno e infinito amor de Dios por ti, que logró lo imposible ¡hacerse bebé, carne, niño, hombre!

Por eso este año en vez de buenos propósitos, metas, sueños y anhelos, sujeta la mirada en un solo objetivo: intensifica tu Amistad con Cristo, busca a Cristo, encuéntralo ¡ama a Cristo! Te aseguro que aunque te cueste, sientas que no es para ti y que no puedes hacerlo, tu vida adquirirá una profundidad celestial y un sentido de dirección como el que nada ni nadie en la tierra te puede dar. Ten confianza, es el momento. Plantea tus preguntas, tus dudas y tus temores a Jesús. El camino hacia la Amistad con El te llevará a encontrar las respuestas a todas tus preguntas y te enseñará a vivir –día a día- como El quiere que vivas.

Pídele un regalo al niño ¡Señor que me brote la fe! Y empieza este maravilloso Año Nuevo confiando en El y en lo que puede hacer por ti y por todos esos anhelos que sabes que llevas en el corazón. Cree que este niño, Dios y hombre en la tierra –fuente del amor perfecto- solo está esperando a que lo cargues para hacer de tus sueños una realidad.

 

 

EL LIBRO QUE CAMBIÓAL MUNDO -

 

A veces nos preguntamos: ¿ Cuál será el libro más vendido del mundo en­tero, el traducido al mayor número de idiomas? ¿Cuál será el best seller universal de todos los tiempos?¿Cual es el libro que más ha influido en la historia de la humanidad? La respuesta sorprende a muchos: ¡ La Biblia.! Si, la Biblia, ese libro grueso que figura en las estanterías de nuestros padres, ese libro que adorna las bibliotecas de muchas familias españolas, del que oímos hablar en la escuela, en la catequesis, ese libro que millones de personas siguen leyendo día tras día en nuestra época.

La Biblia se nos ha hecho tan cotidiana como el techo de nuestra casa. A fuerza de vivir bajo él hemos olvidado hasta el color de que está pintado. Así nos sucede que vivimos llenos de preguntas y ni se nos ocurre abrir aquellas páginas  en las que podríamos encontrar respuestas, como un se­diento que se muriera de sed junto a una fuente, sin acercarse a ella por temor a que sea un espejismo.

Buscamos respuestas en las páginas de los diarios, de las revistas, de la televisión esperando que en alguna ocasión nos expliquen por qué sufre el hombre, por qué miles de niños mueren de hambre cada día o qué hemos venido a hacer sobre esta tierra. Lógicamente la respuesta nunca llega. A través de la pequeña pantalla nos dan los resultados del fútbol, de unas elecciones o de las quinielas; pero no la clave de nuestra vida. Esta puede escucharse en el silencio, en el interior de nosotros, donde suena y re­tumba la palabra de Dios para quien no se haya taponado de frivolidad sus oídos.

André Frossard escribía: “Tengo envidia hacia cuantos leen la Biblia por primera vez”. Hasta literariamente hablando es una maravilla .Las bellas y dramáticas páginas de Judit, la figura salvadora de Ester, las historias de Sansón, David, Moisés, que nos impresionan como un cuadro naif. La vida dramática y redentora de Jesús, un HOMBRE-DIOS que resucitaba muertos, calmaba tempestades, curaba enfermos,un hombre que dividió la his­toria del mundo en dos partes: Antes y después de Cristo. Predicaba una doctrina extraña e inconcebible: El Amor a Dios y  al prójimo sobre todas las cosas, incluyendo a los enemigos, a los que hay que perdonar, y perdonar de todo corazón, hasta se­tenta veces siete. Al final, muchos descubrimos que el Cristianismo no es más que la religión del AMOR.

¿Pero significa algo la Biblia para el hombre de hoy? ¿No será residuo de siglos ingenuos, de un tiempo precientífico? El mismo florecimiento del interés por la Biblia - hecho modernísimo - demuestra que no. El hombre aturdido de hoy es precisamente quien más necesita la palabra de Dios.

 Sin embargo, una Biblia viajó en el bolsillo de los primeros astronautas, una Biblia se encuentra en la mesilla de noche de la mayor parte de los hoteles americanos y de muchos europeos. Sobre una Biblia jura el presidente de la nación más poderosa del mundo. La Iglesia ha situado a la Biblia en el centro de todo. La palabra viva de Dios nos sigue acompañado en la vejez, en la soledad, en la desgracia, en nuestras alegrías.

Salvo que la mano de Dios esté en la Biblia, no puede comprenderse que sea la madre de miles de libros en cada época; que su palabra siga rigiendo a la Iglesia y esta (aunque no le guste a algunos) sigue empapando la cultura, la historia, y la vida de todas las naciones cristianas y de muchas que no lo son. Pasan reyes, pasan gobiernos, pasan ideologías y la palabra de Dios continua haciéndose vida en el corazón de millones de hombres y mujeres. “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Son palabras de Jesús.

¿Cómo entender a esas multitudes que el día de su patrona la acompañan en procesión año tras año? Incluso muchos de esos que dicen no creer en Dios, se dejarían matar por “su Virgen” ¿Qué espíritu les anima?¿ Existe alguna página más noble,hermosa y humana en el mundo que el Sermón de la Montaña? ¿Puede explicarse que durante 2.000 años cientos de miles de hombres y mujeres dediquen toda su vida a Jesús y muchos den su vida por El? ¿Qué tenía ese hombre? ¿Pero, era un hombre ?

La lectura de la Biblia es toda una aventura del  espíritu. Entre sus páginas nos espera Dios. No para contarnos una historia muerta, sino para interpretar nuestros problemas vivos. Su palabra, si la escuchamos, si la vivimos, dará sentido a nuestra vida, nos orientará en nuestro quehacer diario, nos dará la paz que tanto ansiamos en el vertiginoso mundo actual, donde muchas personas hartas de escuchar simplezas en tantos medios de comunicación, se vuelven, una vez más, a Cristo.

Alejo Fernández Pérez  < alejo1926@gmail.com>

 

 

Jesús es esperanza de paz

Mons. Felipe Arizmendi Esquivel on 29 December, 2016

   
   

Imagen del Niño Jesús (Iglesia San Gioacchino - Roma - Foto ZENIT cc).-

VER

En varias partes del mundo hay conflictos y guerras. En Siria, entre israelíes y palestinos, en diversas regiones de Africa, en Venezuela, y en tantos otros lugares, con mayor o menor intensidad. Pero lo mismo sucede entre nosotros. En Oxchuc y Chenalhó, no han podido tomar plena posesión como presidentas municipales dos mujeres, a pesar de que las autoridades federales les han confirmado en sus puestos. No es cuestión de género, sino que hay divisiones internas en sus comunidades, que tornan muy peligrosa, incluso sangrienta, su reinstalación. Es lo que queremos evitar. Pero el interés por el dinero, por administrar los recursos públicos, impide cualquier negociación y acuerdo. No hay la paz social que anhelamos en esos lugares. Y con bloqueos carreteros, que dañan tanto a las propias comunidades y al turismo, presionan para quedarse con el poder.

Tampoco hay paz en muchos hogares. ¡Cuánto sufren los hijos con el alcoholismo de un papá, o con la violencia intrafamiliar! Hay hermanos que no se hablan, por inconformidades internas con las herencias. ¡Cuánta guerra, subterránea o abierta, entre los candidatos de partidos políticos! Entre los mismos seguidores de Jesús, hay ataques fundamentalistas, usando hasta la misma Biblia para destrozarnos. Y ¡cuántos corazones rotos por odios y resentimientos, incapaces de perdonar!

En cambio, cuando descubrimos a Jesús y lo sentimos cercano, la vida cambia por completo. Así me lo escribió un encarcelado, ahora que visité el Centro de Readaptación Social No. 5 de Chiapas, como acostumbramos hacer muchos obispos y sacerdotes en las fiestas navideñas: “Como nunca, entiendo de manera literal lo que significa no ser libre a causa del pecado. Tenemos muchas cárceles: vicios, excesos, alejamientos, rencores, enfermedades, pobreza, hambre, indiferencia, y sólo cuando estás en la cárcel y te dicen que alguien llegará para darte la libertad, tu corazón despierta y comienza a albergar una luz en su interior: esperanza… En Navidad, damos gracias a Dios que nos libera, que puso su vista en nosotros y nuestra necesidad… Por eso, para quienes no somos libres, este día es un día de alegría, porque hoy nace Dios, y por eso es un día feliz”.

PENSAR

El Papa Francisco, con ocasión de la Navidad, nos invita a volver los ojos a Jesús. Si lo aceptamos y procuramos vivir su Evangelio, no sólo encontraremos paz y esperanza para nosotros, sino que las contagiaremos a los demás:

“Cuando todo parece terminar, cuando, ante tantas realidades negativas, la fe se hace difícil y viene la tentación de decir que nada más tiene sentido, ahí está en cambio la bella noticia: Dios está viniendo a realizar algo nuevo, a instaurar un reino de paz; Dios viene a traer libertad y consolación. El mal no triunfará por siempre; existe un final para el dolor. La desesperación ha sido vencida, porque Dios está entre nosotros.

Estamos llamados a convertirnos en hombres y mujeres de esperanza. Pero qué feo es cuando encontramos un cristiano que ha perdido la esperanza: “Yo no espero nada, todo ha terminado para mí”; un cristiano que no es capaz de mirar el horizonte con esperanza y, ante su corazón, solo hay un muro. ¡Dios destruye estos muros con el perdón! Y por esto, nuestra oración para que Dios nos dé cada día la esperanza y la dé a todos, aquella esperanza que nace cuando vemos a Dios en el pesebre en Belén. Y viendo al pequeño Niño de Belén, los pequeños del mundo sabrán que la promesa se ha cumplido, el mensaje se ha realizado. En un niño apenas nacido, necesitado de todo, envuelto en pañales y puesto en un pesebre, está contenida toda la potencia del Dios que salva” (14-XII-2016).

“Para encontrarlo, hay que ir allí, donde él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño. El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios la paz, la alegría, el sentido luminoso de la vida” (24-XII-2016).

ACTUAR

Si piensas que esto son sólo bellas palabras, consuelos baratos, sentimentalismos ocasionales, haz la prueba de acercarte a Jesús y verás cómo cambia tu corazón. Encontrarás la paz que necesitas, suceda lo que sucediere, y serás constructor de paz a tu alrededor. Búscalo en el silencio de un Sagrario y en el sufrimiento de los pobres. Tu vida será diferente.

 

LA IDEOLOGÍA DISOLVENTE DEL PRD

Por René Mondragón

 

LA INSISTENCIA: IMPOSICIÓN  O CONSPIRACIÓN

 

            Resulta verdaderamente impresionante, la devoción de Alejandra Barrales y sus huestes en el PRD para seguir dividiendo a los mexicanos.

 

            Pareciera que el esfuerzo a favor de LGBTI rebasara el ámbito de la defensa de lo que ellos estiman como un derecho, aun cuando es necesario entender que “un derecho” no puede ser parcial, sino es que comprende toda la juridicidad constitucional que protege y ampara a una persona y todas las personas.

 

            La nueva campaña negri-amarella sostiene que no cejarán en “la defensa” de tales derechos, impulsando la modificación al Artículo Cuarto Constitucional. ¿Esto, per se, no es de suyo una exclusión?

 

            Las garantías individuales que consagra la Carta Magna de nuestro país, no es para unos cuantos y deja fuera a otros. Se trata de una norma general porque comprende a la totalidad de los individuos que vivimos en este país. No se trata de imponer una ideología de conceptos prefabricados, por encima de todo.

 

MÁS AÚN

 

            En una verdadera democracia –tan incipiente, turbulenta y frágil como la nuestra- en el tema que nuevamente impulsan las izquierdas, se han escuchado todas las voces, incluso, con los riesgos –medidos o no, provocados o no, pero presentes- que la ocurrencia de Patricia Mercado, al buscar confrontar las marchas del Frente Nacional por la Familia y la contra-marcha impulsada por sus protegidos.

 

            Fue, en opinión de mis adorables lectoras y amabilísimo lectores, una acción sensata, rechazar el dictamen que modificaría la Constitución. Fue un acto de sensibilidad política para no dividir más a los mexicanos en medio de la crisis generalizada que estamos presenciando ahora.

 

LA HIPER-PRESIÓN

 

            La redacción de la Constitución de la Ciudad de México no puede convertirse en un catálogo de ocurrencias que decanta ideologías disolventes. Por el contrario. La norma es general y obligatoria, pero también es un factor de unidad, de identidad que revela y refleja el “ué queremos” como país, como Nación. No es un manual de operación y funcionamiento del gobierno de la ciudad. Tampoco lo es el pronunciamiento de una mayoría sorda de asambleístas que imponen su intolerancia a quienes acusan de intolerantes.

 

            Isidro H. Cisneros, diputado perredista constituyente insistió en “garantizar la ampliación de derechos” de una minoría como la LGBTI.  La idea pareciera chocar con los planteamientos de constitucionalistas como el maestro Burgoa Orihuela.

 

            ¿Se puede “ampliar” el derecho a la vida… a la libertad… al derecho de emprender y de creer en lo que a cada persona le parezca lo más apropiado a su plan de vida?

 

            ¿Podrían ampliarse los derechos de los Testigos de Jehová o de los musulmanes? ¿Podrían ser ampliados los derechos de las familias que viven en zonas de alta sismicidad…el derecho a ser protegidos por el H. Cuerpo de Bomberos? ¿Esto sería un ejemplo de “progresividad” como propone el PRD? ¿Los mexicanos seríamos una sociedad “digna y orgullosa” de la diversidad de policías que existen? Este escribano lo ve muy complicado.

 

LAS ESTADÍSTICAS

 

            El PRD sostiene que en la cuenta van 7,688 uniones igualitarias –el escribano se resiste a llamarlos “matrimonios”- con nueve adopciones desde el 2010, y otros 1,500 en el resto del país. La pregunta es obligada: ¿Son pocos, son muchos o todo lo contrario?

 

            Si son en total nueve adopciones, ¿se justifica la especificidad demandada para la norma constitucional?

 

            El club de admiradores de la guapa Alejandra Barrales alega que con 39 votos en la dichosa Asamblea, se derriban mitos y prejuicios del amor.

 

            De ser así, habrá que lanzar una iniciativa para el reconocimiento constitucional del “Amor Apache”, del “Amor Poesía”, del “Amor retórico” y del “Amor Platónico”.

 

            El asunto huele a intransigencia y a imposición. Y eso, en una verdadera democracia es superponer temas ideológicos a la norma jurídica. Es exclusión pura a la alta escuela.

 

 

La San Silvestre y las alcachofas

Proponen comer alcachofas por sus minerales a los participantes de las carreras de San Silvestre

 

Los participantes de las más de 200 carreras de la San Silvestre que se celebran esta semana en España preparan su cuerpo y su alimentación para un recorrido de entre 5 y 10 kilómetros en el que la alcachofa se convierte en un importante aliado, ya que, entre otros motivos saludables, ayuda a prevenir los temidos calambres, gracias a su alto contenido en minerales.

 

Una verdura de invierno que actualmente se encuentra en su plena temporada y que, a menudo, se recomienda para aquellas personas que practican running debido a sus “propiedades digestivas, ya que estos deportistas suelen tener permeabilidad intestinal y la alcachofa ayuda a regular la secreción biliar”, como recuerda Antonio Galindo, presidente de la Asociación Alcachofa de España.

 

Además, la alcachofa es una gran fuente de vitaminas del grupo B, que “provocan reacciones bioquímicas necesarias en nuestro cuerpo cuando realizamos deporte”, según la nutricionista deportiva Andrea Ferrandis. Estas sustancias facilitan el correcto metabolismo de los macronutrientes y permiten convertir los carbohidratos en glucosa y esta, en energía. Y como se almacenan en los tejidos magros durante algún tiempo, se pierden con facilidad a través de la orina o del sudor, por lo que es importante incluir estas vitaminas en la dieta diaria cuando se aumenta la actividad física previa a la carrera.

 

Por otro lado, la alcachofa aporta muchos minerales, sobre todo, magnesio, potasio y calcio, que son imprescindibles para evitar que se produzcan rampas o calambres (cuando un músculo se tensiona sin intención de hacerlo y no se relaja) durante la San Silvestre. También elimina toxinas y ayuda a regenerar las células hepáticas o hepatocitos (realizan la limpieza de productos de desecho metabólico), por lo que es muy recomendable para aquellos corredores con niveles altos de colesterol o de triglicéridos.

 

Además, la cocina ofrece una gran variedad de modos de elaboración con los que el consumo de alcachofa se hace ameno: desde al horno con huevo, queso y tomate o en tempura en láminas finas hasta en tortilla o hervidas.

 

Pero hay que tener en cuenta que es una hortaliza que se incluye en la mayoría de dietas de adelgazamiento, debido a su poder diurético, así que no se debe tomar los días anteriores a la carrera ni los posteriores. “Esta capacidad de la alcachofa supone la eliminación de líquidos y los deportistas tienen que estar bien hidratados”, señala Ferrandis.

Jesús Domingo

 

 

Bienes del alma en la vida popular

El Museo Nacional de Arte Antiguo, de Portugal, guarda entre otras preciosidades el Pesebre de san Vicente de Fora, del escultor Joaquín Machado de Castro, del Siglo XVII. Presentamos en nuestra fotografía un pormenor de ese Pesebre: los pastores que vienen a adorar al Niño Dios.

Si bien la intención del autor haya sido la de representar a gente de campo de Judea, en el tiempo del nacimiento de Nuestro Señor, andrajosa, como muchas veces lo eran los pastores en Oriente, no obstante los tipos humanos, las fisonomías, los gestos, los modos de ser que plasmó en su obra corresponden a personas del ambiente que rodeaba al artista, esto es, el del buen pueblo campesino y sencillo de Portugal, en el siglo XVII.

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Al considerar a primera vista esta escena, uno u otro observador experimentará una sensación de desorden. Estamos habituados a las masas disciplinadas y sin alma de las grandes ciudades modernas, que vemos llenar silenciosamente los cines, o atravesar sombría y apresuradamente los cruces de las calles, cuando el silbato de un guardia o una señal luminosa detiene el tránsito de los vehículos para dejarlas pasar. Esas multitudes sin alma y patronizadas, incluso cuando aplauden unánimes en grandes manifestaciones colectivas, parecen un solo ente inmenso, en que se habrían disuelto las personas, como gotas de agua en el mar.

En esa perspectiva, ese montón de gente causa extrañeza. Todos, habiendo escuchado el mensaje angélico, corren al encuentro del Pesebre. Hasta el perro del primer plano, está apresurado. Pero en cada figura la nota personal es tan peculiar, que el grupo en su conjunto tiene algo de efervescente y caótico.

Y en efecto cada rostro, cada modo de andar o de correr, expresa una reacción enteramente personal en relación a la Buena Nueva. Los dos muchachos que aparecen al frente, parecen simplemente movidos por la curiosidad. Es la despreocupación real y muchas veces excesiva de su edad. Un campesino, ya más maduro, con ojos dilatados y brillantes por la alegría y fisonomía inteligente parece intuir con mucho discernimiento el alcance del gran acontecimiento. Más atrás, un viejo con un sombrero de ala grande levantada, grita y llora de emoción. Al fondo un personaje con un capuchón y barba blanca, a un tiempo veloz y meditativo, se muestra profundamente impresionado.

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Cada alma, en este grupo de lúcidos analfabetos, da muestras de un mundo interior del cual surge la expresión de una personalidad pujante.

Ignorantes, iletrados, ellos no fueron sometidos a los terribles procesos de patronización de la civilización mecánica del siglo XX. no tienen el pensamiento impuesto por los mismos periódicos, la sensibilidad modelada por el mismo cine, la atención subyugada todo el día, por al atracción magnética de la radio y de la televisión.

Y esto nos hace recordar el trecho admirable “ y nunca suficientemente citado “ de Pío XII, sobre “pueblo y masa”.

Pueblo y multitud amorfa, o como se suele decir, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es de suyo inerte, y no puede moverse sino por la acción de un agente externo. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales “ en su propio lugar y a su propio modo “ es una persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera una influencia externa, juguete fácil en las manos de quien quiera que juegue con sus instintos o impresiones, presta a seguir, según el turno, hoy esta y mañana aquella bandera. De la exuberancia de la vida de un verdadero pueblo, la vida se difunde abundante y rica, en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor incesantemente renovado, la conciencia de la propia responsabilidad y el verdadero sentido del bien común”. (Radiomensaje de Navidad de 1944)

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

En la festividad de la Inmaculada

La semana pasada hemos celebrado la festividad de la Inmaculada Concepción de María, patrona de España y de numerosos países, dogma de fe proclamado por Pío IX hace poco más de 150 años. Esta fiesta es una de las más arraigadas en nuestro país y la que ya hizo exclamar a San Juan Pablo II que España es la tierra de María. Fue consagrada patrona de España mucho antes de que se proclamase el dogma de la Purísima Concepción, por el entonces rey Carlos III, el gran impulsor del reformismo ilustrado en nuestro país. 

Hay muchos antecedentes históricos que siglos atrás extendieron por todo el imperio español esta devoción a la Inmaculada, muy en especial en el Cuerpo de Infantería. El pueblo sencillo tenía conciencia del profundo significado de un dogma que venía reclamando desde mucho tiempo atrás. 

Jesús D Mez Madrid

 

 

CARTA  ABIERTA AL SR. ALCALDE VALENCIA.

 Sr. Ribó, en menudo “compromiso”  se ha metido Vd. al montar por 2º año  la alcaldada de las “magas”.

En lo religioso, ha faltado Vd. al respeto a cientos de miles de valencianos, al ridiculizar algo que forma parte de sus íntimas creencias.

En lenguaje “político”, -por meter como sea la bazofia de la ideología de género- creo que ha cometido Vd. una falta contra la memoria histórica al falsear un hecho histórico como es la presencia de unos magos (astrólogos) en la ciudad de Belén.

Le pido al Niño cuyo nacimiento conmemoramos en estos días que le ayude a conocer la Verdad y le haga rectificar.

Reciba un saludo por “compromiso”.

 

                                                                   Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

Cuando se gobierna con anteojeras ideológicas

Como nos han transmitieron los medios, el Ayuntamiento de Madrid decidió peatonalizar algunas de las arterias más céntricas de la ciudad, incluida la Gran Vía, con el objetivo de descongestionar la almendra central de tráfico y de facilitar a los peatones el paseo. Si a la estrambótica propuesta se une el hecho de que se ha puesto en marcha sin la más mínima previsión ni organización, no es de extrañar el resultado, con agentes de movilidad pidiendo documentación in situ a los conductores para ver si pueden o no acceder a las zonas restringidas y provocando enormes atascos en una ciudad colapsada. 

Porque cortar el centro en una gran capital que, solo en el casco urbano se aproxima a los cuatro millones de habitantes, supone atascarla por entero. Al final, el malestar es generalizado, desde los peatones, incluidos los miles de turistas que visitaron Madrid esos días, hasta los comerciantes o los conductores de vehículos privados y de servicio público. Es el ejemplo nefasto de lo que sucede cuando se gobierna con anteojeras ideológicas en lugar de estar atentos y de responder a las verdaderas necesidades de los ciudadanos. 

Domingo Martínez Madrid

                                                                                                        

¿Una nueva Constitución?

 

                                “Cuándo vayáis por el mundo, si entráis en una república donde son muy abundantes los abogados y los médicos; no entrad en ella, allí tanto las cosas del cuerpo como las del alma van mal”. Era uno de los consejos con que el Maestro Pitágoras aleccionaba a sus discípulos una vez terminados sus estudios en su escuela. “POLÍTICA Y JUSTICIA: "La ley es como una red que atrapa las moscas y deja pasar a los pájaros". La política se creó para "legalizar" la corrupción. (Anacarsis. siglo VII a.C.). Ante estas sentencias de tantos siglos atrás, ¿qué ha cambiado? Mientras más leyes, más abogados, más tribunales, más problemas, más líos de todo tipo y condición y más imposición de la única ley que funciona en este pobre planeta; LA LEY DE LA FUERZA, que es la que impera casi siempre; la justicia sigue estando ausente en la inmensa mayoría de casos.

                                En España hay tal abundancia de leyes que yo dudo las sepan ya, la mayoría de abogados, de los que se dice que aquí hay un número superior a los que tiene el resto de Europa. Pese a todo ello, no paran de dictarse nuevas leyes, e incluso ahora gran cantidad de políticos, “andan emperrados” en que hay que modificar la Constitución y rehacerla de forma que quede como nueva; puesto que la de 1978 ya la consideran superada.

                                Pero a la vista de para lo que ha servido, uno no tiene por menos que preguntar y preguntarse; ¿para qué si la vigente los más responsables a acatarla y cumplirla, la han usado como simple papel higiénico? Los habitantes de España a los que dicha “ley madre” considera a todos iguales ante las leyes; es la primera gran mentira que sigue vigente; en pago de impuestos, en responder antes las leyes, en aquello que algunos hicieron valer y sigue siendo válido… “se acata pero no se cumple”, inexplicable hecho protagonizado por vascos y catalanes… ¿para qué querrán reformarla, si va a ser como un sarcófago egipcio cuya momia será enterrada en espera de que lejanos arqueólogos la desentierren para decir a las generaciones que fueren, que aquello existió en el pasado?

                                Lo que un pueblo necesita son menos leyes y mucho más claras y justas; e igualmente que sean aplicadas a rajatabla a quien las incumpla, sea rey o vasallo. Por eso mismo de rey; se supone que si la reforman darán entrada a otra forma de gobierno que no sea la monarquía; aunque esta no se suprima, pero el pueblo si de verdad es soberano, debe tener opción y legalmente a otro sistema de gobierno, como por ejemplo el francés o norteamericano, y digo estos, por cuanto allí el que preside gobierna y al parecer “las figuras decorativas” no las consideran necesarias; y ello es lógico, puesto que “los floreros” para adorno están muy bien, pero no para otra cosa. Un presidente debe gobernar, lo mismo que un rey; a mí me es indiferente un sistema u otro, pero siempre que respondan ante las leyes que nos rigen al resto; el que aspire a un cargo que sepa que tiene que responder del mismo y además revalidarlo cada cierto tiempo, para que no se duerma en los laureles.

                                Y como todo ello no creo sea posible aquí y ahora, el entrar en discusión por imponer una nueva constitución, seguro que sería emprender una guerra interminable y donde el fin de cada grupo de intereses, será esos sólo, sus intereses y sojuzgar al resto como ahora estamos; por ello quizá lo mejor no sea el “no menearla”, pero eso sí aplicarla estrictamente a los textos que existen y que el que se salga de ellos, que lo metan en la cárcel sin contemplaciones; puesto que si se hubiese obrado así y  los que se han “limpiado” con esa ley, estuvieran en la cárcel e inhabilitados de por vida para estar en política, puede ser que España estuviera mucho mejor de lo que está hoy.

                                Ahora bien, si lo que quieren es iniciar un nuevo y gran espectáculo para engañarnos una vez más, pues qué le vamos a hacer; los indefensos súbditos que seguimos siendo los españoles, que ya no creemos en sistema de gobierno alguno, puesto que todos los que hemos padecido, al final, fueron nefastos como lo siguen siendo, y a la vista está la realidad en que nos hacen vivir en España.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y 

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes